Pensando Sudamérica
en “portuñol”
por Juan Carlos Herken Krauer

¿Es posible pensar la historia – y de ahí a su vez el futuro – de Sudamérica en un idioma que aún carece de legitimidad burocrática, e incluso de diccionarios? Pues bien, por lo menos se comienza a intentarlo, y los primeros frutos no dejan de ser significativos. En el austero pero espléndido Palacio de Itamaraty, tuvimos la oportunidad de encontrarnos hace algunas semanas con varios colegas historiadores y economistas de América del Sur, invitados por el Instituto de Pesquisas de Relaçôes Internacionais y la Fundaçâo Alexande Gusmâo, cuyos representantes, el Embajador Carlos Enrique Cardim y el Embajador Jerónimo Moscardo, acogieron con mucha hospitalidad y eficacia. Una iniciativa brasileña, destinada a marcar a su vez los 200 años de la independencia factual del Brasil, con el traslado de la corte portuguesa al Brasil y la apertura de los puertos atlánticos al comercio internacional. Cabe señalar que el encuentro tuvo lugar el 24 de julio, día del aniversario del nacimiento de Simón Bolívar, otro gesto sagaz y oportuno de la diplomacia brasileña.

 

Pero lo que primaba era una cordialidad y una naturalidad casi inauditas en las conversaciones y en las discusiones. Los brasileños se expresaban en portugués, aunque también a veces en español, y los que hablábamos español, intentábamos a su vez el portugués brasileño, o en realidad diferentes versiones del “portuñol”.  Casi nadie necesitaba de traductores, a pesar de que en el plenario se contaba con la posibilidad de traducciones al español, al portugués, y al inglés. Incluso la intervención de Jerome Egger, el historiador representante de Surinam, la ex-colonia holandesa, en inglés, pareció cuajar sin problemas en todo el entorno. De lo que se podría deducir que, en el futuro, el “portuñol” también sería eminentemente receptivo a los idiomas de las dos antiguas colonias de Holanda e Inglaterra, Surinam y Guyana. Que por otra parte, al igual que el resto de las naciones sudamericanas, continúan mejorando el nivel del fútbol europeo, con brillantes jugadores y entrenadores.

 

Intentemos definir lo que bien podría ser una crucial ruptura lingüística a comienzos del siglo XXI. El “portuñol” es, sobre todo, un espacio lingüístico altamente democrático y pluralista, cuya matriz originaria descansa en Sudamérica, con un cierto epicentro – lo que no implica núcleo excluyente – a lo largo de la frontera brasileña. Pero también está abierto a portugueses y españoles, y una infiltración italiana no sería combatida, ni mucho menos. Incluso agregar algo de guaraní o quechua otorga matices fonéticos intrigantes, pero bellos. O sea que resuena tanto en el aeropuerto de Lisboa como en el de Buenos Aires.

 

El carácter substancialmente original de este espacio lingüístico, es que uno puede expresarse en español o en portugués, sin necesidad de pedir ni disculpas ni permiso, y a su vez en una mezcla de ambos, es decir, el “portuñol”, aunque lo interesante es que cada cual puede crear su propia mezcla, lo que lo definiría probablemente como la lengua más original, creativa y flexible del mundo. Es decir, desde una perspectiva matemática, podrían haber tantas versiones del “portuñol” como haya hispano- o luso-parlantes. Esto parecería en principio una pesadilla cacofónica que superaría en mucho a la versión más endiablada de la Torre de Babel, pero en la práctica casi todas las modalidades son comprensibles. ¿Por qué? Pues bien, porque lo que está detrás de este espacio lingüístico – que sigue siendo una mixtura de lo real y de múltiples posibilidades latentes -  es una actitud mental receptiva, que acepta y tolera las diferencias, al mismo tiempo que afianza lo propio. Queda aún mucho terreno por construir, pero la condición sine qua non para poder pensar un continente que surge como ente relativamente autónomo, gracias a la simbiosis de geografía e historia, es el de contar con una visión del mundo que acepte la pluralidad de lenguas que modelan su propio devenir histórico.

 

El desafío tecnológico

La iniciación del plenario correspondió a Helio Jaguaribe, el politólogo brasileño que desde hace ya más de cuatro décadas sigue trabajando en la construcción de un análisis y una manera de pensar sudamericana. Una intervención breve pero que lanza un desafío teórico y político de envergadura. ¿Es posible que el perfil propio de Sudamérica en el mundo consista en intentar lograr una nueva síntesis entre el mundo tecnológico – ese armatoste técnico y a su vez ahora virtual que como una telaraña invade y recubre todo la esfera – y un nivel de vida espiritual que rescate y proteja lo propio, la especificidad local de ser en un continente, en una cultura? O sea, reinterpretando nosotros, ¿sería factible que el privilegio de una región – quizás tecnológicamente no tan privilegiada – consista precisamente en ofrecer una manera de amaestrar, de sujetar al imperio tecnológico, de manera a que esté al servicio de las necesidades locales, y no viceversa?

 

Un desafío ciclópeo, que puede sonar arrogante, pero que tiene un perfil modesto – y posible. En la medida en que se esté dando una masificación, y a su vez algo así como una democratización industrial en la generación de la tecnología estandarizada, el problema no es tanto el acceso a la misma – salvo, obviamente, la relación entre precios e ingresos – sino la manera en que está pueda ser re-ciclada para que genere pautas autónomas que ofrezcan mayor valor agregado, y dejen más “residuos” de conocimiento tecnológico en el tejido local, antes que el contexto de origen y venta. Esta es a su vez una manera de guardar una cierta “distancia” frente a los armatostes tecnológicos, permitiendo que las técnicas locales, por más que fueran un poco rudimentarias, mantengan su cotidianeidad, y a su vez que el entorno cultural autóctono perdure.

 

Esto no tiene conexión alguna con un retorno al mito del  “buen salvaje”, sino con un enraizamiento de los juguetes tecno-virtuales, lo que también tiene mucho que ver con las diferentes facetas del uso de(l) la(s) lengua(s). Al mismo tiempo, la gran riqueza histórica étnica y del mestizaje en Sudamérica crea un substrato cultural y lingüístico que podría otorgar coloratura y consistencia a una manera regional de confrontar el uso de la tecnología. Avenidas muy ambiciosas y difíciles, pero no descartables.

 

La racionalidad de un bloque sudamericano

¿En qué consiste la posibilidad – hay que subrayar: la posibilidad – de una comunidad, de un bloque sudamericano? En primer lugar, es necesario acotar que en la atmósfera de este encuentro en el Palacio de Itamaraty no existía ninguna animosidad, ningún reflejo condicionado en contra de alguien. Existen obviamente otras referencias geográficas y políticas. Existe el concepto de Iberoamérica, el de Latinoamérica, el de las Américas. Todos son válidos, y cada cual representa una herencia histórica particular y a su vez un designio geopolítico específico.

 

 Pero también existe el derecho de una comunidad sudamericana, definida en primer lugar como un factum geográfico, histórico y cultural. Es decir, en la mezcla. Una mezcla que respete las individualidades, pero a su vez celebre la aparente confusión. Una aparente confusión que no es más que el intento de celebrar dos contextos culturales diferentes, que por imperio de la historia y de la así llamada globalización de hoy en día, están – por suerte- condenados a ser uno. A más del principio de la maniobrabilidad, de una cierta reducción en los límites institucionales de esta comunidad, que neutralice los intereses contradictorios,  y multiplique los convergentes.

 

Pues bien, la realidad irrefutable de Sudamérica, un pasado, y quizás, un futuro. Conversando con nuestro colega de Ecuador, Marco P. Naranjo Chiriboga,  nos dimos cuenta de que tanto el Paraguay como el Ecuador, lograron pagar algunos préstamos espurios de origen británico, originalmente realizados en las primeras etapas independientes del siglo XIX, allá por la década del 60 o 70 del siglo XX. O sea, más o menos un siglo, incluyendo obviamente una andanada de intereses atrasados, comisiones y diferentes cargas “extras”. A dónde fue a parar todo el capital de esos préstamos, es algo que todavía corresponde dilucidar a la ciencia de la historia, o a alguna literatura de ciencia ficción.  Otra constatación: el nivel de préstamos externos a las economías sudamericanas está en fuerte correlación positiva con el nivel de depósitos de residentes sudamericanos en el sistema bancario mundial (fuera de Sudamérica).

 

Es decir, se da una coexistencia estadística entre el ahorro interno sudamericano que se escapa al resto del mundo, por motivos que tienen que ver más con el riesgo político que con diferencia substanciales en la tasa de remuneración, y lo que retorna después como “préstamos externos” a Sudamérica. Algo que resuena mucho a una paradoja artificial: no se puede seguir solicitando financiamiento externo del sistema bancario privado mundial, y a su vez alimentarlo con fuentes de dinero originarios de esos mismos países. Corolario: mercado financiero regional, moneda continental propia, banca central continental, y propia.

 

Todo esto no tiene que sonar como alguna exageración populista o nacionalista: es simplemente el derecho que corresponde en nuestra así llamada época democrática y pluralista, y que tiene que ver más con reducir el costo de las transacciones y aumentar la eficacia del ahorro interno. Además de que, ya desde hace algunos años, se están quebrando algunas estructuras rígidas del sistema financiero internacional: la fuente de capital de las remesas de los emigrantes sudamericanos, cada vez más crucial para mantener un tipo de equilibrio en la balanza de pagos, la puesta en marcha de órganos financieros regionales que rompan el oligopolio de entes multilaterales tradicionalmente sujetos a los deseos – e intereses – de las economías más desarrolladas, la expansión de fuentes de financiamiento de origen asiático y del Medio Oriente, los nuevos fondos privados de venture capital. No se habla de introducir dejos de romanticismo en un mundo que necesariamente se rige por los principios de precios y remuneraciones comparativas, sino de aprovechar el hecho de que la arquitectura financiera posible es hoy mucho más diversificada, y por lo tanto ofrece más posibilidades de flexibilidad, y de reducción de costos.

 

La integración industrial

Tanto en el diagnóstico de la historia económica de de la Argentina, efectuado por Mario Rapoport, como el del Brasil, presentado por Amado Luíz Cervo, se nota un fuerte énfasis en el desarrollo de la industria de las dos más grandes economías regionales, así como en las disyuntivas de política económica que han marcado las últimas décadas. No cabe duda de que el retroceso económico relativo de la Argentina tiene mucho que ver con una cierta desindustrialización a grandes costos de oportunidad, producida por la aplicación de recetas - en apariencia - de un cierto purismo liberal y monetarista, pero en que realidad resultaron ser pucheros teóricos aplicados bajo el principio de la lotería, alquimias bien camufladas que inyectaban una euforia narcotizante de algunos años, para después romperse como castillos de arena, generando tsunamis de devastación social y endeudamiento improductivo.

 

 Al Brasil le ha ido mejor, gracias en parte a su gran mercado interno, pero a su vez al hecho de que, a pesar de los ciclos de alzas y bajas, y de las presiones de organismos multilaterales, logró mantener una política de soporte de las exportaciones industriales, que no afectase en demasía a la competitividad genuina de sus rubros en el mercado mundial. Y a su vez debido a su fuerte presencia en la mayoría de las economías regionales de Sudamérica.

 

Es evidente que gran parte de un eje geo-económico e industrial en Sudamérica pasará necesariamente por acoplar los sectores relevantes de Argentina y Brasil, sin que esto implique alguna connotación excluyente, en referencia a otros países. Pero de la misma manera en que la construcción europea inicial fue básicamente una alianza de intereses franco-alemana, es más que probable que un salto cualitativo en simbiosis y pactos estratégicos a nivel de empresas tenga que hacerse, a su vez por razones de manejabilidad y eficacia organizacional, entre dos o tres países, al menos inicialmente. Expandiendo el horizonte de lo posible, la capacidad futura de penetración en los mercados internacionales de las nuevas “empresas trasnacionales” seguirá descansando en gran parte en la fuerza de sus respectivos mercados internos.

 

Lo fue así con EE.UU. y Europa, a su vez con Japón, y lo sigue siendo con China, India y Rusia. A excepción de productos o servicios altamente cualitativos desde el punto de vista tecnológico, que no requieren de un volumen elevado de producción para alcanzar una rentabilidad adecuada, la competitividad en los mercados internacionales sigue descansando en una gran base industrial interna, y cada vez más, en una diversificación internacional de la estructura productiva y de comercialización.

 

Permanece no obstante una incógnita, aun teniendo en cuenta los ciertos progresos en materia de homogeneización aduanera y de integración económica realizados a través del MERCOSUR, y otros acuerdos, y ello es el hecho de que la existencia de un mercado interno continental propiamente dicho descansa en una integración efectiva de la infraestructura de comunicaciones. Desde el análisis comparativo de costos, sigue siendo más rentable a través de las vías marítimas (en ocasiones a su vez fluvial) y ferrocarrilera. Mientras que los EE.UU. ya lograron una comunicación ferroviaria entre su costa atlántica y pacífica en el siglo XIX – lo que aceleró la conformación del gran mercado interno estadounidense – en Sudamérica se carece hoy en día todavía de una infraestructura de comunicaciones entre ambos océanos, competitiva y eficiente.

 

Costa Atlántica y Costa Pacífica

Este desafío es aún mayor teniendo en cuenta que estamos asistiendo a un desplazamiento inevitable del poder económico mundial, desde el Atlántico Norte y el Mediterráneo, hacia el Pacífico. En las últimas décadas, se constata un retroceso relativo de la participación de las economías sudamericanas, examinando la proporción nacional del Producto Interno Bruto (PIB) mundial, calculado éste con el método del poder adquisitivo de la moneda, que permite una comparación más equitativa entre países con estructuras económicas y precios relativos muy diferentes. En el caso de algunos países del MERCOSUR,  este declive es sistemático, con la excepción de la Argentina, que en los últimos diez años registra un cierto repunte, en gran parte explicable por una recuperación de la gran crisis de la década de 1990.

                                

Proporción nacional del PIB mundial ( % sobre PPP)

 

  Argentina Bolivia Brasil Paraguay Uruguay
1980 1,095 0,078 3,576 0,048 0,078
1990 0,715 0,058 3,064 0,047 0,062
2000 0,813 0,063 2,959 0,043 0,063
2006 0,780 0,061 2,818 0,041 0,056

 

No cabe duda de que este declive relativo es una consecuencia del incremento substancial de la producción mundial originada en Asia, sobre todo China, pero a su vez India, y otros países, así como la recuperación económica de Rusia, y de otras economías euroasiáticas. Se constata así, una vez más, el efecto de “recuperación del atraso” (catch-up effect), que dentro de los modelos de crecimiento económico sostiene que los países de menor ingreso per capita relativo, crecen durante una etapa a mayor velocidad que los de mayor ingreso. Hasta ahora, el nivel promedio de ingreso per capita de la mayoría de las economías sudamericanas, incluso en términos del poder adquisitivo de la moneda, es mayor que el de China o India.

 

Aunque sólo es una cuestión de pocos años para que se logre una equiparación en términos del poder adquisitivo del ingreso promedio de los países a los que nos estamos refiriendo, en la medida en que se mantengan los ritmos elevados de crecimiento del PIB asiático de los últimos años, lo que no debería descartarse teniendo en cuenta la inmensa masa poblacional de esos dos países que todavía carece de una integración completa a una economía de mercado de cierto nivel tecnológico y cultural.

 

La enumeración de esos factores que cambian el perfil de la economía mundial no debe impedir la constatación de una pérdida relativa de la participación iberoamericana, tanto en el PIB mundial como en el mercado de las exportaciones mundiales, con la excepción sobre todo de México, desde mediados del siglo XX. Este análisis arroja a su vez la gran cuestión de sobre si el “Atlántico Sur” está perdiendo terreno, en términos de atractividad y competitividad, frente a la creciente concentración de flujos comerciales y financieros en el Pacífico - y el Índico. Pero este declive relativo no hay que interpretarlo como un destino inevitable: es un nuevo desafío, que requiere de respuestas inéditas, las que no podrán ser concebidas sólo dentro de uno u otro espacio nacional. 

 

Reescribiendo la historia

Reescribiendo la historia: pues sí, aún existe la necesidad de reescribir la historia. Un astuto ex- embajador brasileño señaló la paradoja de que, prácticamente, no existe ningún historiador sudamericano que se haya ocupado de investigar, y de publicar, una historia sobre algún país vecino. Algunos progresos están en marcha, combinando especialistas de uno y otro país para escribir “historias conjuntas”, pero asimismo persiste en muchos contextos algo así como una “sobrevaloración”, e incluso quizás  un solapado grado de servilismo, al menos inconsciente, con respecto a toda aquella historia que haya sido escrita fuera de la región, y por intelectuales que no hayan nacido en el continente.

 

Hasta cierto punto, se sigue dando más respeto y mayor prioridad a lo que viene con el respaldo institucional-universitario ya sea de Washington, Londres o París. Aquí ha operado un factor obvio, que es el hecho de que en muchos casos historiadores nacionales han sido demasiado sesgados por una cierta afiliación política o ideológica local, lo que impidió esa “altura de vuelo de pájaro” que permite comprender mejor  la totalidad de un proceso histórico, y por ende en muchos casos había que recurrir a un historiador estadounidense o europeo, para tratar de “objetivizar” el análisis.

 

Pero eso es ya cada vez más un lastre del pasado – historiadores sudamericanos aprendieron a trabajar en archivos extranjeros y en lenguas extranjeras, y hoy día la infraestructura de datos y referencias, gracias a las innovaciones del mundo tecno-virtual, es accesible desde casi cualquier lado. Todo ello no impide que en el mundo universitario globalizado, sobre todo en EE.UU. y en Europa, se siga cimentando un monopolio global en la calificación jerárquica de las producciones artísticas y científicas. Las listas de publicaciones especializadas con sus rankings cuantitativos – que se usan tanto para situar en el escalón a una universidad, como para determinar el pago de un profesor – no incluyen prácticamente nada que no haya sido originado fuera de esas regiones.

 

Es decir, incluso un prestigioso historiador británico podría sacar a luz de manera inédita un elocuente ensayo con nuevos datos sobre las relaciones entre el Brasil y Gran Bretaña en el siglo XIX, en una hipotética Revista de Estudios Tucumanos, pero como tal publicación no existe en las listas oficiales de rankings académicos en EE.UU. y en Europa, a objetos prácticos, ese ensayo “no existe” – y de hecho el autor tampoco existe, a pesar de que siga vivo y coleando.  

 

Aquí nos confrontamos con un dilema que se vuelve abrasador, porque se está forzando cada vez más, tanto a un venezolano como a un marroquí, a que acepte que la única manera de “existir” académicamente en el mundo, es sólo a través de esas salidas autorizadas y rigurosamente controladas de manera oligopólica, y por supuesto, casi siempre sólo en lengua inglesa. Contraponerse a esta perversión no debería requerir demasiados esfuerzos financieros e institucionales, pero sí un cambio profundo de actitud y de auto-respeto, que tendría que empezar por los centros universitarios más grandes del continente.

 

Esto no implica impulsar un nuevo “nacionalismo intelectual”, sino apoyar la necesidad y el derecho de que la “construcción globalizada de la visión del mundo y de su historia” no es monopolio de nadie, y que la riqueza de esa visión global depende de la originalidad de cada perspectiva local. Más que confrontaciones retóricas o ciclópeos esfuerzos institucionales, lo que se necesita son pequeños “giros de paloma” que con pies muy livianos, cambien la brújula de orientación en el cerebro individual y colectivo.

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