“El sabor de la noche”,
es una daga de terciopelo
por Oribe Irigoyen

Es una daga de terciopelo. Este concepto parece absurdo, desde luego, escapa al sentido común o de cualquier especie de jerarquía lógica, puede ser caprichoso o caer en el charco de un galicismo como bizarro, que los franceses conceden a lo que los asombra, pero ocurre que el cronista intenta quitárselo del magín, pero él retorna una y otra vez con terquedad como una metáfora clarificadora. Cierto, es un preámbulo demasiado remolineante y hasta barroco en ese dar vueltas, morderse la cola, para el sencillo hecho periodístico de escribir acerca del reciente estreno en Montevideo del film “El sabor de la noche” ( My Blueberry Nights, EEUU, 2007 ). Es que la visión de sus imágenes no sólo reconcilia al espectador con el cine por más que esté muy  peleado con él, dada la plaga actual de insustancialidad, tontería y efectos digitales por todo argumento para gustar del invento de los hermanos Lumiére hace más de un siglo, sino que el lenguaje fílmico del cineasta chino Wong Kar Wai produce en un muy cascarudo espectador una singular reacción, que le hacen decir: “es como una daga de terciopelo”.

 

La susodicha daga

Wong Kar Wai despliega imágenes, el espectador se interna en un universo de fascinación estética, al igual que en un viaje de pleno confort a un país de maravilla existe en ella una inevitable seducción sensible, que esconde los ramalazos de conmoción anímica o corrosión espiritual dolorosa para el espectador ante temas y contenidos que lo involucran fuertemente, sin cuchillada trapera pero con sangre derramada. El público es seducido, pero tratado a la vez como un adulto inteligente, como si ver cine fuera un  acto de cortejo, de enamoramiento y de convivencia matrimonial que exige una labor intelectual. Hay que comprender, descifrar y construir la película completando lo hecho por el cineasta – un estilo formal de sutileza demostrativa para un contenido de sugerencia escondida-. Es decir, Wong Kar Wai narra con imágenes, parece omitir cosas u ocultar datos, pero no los esconde, crea barreras, pone obstáculos formales, pero hace cómplice al espectador para que dé sentido a las secuencias, le propone temas y contenidos humanos sensibles a todos los públicos más allá de fronteras idiomáticas o culturales, en los cuales lo cortés no quita lo valiente, los avatares padecidos  por los protagonistas surgen con dureza aterciopelada – la daga -. ¿ Cuáles avatares ¿… Como lo mostrara en sus anteriores films de ambiente chino ( “Felices juntos”, “Con ánimo de amar”, “2086” ), Wong Kar Wai atiende a los temas del hombre actual: la existencia de un paisaje humano desolado en la universal agitación urbana, de seres solitarios ensimismados en la soledad, del desengaño amoroso, de una inquietud viajera o acaso aventurera por voluntad de cambiar de ámbito geográfico o por la búsqueda de sí mismo que anima a sus protagonistas, del espíritu romántico que permanece incontaminado por los glaciares urbanos de vidrio y cemento. Con esas pautas y el refinado tratamiento audiovisual que obtiene en sus rodajes, el cineasta chino surge como uno creadores más personales de la actualidad.

 

Esa visión artística china es trasladada en oportunidad de “El sabor de la noche” a los Estados Unidos, para rodar desde los mismos parámetros temáticos una historia con mirada ajena pero sagaz acerca de una mundo en las antípodas geográficas y culturales del realizador.

 

Una mirada fascinante

 La trama, de fuerte dominancia nocturna por la índole de los personajes y las situaciones, muestra a una mujer neoyorquina ( Norah Jones ) que a raíz de un desengaño amoroso entra en una crisis existencial, de la que encuentra consuelo en la amistad trasnochadora con un solitario y afable dueño de una cantina ( Jude Law ), con quien intercambia charlas de bar, mutua empatía y confesiones personales. Decidida a superar su crisis afectiva y a cambiar de ambiente, la mujer emprende un largo viaje por lo general en bus recorriendo los Estados Unidos durante casi un año y miles de kilómetros, con distintas paradas o estadías en diversos lugares geográficos en los cuales trabaja en comedores o bares y conoce a variados personajes. Es testigo de la existencia solitaria o desolada y entabla relación de camarera a cliente con un policía alcohólico de ánimo inestable ( David Strathairn ), enamorado hasta la locura y la borrachera consuetudinaria de ex esposa ( Rachel Weisz ) que lo ha abandonado y una amistad más íntima y trashumante con una bravía jugadora profesional y también compulsiva ( Natalie Portman ). En toda esa travesía la mujer ha mantenido contacto epistolar o telefónico con el barista de Nueva York, periplo que termina justamente en esta ciudad con el reencuentro de ambos.

 

Con la maestría anotada más arriba, Wong Kar Wai parte de una guión resuelto por él mismo junto a Lawrence Block con notable economía de recursos literarios, diálogos de gran sencillez y sobriedad pero de rica sugerencia emotiva o intelectual, situaciones de complejo contenido dramático, pero de exposición plástica muy direccional y sugestiva, por ese mismo camino de hacer cómoda y seductora la aprehensión de lo mostrado o discurrido. Con no menor sobriedad y sencillez, el realizador muestra la acción y el contexto que rodea a los personajes por lo general en interiores, lo hace con breves, reveladoras y vertiginosas de trenes urbanos que pasan recortados contra el perfil casi siempre nocturno de la ciudad, fugacidad y revelación – la singular luminosidad continua pese a que las tomas son nocturnas -. Esos instrumentos expresivos de fuerte dominancia visual son los que transportan el desarrollo de una mirada aguda y significativa sobre la sociedad norteamericana, que pese al factor de ajenidad o de distanciamiento – quizá, por el contrario, debido a esa lejanía cultural – posee una convicción superior y veracidad envolvente. Incluso, Wong Kar Wai juega con cartas abiertas sobre la mesa, aunque ellas posean una enorme sutileza, cuando elije un recurso original e ingenioso para acentuar o delatar esa misma amenidad o intrusión oriental sobre la vida occidental: en sus encuadres o movimientos de cámara a menudo antepone entre el espectador y la acción o dichos de los actores vidrieras y cristales con inscripciones o enseres y muebles que obstaculizan la visión de lo que pasa, como si la cámara ( el espectador, dado el grado de complicidad sugerido ) espiara a los estadounidenses o fuese un intruso que mira a hurtadillas el comportamiento de los personajes. Otro recurso novedoso y de enorme eficacia comunicativa para dar esa misma sensación o detallar con sutileza el drama proviene de pequeños cambios en la velocidad del rodaje de las tomas, dándoles un carácter algo irreal a personajes y situaciones, sin llegar a lo que se conoce como cámara lenta o “ralenti”. Ese formidable despliegue visual de Wong Kar Wai, cuenta con la colaboración de la notable fotografía en colores de Darius Khondji  y está acompañado, como siempre en sus películas, de una banda de sonido y musical ( a cargo de Ray Cooderl ) de específica elocuencia de temas norteamericanos románticos y lentos. Y desde luego, existe una magnífica y magistral colaboración de excelente elenco de famosos.

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