La crisis económica financiera
y las “zonas de fractura”
por José Luís Fiori

“Nosotros decidimos tomar medidas decisivas y utilizar todos los instrumentos a nuestra disposición para sustentar las instituciones financieras que tengan importancia sistémica e impedir que ellas puedan quebrar”

 

El lunes, día 13 de octubre de 2008, el mundo amaneció en silencio y quedó en suspenso, durante casi todo el día, a la espera de lo que sería una especie de “duelo final”, entre el poder político y los mercados, que se estaría trabando en los principales centros financieros del mundo. Al final del día, entre tanto, las primeras señales ya indicaban que no hubo duelo y que el poder político había impuesto su autoridad sobre los “mercados financieros”. Después de una semana de pánico,  entre los días 5 y 12 de octubre, en pocas horas  los gobiernos de las principales economías del mundo consiguieron formular un ”plan común” de intervención masiva y estatización parcial de sus sistemas financieros, que cumplió con su objetivo inmediato de estancamiento de la “sangría” y estabilización del tipo de cambio.

 

Quien quiso, pudo ver y aprender, en aquellos días, que existe una relación esencial y expansiva entre el poder político y el capital financiero, y que a pesar de todo lo dicho y repetido en estos últimos años, el poder político tiene una precedencia jerárquica y dinámica, con relación a los mercados y al capital financiero. O sea: el poder y la riqueza capitalista se expanden juntos, pero el poder político es una condición esencial, permanente y dinámica de los mercados y del capital financiero. En este sentido, es interesante observar que el plan de nacionalización de los principales sistemas financieros del mundo, haya sido formulado por Inglaterra, basado en la experiencia de Holanda, y antes de ser aceptado por los EE.UU. y por la UE. Incluso Inglaterra y Holanda, las dos potencias marítimas y económicas que habrían estado en el origen del “capitalismo liberal”, y en la defensa permanente del laisez-faire.                              

 

En las semanas siguientes, después del día 13 de octubre, la propia evolución de la crisis fue dando mayor transparencia a otra relación que acostumbra barajar el análisis de los economistas: entre la moneda estatal y las infinitas monedas privadas y financieras que coexisten dentro de un mismo sistema económico nacional e internacional. Permitiendo separar la crisis del “mercado financiero del mundo”, que se estableció en los EE.UU. después de 1980, de una crisis  eventual del dólar y de la hegemonía monetaria de los EE.UU. que todavía no sucedió. Y fue esta la estrategia que el gobierno americano adoptó en el campo internacional buscando sustentar la confianza y la centralidad mundial del dólar. Durante todo el mes de octubre, los EE.UU. mantuvieron una comunicación y una coordinación con los gobiernos y los bancos centrales de Japón y de China, los mayores depositarios mundiales de obligaciones del estado americano, siendo que en el caso de China, en particular, se estableció una verdadera sociedad estratégica con el Tesoro americano, en la defensa del dólar, y de los intereses financieros comunes de los dos países. En la misma línea de actuación, después del día 13 de octubre, el banco central americano, FED, tomó la iniciativa y cerró acuerdos  para garantizar liquidez en dólares de los BCs de Australia, Canadá, Dinamarca, Inglaterra, Japón, Nueva Zelanda, Noruega, Suecia, Suiza, y con el propio Banco Central Europeo,  e inmediatamente después, el día 29 de octubre, el FED ofreció  las mismas facilidades y condiciones, y una línea adicional de 30 mil millones de dólares, para cada uno de los BCs, de Brasil, México, Corea del Sur y Singapur.

 

El mismo día en que el FMI anunció, en acuerdo con el gobierno americano, la creación de una nueva línea de crédito sin condicionamientos, para países en desarrollo que estén sufriendo los efectos de la crisis y que mantengan políticas económicas “saludables”. Junto a los programas tradicionales de ayuda del FMI que vienen siendo negociados en este momento, con los gobiernos de casi todos los países de Europa Central, más allá de Islandia, Turquía, Pakistán y otros candidatos probables del sudeste asiático. O sea: en pocas semanas, después del día 13 de octubre, el Tesoro americano y el FED, junto con el FMI, tomaron la iniciativa dentro y fuera de los EE.UU. y pasaron a actuar de forma agresiva, coordinada y global, para sustentar la estabilidad y la centralidad del dólar, y no hay señales de que los EE.UU. estén perdiendo su poder y su capacidad de coordinación monetario- financiera, dentro de la economía mundial.

 

Por esto se puede decir – con razonable grado de seguridad - que los problemas sistémicos provocados por la crisis financiera, deberán venir de otro lado, y ellos ya se estaban anunciando, en los últimos días del mes de octubre. Hasta entonces, la intervención de las grandes potencias mantuvo en funcionamiento las funciones básicas del sistema (como si fuese cerebro, corazón y pulmón), pero no tuvo como impedir el efecto contagio de la crisis, que ya pasó de las finanzas hacia el crédito, y debe alcanzar a la producción, el empleo y las exportaciones de todo el mundo, y de forma mucho más grave, en el caso de los países menos desarrollados y con menor capacidad autónoma de socorrer a sus propios bancos y productores. Todos los organismos internacionales están previendo caídas acentuadas de la producción, de los precios y de las exportaciones. Y la OIT está previendo un aumento inmediato del 10% del desempleo mundial, más concentrado en las regiones más pobres del mundo.

 

En estas regiones, se debe prever un proceso complicado de desintegración social y política, y lo más probable es que  vuelvan al orden del día las revueltas y revoluciones sociales. Ellas no serán socialistas ni proletarias, pero adquirirán mayor intensidad y violencia en los territorios situados en “zonas de fractura” o de disputas y conflictos geopolíticos crónicos. Esto podrá ocurrir en varios puntos de Europa del Este, y en algunos países de Asia Central, y podrá asumir una forma dramática en el continente africano, sobre todo si esta regresión económica y social coincide con una nueva carrera imperialista, sobre África, que puede ser una prolongación muy probable de la crisis actual.

Traducido para LA ONDA  digital  por Cristina Iriarte

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