El Uruguay y su izquierda
Dialéctica Vs. Inmovilismo

por Héctor Valle

hectorvalle@adinet.com.uy

 

“¿Qué se busca entonces con el Tratado (con los Estados Unidos de Norteamérica)? Desde el punto de vista de los negociadores uruguayos no lo sabemos. Quizá se ha corrido detrás de la ilusión del vellocino de oro, aunque en la carrera se hayan ido dejando jirones por el camino. La ilusión, que de cuando en cuando, candorosamente, asoma en ciertos artículos periodísticos: la de creer que este país de 2 millones y medio de habitantes pueda lanzarse a las más atrevidas empresas industriales y que el chorro de oro, magnánimamente distribuido desde el Norte, nos permitirá superar todas las dificultades, esas que, en verdad, sólo el tiempo, el trabajo y el orden impuesto por nosotros mismos, son capaces de vender o paliar. (…) Después y en el caso del Uruguay, se debe haber querido aprovechar nuestra dócil complacencia con el Departamento de Estado. Se necesitaba un m modelo”. Alguien que rompiera la fila. El tratado con el Uruguay constituye ese “modelo” para otros tratados similares con países cuyas economías ofrecen, por cierto, muchas mayores perspectivas al inversionista norteamericano. Una vez más se nos habría utilizado como conejo de indias y al utilizarnos empleamos el término con ausencia de toda intención peyorativa – el Departamento de Estado ha de haber tenido presente, sin duda, que de todos los países “atrasados” de este Continente, el nuestro es el que menos peligro ofrece, precisamente porque nuestro “atraso” es muy relativo, a causa de nuestra estabilidad política, de nuestras saneadas prácticas comerciales, de nuestra homogeneidad de población, de nuestra carencia aparente de problemas fundamentales.”

 

Dr. Carlos Quijano,

“El Tratado con los Estados Unidos”,

publicación de Marcha, páginas  42 y 43,  año 1950.

 

La cuestión es, hoy como ayer, entre la libertad y el despotismo. Tanto en lo interno e inmediato como en lo próximo y circunstancial, bien como en la relación entre la periferia que nos comprende y el o los centros de poder continental y global que rigen, quiérase o no, los destinos de la humanidad.

 

Carlos Quijano lo supo y lo vivió en el torrente de una vida digna por rica en valores como en acciones coherente con estos, que eran los que deben ser a un hombre libre: los de el respeto irrestricto a la libertad y posibilidades de desarrollo del otro hombre, de la otra mujer, es decir del diferente.

 

Se trata de determinar qué es lo central, qué lo periférico y anecdótico y qué –con su cómo y su por qué- es lo que merece nuestra entrega total y determinada en el plano de lo societario y en el devenir de nuestras comunidades, la nacional y la regional que, en nuestro caso es, ciertamente, la sudamericana.

 

Un cuarto de siglo después que Quijano tratara con justeza y profundidad lo que arriba citamos, es el mexicano Leopoldo Zea a quien recurrimos para seguir dibujando en carbonilla un primer mapeado de la situación que nos ocupa.

 

Don Leopoldo, ese otro hombre libre que además fuera amigo entrañable del uruguayo Arturo Ardao, al discurrir respecto de cuestiones tales como la “Fenomenología de la Derecha” (ensayo comprendido en la obra “La cultura y el hombre de nuestros días”, Caracas, año 1975), logra importantes reflexiones, algunas de las cuales reproduciré a continuación:

 

Dice Zea, refiriéndose a las categorías de “derecha” e “izquierda”, lo siguiente: “(…) Privilegiados sólo existen donde hay también los que carecen de privilegios. Esto es, lo uno contiene a lo otro, aunque sus extremos se hallen en las antípodas. La rebelión, la revuelta contra un orden, es consecuencia de esto mismo. Todo orden lleva dentro de sus entrañas la semilla de su transformación, de su dejar de ser un determinado orden, para ser otro distinto. Tal es lo que ha visto la lógica dialéctica, en oposición a la lógica formal. Por ello la primera ha venido a ser la lógica propia de la izquierda, la lógica siniestra; mientras la segunda lo ha sido o lo es de la derecha. En la dialéctica no hay ni derecha ni izquierda, sólo momentos diversos de una permanente transformación social.”

 

Para agregar, inmediatamente, esta frase cargada de sentido y fermento: “La izquierda de hoy es la derecha de mañana, que engendrará, a su vez, otra izquierda. Derecha e izquierda no son sino momentos de la marcha de la naturaleza o de la humanidad.

En la lógica formal esto no es posible.”

 

Y por ahí creemos que pasa la cuestión que nos ocupa. Por el discurrir entre la regeneración o el inmovilismo. Determinar si queremos más de lo mismo o si nos atrevemos a ir por más de lo bueno, entendiendo por tal el bienestar creciente de todas nuestras gentes que poco a poco les posibilite ser más libres, en un sentido responsable donde derechos y obligaciones puedan, logrado el estadio del tener cubiertas sus necesidades básicas, crecer y determinarse a ser más humanos y así permitirse crecer en espíritu y en compromiso social.

 

Inconformismo no es rebeldía vana. Inconformismo es ser libertario y querer más de la vida desde la asunción de nuestra corresponsabilidad en la gestación y prosecución de ideales y fines sin que para ello los medios a utilizar sean utilizados sin un criterio ético en donde el respeto al diferente, al disidente, sea siempre respetado.

 

Por algo dice don Leopoldo, un poco más adelante en este su vital ensayo, lo que sigue: “(…) Por ello, las fuerzas que combaten a la derecha serán vistas como fuerza completamente ajenas a ella. No se verán como productos de su propia actividad, como contrapartidas de su propia situación y privilegios. No; la izquierda, en cuanto es activa y no se conforma con su situación, es vista como lo extraño, lo ajeno, lo que está afuera.”

 

Se trata, creo yo, de aceptar y gustar de estar “al descampado” y no, o no necesaria y dogmáticamente a cubierto “bajo un paraguas” que angoste y limite nuestra libertad.

 

Al discurrir más adelante el mexicano Zea sobre los verdaderos motivos del andar de la derecha, ofrece esta otra reflexión sobre el sentido de la izquierda: “(…) Por ello, frente a esta lógica de derecha, está esa lógica propia de la izquierda de que ya hemos hablado: la lógica dialéctica, que relativiza el orden, la cultura, la religión y la civilización, y hace de la humanidad algo más que la simple expresión de un grupo de privilegiados. Es esta lógica, en sus diversas excepciones, la que hace patentes los ocultos y concretos fines de los grupos que se presentan a sí mismos como mantenedores de los valores aparentemente más abstractos. Por ello, frente a un orden determinado de interés, es válida la oposición de otro que aspire a satisfacer los intereses de los grupos que no han sido satisfechos. Bien y mal no son sino relaciones propias de la situación de los individuos que valoran.”

 

Es decir, debemos tener en claro, antes de qué busca en sí la contraparte en pugna por los asuntos políticos de la sociedad, qué buscamos, realmente, nosotros mismos, cada uno de nosotros, al plantarnos en la arena de lo público con el fin de avanzar hacia la obtención democrática del poder que, en su última fase, tiene por meta las elecciones nacionales en un Estado de Derecho.

 

Pero hay fases previas y cruciales; por ejemplo a la interna de cada fuerza política y, en este sentido, ni qué hablar en la propia izquierda, por caso la uruguaya.

 

El núcleo de la periferia y sus relaciones con los centros de poder: el caso uruguayo.

Sé, porque lo busco, aunque es muy cierto que pocas veces lo consigo, cuán benéfico es ser tan claro como concreto.

 

La brevedad, pues, buscará signar esta última reflexión:

 

En el Uruguay, y en su izquierda, existe, al menos a nivel epidérmico, es decir mediático, una honda consternación sobre candidaturas nacionales. Esto es, quiénes serán o dejarán de ser los mejores exponentes de la izquierda, de cara a las elecciones del año próximo.

 

Digo lo siguiente:

 

La izquierda uruguaya tiene, objetivamente, un único candidato. Único por probado, creíble y que pondera los extremos, respetando la centralidad de su fuerza. Y es el señor Tabaré Vázquez Rosas, actual Presidente de la República.

 

Otro candidato de estas características no existe dentro del espectro político de la izquierda uruguaya.

 

Luego tendríamos, en función de los programas y pasos a adoptar por la estructura política e histórica de la izquierda nacional, diversas opciones. Cada una de las cuales, según hacia dónde dirija la izquierda sus planes para un eventual segundo gobierno nacional, contará con sus exponentes adecuados.

 

En este sentido, hay otro candidato ideal para un tipo de programa de Gobierno y metas regionales y globales. Este candidato es el señor Danilo Astori.

Es decir, toda vez que los estamentos decisorios a nivel del Frente Amplio, determinen que la mejor estrategia y su programa será la de relacionarnos, intensamente, con los Estados Unidos de Norteamérica, no hay, bajo ningún concepto, otro candidato que haya probado, en estos años, un relacionamiento tan intenso como proficuo con los estamentos políticos y financieros de los EUA.

 

Y si, en lo nacional, se pretende apostar por lo financiero sobre lo productivo, por un orden de cosas donde los índices mejoren en tanto que la clase dominante permanece, como hasta hoy, sin prestar su concurso, luego sus aportes traducidos en nuevos tributos, a la causa nacional. En ese orden, pues, el candidato debiera ser, ciertamente, el señor Astori.


Creemos firmemente que debe seguir reflexionándose sobre la posibilidad de que el candidato sea el señor Vázquez Rosas.

 

Él es, lo reitero, el fiel depositario del mejor sentir de la izquierda uruguaya, en caso que la izquierda nacional busque profundizar, dialécticamente, la acción transformadora hacia una sociedad más justa –vistas en varias áreas del actual gobierno: laboral, seguridad, salud, entre otras-, por igualitaria en oportunidades y respeto irrestricto a las libertades.

 

Si, además de apostar a una mejora sensible en los modos de producción nacional, dando centralidad al cooperativismo, a las microempresas y a un despliegue nacional en que la educación sea considerada una cuestión estratégica, la izquierda cuenta con hombres y mujeres para llevar adelante los planes que la misma genere en este sentido.

 

Asimismo, y en lo que hace a política externa y relaciones internacionales, lo que se busca es proseguir por la senda de mejorar y profundizar el MERCOSUR y la UNASUR, junto con los acuerdos que están tramitándose con terceras partes, en este caso, de no lograr el concurso cívico y ejemplarizante del ciudadano Vázquez Rosas para con su país, la izquierda uruguaya, reitero, tiene otros hombres y mujeres que pueden tomar a su cargo esta lucha.

 

Una salvedad: Tanto en el caso del ciudadano Vázquez Rosas, como en el de ese otro ciudadano, elegido entre los varios que buenos y políticamente aptos están presentes en las filas de la izquierda, deberá primeramente consensuarse un programa o su eje de acción, por lo menos y, concomitantemente, presentar a las personas que, sin renegar de sus personales visiones de la cosa pública, respeten el programa común.

 

Y esto por una razón muy simple: los programas, al menos en una izquierda que se precie de tal, son para ser respetados, así como el actual Presidente lo hizo aun en situaciones en las que su personal idea difería con la central.

 

Por consiguiente, nunca debe dársele la más mínima posibilidad a aquellas otras que, vestidas con piel de oveja –pero conocidas por todos-, busquen auparse hacia el poder y una vez allí, por aquello de haber sido “el candidato posible para ganar”, hagan y deshagan a su antojo y discreción, en el sentido opuesto a lo determinado por la gran mayoría del Frente Amplio. 

  • Prudencia en la acción.

  • Dialéctica para discernir.

  • Movimiento para que la praxis devengue en teoría y así amalgamar intereses centrales y periféricos desde una acción regenerada.

Para ello, primero habrá que dilucidar si la izquierda querrá seguir siéndolo o, al estar de algunos que ya moderan sus pasos y aumentan sus voces, nos avenimos a dejar que otros determinen por sí y a puertas cerradas los destinos de un movimiento que, en su lógica dialéctica, los tiene por opuestos.

 

La solución, una vez más, es el compromiso público; tanto en el hablar como en el hacer.

 

Meditarlo no estará demás.

 

En última instancia y en relación con la centralidad de lo aquí planteado, reconozco que me faltó referirme a la dialéctica negativa, algo que habré de abordar próximamente.

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