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¿Por qué vivo en
Estados Unidos?
por Jorge Majfud
En
2001, Oriana Fallaci escribió su célebre artículo
La Rabbia e lOrgoglio donde no
sólo hacía un ataque indiscriminado a los
inmigrantes del tercer mundo en Europa y Estados
Unidos sino a todas las culturas que no eran la
cultura
Occidental.
En el 2002 publiqué en algunos
diarios una larga respuesta sobre al menos una
veintena de puntos, los cuales consideré errores de
la autora. El ensayo se llamó El lento suicidio de
Occidente (*) y, lejos de atacar a Occidente y
elogiar a Oriente, la idea central radicaba en
prevenir a Occidente de uno de sus mayores enemigos:
Occidente mismo.
Gracias a este ensayo he recibido
ataques anónimos que van desde recuerdos sobre mis
antepasados
factor que explicaría mis razonamientos hasta
advertencias de los dueños del mundo sobre los
peligros de discurrir por carriles no oficiales.
Hace pocos días un
amigo me envió por correo la crítica de un lector y
me pidió que respondiera a sus observaciones. En
síntesis, el lector, asumiéndose como
estadounidense, se preguntaba si realmente yo me
sentía tan incómodo con nuestra cultura y
nuestros valores (our culture and values), por
qué no me iba a vivir a esos países que tanto
admiraba. Al final agregaba: no importa si Majfud
está en lo cierto sobre Occidente. Se trata de
coherencia. Lo menos que se le puede pedir a un
intelectual es coherencia.
La verdad es que
admiro la filosofía griega de los siglos V y IV, la
poesía de Omar Kayyam, la física de Albert Einstein,
pero creo innecesario y quizás imposible irme a
vivir a la Grecia de Pericles, a la antigua Persia o
la Alemania nazi de los años veinte. De hecho, la
mayor parte de los intelectuales alemanes que se
exiliaron en Estados Unidos durante el nazismo no
pasaron a ser, por esa razón, acríticos
complacientes del nuevo orden sin duda preferible
al que abandonaban sino que continuaron coherentes
con su pensamiento anterior: el poder no necesita
defensores; suficientes aduladores tiene.
Es parte de un
pensamiento fascista confundir a todo un país con la
ideología de quienes dominan sus esferas de poder:
si alguien critica a la ideología dominante X
muchas veces articulada por intelectuales
funcionales al poder militar y económico del
momento, estaría atacando a todo el país donde
domina X, ergo alguien debe irse a vivir a otra
parte y dejar a X expandirse libremente hasta el
último rincón de la conciencia humana.
Está claro que este
lector no terminó de leer el ensayo, urgido por una
reacción epidérmica, propia de las primeras etapas
de la nueva cultura digital. Si mencioné que los
holocaustos, las inquisiciones y la vasta practica
de la tortura también eran productos bien
occidentales, no fue para demostrar la inferioridad
de Occidente sino, por el contrario, para ejercitar
una costumbre también occidental según la cual ha
sido la crítica y no la adulación la que ha
prevenido algunas veces contra nuestros propios
defectos. Entre éstos, contemos la soberbia y la
pureza de la ignorancia, según la cual todo fue
inventado por Europa o por Estados Unidos hace cien
años, desde el alfabeto fenicio, los números
arábigos, la teología africana y hebrea, los
fundamentos de las ciencias y el vasto legado de las
artes y el pensamiento.
A lo
largo de la historia ha existido este tipo de
pensamiento, pero en determinados periodos ha
dominado la mayoría de una sociedad y en ocasiones
ha regido las leyes de un gobierno y de un Estado.
En el siglo XX se llamó fascismo pero hay ejemplos
anteriores, como el de la España del siglo XV y XVI.
A pesar de que la península ibérica tenía una de las
culturas más antiguas y más ricas en diversidad
cultural, racial, religiosa y lingüística, hubo un
movimiento político que definió cuál era nuestra
cultura
y decidió que ser español era ser católico, hablar
castellano, tener la piel blanca y la sangre libre
de la contaminación de moros y judíos. Este gran
país se desangró por siglos tratando de superar la
cultura del garrote ideológico y policial hasta que
en el siglo XX el generalísimo Francisco Franco
rescató el mito fascista: hay una sola forma de ser
español, de ser hombre, de hablar, de pensar y de
publicar, de merecer la vida o de merecer pisar la
tierra limitada por unos límites políticos,
generalmente arbitrarios.
Este ejemplo de uno
de los países que más quiero sobre el planeta
después de mi propio país es apenas un ejemplo
clásico. No tendría espacio para recordar que esta
misma idea fascista de unidad y pureza por
exclusión hizo estragos en todas las dictaduras
de América Latina como en África, en Oriente y en
cualquier rincón del planeta por donde miremos.
Incluido, está de más decir, mi país de origen, a
quien quiero sin razones y sin justificar mis
emociones diciendo que es el mejor país del mundo ni
que allí está la gente más buena y más bonita, lo
cual además de arbitrario demuestra un nacionalismo
con retardo agudo, cuando el país no es una potencia
mundial, y un nacionalismo peligroso, cuando lo es.
Afortunadamente en
Estados Unidos viven millones de personas que no
piensan como mi inquisidor. Millones de personas no
creen que este país heterogéneo, compuesto de muchos
estados y de muchos otros grupos disidentes del
poder político, se defina por una única cultura y
unos valores únicos, imprecisamente definidos
pero claramente declarados por algunos grupos
fascistas que ni siquiera conocen la historia del
país donde nacieron pero se arrogan el derecho de
excluir de la moral a todos aquellos que no caen
dentro de su estrecho círculo mental. En esto son
tan coherentes como puede serlo una mula que, al
poseer una sola idea para todo, no puede nunca
entrar en contradicciones. También los señores que
azotaban a los negros esclavos en el siglo XIX o
los apaleaban y arrastraban con sus camionetas en el
siglo XX y los esclavos compartían los mismos
valores y la misma cultura. Otros hombres y
mujeres, libres y esclavos, despreciaron estos
valores y esta cultura dominante y no fueron
precisamente los peores norteamericanos.
Debería comenzar
respondiendo que vivo en Estados Unidos porque no
vivo solo, porque no soy yo el dictador que decide
donde debe vivir mi familia, según sus deseos y
necesidades. Vivo en Estados Unidos porque es aquí
donde tengo mi trabajo. Estas deberían ser dos
razones suficientes, pero nunca debemos subestimar
la simplicidad del fascismo.
Cuando vivía en mi
país (mi país de origen, no de mi propiedad) y
publicaba duras críticas contra su gobierno y contra
algunas de nuestras costumbres, no faltó el fascista
que me acusara de antipatriota, lo que también
sugería que para ser patriota es necesario un alto
grado de acrítica (hipo-critica). Cuando la crisis
económica azotó la clase media y baja en mi país, me
vi en la definitiva necesidad de emigrar, aceptando
una invitación de un profesor norteamericano para
continuar mi carrera aquí. Los ricos y acomodados en
el poder de turno no emigran. Mueven sus capitales o
salen de vacaciones y luego se inflaman el pecho con
su patriotismo. El señor X sirvió toda la vida a su
patria, repiten luego, para disimular el hecho de
que su patria le sirvió toda la vida.
Es decir, vivo en
Estados Unidos porque ejerzo el derecho a trabajar
donde considero que hay una mejor oportunidad de
trabajo, como cualquier otra persona, y eso no
significa que deba hacer un ojo ciego a todos los
defectos y barbaridades que veo en el país donde
vivo. También muchos norteamericanos viven y
trabajan en Irak y en muchos otros países, al tiempo
que critican o desprecian esas mismas culturas. Y no
por eso se van de allí. También muchos
norteamericanos tienen grandes negocios en casi
todos los países del mundo, trabajan y viven en
ellos y no es amor por los valores y la cultura de
esos países lo que los mantiene donde están.
No es mi caso. Yo no
desprecio el país de mi hijo. Vivo en Estados Unidos
porque todavía creo que este país no está compuesto
de trescientos millones de McCarthys sino también de
unos cuantos Carl Sagan, Norman Mailer, Ernest
Hemingway, Toni Morrison, Charles Bukowski, Paul
Auster, Truman Capote, Noam Chomsky y outsiders
como Edward Said, Albert Einstein y muchos más que
en su momento fueron acusados de ser elementos
peligrosos, sólo porque se atrevieron a ejercer la
crítica radical radical, como toda critica que va a
las raíces de un problema porque aun creían en la
humanidad.
Vivo en Estados
Unidos porque también admiro algo de este país me
dan risa los que afirman alegremente que aquí no hay
cultura, no por la basura que es consumida como
deliciosos manjares sino por sus exquisitas mentes
que son despreciadas como basura. Es decir que
también vivo en Estados Unidos porque, para un
escritor acostumbrado a la lucha dialéctica, nada
mejor que vivir, como decía José Martí con alguna
imprecisión, en las entrañas del monstruo.
Vivo en Estados
Unidos porque no creo que un país o una cultura
tengan dueños ideológicos ni dueños legales. Vivo en
Estados Unidos como podría vivir en cualquier otro
lugar del mundo, porque me puede mover la necesidad
laboral y profesional, pero no me amedrentan
aquellos que no solo se creen dueños del Planeta
sino que además pretenden expandir sus dominios
exigiendo que los críticos terminen por ceder,
amablemente y de forma voluntaria, los últimos
espacios que todavía quedan para la disidencia o,
simplemente, para el análisis crítico.
(*)http://mrzine.monthlyreview.org/majfud141106.html
o
http://www.bitacora.com.uy/articulos/2003/enero/104/principal.htmLA
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