Guerra en Georgia;
un aviso del futuro
por el profesor José Luís Fiori

“La guerra nunca estalla súbitamente:

su extensión no es obra de un instante”

Carl Von Clausewitz

 

Los hechos más recientes, e importantes, son conocidos. En el mes de abril de 2008, la última reunión de cúpula de la OTAN, en la ciudad de Bucarest, reconoció la aspiración de Georgia de participar de la alianza militar liderada por los EE.UU., a pesar de la resistencia alemana, y de la oposición explícita del gobierno ruso. Y el día 11 de julio de 2008, aviones de la Fuerza Aérea Rusa sobrevolaron el territorio de Osetia del Sur, en vísperas de la visita a Georgia, de la secretaria de estado norteamericana Condollezza Rice, para inaugurar, el día 15 de julio, la operación “Respuesta Inmediata 2008”: un ejercicio militar conjunto del ejército norteamericano, con las tropas de Georgia, Ucrania, Armenia y Azerbayán, realizado en la Base Aérea de Vaziani, que había pertenecido a la  Fuerza Aérea Rusa, hasta 2001. Inmediatamente, el día 8 de agosto de 2008, las Fuerzas Armadas de Georgia atacaron la provincia de Osetia del Sur, y conquistaron su capital, Tskhinvali.

 

No está claro porqué Georgia atacó a Osetia del Sur, exactamente el día de la inauguración de las Olimpíadas chinas. Pero no hay duda que la gran sorpresa de los gobiernos involucrados en esta historia, fue la rapidez, extensión y eficacia de la respuesta rusa, que en pocas horas, cercó, dividió y atacó - por tierra, mar y aire - el territorio de Georgia, en una demostración contundente, de decisión política, organización militar, y poder de conquista. Todo hecho con tal rapidez y agilidad que dejó a los gobiernos “occidentales”, perplejos, divididos e impotentes, obligados a acompañar los desdoblamientos de la ofensiva rusa, hora a hora, a través de hechos consumados, sin conseguir saber o poder anticipar su  objetivo final.

 

Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, Hans Morgenthau, padre de la teoría de la política internacional norteamericana, formuló una tesis muy simple y clásica, sobre el origen de las guerras. Según Morghentau: “la permanencia del status de subordinación de los países derrotados en una guerra, puede fácilmente producir la voluntad de que estos países deshagan la derrota y tiren por tierra el nuevo status quo internacional creado por los victoriosos, retomando su antiguo lugar en la jerarquía del poder mundial. O sea, la política imperialista de los países victoriosos tiende a provocar una política imperialista igual y contraria de la parte de los derrotados. Y si el derrotado no hubiera sido arruinado para siempre, él querrá retomar los territorios que perdió, y si es posible, ganar aún más de lo que perdió, en la última guerra”[i].

 

En 1991, después del fin de la Guerra Fría, no hubo un Acuerdo de Paz, que estableciese las pérdidas de la URSS, y que definiese claramente las reglas del nuevo orden mundial, impuesto por los victoriosos, como había sucedido al final de la Primera y de la Segunda Guerras Mundiales. De hecho, la URSS no fue atacada, su ejército no fue destruido y sus gobernantes no fueron castigados, pero durante toda la década de 90, los EE.UU. y la UE apoyaron la autonomía de los países de la antigua zona de influencia soviética, y promovieron activamente el desmembramiento del territorio ruso. Comenzando por Letonia, Estonia y Lituania, y siguiendo por Ucrania, Bielorusia, los Balcanes, el Cáucaso y los países de Asia Central. En este período, los EE.UU. también lideraron la expansión de la OTAN, en la dirección del este, contra la opinión de algunos países europeos. Y más recientemente, los EE.UU. y la UE apoyaron la independencia de Kosovo, aceleraron la instalación de su “escudo anti-misiles”, en Europa Central, y están armando y entrenando a las fuerzas armadas de Ucrania, de Georgia y de los países de Asia Central, sin tener en cuenta  que la mayor parte de estos países perteneció al territorio ruso, durante los últimos tres siglos.

 

En 1890, el Imperio Ruso, construido en el siglo XVIII, por Pedro el Grande y Catalina II, tenía  22.400.000 Km2 y 130 millones de habitantes, era el segundo mayor imperio de la historia de la humanidad, y era una de las cinco mayores potencias de Europa. En el siglo XX, durante el período soviético, el territorio ruso se mantuvo del mismo tamaño, la población llegó a 300 millones de habitantes, y Rusia se transformó en la segunda mayor potencia militar y económica del mundo. Pues bien, hoy Rusia tiene 17.075.200 km 2 y apenas 152 millones de habitantes, o sea, en apenas una década, la década de 1990, Rusia perdió cerca de 5 .000.000 km2 , y cerca de 140 millones de habitantes,

 

La mayor parte de los analistas internacionales que se dedican a prever el futuro se olvidan – en general - que los grandes victoriosos de 1991, no fueron apenas los EE.UU., fueron los EE.UU., Alemania y China. En una virada histórica donde sólo hubo un gran derrotado, la URSS, cuya destrucción trajo de vuelta al escenario internacional, una Rusia mutilada y resentida, a Alemania y a China todavía les llevará muchos años “digerir” los nuevos territorios y zonas de influencia que conquistaron en las últimas décadas,  en Europa Central y en el Sudeste Asiático. En cuanto a esto, la desaparición de la Unión Soviética colocó a Rusia en la condición de una potencia derrotada, que perdió un cuarto de su territorio, y la mitad de su población, pero que aún mantiene de pie su armamento atómico, y su potencial militar y económico, junto con una decisión cada vez más explícita “de deshacer la derrota, y tirar por tierra el nuevo status quo internacional creado por los victoriosos (en 1991), retomando su lugar en la jerarquía del poder mundial”.

 

Por esto, en este inicio del siglo XXI, Rusia es un desafío y una incógnita, para los dirigentes de Bruselas y de Washington y para los comandantes militares de la OTAN. Cuando en verdad, el misterio no es tan grande, y si Hans Morghentau tuviera razón, se trata de un secreto de Polichinelo: Rusia fue la gran perdedora de la década de 90, y contrariamente a lo que dice el sentido común, será la gran cuestionadora del nuevo orden mundial, cualquiera que éste sea, hasta que le devuelvan - o que ella retome - su viejo territorio, conquistado por Pedro el Grande y Catalina II.

 

Por eso, la actual guerra en Georgia no es una guerra antigua, por el contrario, es un aviso del futuro.

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

 
[i]. Morgenthau, H.J. (1993) [1948]. Politics Among Nations, The Struggle for Power and Peace,  Mc Graw, New York, p:66

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