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En defensa del laicismo
por Coral Bravo*
“El laicismo es una postura que
contempla al ser humano como capaz de pensar por sí
mismo y de situarse ideológicamente al margen de
cualquier dogmatismo religioso organizado. Lo
contrario, el pretender imponer un pensamiento
único, el no respetar posturas diferentes tiene un
nombre preciso y bien definido: fundamentalismo y
totalitarismo”.
Aunque
a la mayoría de españoles, demócratas y racionales,
no nos hacen falta argumentaciones en defensa de la
laicidad, al parecer, quedan unos pocos intolerantes
que necesitan que se les recuerde que el laicismo no
es antirreligioso, no ataca a nadie sino, al
contrario, defiende el respeto a la libertad de
pensamiento y de conciencia (sin la cual, por otro
lado, no estaríamos en democracia).
Siempre he defendido
que el mejor camino para asegurar la independencia
intelectual es la búsqueda de información y el
desarrollo de la capacidad de análisis y de crítica.
Y cada día me doy más cuenta de que la ignorancia es
el mejor caldo de cultivo para la sinrazón y para el
fanatismo. Y el fanatismo es la más cerril de las
servidumbres humanas, así como, quizás, la base
sobre la que se sustentan la mayor parte de las
miserias de la humanidad (guerras, dictaduras,
genocidios, represiones, explotación, hambre).
Para afirmar algo
como cierto, hay que haberlo experimentado o, al
menos, contrastado. Del mismo modo, para creer algo,
venga de donde venga, hay previamente que analizarlo
y verificarlo con la realidad. Sin estas sencillas
premisas la ciencia no existiría, ni la humanidad
hubiera evolucionado hacia la racionalidad y, en
definitiva, estaríamos aún en el Paleolítico
Superior cazando mamuths, frotando dos palos para
hacer fuego, y pintando rayas en las cuevas -con
perdón de los arqueólogos-. Bromas aparte, esta
reflexión viene a cuento de lo que parece, en los
últimos tiempos, una campaña contra el laicismo o,
lo que es lo mismo, contra los derechos humanos, las
libertades y la democracia.
Y, hablando de
Paleolítico, ante ciertos sectores socio-religiosos
y políticos (los obispos y la actual derecha
descentrada), en España el laicismo tiene muy mala
fama, lo cual no es extraño porque desde sus
tribunas mediáticas se habla muy mal de él. Se dice
que los laicos son poco menos que herejes,
blasfemos, o que están alejados de dios, que son
enemigos de los creyentes, que son inmorales, que
atacan la democracia... y mil y una barbaridades de
esta enjundia. Nada más lejos de la verdad.
La Real Academia
Española de la lengua define el laicismo como
“doctrina que defiende la independencia del hombre,
de la sociedad, y más particularmente, del Estado,
respecto de cualquier organización o confesión
religiosa”, es decir, el laicismo es una postura
ante el mundo que contempla al ser humano como capaz
de pensar por sí mismo, y de situarse
ideológicamente al margen de cualquier dogmatismo
religioso organizado. O, dicho de otro modo, el
laicismo respeta cualquier creencia o convicción
religiosa siempre que ésta no se inmiscuya en las
cuestiones de Estado ni del dinero público, y
siempre que, por descontado, no vulnere los derechos
humanos fundamentales.
El laicismo es, por
tanto, respeto a las creencias individuales de cada
ciudadano; es tolerancia ante cualquier
posicionamiento espiritual, y es espíritu
democrático porque no considera ningún dogma
concreto como el único válido y respetable. Lo
contrario, el pretender imponer un dogma o
pensamiento único, el no respetar posturas
diferentes, el tener una actitud intolerante ante
quienes no se adhieren a una determinada creencia o
ideología, tiene un nombre preciso y bien definido:
fundamentalismo y totalitarismo.
Recordemos, por otra
parte, que la Constitución española de 1978 declara
que “Se garantiza la libertad ideológica, religiosa
y de culto de los individuos...” y que “Ninguna
confesión tendrá carácter estatal...”. En iguales
términos, la Declaración Universal de los Derechos
Humanos proclama como derecho inherente a la
condición humana la libertad de pensamiento, de
conciencia y de religión.
Pues bien, pareciera
que algunos miembros de los ámbitos de la política y
de la religión, a la vista de sus manifestaciones,
aún no se han tomado la molestia de leer con
atención, ni la Constitución Española, ni la
Declaración Universal de los Derechos Humanos; y si
lo han hecho, parecen haber olvidado su contenido.
Habría que recordarles que el oscurantismo medieval
queda muy lejos, y las tiranías absolutistas,
también. Estamos en democracia y la democracia,
utilizando las palabras de Sebastián Jans, es laica
o no es democracia. O, dicho de otro modo, atacar el
laicismo es atacar los derechos humanos y la esencia
misma de las libertades básicas.
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Coral Bravo. Doctora en Filología y miembro de
Europa Laica
LA
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