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Las mentiras atómicas
y otras mentiras
por el general Alberto Piris*
Algunos hechos históricos
importantes quedan oscurecidos por los sucesos
diarios. El 6 de agosto de 1945 un bombardero de la
Fuerza Aérea de Estados Unidos lanzó sobre Hiroshima
la primera bomba nuclear de la Historia usada en
acción de guerra, que aniquiló en el acto a más de
120.000 habitantes de esa población -que apenas
alcanzaba el medio millón de ciudadanos-, produjo
más de 70.000 heridos (muchos de los cuales irían
muriendo al paso del tiempo) y arrasó gran parte de
la ciudad. Tres días después, otro avión
estadounidense repitió la operación sobre Nagasaki,
cuya población, de apenas 200.000 habitantes, sufrió
un descalabro proporcional.
Recordar todo esto nos permite
reiterar la facilidad con la que los gobernantes
recurren a la mentira para disimular sus errores o
para engañar al pueblo al que pretenden dirigir,
incluso por medios democráticos. Nada más lanzadas
las bombas, la versión oficial del Gobierno de
Estados Unidos sobre lo ocurrido se publicaba en The
New York Times: “No existe radioactividad en las
ruinas de Hiroshima”.
El Daily Express británico
envió a Hiroshima un reportero que empezó a informar
sobre la existencia de personas hospitalizadas, sin
heridas visibles, y que morían de lo que él llamó
'la peste atómica'. En consecuencia, las autoridades
militares de ocupación le retiraron la acreditación,
fue expulsado de Japón y sufrió una intensa campaña
de desprestigio de la que tardó años en recuperarse.
Ante el horror desencadenado,
pronto hubo que organizar una campaña para
justificar la brutal agresión, argumentando que
había ahorrado vidas humanas y acortado la guerra en
el Pacífico. La debilidad del argumento se demostró
con el paso del tiempo. Un documento oficial de
Estados Unidos, fechado en 1946 y conocido después,
demostraba que Japón se hubiera rendido sin
condiciones ante la aplastante supremacía aérea de
Estados Unidos “sin necesidad de lanzar bombas
atómicas, sin que la URSS hubiera entrado en la
guerra y sin que se hubiera planeado su invasión”.
Pero Truman quería mostrar a
Moscú el arma que podría darle la hegemonía mundial.
El Secretario de Guerra de Estados Unidos había
manifestado al Presidente su temor de que si los
bombardeos ordinarios de la Fuerza Aérea arrasaban
las ciudades japonesas, apenas se percibirían los
enormes efectos del arma atómica, que era lo que se
trataba de exhibir. Admitió después, en sus
memorias, que no se hizo ningún esfuerzo para lograr
la rendición de Japón por otros medios y evitar así
el empleo de tan brutales armas. Más bien, todo lo
contrario: se buscó la forma en que éstas lucieran
mejor su letalidad. Por su parte, el general que
dirigió el llamado “proyecto Maniatan”, que
desarrolló las armas nucleares, había declarado:
“Nunca dudé de que Rusia era nuestro enemigo, y que
el proyecto tenía esa finalidad”.
Si se hubiese dicho la verdad,
en 1945 se habría sabido que la nueva arma producía
unos efectos desconocidos, basados en la
radioactividad, y que el pueblo japonés (tan
despectivamente aludido en los medios de
comunicación estadounidenses como de raza inferior)
iba ser la víctima con la que se trataba de
amedrentar y bajar los humos al dictador moscovita.
Stalin se mostraba
ensoberbecido por el indiscutible éxito de sus
ejércitos frente a Alemania, pero muerto Roosevelt
-con el que le unían ciertos lazos de aprecio
personal-, empezaba a ser visto desde Washington
como el enemigo más peligroso del futuro inmediato.
Las mentiras políticas se
suelen multiplicar en proporción directa a la
gravedad de los hechos que intentan disimular.
Cuando la situación internacional se complica,
proliferan de tal modo que resulta muy difícil tomar
el pulso a la realidad. Hay mentiras que han pasado
ya a la Historia, como la inminente revolución
comunista con la que se pretendió justificar la
rebelión militar de 1936 en España, las de Hitler
para invadir Polonia en 1939 o las del presidente
Johnson en 1964 para iniciar la guerra de Vietnam.
Hay mentiras más recientes para justificar el
bombardeo de Yugoslavia por la OTAN en 1999 o la
segregación de Kosovo, violando todo derecho
internacional.
Otras mentiras envolverán
mañana los nuevos conflictos allá donde existan
tensiones no resueltas, como está ocurriendo hoy en
las dos regiones georgianas cuyos pueblos buscan
independizarse del Gobierno de Tiflis. Cuando las
armas empiezan a hablar, la primera víctima es
siempre la verdad. Y ésta quizá sea la única verdad,
en un contexto en el que la mentira es, a su vez,
una valiosa arma de guerra.
*
General de Artillería en la reserva española
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