|
“El hacer pintura tiene
una ambición muy grande,
una utopía muy grande”
Entrevista al pintor Anhelo
Hernández
Hasta el 21 de setiembre permanecerá
en el Museo de Artes Visuales (MNAV) la exposición
de obras de Anhelo Hernández
Bajo el título Antológica de Anhelo
Hernández, y con curaduría de Pablo Thiago Rocca,
esta muestra reúne buena parte de su producción
pictórica más sobresaliente, junto a una serie de
trabajos en diseño gráfico, ilustración de libros,
grabados, esculturas, murales y estampas digitales
que no se han exhibido hasta el momento
dice la presentación de la muestra.
La entrevista que se puede leer a
continuación fue realizado para un programa de TV
cable en víspera de otra muestra del artista (“Los
Caudillos”), por su valor testimonial y el aporte de
información sobre este discípulo de Torres García,
destacado creador de las artes plásticas y
relevante personalidad de nuestra cultura. La ONDA
digital reproduce a continuación los tramos
fundamentales de ese diálogo.
-
Anhelo Hernández, ¿cómo surge la vocación de la
pintura en usted?
- Es muy temprana,
creo que se pierde en el pasado. Debía tener 4 o 5
años cuando ya empecé a dibujar. De ahí se puede
decir que eso no era una vocación, era simplemente
lo que todos los niños hacen. Pero, eso sí, en mí
prendió muy hondo, prendió muy hondo y se continuó.
- De los 6 o 7 años
más o menos
- Más o menos. Antes
de ir a la escuela. Debo ser un elefante del
pasado, porque debo haber sido la primera generación
que fue a la escuela de la calle Gral. Luna,
“Enriqueta Compte y Riquet”. Al Jardín de Infantes
que debe haber sido el primero que se fundó en este
país.
- ¿Enseñaban dibujo,
pintura?
-
No, allí lo que había era una disciplina muy rígida,
muy diferente de lo que se concibe actualmente como
un Jardín de Infantes. Yo recuerdo que me hacían
cruzar las manos por encima del pupitre o por debajo
del pupitre y el maestro pasaba con una reglita para
obligarnos a poner la mano... El pupitre tenía que
estar limpio. Yo tenía un status un poco
privilegiado porque unas vecinas mías – unas
señoritas de San Martín – que se dedicaban a coser -
me habían enseñado a tramar serpentinas. Y,
entonces, con eso, con el entramado de serpentinas,
hacíamos cajitas, pajaritos y todo ese tipo de
cosas. Y yo, a pesar de que era muy chiquito, sabía
hacerlas y, entonces, me llevaban de clase en clase
enseñando esa manualidad.
Tal vez eso marcó mi personalidad y a partir de ahí
descubrí mi vocación.
- Y eso lo condujo al
taller de Torres García, ¿en qué año?
- Yo ingresé en el
taller en el año 43. Pero antes de llegar al
taller, mi padre – cuando todavía usaba pantalón
corto – me había llevado al taller de un excelente
escultor uruguayo, prácticamente desconocido, que se
llama Alberto Savio, el cual había sido
discípulo de un alumno de Auguste
Rodin en París. Entonces yo digo que soy
“bisnieto de Rodin”. Porque, ¿se da cuenta? – Rodin
– su alumno, Savio y yo. Eso fue antes de ir al
taller. Yo tardé en ir al “Taller”, no porque no
apreciara la pintura de Don Joaquín, sino porque –
como hacía escultura – me parecía que no me iba a
aceptar. Y, en ese momento, los jóvenes éramos
tímidos.
- ¿Y cómo llega? ¿Le
golpea la puerta, y …?
-
No, llego porque, en ese momento, yo estaba cursando
preparatorios para arquitectura y hubo una falange
de cinco que nos desprendimos de los preparatorios
de arquitectura. Ahí estaban Fonseca, Montiel,
el hijo de Emilio Oribe (Edgardo), y algún otro,
y entonces todos nos metimos en el “Taller”.
Y yo debo haber sido de los más remolones por esa
razón que le dije. Pero el Viejo me recibe con los
brazos abiertos, fue muy lindo. En la primera
entrevista yo le llevo dibujos y me dice:
“bastante bien, bastante bien” y, al final la
termina: “bastante bien
para no ser del taller” (risas). Es decir, él
consideraba que el taller era un escalón por encima
del escalón del medio.
- ¿Y cómo era Torres
García como maestro, como docente?
- Bueno, yo tengo dos
opiniones sobre Don Joaquín. La que tenía en aquel
momento – que creo que era muy válida – que era de
una admiración irrestricta por su sabiduría, es
decir, él decía cosas que acá no se decían y sabía
concretar temas de los que aquí no se hablaba. Es
decir, había solo un pequeño grupo antes, que es el
grupo que lo recibe que tenía alguna cosa, que
podían entender su problemática, en fin, todo los
que venían del París, de la guerra. Había una
pequeña falange de gentes que tenía idea de lo que
el “Viejo” tenía en la manga cuando bajó del
barco. Torres llega alentado por Barradas
cuando viene al Uruguay, por Barradas y por Rodó,
con la esperanza de fundar una escuela de pintura
americana, que fue lo que luego se llamó y se llama:
la Escuela del Sur.
La segunda opinión,
la actual, es un poco más crítica y yo reconozco que
la aportación de Torres es mucho más sectaria, mucho
más embanderada de lo que yo creía en ese momento.
Desde luego, tenía ese arrastre de la cultura que
venía de su formación europea.
-¿Cómo eran las
primeras clases, se enseñaba técnica, teoría, qué se
enseñaba?
- Las clases no eran
colectivas, eran individuales. El Viejo me recibía
en el taller sentado en un sillón de brazos y con
una libretita apoyada en el brazo del sillón y su
lapicito y nos hacía poner frente a él la ristra de
los cuadros que eran nuestra producción en nuestra
casa. Entonces, después de verlos hacía la crítica
e iba solucionando. A veces, con picardía, llamaba
a alguno de mis condiscípulos (Augusto Torres,
Horacio, Fonseca mismo, Alpuy, los hermanos Ribeiro,
en fin) que, eventualmente, estaban ahí
esperando turno. Y les pedía opinión: “y ustedes,
¿cuál piensan que es el mejor?” Yo sabía que, en
general, para él, el mejor siempre era el más
abstracto. Es decir, Torres no tenía un plan
naturalista. Ese plan naturalista fue incluido en el
taller a posteriori, por nuestra influencia, por la
influencia de los que veníamos de una tradición
distinta. Es decir, que veníamos de la tradición
uruguaya.
- ¿Cómo era esa
relación? ¿Era estrictamente desde el ángulo de la
pintura, se iba transformando en una relación más
amistosa o era una relación formal y se mantenía en
esos términos?
-Torres tenía un modo
de relación muy respetuoso y muy reservado en su
intimidad. Por lo demás, era muy cordial, muy
atento. Ese era un aspecto. Era muy claro en sus
juicios y pocas veces lo vi perder la paciencia.
Alguna vez, recuerdo, que Julio Alpuy, que había
sido un discípulo viejo, le pregunta: “pero
maestro, qué es lo abstracto”. Era la médula de
su enseñanza. Entonces Torres realmente se fastidió
porque era una pregunta que ya no correspondía
porque tenía que ser absolutamente obvia. De esa
entrevista (yo tengo por alguna parte, no a mano
ahora) el dibujo que lo hizo sobre un cartón mío
para explicarle una averiguación desde el
naturalismo hacia las expresiones más apartadas de
la realidad. Entonces fue haciendo dibujitos con
una carbonilla y yo los conservo.
- ¿Pero dedicó tiempo
a explicarle la interrogante?
- Siempre, siempre le
dedicaba tiempo. Yo diría que más tiempo del que
hacía falta, a veces…
- Hernández, pero
volviendo al juicio que usted puede hacer sobre
Torres García. Usted decía que había dos, uno con
el pasaje del tiempo el que se puede hacer hoy.
Creo que, en líneas generales, se lo sitúa en un
primer aspecto, como un genio, como alguien que
realmente aportó y transformó, incluso más allá del
Uruguay, más allá de esta zona, la pintura. Y hay
otros que lo miran por encima de un juicio critico.
¿Con cuál valoración, con cuál aspecto, se quedaría
usted?
- Con ninguno de los
dos. Es decir, ¿cómo lo entiendo yo?. Torres tiene
una gran importancia para América en función de que
él introduce, en el ámbito del Sur por lo menos, una
conceptuación y un nivel fuera del medio. Es cierto
que los brasileños, por su parte, lo hacían, es
cierto que los mexicanos también lo hacían, pero, en
general, para el Sur, yo creo que Torres traía
una cosa absolutamente nueva. Lo que Torres
traía y si se quiere puede ser genial, era tratar de
hacer de eso que él traía una enseñanza tan básica
que permitiera la elaboración de un arte americano.
En ese sentido ha trascendido mucho. Él, que tiene
5 grabados, es, sin embargo, el fundador de una
Escuela Americana de Grabados (5 o 6 eran), y su
pintura apuntaba a recobrar lo formal, esencial, que
estaba en las culturas americanas pre-hispánicas,
sobre todo el Tihuanaco, El Portal del Sol, que es
su monumento cósmico. El Parque Rodó tiene una
cierta referencia, pero por cierto está muy mal
ubicado, mal implantado, porque está implantado con
un criterio europeo que no es el del Viejo que era
americano.
- Torres trae eso.
- Yo creo que si
usted me pregunta si era un genio, yo creo que
era un hombre de un altísimo talento y, además,
un individuo en la consecuencia y de una
persistencia en su propósito que no estaba en
nuestro panorama. Era un profesional del arte
pero, además, de un grandísimo talento. Si me dice
usted, por comparación con Picasso, es decir, con
sus compañeros de juventud, yo diría que compite
perfectamente. En su dirección, compite
perfectamente. Pero es que yo no creo demasiado en
los genios, no entiendo mucho de hecho qué cosa es
ser un genio, sobre todo en arte.
- ¿Conoció a Picasso?
- Fueron compañeros,
fueron compañeros de academia. Lo que pasa es que
Picasso se orientó a un círculo en el de “Los Cuatro
Gatos”.
- ¿Cómo es eso de
“Los Cuatro Gatos”?
- El “Quatre Gats”
era un boliche donde se juntaba con un grupo de
gentes más bien nacionalistas e izquierdozos o
progresistas, para decirlo mejor. En cambio él,
vinculado tempranamente con Gaudí, fue religioso. El
autor de la monumental Catedral de Barcelona,
aferrado a la lectura de los clásicos en el Círculo
de “Saint Luc”, la biblioteca católica de
Barcelona. Es decir, tenía una visión más mística y
eso ya se refleja mucho en su propio lenguaje
posterior. Esto no es casual. Aunque no era un
religioso.
- ¿Entonces allí
aparece ya una diferenciación con Picasso?
- Sí, muy grande, muy
grande.
- Que se expresará
después a lo largo de la pintura, de la personalidad
de ambos pintores.
- Sí, sí, se
manifestará después en el disgusto que tuvo Torres
con Picasso
-¿Se comunicaban?
- Sí, se comunicaban.
Se habían conocido bien en Barcelona. Pero cuando
Torres llega a París que va a visitar a Picasso, le
llevaba un manuscrito de un librillo, del cual me
mostró las tapas de cartón, que se llamaba:
“Picasso, visto por un Pintor”. Picasso no lo trata
bien, no lo trata como la personalidad que era. Y yo
creo que fue una razón muy buena, es decir, la
competencia europea. Torres había sido una figura
más importante que Picasso en Barcelona. Había sido
pintor del “ausentismo”, es decir, del nacionalismo
catalán. Mientras que Picasso había sido una
personalidad secundaria. Cuando llega Picasso la
“tortilla se da vuelta”. Picasso va apostando hacia
una gran figura y Torres es un recién llegado.
Entonces, así es como creo que se “pagan las
cuentas”, ¿no?. Torres se descontroló tanto que, a
la salida de la entrevista, rompió el manuscrito sin
habérselo mostrado.
- ¿Y después quizás
nunca más tuvo contacto?
- No. Personalmente
no creo que hayan tenido contacto y, por lo tanto,
me parece que Torres encontró personalidades más
afines a lo que él estaba haciendo que son los
“neoplasticistas” holandeses, algún belga o francés,
desde luego. Pero no con Picasso, no con el grupo
“cubista”, sino con el grupo “neoplasticista”.
- ¿Hasta qué momento
estuvo usted cerca de Torres?
- Hasta su muerte.
El último año de la vida de Torres, yo iba a pintar
al sótano de la casa. Y pintábamos tres pintores
allí: Augusto Torres (el hijo mayor), Elsa Andrada
(que todavía no era la novia y que luego fue la
esposa de Augusto) y yo. Era un verano inolvidable,
inolvidable. Porque arrancaba a las 9 de la mañana
y terminaba a las 8 de la noche, cuando ya no había
luz. Sin pausa más que para comernos un chorizo
revolcado o una milanesa fría. Y estábamos todo el
día, todo el día, bajo la mirada cortante del Viejo.
- ¿Él intervenía
mientras ustedes pintaban?
- Sí. Bajaba
agarrándose de las paredes, porque ya el cáncer lo
tenía muy tomado y muy dolorido.
-¿Dónde estaba
ubicado el taller de Torres García?
- Está ubicado
todavía en la casa aquella que hay en la calle
Caramuru casi Grito de Gloria. Donde luego vivió
Manuelita, todo un personaje, todo un personaje…
- ¿Ella intervenía
también en la vida artística de Torres?
- De lejos, de lejos.
Torres era una personalidad lo suficientemente
estructurada como para permitírselo y le decía: “dos
pintores en la casa ya son demasiado”. Porque ella
pintaba cuando se casó con Torres y decidió dejar la
pintura para atender la casa y Torres era el pintor
de la casa.
- Desde aquellos
momentos usted se dedica por entero a la pintura,
pero en diversos planos, pinta y hace docencia?
- Sí. Yo hacía
docencia ya desde el año 44, en Secundaria, lo cual
era un poco raro porque yo vivía en Tacuarembó.
Viví 9 años en Tacuarembó. Cuando yo no iba, le
mandaba a Torres los paquetes de cuadros o los
paquetes de dibujo y Torres me los corregía de mano
propia. Por ejemplo, tengo un cuadro mío hecho por
Torres con la corrección de él al lado. Ese era
el tipo de relación muy extraña que teníamos. Yo no
tenía tanto contacto con el taller, tenía un
contacto más directo con Torres. Sólo cuando me
vine a Montevideo en el 51 o 52. Ahí entre en una
relación con el taller, con mis conocidos del
taller, vuelvo a retomar la relación con los
conocidos. La otra relación era la que manteníamos
en los veranos en que yo no veía el sol (por estar
en el sótano del taller) y me encerraba en el taller
de Torres a pintar. Fueron veranos en los que no vi
la playa. Todavía la veo poco…
-¿Cómo fue esa
experiencia en Tacuarembó?
- En Tacuarembó hice
varios escándalos pequeños en el liceo, donde se me
ocurrió, el primer día, sacar a los alumnos de
dibujo a dibujar en la calle y llevarlos a la
vereda.
- ¿Presumo que el
Director no estuvo de acuerdo?
- No, el Director tal
vez hubiera estado de acuerdo. Pero más de cuatro
madres se vinieron a quejar de que: “¡mire que
estaba haciendo ahí en la vereda!”. Al día
siguiente se me ocurre sacarlos a un descanso del
arroyo, muy bonito, pero resultó que era el “hotel
de alta rotatividad del pueblo”. Entonces se
complicaron más las cosas. Además yo era un joven
un poco aniñado, debo decir, tenía 21 años. Yo no
tenía prejuicios. Yo me iba a casa a comer sentado
en el manillar de la bicicleta del hijo del portero
del liceo por el centro del pueblo y eso era una
falta a la estética profesional.
- Y esa vocación por
la docencia, la continúa hoy en la Escuela de Bellas
Artes.
- Sí, la continué en
México como docente de post-grado en la Escuela de
Bellas Artes, durante el exilio, y la continué luego
acá como docente de la Universidad.
- ¿Cómo fue esa
experiencia en México? ¿Conocía la pintura mexicana
antes de llegar allí?
- De una manera muy
superficial. No estaba al tanto con lo
contemporáneo.
-¿Pero alguno de los
grandes mexicanos había estado en el Uruguay en
algún momento?
- Sí, pero yo no
conocí a David Alfaro Siqueiros acá, lo conocí en
Alemania por ejemplo. En Alemania en un viaje que
hizo el Gral. Lazoro Cárdenas con su esposa y un
pequeño séquito, fue ahí donde yo lo conocí a
Siqueiros. Había conocido a Busteiro que es un
pintor también de la falange de los pintores de la
revolución, lo había conocido en Cuba. Había
conocido a algunos otros, importantes también
antes. Cuando yo llegué a México tuve algunas
relaciones importantes. De todas maneras, lo que me
lleva a la Escuela Nacional de México, a la Escuela
de Luján, fue una exposición que yo hice y que quise
colgar en el ámbito universitario. Y hay burocracia,
cuando los mexicanos quieren, o no hay burocracia.
En el mismo momento
del día de la inauguración, el director del
post-grado, me invita a dar clases más allá de todo
concurso y me dice: “usted tiene que venir a dar
clases a la escuela”. Y le digo: bueno, ¿qué curso?:
“usted me dice que curso quiere hacer”. Cuando
quieren los decanos mexicanos son expeditivos.
Yo entro a la Escuela
y ahí tengo el honor de que me trataron excelente
bien. Me nombraron jurado para sus concursos
internacionales, me invitaban para exposiciones
donde había realmente poco número de pintores, todos
muy importantes. Esto luego se continuo y fui
invitado a México a hacer una escultura de acero
inoxidable de 4,5 metros de alta.
-¿Pero no ha hecho
tantas esculturas?
- En este caso
hicieron un simposio internacional de esculturas y
yo era uno de los 16. Efectivamente yo no he hecho
tanta escultura.Tenía aquella vieja tradición de mis
8 años iniciales, es decir, al comienzo de mi
aprendizaje.
- ¿Cómo llega a esa
exposición?
- Un escultor
mexicano que estuvo acá vio cosas mías y se acordó
de ellas a la hora de invitar. Pero creo que hice
un buen papel, creo que les gustó mucho lo que yo
hice. Y por cierto tenía un nombre estrafalario pero
creo que muy al día, se llamaba: “La Imperfección
del Límite”. En un momento en que el mundo rompe
los límites de las ideologías y de sus límites
políticos, los accidentes geográficos son de otra
manera, se asimilan de otra manera, los medios de
comunicación los anulan, es decir, anulan las
distancias y todo ese tipo de cosas. O sea, me
parece que los límites son imperfectos.
-¿O sea que el arte
puede reflejar la realidad concreta?
- La
pintura quiere reflejar todas las realidades. No sé
si con concreta querés decir lo visual. Pero también
las cosas no visuales. Es decir, el mundo de afuera
y el mundo de adentro del hombre.
La pintura tiene una ambición muy
grande, una utopía muy grande.
- Se
puede enseñar la pintura. Por lo que va de la
conversación, Torres García la enseñó. Usted quiere
enseñar. O sea que no es solo técnica.
-
Torres García enseñaba una cosa que contaba muy
bien, según mi manera de ver. Y es que la pintura
es un asunto del espíritu, no es sólo la
técnica, no sólo la aceptación o práctica de la
técnica. No, no. La pintura es un asunto del
espíritu. Es cierto que entre Torres y yo puede
haber diferencias. Él era metafísico y yo no.
A mí no me interesa la metafísica, es más, todo mi
propósito es tratar de desarmar ideológicamente todo
lo que la metafísica introduce en el arte. Obsérvese
que en cierto modo, un sicoanalista diría que yo
estoy queriendo “asesinar a mi padre”. No sé
si es justo, pero de todas maneras, es una posición
opuesta. Pero, de todas maneras, sigo recogiendo de
él la reflexión sobre el
problema del arte como un acto espiritual
fundamentalmente y globalizador, es decir,
totalizador del hombre…
- Y llega a la
Escuela de Bellas Artes.
- Llego a la Escuela
de Bellas Artes. Este año tengo como unos 57 nuevos
inscriptos. la Universidad es enseñanza superior. El
tiempo de aprendizaje, en general en las artes, es
muy largo.
-¿Y le agrada como
funciona la Escuela de Bellas Artes en el Uruguay?
- A mí me parece una
Escuela muy interesante, muy interesante desde el
punto de vista de su planteamiento.
- ¿Y egresan
profesionales de la pintura de la Escuela de Bellas
Artes?
-
Sí,
han egresado. Pero la Escuela, tiene la idea de una
formación de una cultura ambiente, profundizada a
través de la enseñanza. Usted me preguntaba acerca
de cuál era mi relación con los jóvenes. Yo creo
llevarme bien con los jóvenes y hago el esfuerzo por
llevarme bien con los jóvenes y me sirve mucho
conversar con los jóvenes, por cierto que sí, que me
sirve. A veces pienso que ellos me enseñan más a mí
que yo a ellos. Porque las preguntas que vienen ¡son
insólitas!, es decir, son preguntas que lo obligan a
repensarse ciertos temas. Son preguntas tan “naif”,
tan ingenuas, que uno dice: “por dónde empiezo a
explicarle a este hombre cuál es el tema que yo
veo”.
-
¿Usted piensa que de esos jóvenes van a surgir
pintores relevantes?
- Pienso que es
inevitable, creo que es inevitable que salgan
creadores. Veo gente que tiene muchas condiciones,
gente muy inteligente. Pero la vida es muy cruel.
La gente muy capaz, eventualmente por alguna
razón, deja de pintar. Se lo lleva la
correntada económica, se lo lleva la familia. Por
ejemplo, entre las muchachas, he tenido espléndidas
promesas y luego el matrimonio, los hijos, todo ese
tipo de cosas, a veces frustra una carrera.
Entonces, no se puede decir: “este va a salir tal o
cual cosa”. De algunos sí, se ve de lejos que
tienen temperamento, diríamos así, y que esa es su
prioridad. La prioridad ya uno ve que por ese lado
van a salir a como de lugar.
- ¿Debieran haber más
lugares para enseñar pintura en el Uruguay?
- Está todo el
interior desguarnecido. Están todos los barrios
desguarnecidos. No sé si es importante que todos
sepan pintar, pero ….
- Usted hablaba de
una cultura sobre las artes plásticas.
- Sí, justamente eso
es lo que me parece que podría hacerse y difundirlo.
- En los
liceos hay clase de educación visual y plástica.
- No, no estoy nada
conforme con lo que se enseña en secundaria. Me
parece que todavía arrastran una formación
académica, una impropiedad que los orienta a la
copia y a la traducción y no a la creación. Para
decirlo rápido, ¿no?. Y eso me parece un error. Es
decir, hay un pragmatismo demasiado populo-humanista
en secundaria a mi manera de ver. Yo creo que las
cosas deben ser de otra manera, deben ser de otra
manera. Es decir, hay que contemplar más al hombre
en general y no solamente que necesita dibujar
cualquier cosita para salir del paso.
- Además
de Torres García, de que otros pintores uruguayos
puede hablarnos?
- El Uruguay es una
patria de pintores. Creo que en América toda se
dice eso. Es más, lo asombroso es ver tanto pintor
de buena calidad en un país tan poco poblado. Desde
luego, hay pintores de la talla de Torres, por
ejemplo, Barradas. Muchos recién últimamente se
están dando cuenta de que trabajó aquí un “señor
pintor”, que estaba vinculado con la “flor y nata”
de la intelectualidad poética española, con los
García Lorca, con los Miguel Hernández, con toda esa
gente. Barradas es una figura de primerísimo
nivel. Pero sin ir a Barradas, yo encuentro que
hay pintores de mucha calidad. De Simone, por
ejemplo, me interesa mucho. Me interesan mucho
algunos condiscípulos míos.
- ¿Por ejemplo?
- Por ejemplo
Montiel. Montiel me interesa muchísimo.
- ¿Cuál Montiel?
- Joni Montiel hijo
del escritor Montiel Ballesteros. Lo digo sin pudor,
era uno de los pintores más inteligentes que yo he
conocido, realmente un individuo excepcional. Pero
no sólo él. Augusto es un pintor de primera línea.
Augusto Torres, el hijo de Don Joaquín, es un pintor
de primera línea.
- ¿Y de los
contemporáneos, de los más jóvenes, tiene opinión?
- La pintura, por
decir el arte visual o por decir el arte plástico,
ha estado sufriendo últimamente giros muy
importantes. Es decir, ha habido un desplazamiento
desde la tela, diría yo, a las escenografías,
a los “happenings” a los “performances” y todo
ese tipo de cosa. Es un arte que está buscando
participar de un mundo mucho más activo. Es un
desplazamiento del interés que lleva a otras
expresiones para las cuales no siempre somos
brillantes en el mundo. En principio, pienso que
algunas de ellas – por ejemplo las instalaciones –
son muy caras como para ser llevadas a cabo en
Montevideo. Cuando yo pienso que en la Bienal de San
Pablo hubo un japonés que gastó 250.000 dólares para
hacer una instalación artística, pienso: “qué
artista uruguayo puede aspirar a un respaldo de
5.000 dólares, que sería un respaldo excesivo para
lo que se está dando aquí. Un banco apoya, a lo
sumo, con 1.000 o 2.000 dólares una exposición y con
eso no se hace nada a esta altura. Es de una
pobreza franciscana. Además ya han aparecido otras
cosas, que es el “Video”, es decir, la animación.
Son nuevas vertientes de las artes visuales que no
estaban en nuestros tiempos, en que moríamos en la
tela y en el papel, lo cual no hay poca diferencia y
no pocas características.
-¿Y usted piensa que
eso está condicionando a los artistas uruguayos?
- Yo pienso que, en
ese sentido, en esos nuevos cambios, hay gente muy
interesante. Ahora, no sabría juzgarlos en el
contexto internacional. Pero me parece que algunos
de ellos, realmente, tienen mucho interés. En el
campo de la pintura, ahí es donde tengo más
discrepancias con los jóvenes. ¿Por qué? Porque,
en parte, yo me formé en una escuela más esteticista
y ellos se lanzan más por la libre, por “la
libreta”, como decían en Cuba.
- ¿Los estilos
también?
- No, los estilos
no. Pero aparecen los estilos más personales. En
realidad, ahora, han surgido tantos cambios en el
mundo del arte. Por ejemplo, la injerencia en el
mercado del arte ¡es tan brutal! que se fabrican
valores y se los deja caer en función de las
necesidades del mercado, de las necesidades del
consumo. Se fabrica el “consumista”, se fabrica el
gusto del consumista y se le da un producto. Ese
producto, que debe ser renovado para mantener la
entrada en el mercado hace que un artista, de golpe,
tenga una preeminencia de 5, 6 o 10 años y luego
empezar a ofrecer nuevas alternativas si quiere
permanecer en el candelero.
- Pero ese fenómeno
también se vivió en la pintura antigua. Por lo que
conozco, pintores antiguos eran contratados por
reyes y quienes les pagaba más los tenía.
- Sí, es cierto.
Pero, por ejemplo, dentro de esa situación se
contrataba al artista que cumplía, dentro de sus
paradigmas, dentro de su ideología, dentro de su
concepción, una obra. Pero ahora el “marchand” pide
una temática, pide un estilo, es decir, pide un
producto determinado. Ya no es la contratación del
artista, pide la contratación de un producto. Y
promueve un artista. Hay que pensarlo en términos
casi comerciales. Lo promueve a través de revistas,
hace una inversión muy grande, le exige lo que le
puede redituar esa inversión y luego lo abandona si
él no responde. Hasta el propio Picasso tuvo que
bailar en los cambios, en el ruedo de los cambios.
Cada nueva exposición tuvo que ser un nuevo Picasso.
Imaginate que nos queda para los “enanos” como
nosotros.
-¿Usted tiene un
juicio negativo sobre ese fenómeno?
- Creo que es un
fenómeno distorsionante. Si es negativo o no es
negativo, el tiempo lo dirá. Yo me inclino a pensar
de que no es un fenómeno que permita la decantación
espiritual que una obra de arte de elevada calidad
requiere. Esa es mi idea.
- Anhelo, usted
integra una generación que se destacó, no sólo en la
pintura, también en la literatura y en otros
aspectos de la vida cultural del Uruguay. Que en
algunas momentos ha generado juicios muy
críticos.
- No, yo no lo veo así. En
mis instantes de normalidad, no lo veo así. En mis
instantes de depresión me siento un “dinosaurio”.
Porque yo creo que entré en esa generación que fue
muy crítica, que instauró realmente un rigor muy
crítico para la apreciación y un verdadero
profesionalismo, pocas veces ejercido antes de esa
generación. No es que faltara gente antes de esa
generación, que era muy seria y muy estudiosa. No,
no. Pero, por ejemplo, el profesionalismo de un
Angel Rama
o de un Emir Rodríguez, en su aspecto crítico, en su
empuje crítico, es de una profundidad que en este
país no se conocía. A mi me parece que, por
ejemplo, poetas como (para hablar de las mujeres)
Idea Vilariño o como Amanda Berenguer son poetas de
primerísima fila.
Me parece que fue o
es gente muy consecuente y muy devota a lo que
quería hacer, muy entregada a lo que quería hacer.
La palabra es “profesional”, pero no me gusta. Esa
gente creo que tiene una gran importancia. Creo que
a esa gente se le dio por la cabeza desde el año 45
en adelante mientras iban surgiendo y se le sigue
dando. Hay una especie de afán masoquista de hundir
lo que se destaca, que existe bastante escondido en
este país.
- ¿Cuáles son los
proyectos en pintura para usted?
- Mire, yo acabo de
salir de una exposición muy grande que se llama “Los
Caudillos”, mire que no quiero ser vanidoso que es
por mi fama internacional
¿Por qué Los
Caudillos?
- Porque a mi me
parece que uno de los dilemas de nuestra época es
elegir los conductores y, en general, me parece que
el caudillaje – especulando sobre la pasión de la
gente más que sobre las razones – instauró una forma
de conducción que, para mí, no es la mejor. Pienso
que los caudillos son buenos cuando se quedan de a
pie, no cuando andan a caballo. Es decir, el
caudillo que acepta el Artigas que dice: “mi
voluntad emana de vosotros”, cosa que quisiera ver
si un caudillo contemporáneo dice: “mi voluntad
emana de vosotros”. En general, ponía su voluntad,
su personal voluntad. Y todas las guerras civiles
del Uruguay agitadas por pasiones, para la mayor
parte de las gentes aunque por intereses a otro
nivel, no favorecieron para mí el desarrollo del
país, al contrario, lo llevaron al aplazo. Si
nosotros no hubiéramos tenido esas guerras civiles,
¿quién sabe donde estábamos? Para mí, una reflexión
sobre América, no pasa por aspectos metafísicos de
América, sino por aspectos reales. Ahí tenés mi
discrepancia con Torres. Es decir, se pasa por
atacar los problemas que yo siento como reales. No
sólo una adhesión a lo telúrico, sino a lo social
también.
- Los creadores de
arte y las artes plásticas en particular se los ve
protestar poco…
-Protestamos
tibiamente. Sí protestamos. Pero, escúchame, la
protesta de un artista, en general, por nuestra
formación individualista, herencia cultural nefasta
recogida en Europa no en América, tendemos a
aislarnos, tendemos a avanzar por las nuestras. Hay
mucho de mercado en eso. Es muy curioso, se ve
avanzar a la gente un poco a los codazos, empieza a
verse aquí. En otros tiempos no existía, porque no
había mercado. Era otro el clima. Hablábamos mal de
los demás y nos peleábamos entre nosotros, en
cierto modo la reyerta podía ser estética, en
cambio ahora la reyerta tiene connotaciones
económicas.
- Anhelo; ¿qué le
apasiona a usted además de la pintura?
- Mi mujer, mis
hijos, los nietos y los amigos. Como actividad, si
quieres en otro orden, me importa mucho escribir,
trato de hacer ensayos, trato de pensar.
-¿O sea, hacer
teoría?
- Hacer teoría. Y eso
me apasiona realmente. En la medida en que tengo
menos fuerzas como para encarar unos tremendos
telones o dedicarme así a eso, la máquina, la
computadora me atrae más porque sólo me obliga a
mover deditos y cabeza, ¿no? Es decir, a mí la
teoría me importa mucho.
- Siendo de la
generación del 45, ¿no menciona el fútbol?
- No, yo soy poco
folklórico, ni fútbol ni mate, ni tango ni barajas.
- ¿Ni tango ni
barajas?
- Barajas nunca quise
aprender. Porque cuando me fui a Tacuarembó, me
dije a mí mismo: “si aprendés a jugar a las barajas
terminarás en el Club Tacuarembó jugando todas las
noches a las barajas, y nunca saldrás de acá”.
Entonces me decidí a no aprender nunca a jugar a las
barajas. Me parece una maravillosa forma de perder
el tiempo y de anularse.
- Y en Tacuarembó,
que según Benavides, es la cuna de Gardel.
- El “Bocha”, mi
discípulo en secundaria. Tacuarembó tiene a todos
ellos, toda esa generación de poetas, casi todos
fueron discípulos míos en el liceo de Tacuarembó.
Es más, muchos de ellos muchachos en aquel momento,
Benavides entre ellos, iban a comer asados a casa.
Llegaban a casa, pasaban al fondo, traían la leña,
armaban el fuego y decían: “hoy no cocinen”, era una
especie de pequeña peña de lo que después fue la
cultura tacuaremboense viva, que hoy conocemos.
-Se lo reconoce como
el departamento que produce poesía.
-
Poesía, sí, poesía. Hay otros departamentos que
tienen otras características.
-¿Le enseña pintura a
sus nietos?
- No, no. Con ellos
mantenemos conversaciones culturales y por el nexo
que permite ventilar ciertos temas pero no
inmiscuirse demasiado en ellos. Es decir, lo
hacemos todo como amateur, como contempladores de la
profesión del otro, ¿no?. Y me parece espléndido
que haya sido así.
- ¿La pintura no se
trasmite por génesis?
-
De
golpe sí...Tal vez es el clima de la casa el que
hace todo…
LA
ONDA®
DIGITAL |
|