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A propósito de afirmaciones
de Fernández Huidobro,
la guerra de las generaciones
por Jorge Majfud
Lincoln University
La
propuesta Huidobro
En Estados Unidos
como en Uruguay y en tantos otros países, cada vez
que la sociedad se enfrenta con una experiencia
traumática relacionada a hechos específicamente
crueles de violencia civil, inmediatamente aparecen
dos grupos. Un grupo que aboga por el derecho de
usar armas para que los ciudadanos honestos se
puedan defender de los delincuentes y otro grupo que
advierte que esta proliferación de “armas para la
defensa” rápidamente se transforma en una mina de
“armas para la delincuencia”.
Recientemente el senador uruguayo
Fernández Huidobro contribuyó a esta polémica
afirmando que “no
quiero una sociedad en la que todos estén armados,
pero estamos viviendo una situación excepcional”.
¿Por qué estamos viviendo una situación excepcional?
¿Por el último terremoto que golpeó Chile o
Afganistán? ¿Por los ciclos solares o por la crisis
financiera en Estados Unidos y Japón? Los
opositores al gobierno que integra el mismo Huidobro
dirán que todo se debe a la mano blanda de la
izquierda en el poder.
Pero
podemos ampliar aun más la pregunta: ¿realmente
estamos viviendo una situación excepcional?
Quizás Uruguay se consideraría un
oasis de paz si por un día tuviese dentro de sus
fronteras los problemas que tiene México, por
ejemplo. No obstante, la violencia civil en Uruguay,
Brasil, Estados Unidos o España tiene muchas
variaciones pero en el fondo es algo natural,
consustancial de cualquier sociedad y
particularmente lógico y consecuente con nuestras
sociedades del último capitalismo. Desde antes de la
Segunda Guerra, en Estados Unidos la violencia
social que produce el capitalismo se contrarresta
con el minucioso trabajo de las iglesias y, sobre
todo, con agresivos programas socialistas que llevan
otros nombres, de la misma forma que en los países
socialistas la violencia política se neutraliza con
el comercio capitalista.
La delincuencia ilegal puede crecer o
decrecer periódicamente, no por una fatalidad del
destino sino porque una sociedad aplica alguno de
los dos métodos conocidos desde el Renacimiento: (1)
aumenta la represión del Estado o (2) disminuye su
violencia estructural, es decir, económica, social,
racial, domestica, ideológica, religiosa y moral. La
violencia moral es normalmente contenida por la
represión ideológica o por la contención de la
religión y del espectáculo mediático. Es violencia
ideológica cuando el senador José Mujica elogia a un
universitario por no parecer universitario, lo cual
tiene muchas lecturas y entre ellas está el
desprecio por los meritos intelectuales. Este tipo
de violencia es aún menor y menos tradicional que la
asumida por la vieja oligarquía que, además de vivir
del sudor de los trabajadores (por algo “trabajador”
ha sido siempre un meritorio eufemismo de “pobre”)
se encargó de organizar con sutileza su humillación
que frecuentemente incluía ideoléxicos como “vago”,
“vulgar” o “naco”.
El senador Huidobro agregó: “la
delincuencia de hoy no tiene códigos, no cuentan con
una ética". Se asume que la delincuencia de ayer sí
tenía códigos y ética.
De
hecho todo grupo, incluido los criminales, se
organiza según unos códigos
y una ética. Pero asumimos que no son estos tipos de
códigos y éticas los que una sociedad está dispuesta
a promover; ni siquiera los mismos delincuentes, que
perderían competitividad y clientes en una sociedad
sin trabajadores honestos. Según el senador
Fernández Huidobro, “el colmo es que ni los presos
pueden hoy vivir en paz porque nos han copado hasta
las mismísimas cárceles”. Lo cual no es absurdo sino
parte de la misma lógica: muchos de los que están
presos son delincuentes. Es como observar que los
niños están copando las guarderías y los
kindergartens y no paran de provocar problemas con
sus llantos y gritos.
Huidobro no mejora su posición
dialéctica cuando insiste en que “la delincuencia de
hoy pertenece a una civilización desconocida, nueva,
que se autoexcluye y que no es la nuestra, la que
siempre conocimos”.
Más tarde, según el diario La
Republica de Montevideo, el mismo senador
confiesa “no saber en qué momento comenzó a
generarse este grado de violencia en la sociedad,
esta ‘nueva civilización’, aunque ‘el fenómeno de
las llamadas barras bravas es un invento
relativamente nuevo’” (21-11-208). Todo lo cual es
un problema menor de diagnostico (no hay ninguna
civilización nueva) y de percepción, ya que si hay
algo antiguo en el mundo son las turbas y las
organizaciones criminales.
Lo que debería preocuparnos es que en
lugar de progresar como sociedades seguimos
estancados. No hay nada nuevo: tenemos la misma
enfermedad que hace un siglo pero agravada por la
cultura y las condiciones materiales del siglo XXI.
Una juventud donde mandan los viejos
Cuando en el siglo XIX en América
latina se discutía quiénes tenían derecho al voto,
la mayoría de los políticos e intelectuales de la
época estaban de acuerdo que el derecho debía ser
reservado a quienes tenían propiedades. Algunos,
incluso, fijaron el monto de la riqueza de cada
persona para mantener este novedoso derecho. El
argumento radicaba en que quien era propietario era
más responsable que quien no lo era. Lógico: alguien
tiende a ser responsable cuando cuida sus propios
intereses. Pero estos intereses implicaban una
injusticia en la privación de un derecho civil de
aquellos que no tenían ni siquiera el beneficio de
la estabilidad económica. Es decir, la violencia
económica se reproducía a sí misma a través de la
violencia ideológica y moral.
El fenómeno de la violencia civil es
una consecuencia lógica, no una contradicción, de
cualquier sociedad consumista. Más en los países
pobres.
Aparentemente los
linchamientos como en Mozambique o los más recientes
de Bolivia tienen un efecto de corto plazo en la
contención de la delincuencia y un efecto de largo
plazo en la creación de sociedades aterrorizadas y
reprimidas, sin contar con la injusticia que estos
juicios irracionales suelen traer. Es difícil que
una sociedad madura, o que pretende madurar más allá
de un estado cavernícola pueda proponer métodos tan
precarios que pudieron funcionar a la escala de una
tribu pero resultaría el Apocalipsis si se la
instaurase a la escala de sociedades numerosas y
mucho más complejas como las nuestras.
El debate sobre el
uso legal de armas nunca tendrá una conclusión
definitiva porque ambos tienen parte de razón: si
los delincuentes atacan el resto de los individuos,
éstos tienen derecho a defenderse. Pero si quienes
se sienten amenazados comienzan a comprar más armas
pronto tendremos (o seguiremos teniendo) sociedades
que, en el mejor de los casos, serán sociedades
asentadas en el inestable equilibrio de las armas.
Pero la violencia
legal —estatal o privada— nunca es suficiente para
contener y mucho menos eliminar la violencia ilegal.
En casos, cuando es el único recurso, la represión
no legaliza pero legitimiza la violencia ilegal.
A largo plazo, la
forma de evitar la violencia ilegal radica en
eliminar de forma progresiva la violencia legal. Con
violencia legal me refiero no solo a un estado
policíaco o militarizado sino, sobre todo, a la
violencia que deriva de las propias contradicciones
de una sociedad. Entre estas contradicciones la más
clásica es la que deriva de la misma lógica del
consumismo: la promoción del deseo y la represión
del placer, ley que afecta con más crueldad a los
niños y adolescentes de los países pobres.
Esta lógica del
capitalismo consumista suele agravar la violencia
cuando a una cultura enferma sumamos una educación
insuficiente. El narcotráfico, por ejemplo, no
existiría sin el consumo de drogas; víctima y
victimario son partes inseparables de la misma
lógica social y cultural. La seudo-solución más
común es aumentar la represión, lo que también
produce la idea de que el sistema X no es el
culpable de lo que produce sino imperfecto por culpa
de lo que reprime.
En mi opinión, no
existe solución a corto plazo. Menos cuando, ante un
estado de insatisfacción social, las soluciones
sobre el mejor azul consisten en elegir entre el
blanco o el negro.
El
Estado poco o nada puede hacer para cambiar una
cultura pero aún puede hacer mucho para reparar una
educación que contenga la violencia social y
convierta este desperdicio de energía física e
intelectual en proyectos creativos. Para ello
existen muchas otras instituciones subalternas, como
el deporte, el arte, las ciencias y el comercio. El
paso más inmediato consiste en una prioritaria
inversión
en programas de socialización de la
infancia y la adolescencia. Entre éstos, los
programas más importantes consisten en priorizar la
educación física a través de una mayor variedad de
deportes y de espacios para la cultura artística y
científica.
A estas viejas
intenciones, nunca materializadas seriamente, se
debe agregar una política radical: la organización
debe estar basada en la gestión asistida de los
mismos niños y adolescentes. Es decir, se debe
implicar en la toma de responsabilidades y en el
goce de sus frutos a uno de los sectores sociales
más marginados por un prejuicio etario, en lugar de
presentar al Estado como un gendarme con el cual se
debe cumplir sin recibir nada inmediato a cambio. En
otras palabras, bajar la minoridad en la gerencia de
la sociedad.
Dejen de tratar a los
niños como si fuesen ángeles o demonios. Devuelvan
más poder social y doméstico a los adolescentes y
tendremos sociedades más maduras.
LA
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