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Cine
Dos documentales
uruguayos
por Oribe Irigoyen

Del pasado oscuro a
la cultura del candombe
El cine uruguayo no
sólo sigue lozano, sino que su presencia en la
cartelera comercial se torna evidente en competencia
con las grandes producciones cinematográficas del
mundo. Eso ocurre de modo especial con el género
documental, no necesariamente preferido o transitado
por el público corriente. Por eso resulta
significativa la presencia actual en cartelera de
tres documentales nacionales: “El círculo”,
excelente retrato rodado por Charlo-Garay del ex
tupamaro Henry Engler hoy convertido en destacado
científico internacional para el tratamiento del mal
de Alzheimer, pero también de los dos largometrajes,
“Decile a Mario que no vuelva” de Mario Handler y
“Cachila”, segunda incursión del cineasta Sebastián
Bednarik en el mundo del Carnaval. Ambos se ganan
con creces los párrafos de esta nota.
Evocacion, confesion
y reflexion de los años oscuros
Tiene un título largo
–“Decile a Mario que no vuelva” – es la obra
reciente del documentalista uruguayo Mario
Handler, hace referencia a los años de la
dictadura militar ( 1973-1985 ), en ella el cineasta
realiza un ajuste de cuentas consigo mismo, se
confiesa, reflexiona, propone cavilar acerca de
aquellos años a los uruguayos, argumenta de sentirse
en deuda con éstos - ya que durante su exilio en
Venezuela no rodó ningún film sobre Uruguay, expresa
en determinado momento -, evoca ese pasado de
treinta años atrás con la intención de reconstruir
y pensar hechos terribles y sobre lo que
experimentó el conjunto de población uruguaya en
aquellos años oscuros. Para lo cual reúne el
testimonio de los más diversos actores de todo el
espectro político e ideológico, confronta, combina,
provoca la dialéctica conceptual entre esa masa de
material y el presente uruguayo – recorridas por
calles y ferias actuales montevideanas del propio
Handler siempre reflexionando con voz en off – como,
y el film lo aclara, “un intento de reconciliación y
de convivencia”, si se quiere una propuesta de
cuenta nueva.
Esos elementos
integran un todo artístico que porta la marca en el
orillo de su obra anterior, siempre signada por una
temática muy personal, una actitud de meter el dedo
en el enchufe con ella y propiciar la polémica, la
disensión o el entusiasmo favorable. Eso ha sido la
obra de Mario Handler en su trayectoria
consagratorio de casi 50 años al pie de la cámara,
desde sus comienzos en los años 60 con su celebrado
documental “Carlos” ( 1965 ), acerca de un marginal.
Con una reconocible
enjundia formal y expresiva, como aquella,
“Decile a Mario…” ofrece un discurso artístico
frontal y rico que involucra en su totalidad al
realizador, a través de un retablo de seres humanos
que dicen lo suyo, pero que todos, por el sí o por
el no, están vinculados al propio mundo de Mario
Handler. Se trata de aquello de expresar sobre lo
que se conoce, que puede parecer restringido – y lo
es, pero no importa, porque es lícita licencia
artística, posee además riqueza conceptual y humana
-. Entonces, en las imágenes la presencia de la
izquierda está sólo encarnada por testimonios de ex
presos tupamaros ( toda la lucha anti dictadura, si
se quiere ), militares y policías tienen su espacio,
la población general uruguaya, aquella sin uniforme
o sin armas rebeldes, es decir, no militante y de a
pie en política, aparece sintetizada en los
testimonios de tres uruguayos, seguramente conocidos
por Handler, que eran jóvenes en aquellos años
finales de los 70, comienzos de los 80.
La crónica comprende
los testimonios de ex presos Mauricio Rosencof,
Carlos Liscano, Henry Engler, Mauricio Vidal, Yessie
Macchi y sus evocaciones de la tortura y la cárcel,
miedos y anécdotas de la misma; las expresiones del
ex comisario de inteligencia policial Alejandro
Otero, quien iniciara la lucha contra la guerrilla y
afirma su desacuerdo con la dictadura; declaraciones
en reportaje exclusivo del coronel Gilberto Vázquez,
preso por violaciones a los derechos humanos, con
alguna profecía de futuro ominoso; los dichos más o
menos cínicos de un presunto “investigador privado”
pro militares, Ricardo Domínguez; el connotado
parlamentario Daniel García Pintos defensor acérrimo
de las posturas golpistas, y las evocaciones de los
tres jóvenes de entonces citados antes.
Todas las entrevistas
registradas con una sabia, austera y escrutadora
cámara quieta, poseen una inusual franqueza y una
semejante fuerza persuasiva en la emisión de sus
evocaciones y juicios – García Pintos y su tesis de
la lógica de la guerra, el coronel Vázquez
justificando la tortura como lícito instrumento
bélico, los presos hablando de su experiencia
carcelaria o algunos de ellos cavilando sobre una
reconciliación o convivencia posibles, los jóvenes
expresando absurdos en nimiedades represivas
terribles.
En torno a tales
testimonios, uniendo o separando, completando u
oponiendo, opera la voz en off de Mario Handler,
acompañando las imágenes actuales de él mismo, para
dar sentido unificador al film – vivencias,
confesiones, juicios y propuestas – como militante
no sólo de la cámara, exiliado o partícipe actual
del país y con su gente. Esa apoyatura, que trasunta
una singular melancolía o tristeza – acaso algún
quebranto de salud en el 2007 durante la hechura del
film le hace expresar en las imágenes que ésta es su
última película – dota a la aspereza elocuente de
los testimonios de una complementaria tersura
formal.
Tradicion de candombe
El documentalista
Sebastián Bednarik y su productor Andrés Varela,
autores de la excelente incursión y rescate de la
tradición cultural carnavalesca, “La Matinée” ( 2007
), que reunía el testimonio de viejos murguistas,
concibieron a continuación una nueva muestra
documental vinculada al Carnaval: el largometraje
“Cachila”, que toma como protagonista de sus
secuencias documentales a la figura de una de las
familias más respetadas y creativas del candombe
montevideano, la de los Silva, encabezada por
Waldemar “Cachila” Silva y vinculada, además de al
Carnaval y al candombe, a otro mito de la cultura
popular afrouruguaya, el viejo conventillo Medio
Mundo, derribado por la dictadura militar. A tal
grado, existe un hilo de rojo candente que une
familia y contexto condicionador, que parte del film
o mejor, que el centro temático del film refiere a
la comparsa lubola “C-1080” creada por el propio
Cachila, título simbólico de la ubicación del
conventillo en Cuareim al 1080.
Al igual que el
anterior film, esta vez se trata de la recuperación
de una cultura, preservada con su multiplicidad de
códigos dictados por el conocimiento empírico del
ser, el estar y el hacer. Y que a los efectos del
documental, arranca en el decir de los protagonistas
y sus recuerdos con la figura del Cacique, Juan
Angel Silva, padre de Cachila, patrón del
conventillo Medio Mundo, fundador de la comparsa “Morenada”,
y prosigue con la revelación de aquellos códigos,
pero sobre todo en el mostrar cómo se transforma y
evoluciona de generación en generación la tradición
del candombe. Más que la antropología de la música o
del toque de tambores – aunque de modo secundario el
film muestra la singularidad enriquecida que define
a “C-1080” en sus registros rítmicos – el documental
se interna en la relación humana, familiar y
artística por la cual Cachila transmite códigos y
enseña a administrar una comparsa carnavalera, con
peculiar actitud patriarcal a su hijos Matías y
Wellington.
Esa intención
temática condiciona el carácter de las imágenes y
sus secuencias, en las cuales no existen entrevistas
o reportajes, sino que la cámara con algo de sutil
intromisión sigue paso a paso el desarrollo
cotidiano de todo el proceso de preparación de la
comparsa “C-1080” para el concurso de Carnaval, en
el cual no resulta ganadora. Esa sencilla, pero
fértil concepción de un documental – en el cual el
espectador llega ser cómplice de lo que ocurre ante
la cámara – dota a las imágenes de una enorme
frescura y naturalidad expresivas, desde luego
logradas por Bednarik con excelente despliegue
visual, uso jerarquizado de los distintos encuadres,
magnífico manejo de los ritmos y pulsos de la
narración, en otro rescate cultural de arrolladora
persuasión.
LA
ONDA®
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