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Por Yasheng Huang
El próximo
“milagro asiático”
por Yasheng Huang
Yasheng Huang, profesor de la Sloan
School of Management en Cambridge University Press
está escribiendo un libro sobre cómo influye la
política en los ámbitos de la economía, la educación
y la empresa en China e India.
Lo que sigue son sus reflexiones
escritas recientemente acerca de porque se debe
seguir muy de cerca el proceso
de estos dos países emergentes.
Las
sociedades abiertas son pacíficas,
representativas... y terribles a la hora de
impulsar una economía. Al menos, ésa es la
opinión extendida en Asia, donde, desde hace
años, el crecimiento en la gran democracia
india se ve empequeñecido por la eficiente
expansión estatalizada de China. Los últimos
triunfos económicos indios contradicen esa
idea. ¿Es posible que la democracia sea
buena para el crecimiento? Si es así, China
ya puede tener cuidado.
Comparemos la
trayectoria de estos dos países asiáticos.
En 1990, el país A tenía un PIB per cápita
de 317 dólares (unos 205 euros); el país B,
de 461. En 2006, el país A, que sólo 16 años
antes era un 31% más pobre que el país B,
había acortado ya distancias: tenía un PIB
per cápita de 634 dólares, frente a los 635
del B. Si tuvieran que adivinarlo, ¿cuál de
los dos dirían que es una democracia?.
Podrían tener
la tentación de pensar que la nación con
mejor comportamiento es la autoritaria China
y la que ha perdido terreno, la democrática
India. En realidad, el que ha crecido más
deprisa es India y el rezagado es una
autocracia: Pakistán. Este dato contradice,
sin duda, la idea habitual de que –sobre
todo en Asia– los Estados autoritarios
tienen ventaja a la hora de impulsar el
crecimiento económico frente a los
democráticos, obligados a soportar molestos
inconvenientes como la legislación laboral y
los compromisos políticos.
No obstante,
seguro que la famosa comparación entre Pekín
y Nueva Delhi demuestra que la dictadura
tiene ventaja, ¿verdad? La conclusión parece
evidente: el gigante asiático es un régimen
autoritario y ha crecido más deprisa; India
es plural y ha crecido más despacio. Sus
ciudadanos defienden su sistema desde hace
años al tiempo que se disculpan: “Es verdad
que nuestro índice de crecimiento es pésimo,
pero esas cifras son un precio aceptable a
cambio de gobernar una democracia tan
extensa y variada como la nuestra”.
Ya no hace
falta pedir excusas. India ha abandonado el
famoso índice hindú de crecimiento del 2% o
3% anual y ha comenzado su despegue
económico. Sus últimos éxitos no sólo
impresionan por su velocidad –está subiendo
al ritmo del sureste asiático, entre un 8% y
un 9% anual–, sino también por su solidez y
su extensión. El milagro indio ya no se
limita al cacareado sector de las
tecnologías de la información; su industria
manufacturera también ha despegado. Incluso
el sector agrario, históricamente mediocre,
está empezando a crecer.
¿Y dónde
queda la ventaja autoritaria? El nuevo
milagro indio debería desmontar –esperemos
que de forma permanente– la idea,
completamente engañosa, de que la democracia
es mala para el crecimiento. Y ese milagro
indio tiene, además, unas consecuencias
importantes para el futuro político de
China. Ahora que sus dirigentes conmemoran
el 30º aniversario de las reformas
económicas, deberían reflexionar a fondo
sobre la experiencia india y tomar nota de
la verdadera razón que hay detrás de su
propio milagro. La idea de que hay que
escoger entre la economía y la política está
arraigada en la mente de muchos políticos y
hombres de negocios, tanto en Asia como en
Occidente. Pero nunca se ha probado de forma
sistemática. Si India, con su ruidosa,
caótica y mastodóntica organización política
puede crecer, ningún otro país pobre tiene
por qué afrontar una elección faustiana
entre crecimiento y democracia.
Un examen más
detallado muestra que ambos países, en
distintos momentos, han triunfado y
fracasado por motivos muy similares. Sus
economías han prosperado cuando han puesto
en práctica políticas liberales; su
rendimiento ha sido peor cuando han sufrido
retrocesos políticos. Hoy, con un gran
número de Estados pobres enfrentados a ese
mismo tipo de decisiones, debemos entender
esta dinámica. Ha llegado el momento de
contar la historia de China y de India como
es debido.
La historia
no contada
La mano que
asfixiaba al país: la herencia no
democrática de Indira Gandhi lastró durante
décadas la economía india.
Esa historia
no empieza en 2008. Es una carrera que se
remonta a decenios atrás y que nos explica
mucho sobre la relación entre democracia y
crecimiento, gobernanza y prosperidad. Desde
una perspectiva económica, lo que importa no
es la situación estática de un sistema
político, sino su evolución. El crecimiento
de India se aceleró en los 90, a medida que
el país privatizó cadenas de televisión,
introdujo la descentralización política y
mejoró la forma de gobernar. Y, al contrario
de lo que suele pensarse, se estancó no
porque fuera una democracia, sino porque, en
los 70 y los 80, era menos democrática de lo
que parecía. Para comprender lo que sucede
en su economía –y qué relación tiene con el
sistema político del país–, hay que volver
la vista atrás, a los 50.
Muchos
especialistas culpan al primer jefe de
Gobierno, Jawaharlal Nehru, por adoptar una
estrategia de desarrollo que hizo que India
sufriera un paro desde 1950 hasta 1990. Pero
ésa es una opinión injusta, que
responsabiliza a Nehru y elude a la
verdadera culpable, su hija Indira Gandhi,
primera ministra durante gran parte del
periodo entre 1966 y 1984. El método de
Nehru, de ordeno y mando, era la ideología
imperante en muchos países en vías de
desarrollo, algunos de los cuales, como
Corea del Sur, lograron grandes éxitos.
Lo importante
no es saber si las políticas económicas de
Nehru fueron muy perjudiciales, sino por qué
India intensificó y prolongó el modelo
después de ver que no funcionaba. Para
responder a esa pregunta hay que comprender
el daño duradero que infligió Indira Gandhi
a la democracia india. El clientelismo se
convirtió en su estrategia electoral y, en
el camino, minó una institución fundamental
en una democracia: el sistema de partidos.
Ella debilitó el Partido del Congreso, en
otro tiempo orgulloso catalizador del
movimiento de independencia, al prescindir
de muchos de sus procedimientos
tradicionales, reducir su presencia entre
las bases de los Estados y designar a los
altos cargos en vez de permitir que los
eligieran los miembros.
Ese
debilitamiento del partido hizo que Gandhi
tuviera que emplear otros medios para ser
reelegida: aplastar a la oposición política,
hacer el juego a los grupos de intereses
especiales y ofrecer limosnas políticas. O
incluso cancelar las elecciones, por las
buenas. En junio de 1975, Indira Gandhi
impuso el Estado de emergencia y anuló los
comicios generales previstos para el año
siguiente. Y no fue un hecho aislado. Ya en
1970 pospuso o canceló varias elecciones del
Partido del Congreso. Además, dio grandes
pasos para sustituir el federalismo por el
poder centralizado. Un dato significativo
que muestran los politólogos Amal Ray y John
Kincaid es que, entre 1966 y 1976, su
Gobierno invocó el artículo 356 de la
Constitución –que da al poder federal la
capacidad de asumir las funciones de los
distintos Estados en situaciones de
emergencia– en 36 ocasiones. Nehru y su
sucesor (1950-1965) no recurrieron a esta
medida más que nueve veces.
Entre 1980 y
1984, Gandhi invocó dicha prerrogativa en
otras trece ocasiones. El abuso de los
poderes extraordinarios hizo un daño
terrible a una institución importante de la
democracia india.
El efecto fue
que el sistema, pese a conservar algunas
características esenciales de una
democracia, se volvió opaco, corrupto y
alejado de las referencias que los votantes
suelen utilizar para valorar a sus
dirigentes. En una democracia viva, los
votantes castigan en las urnas a los
políticos que no cumplen.
En India, no.
La reelección del Partido del Congreso en
1967 y en 1971 siguió, en ambos casos, a una
caída del PIB per cápita el año anterior. No
fue la democracia la que no cumplió con
India; fue India la que no cumplió con la
democracia. Las consecuencias económicas de
este periodo de inflexibilidad fueron
prolongadas. Como la suerte política de
Gandhi dependía del clientelismo, no sentía
ningún deseo de invertir en los verdaderos
motores del crecimiento económico: la
educación y la sanidad. La proporción de
maestros por alumnos de primaria durante su
larga época de gobierno se mantuvo en torno
al 2%. Cuando dejó el poder, en 1985, sólo
el 18% de los niños estaba inmunizado contra
la difteria, la tosferina y el tétanos, y
sólo un 1% estaba vacunado de sarampión.
Todavía hoy, India sigue pagando el precio
de su abandono.
El bajo nivel
de capital humano sigue siendo el mayor
obstáculo a las perspectivas de desarrollo
del país.
La buena
noticia es que el subcontinente ha empezado
a despojarse de este legado tan perjudicial.
A medida que la política india se fue
volviendo más abierta y transparente, los
gabinetes posteriores al de Gandhi empezaron
a convertir el bienestar de la gente en su
principal prioridad. Por ejemplo, el índice
de alfabetización entre los adultos pasó del
49% en 1990 al 61% en 2006. Con el tiempo,
estas inversiones sociales se traducirán en
auténticos dividendos.
El gran paso
atrás de China
Las dos
Chinas: aunque su economía ha crecido de
forma exponencial, los chinos pobres no han
recibido su parte.
La historia
de la ascensión de China parece, a primera
vista, muy diferente. Un régimen comunista y
cerrado decide adherirse de manera eficaz,
rápida y masiva a la economía globalizada y
da un impulso sin precedentes a su país.
Parece ser un caso muy distinto a la opinión
general de que la democracia fomenta el
crecimiento porque impone unos límites a los
gobernantes y tranquiliza a los empresarios
privados sobre la seguridad de sus activos y
los frutos de su trabajo.
La idea de
que China creció gracias a su régimen
unipartidista deriva de que se ha centrado
la atención, de forma equivocada, en una
sola instantánea, en vez de haber tratado de
comprender unas tendencias cambiantes. El
gigante no despegó porque era autoritario.
Despegó porque las reformas políticas
liberales de los 80 hicieron que lo fuera
menos. Igual que en el caso de India, cuando
China revocó sus reformas políticas en los
90, su forma de gobierno empeoró y el
bienestar de los ciudadanos disminuyó.
El
crecimiento de las rentas de los hogares se
redujo, sobre todo en las zonas rurales; la
desigualdad alcanzó unos niveles alarmantes,
y los beneficios del crecimiento para la
gente corriente cayeron de golpe. Pekín tuvo
un mal comportamiento incluso en sus áreas
tradicionalmente mejores: educación y
sanidad. El analfabetismo entre adultos
aumentó. Las vacunas disminuyeron. El PIB
del país crecía, pero era peligroso para la
salud.
El verdadero
milagro chino comenzó en los 80, cuando la
política era más liberal. Las rentas
personales crecían a más velocidad que el
PIB; la parte del PIB correspondiente a la
masa laboral aumentaba; y la distribución de
la riqueza, al principio, mejoró.
El Imperio
del Centro consiguió reducir mucho más la
pobreza en los 80, sin ninguno de los
factores (como la inversión directa
extranjera, IDE) que hoy se consideran
elementos esenciales del modelo chino. En
sólo cuatro años (1980-1984), sacó a más
población rural de la pobreza que en los 15
años que van desde 1990 hasta 2005. Si India
se volvió menos democrática bajo Indira
Gandhi, China, en los 80, se hizo menos
autoritaria bajo la troika de Deng Xiaoping,
Hu Yaobang y Zhao Ziyang. Ése es el factor
fundamental del despegue económico del
gigante asiático.Una de las primeras medidas
de los líderes reformistas consistió en
crear un entorno más favorable a la
propiedad privada. En contraste con las
expropiaciones masivas de tierra de hoy en
día, en 1979 el Gobierno devolvió depósitos
bancarios, bonos, oro y hogares confiscados
a los antiguos capitalistas a los que el
régimen había perseguido.
El número de
personas que se beneficiaron de esta
decisión política no fue muy elevado,
alrededor de 700.000. Pero el simbolismo era
importante en un país que aún sufría las
consecuencias de la Revolución Cultural. Y
en el nuevo entorno político posterior a Mao
hubo otros actos simbólicos que pretendieron
elevar la confianza de los empresarios. En
1979, dos viceprimeros ministros visitaron y
felicitaron en persona a quien obtuvo la
primera licencia para abrir un restaurante
privado en Pekín. En 1981, un documento del
Partido Comunista mostraba la voluntad de
captar a miembros procedentes del sector
privado, un gesto muy aireado. La idea
habitual de que el partido no empezó a
reclutar a capitalistas hasta el final de la
era de Jiang Zemin no es cierta.
Asimismo, los
líderes reformistas empezaron a llevar a
cabo cambios políticos sustanciales. Como
dice Minxin Pei, todas las reformas
políticas importantes –como la jubilación
obligatoria de los funcionarios, el
fortalecimiento del Congreso Nacional
Popular (CNP), las reformas legales, los
experimentos de autogobierno en zonas
rurales y el relajamiento del control sobre
los grupos de la sociedad civil– se
instituyeron en los 80. Los medios de
comunicación adquirieron más libertad en el
primer periodo reformista. Y la secuencia
temporal es fundamental.
Este
liberalismo direccional de la política china
fue anterior o simultáneo al crecimiento
económico del país. No fue un resultado del
éxito económico. Ese liberalismo influyó en
el crecimiento, sobre todo, en la China
rural, donde vive la mayoría de la
población. El acceso privado al capital se
volvió más fácil en los 80. Se generalizaron
las empresas privadas, sobre todo en las
partes más pobres del país, donde más se
necesitaban. De los 12 millones de empresas
rurales clasificadas como municipales, 10
millones eran completamente privadas. El
giro en la política china fue lo bastante
creíble como para animar a millones de
empresarios a establecerse por su cuenta.
Sin embargo,
en los 90, el Estado chino revocó por
completo las reformas políticas graduales de
la década anterior. Ésa es la valoración de
Wu Min, profesor en la escuela del Partido
Comunista que depende del Comité Provincial
de Shanxi. En un artículo publicado en 2007,
Wu reveló que el programa de reformas
políticas aprobado en el 13º congreso, en
1987, puso en práctica algunos cambios
sustanciales. El congreso abolió los comités
comunistas en muchos organismos
gubernamentales y delineó de forma explícita
las funciones del Partido y del Estado. A
partir de 1989, no hubo más progresos en
materia de reforma política, especialmente
en la reducción y la racionalización del
poder del Partido Comunista.
El legado
liberal: contra la opinión establecida, el
crecimiento chino comenzó con una cierta
liberalización.
Las reformas
políticas de los 80 pretendían incrementar
la transparencia del Gobierno mediante la
creación de ciertos controles y equilibrios
del poder del Partido y el fomento de la
democracia interna. Wu menciona una medida
concreta aprobada en los 90 para anular las
iniciativas anteriores. Según él, China
estableció disposiciones explícitas para
impedir que el Congreso Nacional Popular
llevara a cabo evaluaciones de funcionarios
de los brazos ejecutivo y judicial. Wu
comenta: “Se trata, evidentemente, de un
paso atrás”.
¿Hasta qué
punto retrocedió China por esta decisión? ¿Y
si digo que casi treinta años? Pensemos en
el historial de China en cuestión de
accidentes laborales. En 1979, después de
que una plataforma petrolífera volcara y
causara 72 muertes, el CNP celebró una serie
de vistas en las que se llamó a testificar a
funcionarios del Ministerio del Petróleo. La
conclusión fue que el ministro había sido
negligente y se le despidió. En cambio,
desde mediados de los 90, se han producido
cientos de explosiones y accidentes
industriales en las minas de carbón. Miles
de personas han perdido la vida. Y no se ha
celebrado ninguna vista ni se ha declarado
responsable a ningún funcionario con el
rango de ministro o gobernador provincial.
Como Indira
Gandhi en los 70 y los 80, el Estado chino
centralizó gran parte de la gestión
económica en los 90. Fue otro paso atrás
respecto a las prometedoras reformas de 10
años antes, que, en esencia, habían
consistido en delegar la toma de decisiones
en quienes estaban mejor informados sobre
las situaciones locales. En 1994, el
Gobierno central incrementó de forma
sustancial la parte de los ingresos fiscales
destinada a las arcas centrales y abolió una
de las reformas más innovadoras: el
federalismo fiscal. Otro hecho menos
conocido de los 90 fue que el Estado
centralizó las funciones presupuestarias y
de otros tipos de los pueblos. Es decir,
aunque la gente siguió votando en elecciones
municipales, las autoridades elegidas tenían
muy poco poder real.
Las
consecuencias económicas de estos retrocesos
fueron considerables. En los 90, hubo una
crisis en el crecimiento de las rentas
familiares en relación con el PIB, lo que
significa que el ciudadano medio perdió
poder adquisitivo. La parte del PIB
correspondiente a los empleados –la renta
que aporta la población general– alcanzó su
cénit en 1990 con el 53,5%. En 2002, había
descendido al 45% del PIB. Con ese 45%, la
economía china producía menos beneficios
para su población en 2002 que en 1978,
cuando la parte de los empleados del PIB
estaba en el 48%. Hay otra cuestión
igualmente peligrosa para los más pobres,
pero que casi no ha llamado la atención: el
país está retrocediendo en alfabetización.
El 2 de abril de 2007, el China Daily, de
propiedad estatal, publicó un artículo con
un título de una franqueza poco frecuente:
“El fantasma del analfabetismo vuelve a
recorrer el país”.
Decía que el
número de adultos que no sabían leer ni
escribir había aumentado 30 millones entre
2000 y 2005. En 2005, había 115,7 millones
frente a 85 millones en 2000. Las raíces del
problema se encuentran en los 90. Hay que
tener en cuenta cómo se define la
alfabetización: la capacidad de identificar
1.500 caracteres chinos entre los siete y
los nueve años. Un adulto que estuviera en
el grupo de analfabetos en 2005 recibió toda
su educación primaria a mediados de los 90.
Además, las tasas de vacunación –que
aumentaron a lo largo de los 80– empezaron a
disminuir en los 90. Con el tiempo, Pekín
pagará un precio muy alto por estos fallos
tan monumentales.
En los 90, se
alteró de forma fundamental la naturaleza
del crecimiento en China. En los 80, tenía
una amplia base y fue positivo para los
pobres; desde entonces, el porcentaje de
gente beneficiada por el desarrollo
económico ha disminuido, y el rendimiento
social se ha deteriorado. Donde más se
advierten las repercusiones de este gran
retroceso es en las zonas rurales del país,
más calladas y menos visibles.
La larga
marcha
Por supuesto,
entender los orígenes de las respectivas
vías de India y China hacia el desarrollo no
es más que la mitad del asunto. Lo más
significativo es cómo han aplicado las
reformas y cómo han reaccionado ante ellas
los dos países, y lo que eso dice de la
relación entre la liberalización política y
el crecimiento económico.
Tras la caída
de la URSS, los dirigentes chinos estuvieron
de acuerdo en que su nación había evitado
correr la misma suerte porque no había
reformado su política. La realidad es todo
lo contrario. La razón más importante por la
que Pekín sobrevivió a la crisis de
Tiananmen de 1989 fue que sus campesinos
estaban satisfechos. En los 80, la China
rural experimentó los cambios económicos y
políticos más radicales. Fue la reforma
lo que salvó al Partido Comunista.
El dividendo
democrático: mientras China construía
rascacielos, India invertía en su gente.
Ahora puede ser el próximo tigre asiático.
Las
transformaciones políticas también
contribuyeron al crecimiento indio. Véase el
ejemplo de los medios de comunicación.
Durante la larga era Gandhi, aunque la
prensa escrita era libre, el Gobierno
controlaba las cadenas de televisión, una
fuente de información más importante dado el
alto índice de analfabetismo.
La privatización de las emisoras durante los 90
no sólo enriqueció la calidad de la
televisión de entretenimiento para el
ciudadano medio, sino que añadió
transparencia a la política india.
Muchos escándalos de corrupción y sobornos
se pusieron al descubierto por primera vez
ante las cámaras, en unas denuncias cuyo
efecto se vio aumentado por las vívidas
imágenes de los políticos recibiendo dinero
en sórdidas habitaciones de hotel. Ésa es la
mejor manera de luchar contra la corrupción.
Mientras
China reforzaba su control político de los
asuntos rurales tras el derrumbe soviético,
India avanzó en la dirección opuesta. En
1992, modificó su Constitución para dar más
solidez a una reforma de amplias y extensas
repercusiones: el autogobierno de los
pueblos. Este fenómeno del panchayati raj
tiene todas las probabilidades de
transformar un sistema urbano y elitista en
otro de carácter tocquevilliano que, de
paso, está dando cada vez más poder a las
mujeres. Las instituciones auxiliares de la
democracia india, tan atrofiadas bajo Indira
Gandhi, se han renovado. Los indicadores del
Banco Mundial muestran una mejoría notable
en áreas fundamentales desde mediados de los
90. De hecho, India está por delante de
China en varias áreas importantes de
reforma. A lo largo de los 90, Nueva Delhi
redujo los controles estatales sobre el
sector bancario, permitió la incorporación
de bancos privados, tanto nacionales como
extranjeros, y abolió la injerencia
gubernamental a la hora de fijar el precio
del patrimonio neto de las ofertas públicas
iniciales en el mercado de valores. China no
está, ni mucho menos, a la altura de India
en cuanto al ritmo y la profundidad de las
reformas financieras.
¿Tal vez la
democracia provocaría una oposición a las
reformas? Muchos reformistas progresistas en
China creen que sí, pero ésa es una
hipótesis que se basa demasiado en el miedo
y poco en los hechos. Pensemos en este dato:
todas las reformas políticas en India las ha
llevado a cabo una coalición de partidos, no
sólo aquel que ostenta la mayoría. Ocurrió
con el Partido del Congreso a principios de
los 90 y el Partido Bharatiya Janata entre
1998 y 2004 y ocurre de nuevo hoy con el
Partido del Congreso.
¿Y qué sucede
con las infraestructuras? Hasta los
liberales indios desean a veces una dosis de
autoritarismo. El Ejecutivo chino puede
olvidarse de las complicaciones políticas y
legales y construir redes de ferrocarril,
autopistas, conducciones de agua, de primera
categoría y de la noche a la mañana. El
autoritarismo juega con ventaja a la hora de
abordar proyectos de obras públicas. Pero
no. La construcción de infraestructuras es
posterior –no anterior– al crecimiento
chino. En 1988, Pekín tenía unos 150
kilómetros de autopistas. La situación no
cambió hasta finales de los 90. Sólo desde
hace ocho o diez años puede presumir de
poseer equipamientos comparables al mundo
desarrollado.
Muchos
inversores extranjeros creen que las
infraestructuras explican el distinto ritmo
de crecimiento de China e India. No existen
pruebas de esto. En los 80, India tenía
ventajas en este sentido: una red de
ferrocarriles más extensa, por ejemplo. Y,
aunque hoy podamos discutir cuál de los dos
países está en mejor situación, no hay duda
de que China estaba mejor que India en los
80. Lo que propulsó el crecimiento chino
fueron las reformas y las inversiones
sociales, no los aeropuertos y los
rascacielos de vanguardia.
Una
justificación para construir esas
infraestructuras tan enormes es que atraen
la IDE. Durante años, los economistas y
analistas financieros occidentales han
reprochado a Nueva Delhi que no siguiera el
ejemplo chino en este ámbito. Pero esa
crítica empieza la casa por el tejado. Como
las infraestructuras, la IDE no precede,
sino que sucede al aumento del PIB. En los
80, China recibió muy poca IDE y, sin
embargo, creció más deprisa y mejor que
posteriormente. Lo primero de lo que tiene
que ocuparse la política es de cómo hacer
que la economía crezca, no de cómo atraer
esas inversiones. Mientras India crezca
entre un 8% y un 9%, incluso sin unas
infraestructuras de primera categoría, podrá
fácilmente triplicar o incluso cuadruplicar
su IDE, que hoy tiene un volumen de 7.000
millones de dólares al año. El crecimiento
puede autofinanciar las infraestructuras
realmente necesarias para los negocios y el
desarrollo económico. China ha construido
unas infraestructuras cruciales, como
centrales eléctricas y redes de transporte,
pero, desde mediados de los 90, sus
dirigentes, sin tener que someterse a la
opinión pública, el escrutinio de los medios
ni los derechos de propiedad privada de las
tierras, han despilfarrado enormes recursos
en rascacielos urbanos que no producen
beneficios económicos. Muchos son edificios
oficiales muy costosos, en algunos casos de
hasta más de cien millones de dólares. Y los
costes económicos de esos proyectos son
mucho menores que sus costes en materia de
oportunidades, las inversiones en educación
y sanidad que China ha dejado de hacer. Que
un país haya construido casi 3.000
rascacielos en Shanghai y haya sumado 30
millones de analfabetos en la misma década
es extraordinario.
Después de un
largo paréntesis, los dirigentes chinos han
vuelto a la visión de los 80: que las
reformas políticas deben ser una prioridad.
La China rural ha empezado a recuperarse del
abandono de los 90, y las rentas rurales han
crecido más deprisa que en ningún otro
momento desde 1989. Todo eso está muy bien.
Ahora, para consolidar esos logros será
necesario revocar con más energía las
políticas intransigentes de los 90. La forma
en la que India consiguió salir de su larga
sombra de antiliberalismo ofrece varias
lecciones valiosas. En otro tiempo, Pekín
enseñó a Nueva Delhi la importancia de las
inversiones sociales y la apertura
económica. Ha llegado el momento de que la
China actual aprenda de India –y de la
China de los 80– que las reformas políticas
no son la antítesis del crecimiento. Son la
clave para crear una base más sana y
sostenible para el futuro.
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