Pensar nuestra América
Bolivia en nuestra conciencia
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

“(…) O sea que el principio del “equilibrio de poderes” nace con el capitalismo, es la  clave de bóveda de la política internacional del régimen capitalista  desde sus remotos orígenes hasta la década 1960-70.

(…) Desde el pique el capitalismo fue un sistema expansivo y conquistador.

Capitalismo y colonialismo (pese a que el significado de este vocablo cambie su substancia según las épocas) van siempre de la mano. Quien posea la mayor área de influencia colonial, quien tenga las manos más libres y más fuerzas para obtenerla, maneja el timón del poder a escala mundial.

Ese es el objetivo del “equilibro de poderes”: equilibrar en sus rivalidades y potencialidades a las demás naciones, para que la propia quede dueña y señora de los territorios ultramarinos y alcance mayor privanza sobre los países menores.”

 

Profesor Vivian Trías, “Uruguay y sus claves geopolíticas”.

(Del equilibrio de poderes al integracionismo), pág. 10.

 

Las claves geopolíticas de América del Sur pasan primero por sus gentes, sus culturas y cosmovisiones. Algo que, a lo largo de estos siglos, pocos han intentando comprender desde las estructuras de poder y menos aun osaron atender.

 

América, nuestra América, es el encuentro de lo diverso, de una otredad desdeñada y hasta estigmatizada al punto de querer borrarla a lo largo de nuestra historia, por esa supuesta centralidad que ve en nosotros, gentes de una de las periferias, signos borrosos y no aptos para ser considerados, según los cánones del supuesto centro, dignos de ser sus pares.

 

Centralidad que ha sido y es ayudada, digámoslo con claridad, por los parias y cipayos que desde antiguo han sido sus fieles siervos.

 

O sea que tanto la pigmentación y origen como las formas y maneras, son las líneas que ellos trazan para distinguirse de nosotros, los americanos del Sur.

 

Claro está que también están esos otros, los habitantes de las otras periferias del orbe, iguales a nosotros –en realidad todos somos iguales en lo diverso-, que son vistos por los dominadores del mundo, como una subespecie cuya existencia tan sólo pretexta la utilidad de servirles a sus fines productivos.

 

Que el mundo se compone, o descompone, en centros y periferias que remiten a dominadores y dominados, al tiempo que para ser dominados no sólo alcanza con que existan los dominadores sino que es preciso que a ellos les sirvan los cipayos y amanuenses que, desde el lugar periférico, hacen su tarea y cobran su salario por doblegar a los pueblos.

 

La antigua Roma y las diferencias sociales

En los términos romanos, el otro, el diferente, era primeramente el descastado, aquellos que simplemente criaban hijos. Así se referían sobre los proletarii, la clase social más baja, los pobres de la tierra, como narran los historiadores de aquel viejo imperio.

 

Esos seres humanos tan pobres que no podían pagar los impuestos sobre la propiedad, de manera tal que no podían acceder al ejército. Les restaba, pues, la tarea de tener hijos.

 

Integraban la plebe, los que “no formaban parte de la gente”. Algo que en latín se expresa de la siguiente manera: qui gentem non habent.

 

En la plebe había, cierto es el aclararlo, diversas categorías, pero de lo que no nos cabe duda histórica es respecto de los proletarii, los descastados, parias que no lograban, en modo alguno, el rango de gente, ni siquiera para ingresar como soldados al ejército romano.

 

Los que sí podían hacerlo, eran los adsidui, pues éstos eran ciudadanos con la suficiente capacidad económica y el nivel de privilegio suficiente como para acceder al ejército.

 

Así, a los adsidui, les seguían los inmunes, o soldados con oficio, y a éstos los duplicarii, los suboficiales que percibían el doble del sal-ario de un soldado raso.

 

Al duplicarii, le seguía el optio, suboficial de una centuria y 2º al mando de la misma, por debajo del centurión, quien tenía por delante sólo dos categorías más: el primi ordines, centurión de la primera cohorte (cada una de las diez unidades en las que se dividía una legión) y, seguidamente, el primus pilus, centurión más veterano de una legión (recuérdese que ésta comprendía a 5.120 hombres) y al mando de la primera cohorte.

 

En fin, que a los fines propuestos en nuestra reflexión, nos detendremos aquí pues queremos marcar la relevancia de distinciones tales como las básicas de proletarii y adsidui y así sucesivamente hasta llegar a los centuriones.

 

Se nos narran historias de centuriones pero jamás, repito: jamás, se nos dice cosa alguna sobre los descastados, por ser no sólo diferentes sino encontrarse en la margen externa del mercado glorificador, ese universo del utilitarista que tiene, en tantos de nuestros países, por cardenal al ministro de economía de su gobierno y por pope al CEO de alguna trasnacional.

 

Diverso – Diferente – Disidente: proletarii, pero tú también adsidui. Porque al descastado lo suelen enfrentar con su inmediato superior el que, a su vez, no llega ni al nivel del suelo de los centuriones.

 

Es así que, mutatis mutandi, la dialéctica del oprimido en la época de la nueva Roma, parece ser la que se da entre el proletarii y el adsidui, por cuanto el cielo de ambos está en alcanzar la posibilidad de pagar para servir y no de cobrar para vivir.

 

La historia sólo nos ha permitido, hasta que la hemos hurgado, enterarnos de los centuriones, escondiendo, a su vez, a los que les siguen en la cadena de mando.

 

El 11 de septiembre sudamericano

En ese día, bárbaro como pocos en la historia reciente de nuestros pueblos, caía el presidente chileno Salvador Allende a manos de soldados que respondían, desde sus más altos mandos, a dos banderas.

 

Poco tiempo después, el escritor mexicano Octavio Paz, escribía su célebre reflexión intitulada “Los centuriones de Santiago” (que publicara en su revista Plural, número 25, de fecha 25 de octubre de 1973).

 

Allí Paz analizó tanto los hechos que derivaron en el quiebre institucional de la hermana nación trasandina como las consecuencias que en diversos grados de responsabilidades revestían en su hora, e irían a revestirán el futuro, de no mediar determinadas acciones y actitudes que dieran paso a acciones conducentes a un restablecimiento serio tanto de la igualdad como de la responsabilidad social.

 

En dicho texto, decía Octavio Paz, entre otros conceptos, lo siguiente: “Condenar la acción de militares chilenos y denunciar las complicidades internacionales que la hicieron posible, unas activas y otras pasivas, puede calmar nuestra legítima indignación. No es bastante.”

 

Lo que era explicitado con estas palabras: “Entre los intelectuales la protesta se ha convertido en un rito y una retórica. Aunque el rito desahoga al que lo ejecuta, ha perdido sus poderes de contagio y de convencimiento. La retórica se gasta y nos gasta. No protesto contra las protestas. Al contrario: las quisiera más generalizadas, enérgicas y eficaces. Pido, sobre todo, que sean acompañadas o seguidas por un análisis de los hechos. La indignación puede ser una moral pero es una moral a corto plazo. No es ni ha sido nunca el sustituto de una política. Renunciar al pensamiento crítico es renunciar a la tradición que fundó el pensamiento revolucionario y abrazar, ya que no las ideas, los métodos intelectuales del adversario: la invectiva, la excomunión, el exorcismo, la recitación de las autoridades canónicas.”

 

 Y de todo esto que nos dice Paz, aun nos duelen prendas. Veamos, en este sentido, otra reflexión al respecto y bien cercana en el tiempo.

 

El pasado 11 de septiembre, el chileno Aníbal Venegas publicaba, en el diario Clarín de Santiago –desde su sitio en la Internet: www.elclarin.cl -, un artículo intitulado “11 de Septiembre en nuestro tiempo”, del que extraeremos tan sólo un párrafo.

 

Dice Venegas: “¿Qué nos ha legado la dictadura? Una ley de Amnistía que impide enjuiciar a los asesinos, una Carta fundamental que nos encierra hasta el día de hoy, una lista enorme de mujeres y hombres desaparecidos y cuyas familias aun reclaman justicia, una desigualdad social espeluznante, una ley que tacha al objetor de conciencia como terrorista, un poderío inconmensurable de la prensa oficialista, un temor, un miedo, una vergüenza, la cultura chilena del siglo XXI.”

 

Pero dice más en este sentido: “Precisamos entender que el día 11 constituye el origen de la tragedia, una cosificación del tiempo en el espacio y que sin embargo nos obliga como sujetos históricos que somos, como hombres y mujeres cansados y exhaustos, a protestar una y otra vez sin cejar en la tarea, hasta que se nos otorguen respuestas o hasta que el proyecto de vida realmente humano reaparezca y pueda abandonar su actual –y lamentable- estatus de utopía.”

 

Bolivia: hoy los centuriones hacen que se enfrenten adsidui contra proletarii

Hasta hace muy poco tiempo Amerindia ha venido gritando y luchando desde su dolor, por siglos, y nunca se la ha querido escuchar. No como se deben escuchar entre humanos: atendiéndose, acercándose, comprometiéndose, involucrándose.

 

A los pueblos originarios - y entre estos Bolivia es un ejemplo cabal de destrato y oprobio - se los ha considerado una subespecie humana sin merecimiento de respeto y trato igualitario.

 

Nuestras propias clases dominantes -y también aquí la boliviana es paradigmática en la materia con no pocas familias usufructuando fortunas que luego las dilapidan en el exterior, al morar en las capitales de los centros de mando- son ejemplo palmario de este destrato, de esta desconsideración para con el diferente.

 

Cuando un pueblo vota y elige democráticamente a un miembro que representa a los originarios, se le entorpece su camino y su programa desde las formas más viles.

 

Y cuando ese mismo primer mandatario, de nombre Evo Morales, gana un plebiscito ratificatorio, por un guarismo harto elocuente, se acalla el resultado que -dicho sea de paso, a los medios de comunicación del centro, representados en nuestras capitales por las familias “criollas” que detentan su contralor- mucho les costó divulgarlo hasta llegar al porcentaje exacto.

 

En el entretiempo, claro está, se habían dedicado a poner dudas sobre si podía llegar a pasar de determinado plano, dejando que la información final saliera a luz ya en horas no centrales de las programaciones televisivas de la región. Mientras habían sembrado cizaña, su cultivo favorito.

 

Es la hora de nuestra conciencia sudamericana

Hoy la lucha, en el sentido de porfía cívica y democrática es, primeramente, entre bolivianos.

 

Pero hoy también la lucha - por la paz, por el respeto y dignidad de todos, originaria, chola, blanca - es también de todos nosotros como sudamericanos que somos; hombres y mujeres libres que buscan un destino mejor.

 

Hoy no hay lugar para eludir nuestra responsabilidad, pues este es el tiempo que hemos estado esperando para construir, unidos en la diversidad, la Patria Grande de nuestros mayores.

 

Por consiguiente, la suerte de Bolivia es la de todos nosotros, la de nuestros puebos, la de nosotros mismos en nuestras vidas individuales.

 

Y esta lucha antes que emprenderla con las armas que matan, mutilan y brutalizan a los seres humanos, debemos emprenderla con las armas de la Razón, pero de una Razón descolonizada.

 

Hoy aquel supuesto centro es la periferia de nuestras vidas, pues es en nosotros donde se encuentra latente nuestra suerte y por consiguiente nuestro destino, de ahí que obramos por la edificación de una centralidad que tenga por circunstancia primera a la América del Sur y no a la cabeza de una potencia colonial o neocolonial.

 

Hoy el presente se llama Bolivia y el que lo olvide puede que mañana la sombra alcance a su casa; nuestra casa sudamericana.

 

Por tanto hoy, en un hoy que dice relación a la historia presente, la que vamos labrando día a día, es, debe ser, el encuentro con nuestra conciencia sudamericana, con nuestra responsabilidad y nuestra entrega para con la causa superior de nuestros pueblos: la Patria Grande.

 

Hay algunos viejos centuriones criollos, porque haberlos los hay tanto afuera como adentro de nuestra región (tengan o hayan tenido éstos, en sus manos, lanzas o bolígrafos) que están llamando a rezar por Bolivia, en esa actitud que dice de postrarse tanto física como espiritualmente buscando transferir la centralidad de nuestra responsabilidad a una Otredad que la tome a su cargo y obre…

 

No: hoy, como nunca, vuelvo a repetirlo, el encuentro es en un cara a cara con nosotros mismos, tanto con mi conciencia como con su rostro y el suyo con el mío y así sucesivamente hasta llegar a la tierra hermana boliviana y ponernos a su servicio en esta hora que será nuestra o comenzará a ser la de los otros, esos parias de los que sólo cabe aguardar mayores rapacidades a las ya perpetradas en nuestros pueblos.

 

La tarea, pues, parece consistir en lo siguiente:

1 - En lo interno y netamente boliviano, tanto sus Fuerzas Armadas como la ciudadanía en general, deben comprender y asumir su protagonismo a favor del mantenimiento y profundización de la democracia representativa en su nación, bien como de su perfeccionamiento para el mejor despliegue de las libertades.

 

2- En lo externo y regional, todos los pueblos hermanos de Bolivia, debemos laborar en pro de la mejor difusión de su realidad, así como intentar llevar, además de una voz de aliento, un compromiso renovado en la defensa de la institucionalidad boliviana a la vez que se vayan generando las oportunidades en espacio y momento para que el diálogo pueda deparar, de modo creciente, mayor sosiego desde el cual recrear una nación por tantos siglos sojuzgada al arbitrio de unos pocos.

 

3 - En lo regional y a nivel de Estados, esta es una de esas horas en que los liderazgos pasan por la fragua de los hechos. Que el yunque tenga sobre sí y al calor del fuego de la hora, todos aquellos componentes desde los cuales podamos clarificar qué tanto o qué poco cada uno de nuestros Estados ha puesto de su parte en pro de la defensa de una Bolivia democrática y unida o bien cuánto otros han hecho para desdibujar sus propios roles protagónicos en la región. Que nadie falte a la cita, parece ser, entonces, la premisa de este tiempo singularmente histórico.

 

En suma:

- Asumamos nosotros, personas jurídicas y personas físicas, Estados y ciudadanos de la Patria Grande, el momento histórico que nos toca en suerte vivir.

 

- Construyamos lo que los centuriones no pueden ni quieren: un lugar en donde el diferente y lo diverso sean el centro y no -no más- el excluido y lo excluyente.

 

- Tengamos la osadía de poder ser, en esta hora clave, dignos hombres y mujeres de nuestro tiempo. Y que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos, sean quienes, en definitiva, juzguen las acciones que hoy un pueblo hermano reclama sean tomadas tanto por sus propios hijos como así también por nosotros, sus hermanos.

 

- Enlacemos nuestros brazos y, cara al viento, caminemos por la Patria Grande, desde el respeto al otro, al disidente, al diferente y así, a lo diverso, en pro de una vida humana más digna y auténticamente nuestra, por acrisolada y sustantiva en valores del espíritu.

 

Todo esto no sólo es necesario sino, y digámoslo a viva voz: posible, si aun sabemos lo que es tener conciencia crítica.

 

Atreverse, entonces, debe ser el verbo sudamericano por excelencia.

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