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Ante las presidenciales,
el Plan B. O.
por Jorge Majfud
Desde Jennersville EEUU.
Dentro de veinte años será el símbolo
de
una época dramática; uno de esos
momentos
de la historia que son recordados
por siglos.
También, dentro de pocos años,
será motivo
de desilusión y desesperación por
parte
de aquellos que no tenemos paciencia
con la injusta lentitud de la
historia y
menos aun con su narrativa,
En
el mundo, McDonald’s es un símbolo del imperio
Americano pero en el imperio es el restaurante de
los obreros. En uno de ellos, perdido en un pequeño
pueblo al lado de la ruta, escucho de alguna radio
su voz. Una anciana de ojos azules y pelo blanco sin
tonos ni matices toma un café como el mío y lee el
mismo diario. Su mirada es serena, perdida.
En una página la foto de la candidata
a la vicepresidencia Sarah Palin. Su jefe, el
senador McCain, justifica el gasto de ciento
cincuenta mil dólares en ropa que la Miss Alaska se
gastó
para vestirse. Era dinero del partido. Según McCain,
Sarah necesitaba la ropa para la campaña política
pero aclaró que luego sería donada para obras de
caridad.
Más abajo Sarah aparece hermosa y bien vestida en un
discurso contra el socialista, el musulmán Hussein,
el antipatriota negro que quiere llegar a la Casa
Blanca. En la otra página, una fotografía muestra a
Ashley Todd, una joven (blanca) de Pittsburg con un
ojo morado. Según Ashley, un negro de cuatro pies
(de alto) la asaltó y al ver que ella era voluntaria
del partido del gobierno le marcó una “B” en el
rostro. Luego confesó que todo había sido ficción.
B es él, el que
aparece sonriendo en la otra página, con toda su
juventud, confiado, mirando a lo lejos. B es la voz
de la radio, esa voz de afro, voluminosa, con algo
del ritmo de los negros americanos que golpean con
la última palabra de cada frase, (pero) claro,
nítido y sofisticado como los mejores de Harvard o
de Columbia. Muchos critican esa calma al hablar
o al debatir. Esa rara habilidad dialéctica y esa
inaudita cultura para alguien de su condición. Es
demasiado frío, dicen. En realidad es un hombre
oscuro nacido en la periferia, hijo huérfano de
una unión diabólica entre un negro y una blanca,
según la ideología de los militantes por la
supremacía blanca.
Hace poco menos de
cincuenta años, grupos que se definían como
cristianos conservadores desfilaban por las calles
portando carteles que decían “Race Mixing is
Communism” (“La integración racial es el
comunismo”, Little Rock, 1959). Él era todavía un
niño cuando en su país los negros debían levantarse
para dejar sus asientos libres a los blancos que se
dignaban a ocupar el lugar todavía caliente de una
de estas bestias inhumanas. Era un niño mitad blanco
y mitad negro pero negro entero para los ojos de una
cultura que define como negro todo lo que tiene algo
de negro y como blanco todo lo que es puro, sin
mezcla de algo.
Dentro de unas
semanas esa voz será elegida presidente de Estados
Unidos. Dentro de veinte años será el símbolo de una
época dramática; uno de esos momentos de la historia
que son recordados por siglos. También, dentro de
pocos años, será motivo de desilusión y
desesperación por parte de aquellos que no tenemos
paciencia con la injusta lentitud de la historia y
menos aun con su narrativa, hecha para consumo
de todos pero para beneficio de unos pocos.
Entonces, como el Beethoven que confundió a Napoleón
con la continuación de la Revolución Francesa,
deberemos cambiar el himno festivo al héroe en una
marcha fúnebre.
La historia es el
principal género de ficción, ya que ella misma se
nutre de las fantasías de los pueblos, del delirio
de los Césares y de ella surgen otros subgéneros,
como la novela realista y la ciencia ficción, las
series de televisión, los comics de superhéroes y la
narración política.
Pero la realidad
también existe. Es probable que (1) exista un
“coeficiente variable de progresión de la historia”.
Cuando los cambios históricos han ido más rápido de
lo que permitían las condiciones económicas y
culturales, los resultados han sido los inversos y
siempre ha vencido la reacción conservadora.
Cuando los cambios
han sido demasiado lentos la historia se ha
estancado para beneficio y gratitud de los mismos.
Por esta razón, en pocos momentos de la historia
—como en breves períodos de la vertiginosa
industrialización de Europa (XVIII-XIX) o las
descolonizaciones políticas e ideológicas del siglo
XX en los países del Sur— las revoluciones han sido
más efectivas que las progresiones. (2) Aquí
“progresión de la historia” no se refiere a la idea
metafísica de la Era Moderna sino al juicio que
podemos hacer según la escala de valores del
humanismo renacentista, que son los valores más
universales y más violados de nuestro tiempo.
Entre estos valores,
combatidos por siglos como heréticos, demoníacos o
simplemente suprimidos en la práctica por
inconvenientes, están: (1) los valores de
igualdad civil entre los individuos y las
naciones; (2) el valor positivo de la diversidad
entre individuos y culturas, (3) la libertad
sólo limitada por los derechos ajenos que son los
míos propios; (4) la moral progresiva como un
conjunto de valores no prefijados por nuestros
antepasados sino vinculados a la historia; (5) la
razón crítica, y no el dictado de una revelación
institucional, como uno de los principales
instrumentos de búsqueda de la verdad, (6) el
derecho a la desobediencia, etc.
Ya nos detuvimos en
otro momento sobre la falsa oposición entre
libertad e igualdad; la historia
demuestra que cada vez que se ha expandido la
libertad ha progresado también la igualdad entre la
diversidad humana. Es decir, la
igual-libertad, no la libertad de oprimir.
La supervivencia de la humanidad ya no depende de
suprimir a las otras tribus sino de respetarlas.
Esto nos lleva a la idea de que la Unidad de la
humanidad, implícita en todo el pensamiento del
humanismo se compone no sólo por el paradigma de la
igualdad sino también por los paradigmas
históricamente combatidos de la diversidad y
la libertad. Es decir, no es la unidad por
exclusión, propia del pensamiento y la práctica
del fascismo, sino la unidad por inclusión,
propia del derecho humanista. Esta inclusión solo
excluye a quienes, por odio y por su propia fiebre
de exclusión, no quieren ser incluidos.
Entonces, medido
nuestro presente desde esta escala de valores,
podemos decir que, a pesar de los inevitables
retrocesos, han habido varias formas de progresos en
la historia reciente.
Cuando escucho esa voz repitiendo
lugares comunes, clichés de la política
norteamericana, lo pongo en estos términos:
los intelectuales no sólo pueden sino que además
deben ser radicales, lo más intelectualmente
radicales que les sea posible, si lo que pretenden
es ir a la raíz del problema. Sin embargo un
político no puede ser radical si lo que pretende es
promover un cambio. Excepto si se trata de uno de
esos breves y raros momentos de la historia en donde
los cambios caen de golpe con una revolución
violenta. Pero un político en un periodo histórico
de progresión o regresión no puede darse aquel lujo
del intelectual o de revolucionario moderno. Por el
contrario, debe calcular, ser estratégico. Si no
alcanza el poder no alcanzará
ningún cambio.
A
esa virtud del político maquiavélico debe sumar la
mayor virtud del profeta humanista.
Cuando el viento sopla a favor es fácil ver la
dirección de la nave. Pero en ocasiones la fragata
tiene todo el viento en contra y para avanzar hacia
el Norte o hacia el Sur debe zigzaguear de Este a
Oeste. La sabiduría no radica en vaticinar, como un
político de segunda, que la nave se dirige al Este o
al Oeste mirando la estela que deja detrás. La
sabiduría está en el análisis de la historia de ruta
y en la capacidad de ver la dirección de la nave a
largo plazo. Aunque la nave va hacia el Este y
hacia el Oeste, en realidad se dirige al Norte o al
Sur. La historia no es un péndulo;
como un reloj antiguo, sólo
se vale de un movimiento pendular para avanzar.
La sociedad
norteamericana ha cambiado algo o bastante desde los
ajusticiamientos públicos y privados de negros.
Ha cambiado algo o bastante desde el asesinato del
doctor Martin Luther King Jr. Está lejos de haber
cambiado lo suficiente desde que los oprimidos
piden justicia y liberación.
Pero como decía Reinhard, un amigo
alemán con el cual trabajé en África, refiriéndose
al exceso de expectativas de las obras,
“no debemos organizar nuestra propia
frustración”.
También los racistas
han cambiado algo o bastante para sobrevivir a
tantos cambios. No son ellos quienes tienen ahora el
poder sino simplemente un instrumento más del poder
de Exterminador. No ha cambiado su odio prehistórico
sino la forma de organizarlo. En algún rincón de
Pensilvania o del profundo Sur un grupo de hombres y
mujeres leen el mismo diario y miran el calendario.
Toman el mismo café mientras ajustan detalles. Ellos
también esperan el momento para hacer historia, para
callar esa voz.
Antes de irme veo a
través del amplio cristal nubes que amenazan con una
tormenta de otoño. La M amarilla de
McDonald’s se interpone en un brillo subliminal.
¿Nevará? Todavía no. Todavía falta para el invierno.
Falta aún más para la primavera. Alguien apaga la
radio. El silencio es interrumpido por una silla que
cae, un grito de miedo y una risa histérica.
LA
ONDA®
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