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McCain/Obama: qué espera
el mundo del vencedor y a
quién votaría, si pudiera
Opinan nueve intelectuales
El planeta está pendiente de lo que
ocurra en Estados Unidos en noviembre porque, gane
quien gane, se producirá un cambio gigantesco en la
Casa Blanca que tendrá consecuencias globales. En
vista de que sólo los estadounidenses están
convocados a las elecciones presidenciales, La
publicación española FP, ha preguntado a nueve
intelectuales en mundo,
qué espera el resto del mundo del
vencedor
y a quién votaría, si pudiera.
Unión
Europea
La UE espera dos
cosas del ganador de noviembre: que deje de verla
como un proyecto contrario a los intereses de EE UU
y que restablezca el orden internacional.
Los dos mandatos del
presidente Bush han provocado una profunda
transformación de la realidad internacional, tanto
en su dimensión política como estrictamente militar.
Amparándose en un concepto equívoco como la guerra
contra el terrorismo, abrió el camino para que
prácticas propias de los regímenes autoritarios se
instalasen en los Estados democráticos, poniendo en
cuestión, entre otras cosas, la legitimidad y la
eficacia de sus iniciativas diplomáticas contra los
sistemas dictatoriales y ofreciendo un triunfo
gratuito a sus oposiciones radicales y violentas. La
estrategia se completó, además, con un desprecio de
la legalidad y las instituciones internacionales
surgidas tras la Segunda Guerra Mundial, lo que hizo
que las relaciones entre Estados empezaran a
dirimirse, cada vez más, en los términos del poder
absoluto, no sometido a ninguna regla.
La innecesaria
aventura de la guerra de Irak, a la que ahora se
unen los errores en el planteamiento y el desarrollo
de la de Afganistán, ha acabado afectando, ya en el
plano militar, a la disuasión convencional sobre la
que, en último extremo, se ha apoyado el mundo
unipolar surgido tras el colapso de la Unión
Soviética.
Con Estados Unidos
empantanado en conflictos que no ha perdido pero que
tampoco ha ganado, el recurso a la fuerza ha perdido
credibilidad y, por consiguiente, ha ampliado el
margen de actuación de países como Irán y, también,
de las oposiciones radicales en Pakistán y buena
parte de las dictaduras árabes. Esa pérdida de la
capacidad de disuasión convencional es una de las
causas por las que la proliferación nuclear resulta
más difícil de contener hoy que cuando Bush accedió
a la Casa Blanca.
Salir de los
conflictos que han arruinado la disuasión
convencional es la única vía para abordar el
principal problema actual: la proliferación
nuclear
Como
europeos, cabría esperar del nuevo presidente de
Estados Unidos que su política internacional se
dirigiera a restablecer el orden internacional
gravemente deteriorado. Por una parte, reforzando el
sistema multilateral que Bush despreció, aun a
sabiendas de que el eventual nuevo equilibrio que
pudiera alcanzarse sería más desfavorable a
Washington que el que Bush encontró al inicio de su
presidencia. Por otra, fijando una estrategia clara
para salir de los conflictos que han arruinado la
disuasión convencional. Sólo arrojando ese lastre se
podría abordar con mayores garantías el que,
seguramente, será el principal problema de los
tiempos inmediatos: la descontrolada proliferación
nuclear. Por último, cabría esperar una
reconsideración de las relaciones con la UE,
tratándola como un aliado y no como un proyecto
perjudicial para los intereses norteamericanos.
(José María Ridao es
escritor y diplomático. Su último libro es Elogio de
la imperfección -Galaxia Gutenberg, Madrid, 2006).
América Latina
expectativas sobre emigración
Sin duda, si
pudieran, los latinoamericanos votarían a Obama,
abierto a reformar las leyes de inmigración y las
relaciones con Cuba.
Si los
latinoamericanos pudieran votar en las elecciones de
noviembre, su opción más clara debería ser, sin
duda, Barack Obama. El candidato demócrata ha dado
este año, en mayo, el discurso más ambicioso y
concreto sobre una nueva política de Estados Unidos
hacia la región. En ese discurso, Obama se ha
mostrado dispuesto a una reforma de las leyes de
inmigración que permita que muchos ilegales se
conviertan en ciudadanos; en cuanto a la política
con Cuba, al mostrarse abierto al diálogo, a cierta
apertura que no castigue a los ciudadanos cubanos ni
a sus familiares en EE UU, ha sido capaz de romper
con una ortodoxia de casi medio siglo que apresa a
los políticos estadounidenses como una camisa de
fuerza, impidiéndoles soluciones creativas al
problema; su política de libre comercio es algo
confusa, pues el Partido Demócrata se ha vuelto más
proteccionista y Obama no quiere perder el voto de
las bases que, durante las primarias, se mostraron
receptivas al discurso populista de Hillary Clinton.
Con todo, lo importante es que demuestra un claro
interés en América Latina, un deseo de no descuidar
a un continente que se halla cada vez más
distanciado de Estados Unidos.
En cuanto a John
McCain, sus instintos guerreros lo llevarán a
continuar con la obsesión de Bush en Irak. Si bien
es uno de los pocos republicanos con una mirada
humanitaria hacia el tema de la inmigración y está
convencido de la necesidad de una reforma, el
rechazo recalcitrante de su partido a este asunto lo
ha obligado a endurecer su posición. De la misma
manera, cuando habla de América Latina, lo hace con
un rígido discurso en el que la seguridad de EE UU
es prioritaria y la sutileza diplomática pasa a
segundo plano: debe continuarse con el apoyo a Uribe
en Colombia, no debe negociarse con Cuba, se debe
ser más severo con Chávez y Morales.
Ésta ha sido una
década perdida para las relaciones entre Washington
y América Latina. Hay razones para pensar que las
cosas cambiarán para mejor con una nueva
Administración: son varios los temas urgentes en la
agenda que no pueden seguir siendo postergados.
Igual, hay que aceptarlo: para Estados Unidos hoy,
embarcado en dos guerras sin fin cercano en el
horizonte, América Latina no tiene la importancia
estratégica que alguna vez tuvo.
(Edmundo Paz Soldán
es escritor boliviano y profesor de Literatura
Latinoamericana en la Universidad de Cornell (Ithaca,
Nueva York).
Lo que espera Rusia
El Kremlin opina que
Obama sería mejor para EEUU, pero no tiene tan claro
que sea un hombre de Estado consciente de lo
que está en juego en el nuevo enfrentamiento con
Moscú.
En los últimos meses,
cuando se les preguntaba sobre sus preferencias en
relación con el resultado de las elecciones
presidenciales estadounidenses de este año, los
principales dirigentes rusos decían siempre que
estaban preparados para trabajar con cualquiera de
los dos candidatos que resultara elegido. Sí, John
McCain tenía una imagen mucho más dura que la de
Barack Obama, que parecía ofrecer una nueva
perspectiva sobre las políticas internacionales de
Estados Unidos, pero había menos posibilidades de
que los demócratas del Congreso sospecharan de un
acuerdo con Rusia firmado por un gobierno
republicano que a la inversa. En otras palabras, el
Kremlin estaba de acuerdo en que Obama sería mejor
para Estados Unidos, pero se declaraba agnóstico
respecto a qué candidato sería mejor para Rusia.
La incursión de
Georgia en Osetia del Sur y la abrumadora reacción
de Rusia han alterado de forma trascendental la
relación entre Moscú y la Casa Blanca. Hablar de una
nueva guerra fría es una descripción poco apropiada;
nos encontramos ante un enfrentamiento de un tercer
tipo, más parecido en ciertos aspectos a la relación
actual entre Washington y Teherán que a la antigua
súper-rivalidad entre soviéticos y estadounidenses.
Es una nueva situación, llena de conflictos y
guerras locales en el perímetro de las fronteras
rusas, pero también de mercados de valores, viajes
internacionales e Internet. En estas circunstancias,
Rusia tal vez tenga que escoger entre enfrentarse a
un nuevo Kennedy o a un nuevo Reagan.
Como John F. Kennedy,
Barack Obama promete un cambio para hacer que
Estados Unidos sea más eficaz. En Rusia recuerdan a
Kennedy como un gobernante responsable que alejó la
perspectiva del conflicto y lanzó el proceso del
control de armas en la guerra fría. Ahora bien,
antes se había acercado al abismo nuclear más que
nadie. Zbigniew Brzezinski, el máximo asesor de
Obama en política exterior, es famoso por su
decidido apoyo a que la OTAN se amplíe para aceptar
a Ucrania y por su apasionada defensa de la
independencia de Chechenia. Asimismo, en una
ocasión, sugirió que Rusia se reorganizara como una
confederación abierta.
John
McCain, como Ronald Reagan en su primer mandato, se
ha dedicado sin problemas a criticar al Kremlin.
Pero en Moscú la gente recuerda que Reagan,
caminando de la mano de Mijaíl Gorbachov por la
Plaza Roja, desechó públicamente su propio concepto
del imperio del mal y se mostró partidario de la
disuasión y el control armamentístico. Los
partidarios rusos de McCain consideran que su
discurso sobre esta cuestión fue sorprendentemente
constructivo. Eso no quiere decir, desde luego, que
prefieran que gane McCain. Quiere decir que, sea
quien sea el 44º presidente de Estados Unidos,
tendrá que afrontar la realidad de una relación
esencialmente de confrontación con una superpotencia
nuclear y deberá probar que es un hombre de Estado
consciente de lo que está en juego.
( Dmitri Trenin es subdirector del
Centro Carnegie de Moscú)
Expectativas de Irak
y Afganistán
La próxima
Administración debe buscar una solución política con
los insurgentes afganos y con los tres grupos
iraquíes.
La diplomacia
estadounidense ha estado paralizada por la retórica
de la guerra contra el terrorismo, una lucha contra
el mal en la que otros actores están “con nosotros o
con los terroristas”. Semejante retórica impide un
pensamiento estratégico sensato, porque equipara a
los adversarios con un enemigo terrorista homogéneo.
Sólo una iniciativa política y diplomática que
distinga a los oponentes políticos de EE UU
–incluidos los violentos– de terroristas de
dimensión mundial como Al Qaeda podrá reducir la
amenaza a la que se enfrentan Afganistán, Pakistán e
Irak y dar seguridad al resto de la comunidad
internacional.
Ese plan tendría dos
elementos en cada escenario de guerra. En Asia
Central, buscaría una solución política con el mayor
número posible de movimientos insurgentes afganos y
paquistaníes, ofreciendo la inclusión política, la
integración de las agencias de las Áreas Tribales de
Pakistán –gobernadas de forma indirecta– en las
instituciones políticas y administrativas del país,
y el fin de las operaciones hostiles de las tropas
internacionales a cambio de la cooperación contra Al
Qaeda. En Irak, establecería como máxima prioridad
la firma de un acuerdo entre los tres principales
grupos: suníes, chiíes y kurdos.
Pero estos esfuerzos
sólo tienen posibilidades de triunfar si se llevan a
cabo en conjunción con serias iniciativas
diplomáticas y de desarrollo que aborden la amplia
variedad de cuestiones regionales y mundiales
relacionadas con estas crisis, que ayudan a
estimular, intensificar y prolongar los conflictos
de Afganistán y Pakistán.
Tanto la Comisión Baker-Hamilton como el senador
Barack Obama han pedido un refuerzo diplomático
regional en el que todos los vecinos de Irak
colaboren en la estabilización en la zona. Esa
estrategia es igual de necesaria, si no más, en Asia
Central. Afganistán lleva 30 años en guerra –un
periodo más largo que el que va desde el comienzo de
la Primera Guerra Mundial al desembarco del día D en
Normandía, durante la Segunda Guerra Mundial– y
ahora este conflicto está extendiéndose a Pakistán y
otros países. La guerra y el terrorismo pueden
seguir adelante y propagarse, incluso a otros
continentes –como en el 11-S o el 11-M–, o provocar
el desmoronamiento de un Estado con armas nucleares.
Sin embargo, hasta ahora, no existe más marco
internacional para afrontar el problema que las
operaciones actuales en Afganistán, mal financiadas
y mal coordinadas. El próximo Gobierno de Estados
Unidos debería lanzar una campaña autorizada por el
Consejo de Seguridad de la ONU para acabar con la
dinámica cada vez más destructiva del Gran Juego en
la región. En Afganistán están representados en
estos momentos los conflictos entre India y
Pakistán, Estados Unidos e Irán, suníes y chiíes,
Rusia y la OTAN y muchos otros. Washington debe
aprovechar la oportunidad de sustituir este Gran
Juego por un nuevo pacto general para la región. (Barnett
Rubin es director del Centro sobre Cooperación
Internacional de la Universidad de Nueva York
-Estados Unidos-, y dirige el Programa de
Reconstrucción de Afganistán del mismo centro)
El Israel busca la
paz
Si el próximo
presidente de EEUU quiere ayudar a Israel, debe
presionar para que se desmantelen las colonias
judías en los territorios ocupados en la guerra de
1967.
Quisiera hablar en
nombre de ese Israel que busca la paz y que quiere
poner fin de verdad al conflicto con sus países
vecinos.
En mi opinión, ese
Israel puede y debe no sólo esperar sino exigir algo
muy sencillo al nuevo presidente que en enero de
2009 resida en la Casa Blanca: actuar con rotundidad
valiéndose de todos sus medios para llevar a cabo la
política que tradicionalmente ha defendido Estados
Unidos en relación con el conflicto en Oriente
Medio. Hasta ahora, los presidentes estadounidenses
la han avalado e incluso se han comprometido a
aplicarla, pero en la práctica han mostrado una
debilidad preocupante a la hora de materializarla, y
en ocasiones han obrado en contradicción con su
propio discurso.
Los puntos
fundamentales de esa política están claramente
establecidos en la resolución 242 del Consejo de
Seguridad de Naciones Unidas, que fue aprobada por
unanimidad hace ya más de 41 años, tras el fin de la
guerra de los Seis Días. Esta resolución fue
promovida por Estados Unidos y en ella se aunaban de
forma clara criterios morales con otros basados en
la racionalidad política. La resolución 242
establece los siguientes puntos:
1. El reconocimiento
de que la guerra de los Seis Días, también llamada
del 67, fue un conflicto en legítima defensa por
parte de Israel. Por tanto, la retirada de los
territorios ocupados por el Ejército israelí en
aquel enfrentamiento se hará solamente a cambio de
un acuerdo de paz con los palestinos y con los
países que iniciaron la guerra: Jordania, Egipto y
Siria.
2. Los territorios de
los que se retire Israel: [la península del] Sinaí,
Cisjordania, Gaza y los Altos del Golán han de ser
desmilitarizados para que, en el futuro, no supongan
un lugar desde el cual se podría volver a atacar
Israel.
3. Israel no tiene
ningún derecho a anexionarse los territorios
ocupados en esa guerra ni a establecer en ellos
asentamientos de colonos.
4. Jerusalén
mantendrá el mismo estatus que tenía antes de la
guerra, con una parte israelí y otra palestina. Sin
embargo, los judíos tendrán derecho a acceder
libremente a sus lugares sagrados en la ciudad
vieja, que se quedaría bajo el control de los
palestinos o de los jordanos.
Éstos son los
principios que establecía la resolución del Consejo
de Seguridad, que los árabes rechazaron por completo
y que Israel aceptó con ciertas reservas. Pero estos
principios siguen constituyendo los únicos
fundamentos morales posibles sobre los que
establecer un acuerdo de paz entre Israel y los
árabes.
EE UU ha sido un
apoyo firme para Israel cada vez que se ha querido
imponer al Estado hebreo una retirada de los
territorios sin la contrapartida de un acuerdo de
paz. En cambio, Washington no hizo nada para impedir
que Israel sembrase de colonias y poblaciones los
Altos del Golán, el Sinaí y, sobre todo, Cisjordania
y la franja de Gaza. Estos asentamientos estaban
destinados a bloquear una futura retirada de los
territorios ocupados en 1967. Y Estados Unidos
tampoco hizo nada para impedir que Israel unificase
las dos partes de Jerusalén y convirtiese a la
ciudad unificada en la capital del Estado.
Es cierto que la Casa
Blanca ha proclamado siempre que las colonias judías
son un obstáculo para la paz y nunca ha reconocido
la anexión de Jerusalén Este y, por ello, su
embajada está en Tel Aviv y no en Jerusalén. Sin
embargo, a pesar de lo mucho que depende Israel de
Estados Unidos y pese a la enorme ayuda militar y
diplomática que ha recibido y recibe Israel de esta
gran potencia mundial, Washington no ha ejercido una
presión real y firme sobre Israel con el objetivo de
impedirle realizar acciones unilaterales que, a fin
de cuentas, no hacen sino frustrar cualquier
posibilidad de alcanzar la paz de acuerdo con lo
aprobado en la resolución 242 del Consejo de
Seguridad.
Si
el próximo inquilino de la Casa Blanca quiere ayudar
de verdad a Israel a alcanzar la paz, deberá
presionar para detener la construcción y ampliación
de asentamientos y para que se desmantelen las
pequeñas colonias. Y de esta forma apoyaría al
Gobierno israelí, que teme dar el paso de una nueva
evacuación de colonos. Estados Unidos tiene que
ejercer una presión verdadera y enérgica sobre el
Ejecutivo israelí para que inicie un nuevo
desmantelamiento de colonias, ayudando así a
cualquier Gobierno pacifista a preparar a la opinión
pública para aceptar una evacuación de asentamientos
dentro del marco de un acuerdo de paz; además, este
paso supondría una clara señal para los palestinos,
que verían que la paz es posible y que la visión de
dos países independientes, Israel y Palestina, no es
una mera frase hueca.
(Abraham B. Yehoshua es escritor israelí. Su última
novela se publicará en inglés en noviembre: Friendly
Fire (Harcourt, Nueva York, 2008).
Mundo árabe
El nuevo inquilino de
la Casa Blanca debe abandonar su doble vara de medir
los conflictos de Oriente Medio y renunciar al
petróleo de la región.
Los árabes (si es que
puedo hablar en su nombre) no quieren nada del
próximo presidente de Estados Unidos, salvo que les
deje en paz y renuncie al sueño de apropiarse del
petróleo árabe en provecho del complejo militar
nuclear americano-israelí. No me hago ilusiones
respecto al nuevo inquilino de la Casa Blanca, ya
sea Obama o McCain, demócrata o republicano: son
producto del mismo sistema esclavista posmoderno (o
sistema religioso racista patriarcal capitalista).
Creo que nadie va a
liberarnos si no nos liberamos nosotros mismos.
Tenemos que deshacernos de nuestros regímenes
(dictadores) árabes que nos oprimen y trabajan junto
a los poderes neocoloniales exteriores para
explotarnos. Creo en nuestra propia fuerza para
emanciparnos de forma colectiva y organizada, y
también en nuestro poder de liberación individual, a
partir del propio ser. Tengo que emanciparme como
mujer, como escritora, como ser humano, y no esperar
que algún poder divino o humano me libere. Y el
próximo presidente de EE UU debería empezar por
liberarse a sí mismo antes de poder libertar a los
demás. El candidato vencedor, ya sea Obama o McCain,
debería quitar de su mente el velo de mentiras y
engaños del juego político mundial. Tendría que
darse cuenta de que será presidente tras jugar a eso
que llaman elecciones libres. Al igual que [en el
caso del] libre mercado, se trata de la libertad de
los poderosos para dominar a los menos poderosos.
Durante la campaña
presidencial, Obama ha estado renunciando a sus
principios para ganar fondos y votos (votos
cristianos, judíos y capitalistas). En uno de sus
discursos, dijo que la seguridad de Israel es la
seguridad de EE UU y que está preparado para usar su
poderío militar en defensa de Israel. ¿Y qué hay de
la seguridad de los palestinos que han perdido su
tierra, sus hogares y sus familias? Nada, salvo
palabras falsas y vacías sobre el denominado proceso
de paz.
Barack Obama es
menos racista, menos patriarcal, menos
capitalista y menos militarista que McCain. Se opuso
al conflicto de Irak, pero puede recurrir a la
guerra si beneficia a EE UU e Israel
Obama es menos
racista, menos patriarcal, menos capitalista, menos
sexista y menos militarista que McCain. Se opuso a
la guerra de Irak por motivos relacionados con los
intereses de Washington. Pero puede recurrir
fácilmente a la guerra si es en beneficio de EE UU e
Israel. El próximo presidente no debería
entrometerse en la vida de los otros pueblos
mientras mantenga su identidad y su mentalidad
americana, judeocristiana y colonial. Le pediría que
liberase su mente de la dependencia del petróleo
árabe, que se conforme con su propio crudo o busque
otras formas de conseguir energía que no consistan
en matar gente en nuestra región. El oro negro es lo
que llevó a Israel a invadir Palestina por la
fuerza, y lo que hace que la sangre siga corriendo
en Irak, Palestina, Darfur, Irán, Afganistán y otros
lugares.
Le
pediría al próximo inquilino de la Casa Blanca que
deje el petróleo iraquí para los iraquíes, que no
les imponga la Ley del Petróleo, que otorga a
Estados Unidos el monopolio sobre este recurso
durante 30 años. Le preguntaría: ¿por qué EE UU
sigue teniendo armas nucleares mientras impide a
otros tenerlas? ¿Por qué Israel sí las tiene?
Obligasteis a todos los países de nuestra región
–incluyendo a Egipto– a abandonar sus programas
nucleares, incluso por motivos sanitarios. Es hora
de acabar con este doble rasero…Y le diría que
parase de hablar de democracia, derechos humanos,
desarrollo, civilización, derechos de la mujer,
espiritualidad, moralidad, Dios y valores
cristianos…, que dejase de utilizar estos eslóganes
para encubrir las guerras económicas y militares [de
EE UU]. Hemos descubierto este juego. Sea creativo,
intente otro. (Nawal al
Saadawi es psiquiatra, escritora y feminista
egipcia. Fue candidata independiente a la
presidencia de su país, y acaba de publicar en
inglés la obra de teatro God Resigns at the Summit
Meeting -Saqi, Londres, 2008-, prohibida en Egipto.
Las expectativas de
Irán sobre Obama
El cambio que promete
Obama atrae a muchos en Irán. Creen que podría poner
fin a décadas de tensión con EE UU. Pero los
halcones de ambos lados se lo pondrán difícil.
Desde la revolución
iraní en 1978, las relaciones entre Teherán y
Washington han sido siempre tensas y, en ocasiones,
intensamente hostiles. Con la posible excepción de
una breve distensión con el Gobierno del presidente
Jatamí a finales de los 90, la Administración
estadounidense no ha sido nunca capaz de establecer
relaciones diplomáticas normales con el régimen
islámico revolucionario de Teherán. A lo largo de la
crisis de los rehenes de 1979-1980, durante la
guerra entre Irak e Irán en los 80 y, ahora, ante el
dilema del enriquecimiento nuclear, Estados Unidos
ha tratado a Irán como un Estado deshonesto dirigido
por un Gobierno fundamentalista. El régimen de los
ayatolás apoya a las milicias que actúan en Irak y
sus dirigentes amenazan a Israel y niegan el
Holocausto.
Ahora, la pregunta
del millón es: ¿podrá Obama cambiar la política de
Washington respecto a Irán? ¿Y qué piensan los
iraníes de él como presidente? Obama cree que
Estados Unidos no ha agotado sus opciones no
militares para afrontar la amenaza iraní. Quizá por
eso, unos pocos meses antes de las elecciones
presidenciales estadounidenses, muchos iraníes
opinaban que la victoria de Obama sería el mejor
resultado para la política de EE UU respecto a su
país. Su candidatura ha suscitado entre los iraníes
mucho interés, pero también pesimismo.
Algunos creen que,
debido a sus antepasados africanos y sus lazos
familiares con la religión musulmana, e incluso a su
segundo nombre, Husein (el nieto del profeta Mahoma
y una figura venerada en el islam chií), Obama hará
todo lo posible para que Washington ponga fin a 30
años de tensiones con Teherán. Para este grupo, la
traducción de su nombre al farsi sería Oo ba ma (Él
está con nosotros). Por el contrario, los pesimistas
recuerdan lo que sucedió en los 70, cuando Jimmy
Carter venció en las elecciones y presionó para que
hubiera en Irán libertad de expresión, lo que
desembocó en una revolución islámica. Estos iraníes,
contrarios al régimen, prefieren claramente la
victoria de McCain. En cuanto a los responsables del
Gobierno, desde luego son partidarios de que gane
McCain, porque creen que, si continúa el
enfrentamiento con Estados Unidos, les será más
fácil conservar su popularidad como antiamericanos y
antiimperialistas en el Oriente Medio musulmán.
Ahora bien, el lema principal de Obama es el cambio,
y cambio es lo que piden muchos iraníes.
Pero
la pregunta evidente que se me ocurre es: si Obama
resulta elegido presidente y acepta negociar con
Irán, ¿cómo reaccionará el régimen iraní? ¿Y hasta
qué punto podrá hacer frente a los sectores de
Washington que ya están en guerra contra la
República Islámica de Irán? Obama tendrá que
enfrentarse a adversarios difíciles tanto en Irán
como en su propio país. Hay muchas incertidumbres y
es difícil ver indicios de que una presidencia de
Obama pueda mejorar las relaciones con Irán de
manera sustancial. (Ramin
Jahanbegloo es filósofo iraní y profesor de Ciencia
Política en la Universidad de Toronto – Canadá- e
investigador en el Centro de Ética de la misma
institución.
China e India en su
nuevo rol
Los dos gigantes de
Asia exigen el reconocimiento definitivo de su nuevo
estatus mundial y, en especial, de su influencia en
Afganistán.
China e India –no
existe ‘Chindia’– quieren cosas muy distintas del
próximo presidente de Estados Unidos, pero sus
intereses se cruzan y se oponen en muchos asuntos y
lugares. La condición de superpotencia de China ha
quedado ratificada por su triunfante actuación
olímpica, pero su inclusión en la élite diplomática
[el derecho a sentarse en la misma mesa] con Estados
Unidos y las potencias europeas no está todavía del
todo clara. La integración en la Agencia
Internacional de la Energía sería un buen principio,
porque podría ayudar a controlar la competencia por
los recursos desatada entre los gigantes sedientos
de energía. China –como su aliado al otro extremo de
la Ruta de la Seda, Irán– quiere también tener un
papel más formal en la solución para Afganistán, que
reconozca su necesidad a largo plazo de enviar
mercancías a Occidente y trasladar recursos
energéticos a Oriente a través de la turbulenta
región central.
India, en cambio,
quiere que Estados Unidos ratifique su histórica y
renovada relación estratégica con Afganistán, sobre
todo en la medida en que ayuda a contener las
ambiciones de Pakistán respecto a este último país,
que siempre se han contrapuesto a su supuesta
alianza con EE UU. Y lo que es más importante, India
quiere que Washington garantice que el acuerdo sobre
la energía nuclear para usos civiles que se negocia
desde hace mucho tiempo se complete, con el fin de
que la tácita coalición estratégica entre Estados
Unidos e India para limitar el ascenso de China
pueda avanzar.
A medida que las
economías india y china siguen creciendo, ambos
países desean no sólo tener la influencia
diplomática necesaria para bloquear acuerdos
comerciales mundiales –como se ha visto con el fin
de la ronda Doha de la OMC–, sino también fijar las
condiciones. No más liberalizaciones unilaterales
que protejan a los campesinos estadounidenses (y
europeos) mediante subsidios agrarios permanentes,
no más manipulación de los derechos de propiedad
intelectual para patentar antiguas técnicas médicas
orientales, y no más pactos secretos que pretendan
abrir brechas en la alianza, cada vez más poderosa,
de los países en vías de desarrollo en defensa de
sus intereses.
China encarna más que
nadie la exigencia de los países orientales de que
Estados Unidos los valore en sus propios términos.
Los chinos quieren
que Washington abandone sus afirmaciones de que la
democracia occidental es un modelo superior de
crecimiento y estabilidad, cuando la propia China –y
otros muchos países de Asia y Oriente Medio– están
demostrando lo contrario. Por otra parte, los indios
quieren que se valore su democracia y creen que esa
cualidad hace que los países occidentales tengan más
vínculos con ellos que con la vecina y más poderosa
China. La cuestión es saber si la Casa Blanca puede
escoger una política exterior que sea neutral entre
ambos y, en ese caso, qué amistad valorará más.
Dadas las declaraciones duras pero huecas de los
republicanos sobre política exterior, una
presidencia de Obama tendría muchas más
probabilidades de conseguir mantener el equilibrio y
satisfacer a los dos gigantes asiáticos. Pero lo que
él y el pueblo estadounidense necesitan saber por
encima de todo es que, en el mercado geopolítico del
siglo xxi, si China e India no consiguen lo que
quieren de Estados Unidos, no hay duda de que lo
conseguirán en algún otro lado. (Parag
Khanna es investigador titular en la New America
Foundation y autor de The Second World: Empires and
Influence in the New Global Order (Random House,
2008), que será publicado en España por Paidós en
2009)
África con un hijo de
Kuenia en la Casa Blanca
El nuevo inquilino de
la Casa Blanca debe alejarse de los gobiernos
corruptos y tiránicos del continente y educar a las
masas sobre las ventajas de un gobierno democrático.
La segunda mitad de
la pregunta es fácil de responder. Los africanos, si
pudieran, votarían por Obama. Hijo de un keniano y
criado por una madre separada, la figura de Obama se
ha vendido como la de un héroe africano que ha
trabajado mucho para llegar hasta donde está hoy. Es
un padre y esposo devoto y un maravilloso modelo
para los niños negros de todo el mundo, en especial
de África.
África no es
monolítica. Como en todos los demás continentes, la
gente tiene intereses distintos. Algunos de sus
habitantes quieren que el próximo presidente anime a
los estadounidenses a invertir en su continente.
Otros son partidarios de [que les otorguen] más
ayuda. Ambos candidatos se han comprometido a
erradicar la malaria y el sida en África; un gesto
generoso y honorable que salvará las vidas de
millones de sus pobladores. Pero lo que los
africanos necesitan verdaderamente del nuevo
inquilino de la Casa Blanca es que Estados Unidos se
distancie, en el terreno diplomático y en el
económico, de los gobiernos africanos corruptos que
violan los derechos humanos y roban los recursos
naturales de sus países para su uso personal. A los
jóvenes del continente les interesará saber cómo
funciona la democracia estadounidense y aprender de
ella. Su Constitución y su sistema de equilibrio de
poderes es un modelo que a los africanos les
gustaría copiar, si supieran en qué consiste.
A los jóvenes del
continente les interesará saber cómo funciona la
democracia estadounidense. Su Constitución y su
equilibrio de poderes es un modelo que les gustaría
copiar, si supieran en qué consiste
Las ideas sobre la
forma de gobernar que existen hoy en África son, en
su mayor parte, perniciosas. Después de décadas de
mal gobierno por parte de hombres acostumbrados a
hacerse con el poder por la fuerza, muchos africanos
han preferido buscar refugio en el viejo y conocido
sistema tribal.
Algunos, carentes de
educación, creen en supersticiones como que un baile
puede atraer la lluvia o que acostarse con una
virgen puede curar el sida. Muchos otros han
sucumbido a la teología islámica radical transmitida
por los agentes wahabíes procedentes de Arabia
Saudí. Aunque en África están presentes muchas ONG
occidentales, sobre todo estadounidenses, que
ofrecen su ayuda de todas las formas posibles, no se
ha puesto en marcha ningún programa sistemático para
educar a las masas sobre las ventajas de tener un
modelo democrático que funcione como es debido. Un
modelo como el de EE UU que trascienda la raza, el
color, el sexo y la clase, y que tenga como puntos
de partida la libertad y la igualdad para todos.
No
digo que los estadounidenses lo hayan conseguido del
todo; tampoco digo que sea fácil transplantar ese
sistema a la compleja realidad política de África.
Sí sé que hay millones de africanos que admiran a
Estados Unidos, un país en el que un joven negro
cuyas raíces se encuentran en Kenia puede ser
designado candidato a la presidencia por un gran
partido político exclusivamente en función de sus
méritos. Muchos africanos confían más en EE UU, que
no tiene historia colonial, que en los antiguos
colonizadores europeos y los modelos de gobierno que
dejaron en herencia. (Ayaan
Hirsi Ali, ex parlamentaria holandesa de origen
somalí, es investigadora en el American Enterprise
Institute – Washington- , EEUU).
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