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Centenario de
Wenceslao Varela
Poeta de tierra adentro
por Martín Bentancor
Este
año, San José celebra el centenario de su poeta más
ilustre; un antiguo peón de estancia que, como
nadie, describió en sus versos la realidad del
hombre de campo, los vastos paisajes del interior
uruguayo y, por sobretodo, la misteriosa relación
que une al ser humano con la tierra que pisa y las
estrellas que contempla.
Wenceslao Varela
sabía de miserias y privaciones forjadas en los
ranchos de terrón y en los galpones de estancia
pero, también, conocía el encanto de esas mansas
lluvias de enero cayendo sobre los campos o la
sensación de inmensidad que trasmite un cielo
profundamente estrellado. Se valió de su pluma para
convertir tales sensaciones en versos que sobreviven
en el repertorio de eso que algunos llaman “poesía
nativa” o “folklore”, rótulos por demás vagos e
incapaces de definir una obra. Su condición de
hombre del interior, su escasa instrucción y su
probada bohemia, lo mantuvieron- y lo mantienen –
relegado del canon literario uruguayo. Sus textos no
integran antologías de poetas nacionales, sus obras
son imposibles de conseguir en librerías céntricas
y su nombre suena extraño para los medios de prensa
o la Academia. El parnaso local prefiere destacar la
obra de poetas más universales y “comprometidos”
(hay algunos, cuyos libros expuestos en vidrieras,
semejan la exhibición de productos en serie) y, por
vía del merchandasing y la sobreexposición,
elevar una obra relegando a otras. Esto, que puede
sonar a queja, no es más que una mera constatación
de una realidad; el propio derrotero bibliográfico
de Wenceslao Varela sirve para ilustrarlo sin lugar
a dudas.
Los años que
Wenceslao Varela le dedicó a la doma de potros y la
conducción de bovinos por tortuosos caminos de
tropas, no le impidieron forjar una obra tan
personal y tan vasta como inútiles fueron los
intentos contemporáneos de imitarla. Varela
perfeccionó una técnica derivada de los payadores
(expuesta en la pluma de bardos como Juan Pedro
López, Pelegrino Torres o Héctor Umpiérrez) que
consiste en, mediante la narración de una anécdota o
relato, describir y analizar el carácter del ser
humano. Sus herramientas son las de un narrador (en
el sentido literal del término) aunque opte por la
composición lírica para desarrollar su creación.
Como poeta, Wenceslao Varela abordó desde la décima
(composición en diez versos con rima consonante)
hasta el soneto (composición de origen italiano
distribuida en dos cuartetos y dos tercetos), como
es el caso de su obra Noche de Reyes:
Era
noche de Reyes, serenatas;
del
rastrojo brotaba calor de fuego.
“Si
usted me da permiso, patrón, mas luego
Voy a
dejar afuera las alpargatas”.
Y al
abrirse la aurora del día siguiente
el
niño que en la noche soñara tanto,
enjugando en sus ojos tímido llanto,
las
levantó vacías, tímidamente,
Y
habló el torvo labriego sin ilusiones,
que
había arado una vida sin camellones
“Andá, muchacho bobo, traime los gueyes,
que
aquí cain comisarios por mas galones
y
estancieros que buscan pionas y piones
pero
no he visto nunca los santos Reyes”
La difusión que ha
tenido su obra (en formato musical) se debe, en gran
parte, a la labor de Santiago Chalar (1941-1994)
quien supo musicalizar e interpretar varias de sus
composiciones(1). La comunión de
Wenceslao Varela con el hombre de campo (sus dichos,
costumbres, virtudes y defectos) debe ser leída como
una suerte de veneración forjada en la cercanía
existencial y física a su realidad y no como un rito
patriótico y de carácter nacionalista(2).
Varela construyó en sus libros (Diez años sobre
el recado, Candiles, De mis yuyos,
etc) una poética tan personal como imposible de
rastrear en la obra de sus predecesores; hurgó en
los sentimientos de sus personajes para describirlos
en todas sus contradicciones y elaboró detalladas
estampas que, tras una aparente economía de
recursos, describen toda una vida. Como ilustración
de esta cualidad, valga la siguiente estrofa de su
extenso poema Una carrera:
Si el
diablo hubiera venido
luciendo el poncho escarlata,
pa´
pararlo al pago a plata,
al
diablo me hubiera vendido.
Jugador de talla he sido
y no
pierdo la cabeza;
y
aunque con mucha entereza
soporté muchas topadas,
nunca
sentí tan pesada
sobre
el alma la pobreza.
La variedad de temas
y situaciones que fue construyendo en su obra
constituyen originales argumentos de carácter
cinematográfico. En Ida, el paisano que viaja
al pueblo con la misión de comprar medicamentos para
un hijo enfermo, es distraído por un local de
apuestas o “timba”, donde apostará hasta el dinero
para los remedios. En Fidel, el narrador nos
cuenta su tragedia: al despertarse de madrugada
sintiendo el ladrido de los perros, descubre a su
amigo robando carne y, ante el susto de este, no le
queda otra opción que defenderse de su ataque y
darle muerte. En Cardozo, Varela describe las
proporciones de un incendio que se ha apoderado del
campo y al que sólo el coraje de un hombre
(considerado un cobarde en la zona) le hará frente.
En este poema, como en muchos otros, Wenceslao
Varela se vale de una figura constante en su obra:
la descripción de fenómenos naturales o entes
materiales (vientos, corrientes de agua, ranchos,
montes) a través de características humanas; como si
en la simbiosis de ambos elementos, el propio
concepto de hombre se desdibujara volviéndose aún
más extraño al posicionarse sobre la tierra. Un
ejemplo de lo anterior es un pasaje de su obra Mi
rancho:
Él es
bueno de adentro hasta la puerta,
humanitario de la puerta adentro.
Ajuera es otra cosa: punta y filo;
hurañez madurada a sol de invierno.
La vida de Wenceslao
Varela refleja una constante evidenciada en varios
creadores; el silencio que pareció cubrir su obra
tras su muerte (ocurrida el 25 de enero de 1997,
exactamente cincuenta y dos años después que otro
poeta olvidado, Juan Pedro López) ha sido roto este
año en que, su San José natal, lo celebra con
recitales, exposiciones y un intento por volver a
colocarlo en el mapa del arte y la cultura uruguaya.
(1) – En 1990, Santiago
Chalar y Wenceslao Varela grabaron el disco El
fogón de Wenceslao Varela, un repaso por varios
puntos destacados de la obra del poeta maragato
donde, el propio Varela, recita sus versos con
envidiable memoria (superaba los ochenta años)
mientras que Chalar, con su guitarra, le brinda el
marco musical.
(2) – La figura del gaucho
se ha prestado a toda suerte de lecturas que van
desde la mera caricaturización hasta la conversión
de su estampa en una especie de figura legendaria.
Así como la burla permite su reducción a un bruto
que habla mal y se viste con un ropaje ridículo
(visión torpe y por demás ignorante de la moda
gauchesca), la elevación mítica lo convierte en una
suerte de personaje tradicional. Ambas visiones son
peligrosas y terminan desdibujando al fenómeno real:
surgido en los albores de la Banda Oriental, el
gaucho desaparece con el alambramiento de los campos
en las últimas décadas del siglo XlX. Aunque su
estirpe sigue viva en el interior del Uruguay
(particularmente en la vestimenta, ciertas
costumbres campesinas y en la Semana Criolla de la
Rural del Prado de Montevideo), nada tienen que ver
algunos personajes que visten como gauchos
(bombacha, chiripá, rastra y sombrero) pero que
llevan celular en el cinto y toman mate auxiliados
por un termo. El aggioramiento también tiene
sus límites.
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