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El viaje de Nietzsche
a la locura
por Xavi Ayén
Publican las cartas de la madre del filósofo,
que le cuidó durante su
demencia La gesta materna tiene algo de heroico, no
sólo por los equilibrios económicos que realizó.
Mujer de limitada cultura, firmemente religiosa,
jamás había leído nada de su hijo pero, al perder
este la cabeza, ella, a sus 70 años, decidió - acaso
santiguándose antes- leerse su obra completa. Un
día de 1882, el médico Josef Breuer recibe una
inquietante nota: "Doctor: quisiera verlo por un
asunto muy urgente. El futuro de la filosofía
alemana está en juego. Lou Salomé".
Friedrich
Nietzsche (1844-1900), una de las mentes más
luminosas de la historia del pensamiento, descendió
de la locura. Ahora podemos conocer en un libro
publicado la amplia correspondencia (1889-1897) en
la que la madre del filósofo, Franziska, explicó al
matrimonio amigo Overbeck la vida cotidiana y los
cuidados que requería su hijo, impedido durante
sus once años finales. La mayoría de las 60
cartas son inéditas en castellano y nunca publicadas
como libro, según sus editores.
El valor documental de lo
narrado es indudable, y a ello se suma el testimonio
del amor materno de alguien que consagró los últimos
años de su vida al cuidado de su hijo. Stefan Zweig
dijo de estos textos que son "uno de los documentos
más conmovedores de la historia del espíritu".
El lector - privilegiado voyeur-acompañará
a Franziska en momentos tiernos como cuando su hijo
toca el piano y canta, cuando ella le baña, cuando
le da de comer, cuando le lee sus libros en voz
alta, pero también asistirá a su progresivo
deterioro o a sus escándalos públicos.
Los destinatarios de las
misivas fueron el profesor Franz Overbeck y su
esposa Ida. Él fue la persona, como cuenta Mariano
Serrano en la introducción, que se llevó a Nietzsche
a un psiquiátrico de Basilea, de donde lo recogió
Franziska para trasladarlo a un centro de Jena. Ahí
empezó a escribir a los Overbeck. Y, finalmente, en
1890, se llevó a su hijo a la casa familiar de
Naumburgo, sin consultar siquiera a los médicos. El
filósofo vivirá allí hasta la muerte de su madre en
1897. Luego, se hará cargo de él su hermana
Elisabeth, la mala de la película, responsable de
aparear el pensamiento de Fritz con los nazis
(Hitler asistiría a su funeral, en 1935). Serrano
afirma que, en Weimar, Elisabeth exhibía a su
hermano loco "como una pieza de museo" cuando ya no
podía reconocer a nadie. El libro muestra los
turbios manejos de Elisabeth con el legado de su
hermano.
Testimonio: "No le dejo tocar a
Wagne”
dice la madre del filósofo
"El profesor Nietzsche lee y
acostumbra a tumbarse en el sofá del salón. (...) El
jefe de los enfermeros-vigilantes hace algo muy
íntimo con él, lo coge por la barbilla, lo acaricia,
le atusa el bigote cuando se arregla para salir y le
da palmadas en la espalda" (10/ II/ 1890) Un día, ya
en Naumburgo, Nietzsche se escapa y está
desaparecido durante dos horas. Al final, un policía
lo trae de vuelta a casa: "Había querido bañarse en
una charca que había al lado del baño de caballeros,
y en efecto se había paseado desnudo durante un buen
rato" (28/ V/ 1890) ]"Ya se ha levantado de su
siestecita mi viejo y querido Fritz, y ahora oigo
que está tocando Los maestros cantores. Esto
significa dejar de escribir e ir al mirador y leer,
porque en ningún caso le dejo tocar las
composiciones de Wagner (...) En las horas del
crepúsculo, cuando la oscuridad suele ser tanta que
ni siquiera nos vemos, realizo una especie de
ejercicio de memoria. Por ejemplo, le pregunto por
Epicuro, Aristóteles, ´cuéntame quién fue´ (...) Y
me cuenta cosas durante una hora (...), de tal
manera que siempre lamento el que no lo escuche
ninguna persona culta y erudita que pudiera
replicarle de manera análoga" (5/ X/ 1890) Afrontar
la lectura del Zaratustra le da miedo: "Me afecta
mucho, en la medida en que los cimientos de nuestras
creencias se tambalean, y al final, incluso, podría
resentirse el amor que siento hacia un caballero tan
querido y un hijo tan amado" (15/ IV/ 1891) ]"Hay
días en los que está completamente callado, sólo
hojea los libros, de cada página coge dos o tres
palabras y entonces se contempla las manos largo
tiempo con la sensación de que no fueran en absoluto
las suyas, y (...) se las mete después en los
bolsillos de los pantalones. (...) En estos casos,
le pongo las manos en la mesa; si se resiste,
obstinado, se las acaricio e intento hacerle
entender cuál es su mano derecha y cuál su
izquierda" (30/ XII/ 1891) ]"Alabado sea Dios sólo
por haberme permitido hasta ahora prodigar los
cuidados a mi hijo (...) Él sigue siendo mi
melancólica alegría" (2/ VII/ 1896) ...
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