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Sobredosis de Nostalgias
por El Perro Gil
elperrogil@gmail.com
Por agosto es celebrada
uruguaya independencia
y un inventor sin urgencia
aprovechó la volada.
Sin chistar ni decir nada
armó una fiesta ruidosa,
puso música ochentosa
juntando un poco de magia,
y esa Noche de Nostalgia
ya suma treinta famosas…
Papá,
¿porqué festejan con esa música tan espantosa? – me
preguntó un día mi hijo. Lo mismo pensaba yo cuando
escuchaba a mi padre oyendo tangos de Carlitos
Roldán y sin embargo hoy me veo en aquella posición
de mi viejo sin poder responder otra cosa que:
“cuando tengas mi edad vas a saber la respuesta”. Es
que en verdad cada generación tiene su impronta
particular y la nuestra celebra la Noche de la
Nostalgia escuchando la música disco. Aunque
seguramente cada año que pasa se le van sumando
temas que también son recordados y así, lentamente,
irá mutando para constituirse con el tiempo en noche
de recuerdos de la generación que sea. Fenomenal
idea genuinamente oriental que trasciende fronteras
y abre mercados en una noche que moviliza miles de
personas y a la que acceden también de otros países.
Pero si de nostalgias
hablamos, permítanme ser mucho más amplio y abarcar
no solo el aspecto musical –que al fin de cuentas
tiene sobrada celebración y destaque- prefiero
abundar en aquellas cosas que fuimos perdiendo de a
poco los uruguayos y que también nos evocan.
Por ejemplo recuerdo
que en mi infancia el picado callejero era casi una
obligación, donde hasta jugar descalzo era un
desafío en aquellas tardes de verano cuando el
hormigón caliente nos ampollaba las plantas de los
pies provocando el abandono dejando al equipo en
inferioridad numérica. O los tremendos desafíos al
hoyo bolita, haciendo gañota, midiendo la cuarta
para tener el hoyo y con ello la oportunidad de
“chantar” hasta partir la bolita contraria. Las
tardes de chata en pandillas, donde jugábamos a
tener la más linda, la más sofisticada, con frenos
improvisados con palos de escoba a los costados con
un taco de goma en la punta. Tirarse por la bajada
era un desafío y una competencia cantada, que a
veces soportaba el infortunio de perder un ruleman
en medio del trayecto y entonces la frenada abrupta
echaba de narices al compañero que empujaba. Las
cometas eran otra de las lindas cosas que teníamos,
no porque no se vean más sino porque antes las
hacíamos nosotros mismos. Con mi viejo comprábamos
el papel cometa, pelábamos las cañas, y hacíamos
estrellas con múltiples colores. Nunca aprendí a
hacer los farolitos, esos impresionantes cubos que
se aparecían mágicamente por el cielo, sin cola, y
mostraban una cadencia y suavidad al vuelo que eran
la envidia de cuántos sufríamos por remontar
nuestros barcos, estrellas y demás.
La moda también evoca
sus recuerdos donde el pantalón bombilla daba
espacio a los modelos oxford, y los atrevidos hot-pans
despertaban nuestra adolescencia tempranamente. La
televisión también evoca sus momentos, aunque justo
es decir que para uno que se crió viendo dibujos en
inglés y en blanco y negro, la evolución marca una
clara diferencia. Pero en cuanto a contenidos es
grande la ansiedad que provoca el ver tanta basura
enlatada que nada aportan para la cultura de las
nuevas generaciones. Salvo honrosas excepciones, en
ese aspecto la nostalgia nos gana y entristece.
La vida en los
barrios –hablando propiamente de Montevideo, mi
ciudad- también es motivo de recuerdos que pujan por
volver a revivir sin éxito aparente, por lo menos en
el corto plazo. Es cierto que hay intencionalidad de
retomar la senda abandonada por años de
individualismos donde se perdió el actuar en
colectivo, entre vecinos que se conocían y se
apoyaban mutuamente, para encontrar el camino de la
participación vecinal como antaño. Lentamente se
intenta volver a esa figura conocida, donde se pueda
entre todos tomar las riendas del entorno más
cercano para beneficio del colectivo. Hoy somos
extraños visitantes que una vida apurada lleva a
tener al barrio como simple dormitorio. Eso también
se extraña. Se extrañan los viejos oficios como el
peluquero del barrio; el hojalatero –ese que nos
reparaba las ollas vencidas por años de pulido
manual de nuestras madres-; el afilador –que todavía
queda alguno soplando su silbato anunciando su
pasada-; el lechero, que cada mañana nos dejaba la
vieja botella de vidrio y al que nuestras madres le
dejaban el importe en el envase vacío. En fin,
costumbres añoradas que emanaban confianza entre la
gente, sin miedos ni amenazas.
Será por todo esto y
mucho más que queda por decir que al llegar agosto,
nos invade la nostalgia. Ojalá pronto, las nuevas
generaciones, recuperen ese tipo de pequeñas cosas
cotidianas que nos hicieron hombres. Ojalá.
El perro se quedó
mirando al cielo, seguramente recordando sus
perrunas nostalgias…
LA
ONDA®
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