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Entre la tradición y
la imaginación*
por el
profesor Mauricio Langón
Me proponen un tema
sorprendente. Y me agarra con la vesícula algo
dolorida (pero escribí “colorida”). Y no encuentro
ningún método fuera de las “asociaciones libres”
para meterle el diente a esto con un mínimo de
“seriedad académica”.
1.
Pero del asombro surge el filosofar,
dicen. Justo cuando uno está distraído y no tiene
ganas y sospecha que “no se le prenderá la
lamparita” y que ningún espíritu de ninguna escalera
vendrá a soplarle nada al oído.
Entre la Tradición y
la Imaginación, hablaría del entre y hablaría
del y... Porque de “tradición” e
“imaginación” sería demasiado…
Se trata de
aprovechar “la oportunidad que me brinda la
Universidad amiga” (ya que no la radio amiga: los
“medios” suelen brindarnos más bien pocas
“oportunidades”) para decir “algo”…
Pero, claro, hablar
del “entre” y del “y” (es decir,
hablar de relaciones) ya está aceptando
trabajar con dos conceptos, dos ideas claras y
distintas, ya “identificadas” como dos “cosas”, que
son claramente lo que son cada una de ellas,
Tradición e Imaginación, y que son distintas (casi
diría que opuestas o incompatibles). Y se trataría
de remediar esa separación, de suturar esa herida,
buscando formas de imposible connubio.
Hasta ahí llegué por
este camino. Y me fastidió.
2.
Entonces recorrí otros caminos.
Formularme preguntas que las relacionaran más
íntimamente. Preguntarme, por ejemplo: ¿Y la
tradición de la imaginación? ¿Y la tradición
imaginada? ¿Y la imaginación tradicional? Esto me
pareció más jugoso.
Pero en seguida lo asocié con
cuentos de niños (perdón, para niños)… Una
canción que me cantaba mi abuelita que –según me
informó mucho tiempo después un musicólogo
antropólogo- formaba parte del ciclo del Sr. Don
Gato. La letra es de origen al menos medieval,
aunque la música con que Mama -y yo- la cantamos a
nuestros nietos probablemente data sólo del siglo
XIX.[i]
En cualquier caso,
imposible hablar de la tradición sin hablar de Mama.
La abuelita es la portadora de las
tradiciones. Y el ritmo tradicional es
pasar el mensaje de abuelos a nietos, sin el
control de la censura adulta de los
padres. Eso es lo que hacemos siempre los
abuelos, con cierta complicidad con los nietos.
Este ritmo es
conciente y expreso, por ejemplo, en los partícipes
de las festividades del Viernes Santo en Yavi, pero
posiblemente si miramos a nuestro alrededor (o en
nuestro interior) lo veremos funcionando en muchos
otros lugares. Seguro que los educadores -aunque no
lo digamos o no lo querramos- reproducimos
más aquello que nos impactó, aquello que nos marcó
en la enseñanza de nuestros primeros maestros (sus
contenidos y sus métodos), que aquello que
aprendimos como alumnos de didáctica en magisterio o
profesorado… Cuando viene la reflexión y la crítica
sobre cómo debe enseñarse, en realidad nosotros ya
asumimos todo un modo de enseñar que nos viene de la
tradición y que no es tan fácil desmontar.
3.
La cuestión de la abuelita me
llevó “naturalmente” a la imaginación tradicional…
y a Caperucita Roja. Así que ví y escuché 4 ó 5
versiones en Yo Tuve… Como siempre, no aparece a
mano el ¿“original”? de los Hermanos Grimm, del cual
creo recordar sólo el final irredento y la moraleja
de que las niñas deben cuidarse de aquellos que se
acercan a ellas con palabras melifluas pero que en
realidad son lobos feroces que todo lo que quieren
es comérselas.
Sin embargo, según Lévi-Strauss
todas las versiones de un mito son “originales” (y
ahí está la “riqueza” clásica de la
tradición-traducción-traición de cualquier
hermenéutica que se precie).[ii]
Así que además de los Grimm (seguramente recogedores
de versiones orales) también entran en esta
tradición imaginativa, las imágenes (las de los
videos que ví y las de Calleja); las voces de los
niños y adultos, locutores y cantores; el infaltable
“camino más largo” que haría las delicias de Ricoeur
contra Heidegger que, como vivía en la Selva Negra,
sabía que tenía que ir por el camino más corto.
También me acuerdo de la Abuela Olga (abuela de mis
hijos) disfrazada de “abuelita”, que metía más miedo
que el lobo. Y de las versiones edulcoradas, con el
buen cazador que aparece al final, y no sólo mata, y
rescata vivas a veces a la abuela, a veces a la
abuela y a Caperucita, y hasta le pone en la panza
del lobo las 6 piedras que le robó al cuento de los
7 cabritos, y le cose la barriga al lobo -no a
Caperucita- pero no tira al carlanco al pozo. Y las
versiones para adultos; las que se divierten en
mezclar cuentos conscientemente; las versiones
porno; las que hacen de Caperucita una guerrillera o
una luchadora con diversos “poderes”; las
interpretaciones psicologizantes preocupadas por la
significación del color de la caperuza; o por quién
es el lobo que se come a la abuelita y espera en su
cama a Caperucita con eso tan grande para comerla
mejor…[iii]
4.
Entonces, si hablar de todo esto no
es ponerse “entre” la tradición y la
imaginación… Ustedes no lo ven, pero aquí puse en
negrita “la” y “la” porque se ve que
se trata, además de cosas, sólo de una
tradición y una imaginación, que yo en el
título las puse con mayúscula, y creo que en el
programa deben estar con mayúscula, porque son
determinada tradición y determinada imaginación; los
plurales son siempre medio sospechosos de
comunistas… Diría más, si todo esto que venía
contando no es ponerse entre la Tradición (con
mayúscula) y la Imaginación (con mayúscula), porque
todos estos cuentitos disuelven el problema en
plurales y minúsculas, entonces, si esto es así
¿qué hago yo acá?
La Tradición (con
mayúscula) me lleva primero a Gadamer. Porque la
tradición es la tradición occidental, ¿no? Esa de la
Filosofía. Pero, después, la Tradición (con
mayúsculas) me remite a los gauchos, a los ponchos,
al chiripá, a los caballos, a las lanzas de tacuara,
a las vinchas, a la taba, a los sombreros con
barbijo, a los versos de Elías Regules (que no era
gaucho sino doctor, médico)…
Y entonces ya son
tradiciones en plural.
Esta última
tradición, la de los gauchos, supone la guitarra y
se sintetiza en la payada. Sale de la libertad de
campos de otros tiempos, que liberan la imaginación.
Pienso en concreto en un personaje de Juan Carlos
Patrón, (otro dotor, pero abogado) libre –el
personaje, no el abogado- porque puede seguir al sol
desde que amanece hasta que se pone, cabalgando por
las pampas.
Esa tradición de
libertad de la imaginación culmina en la
payada (mejor de contrapunto) esa que le hace decir
a Fierro cosas tales como que “el tiempo sólo es
tardanza de lo que está por venir”. Y nos hace a
todos y siempre payadores.
Aunque pocas veces
como ésta me sentí tan seguro de que “con la
guitarra en la mano ni las moscas se me arriman”.
Pocas veces como ahora me sentí tan afirmado en esta
tradición payadora que nos une a orientales y
entrerrianos, más allá de Botnias y puentes cortados
y humos…, en la misma medida en que nos dejamos
llevar por el trotecito de la payada y nos
ensartamos en alegres y combativos debates, con sus
duras reglas repentistas y sus ritmos rígidos de
método monótono, que a “otros” (a los que no están
en el secreto, a los que no participan de la misma
tradición imaginativa) les parecerá mera
improvisación superficial, casi mecánica búsqueda
vacía de rimas: pura payada anticientífica.
Todos somos
“payadores”. Sabemos que lo somos, y que
necesariamente lo negamos –o lo inhibimos, diría Vaz
Ferreira- por el peso (pero escribí “por el pedo”)
de otra tradición traidora que castra la
imaginación, que quiere controlar el vuelo…
Y me acuerdo del
maestro Zitarrosa cantando (en tradición gauchesca):
“Puedo enseñarte a volar, pero no seguirte el
vuelo”. Toda una tradición docente… Liberar
el vuelo de otros… Liberar el vuelo que no puedo
seguir… Liberar, no controlar. Liberar educando.
Y me acuerdo de Jorge
Doprado denunciando (pero en tradición
afroamericana): “En una lluvia de estrellas viene el
amor / trae abiertas las alas y el corazón / trepado
por los techos repiqueteó / calzado de alpargatas
alguien lo vio / por ahí / Dicen que cuando
llegue le van a dar / mucho palo pa que aprenda a no
volar”.
5.
Así que planteo el problema como
lucha entre dos tradiciones docentes, dos
maneras de investigación, de extensión, de
enseñanza; dos maneras de crear, de dialogar, de
enseñar. Una que quiere que aprendas lo que quieras
y te impulsa a volar con tus propias alas aunque
sepa que no puede seguirte el vuelo; y otra que
quiere que aprendas a no volar; aunque sea a palos.
La segunda tradición,
la tradición castradora, apaleadora, se preocupa por
construir sólidas instituciones iniciáticas
acreditadoras de que se admita como nuevo sólo lo
que es viejo, con sus ritos, normas, métodos,
contenidos y evaluaciones que disciplinan y
controlan, secando la imaginación para garantizar la
re-producción de lo académicamente correcto.
Es una tradición: homogeneizadora, de
excelencia, jerarquizadora, de autoridad,
de élite.
(Pórtense bien. ¿No
ven que estoy justo en la tradición autoritaria? ¿y
ustedes tomando mate? ¿Tiene licencia para tomar
mate? ¿Es licenciada en mate?)
Pero la otra
tradición, la tradición liberadora, ni se anima a
imaginar futuros porque lo que hace es
abrirlos más que planificarlos y sabe que
no puede ni debe domesticarlos ni
controlarlos. No debe; pero tampoco podría,
aunque quisiera. Es tradición igualitaria,
que reconoce diferencias y conflictos, que por ello
es dialogal, democrática, de pueblo; que busca
desarrollar el poder del pueblo: el poder de cada
uno y el poder de todos juntos.
Por supuesto, la
tradición que hace de la creación repetición, que
doma la imaginación y la inhibe para no correr el
riesgo de errar; la tradición que quiere repetir las
viejas generaciones en las nuevas, la tradición que
procura esclerosar el presente y el futuro,
inmovilizando el tiempo, es de fuerte arraigo
occidental. Pero tampoco todo Occidente es de la
tradición reiterativa. Douailler lo muestra en su
lectura del Fedón platónico.
6.
Si estuviera en Uruguay (en el país,
digo, no en el río o en la ciudad), diría que lo que
está en juego ahora no es, como algunos sostienen,
una tradición de investigación sin enseñanza y otra
tradición de enseñanza sin investigación, que se
encarnan cada una de ellas en distintas
instituciones: la Universidad, que sólo investiga;
la Formación Docente, que sólo enseña, pero no
piensa.
Lo que está en juego
son, en realidad, dos modos de comprender el
conocimiento y sus relaciones con la creación y con
la enseñanza. Uno, que los ve como lo ya sabido (el
conocimiento), su desarrollo (la producción de nuevo
conocimiento), y su transmisión repetidora (la
enseñanza). Una tradición castrada de todo efecto de
novedad educativo o político. Otro modo de
comprender el conocimiento y sus relaciones con la
creación y con la enseñanza, los ve sobre las
imágenes de vuelo, de alta potencia creativa.
En el debate entre
estos dos modos se juega el futuro. Este debate no
tiene nada que ver con las peleas que hayan podido
tener Vaz Ferreira y Grompone, ni tampoco cuaja en
determinadas instituciones actuales. Más bien nos
pone ante la alternativa de construir instituciones
para la esclerosis jerárquica, o de engendrar,
re-generar o transformar instituciones en “odio a
todo privilegio” (que es la definición de democracia
de Tocqueville), abiertas a lo porvenir.
El riesgo de asumir
esta última opción como la válida para cualquier
institución de educación superior es creerla
imaginación desarraigada de toda tradición. Riesgo
contra el que hay que precaverse. Porque es
imaginación y tradición.
[i]
En la presentación oral, claro, la canté:
“Estaba el Sr. Gato / en silla de oro
sentado / la gata por darle un beso / de la
silla lo ha tirado. / Llamaron al Sr. Doctor
/ el Sr. Gato está malo / y quiere hacer
testamento / de todo lo que ha robado: / Ha
robado un salchichón, / tres morcillas y un
jamón, / cuatro panes, dos chorizos / y
medio chanchito asado. / El Sr. Gato murió,
/ lo llevaron a enterrar, / los gatitos y la
gata / no se pueden consolar. / Los gatitos
se pusieron luto / la gata luto cerrado /
los ratones de contentos / bailaban en el
tejado.” Bueno, no sé quién era el Sr. Don
Gato, pero no era muy amado… (María del
Pilar Britto:)- “¡Por los ratones!”. Es
cierto. Quizás había otros gatos con silla
de oro que lo querían. Parece que siempre,
mientras algunos no se pueden consolar y
están de luto, otros bailan de contentos.
[ii]
Es que la interpretación, como en
cualquier música, canción u obra teatral, es
creación. Original en tanto se
distancia del original.
[iii]
Al día siguiente me habló Lucía por el
celular. Le pedí que me contara un cuento.
Ella eligió el de Caperucita Roja, que el
lobo se la quería comer, pero ella le tiró
una manzana; y no importó porque tenía
muchas más.
MLC 24-09-08
LA
ONDA®
DIGITAL |
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