Tabaré Vázquez:
"El hijo del silencio"
por Raúl Legnani

Pasaron los años y los antropólogos encontraron que aquella tribu desapareció en medio de tormentas, vientos que no existían, todo porque la tribu no había comprendido el alcance del silencio.

 

La aldea parecía tranquila. El cielo estaba despejado, pero el horizonte presentaba algunos nubarrones amenazantes. En la tribu discutían, con poca participación de los indios, al sucesor del jefe.

 

Por un extraño fenómeno climatológico, en medio de la tarde todo comenzó a oscurecerse. En el cielo aparecieron rayos y centellas. Los celulares de los indios comenzaron a cortarse. La TV sólo pasaba culebrones, que invadían los informativos.

 

A los hombres les comenzaron a crecer las uñas y los pelos en la caras. Las mujeres escondían a sus niños dentro de las cavernas, manteniendo siempre su eterna belleza expresada en el simple acto de amamantar. Muchos se pintaron la cara, con colores de guerra. Los gritos no eran fácilmente descifrables. En medio de ese caos, apareció un indio que promovió un tribunal de ética para sus pares, porque recogían firmas para que el jefe de la tribu siguiera. Era el mismo indio que al secretario de temas religiosos lo había increpado porque quería excomulgar a los que votaran la ley de despenalización del aborto. Ahora, el indio, excomulgaba a los firmantes de la reelección porque no era una acción prevista por los estatutos de la tribu.

 

Aseguran, buenas fuentes indígenas, que lo hizo sin recordar que en la gran mayoría de los casos los referendos ­ tan comunes en esa comunidad- fueron promovidos por indios de esa tribu, sin que los caciques lo hubieran resuelto con antelación.

 

Mientras estos debates se realizaban entre pipa y pipa, aguardiente y aguardiente, el cielo se fue poniendo cada vez más negro y las hojas de los árboles se movían, aunque no había viento. Esto era lo que más asustaba a los niños. Veían el movimiento de las hojas, pero no la presencia del viento. Las hojas se movían en pleno silencio. "Era cosa de Mandinga", dijo un viejo indio quien por primera vez sentía que estaba viviendo sus últimas horas sin poder explicar lo que vivía. Dicen que vomitaba cada vez que le llegaba una noticia de lo ocurrido, en tanto el día se volvía cada vez más noche. No soportaba la oscuridad, porque sabía que en las noches las otras tribus, que eran blancas, tenían mayor capacidad de fuego.

A pesar de las luces extrañas, de la creciente de los ríos, y del temblar de las hojas de los árboles, muchos se sintieron mal cuando supieron que el Ñato, uno de los jefes más queridos de la tribu, se la había agarrado con el gran jefe que se había inspirado en Pitágoras, que antes de matemático fue filósofo y que escribió sus ideas. "El hijo del silencio", recordó una maestra de la tribu, mientras los chiquilines se orinaban por el susto y clamaban por un pedazo de pan. Pasaron los años, decenas de ellos, y los antropólogos indígenas de generaciones posteriores, encontraron que aquella tribu desapareció en pocos meses en medio de tormentas, vientos que no existían, todo porque la tribu no había comprendido el alcance del silencio.

 

Claro, para algunos el silencio fue una trampa, una burda maniobra del cacique que nunca lastimó con sus palabras, pero fue lastimado y no con silencios, sino con palabras. Para otros fue la necesidad que tenía el cacique de ganar tiempo para una reflexión muy última, muy personal, quizás demasiado profunda y tardía, que no fue entendida y hasta rechazada, por intereses sectoriales.

 

Dicen, los documentos de la época, que no hubo en otras civilizaciones tan tremendo error cometido por una comunidad de sangre, como lo ocurrido con aquella tribu. A pesar del esfuerzo de los científicos, quienes trabajaron muchos años, nunca se pudo saber cuáles fueron las causas que provocaron aquella extraña tormenta.

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