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El fenómeno de
la opinión pública
Jordi Sopena Palomar
La existencia de una opinión pública crítica y
formada sigue siendo un pilar fundamental en el
sostenimiento de la democracia del siglo XXI. La
preponderancia de los investigadores europeos en
la comprensión del fenómeno de la opinión
pública es capital, como lo demuestran las
diversas teorías formuladas desde el viejo
continente: la Teoría Normativa, de Jürgen Habermas,
o la Espiral del Silencio, de Noelle-Neumann, entre
otras. He aquí algunas de estas líneas de
investigación.
La
opinión pública: definición del concepto y evolución
histórica.
“En su lucha contra el
individuo, la sociedad tiene tres armas: ley,
opinión pública y conciencia” William Somerset
Maugham
El concepto clave del
documento que se presenta a continuación es la
noción de opinión pública. Pero quizás sería
aconsejable separar ambos términos para captar mejor
su significado. Una de las primeras definiciones de
opinión se encuentra en la Grecia clásica. Según
Platón, la opinión o doxa era el punto
intermedio entre conocimiento o episteme y la
ignorancia. La opinión implica siempre una
actitud personal ante los fenómenos o sucesos y se
puede definir como la postura que mantiene un
individuo respecto a hechos sucedidos en el mundo
real.
Por otra parte, el concepto de
público puede tener una doble acepción: puede
remitir a aquel grupo de personas que, ejerciendo su
racionalidad, es capaz de crear opinión, o bien
puede referirse a aquellos temas que acaparan el
interés de toda la ciudadanía, es decir, a los
asuntos de la res pública. En cualquier caso,
público deriva casi siempre en el concepto
espacio público. Es en el espacio público
donde los ciudadanos ejercen libremente su
racionalidad y crean un auténtico debate en
torno de diversas cuestiones que les atañen. El
concepto de opinión pública ha estado presente, en
mayor o menor medida, en diversos periodos de la
historia.
Para entender el desarrollo de
la opinión pública y de las esferas privada y
pública es necesario entender perfectamente la
evolución de la historia de la humanidad. De los
originarios clanes familiares de las sociedades
primitivas cerradas en las que pervivían
explicaciones del mundo en forma de mitos y no
existían opiniones compartidas, se pasó a una
sociedad capaz de entender mejor el mundo. Será en
la Grecia antigua donde se empezarán a evaluar
las formas de gobierno más convenientes y se
traslucirán las tensiones entre las minorías,
sustento del poder político, y las mayorías,
sujetas a las decisiones de los anteriores.
Independientemente de las distintas valoraciones
de los filósofos sobre los mejores sistemas
de gobierno, casi todos convienen en la
insolvencia de la masa para gobernar. La Edad
Media, una etapa histórica que se considera “oscura”
para el devenir de las artes y de las ciencias, se
caracterizaba por un orden que emanaba de Dios y,
por tanto, inmutable, en el que cada hombre tenía
unas funciones. Sin embargo, será a partir de las
revoluciones burguesas y de la alianza entre el
pueblo y la burguesía cuando las clases populares
comenzaran a sentirse un sujeto político activo.
No obstante, esta nueva etapa
de la historia y la Revolución industrial
comportarán una nueva dominación, la de los
burgueses, propietarios del capital, sobre los
proletarios, propietarios del trabajo. En esta
sociedad, democrática en teoría, los hombres
discutirán, opinarán y crearán grandes corrientes
de opinión. La palabra se situará en el primer
plano de la vida pública. Este nuevo mundo burgués,
que también lo es de las masas y de los públicos,
se conformará a través de la comunicación
social establecida como institución y servida
por unas mediaciones técnicas de gran alcance y
potencia. Esta sociedad, en la que las masas
tendrán una importancia significativa, poseerá la
prensa, en un primer momento, y luego los
medios audiovisuales como grandes instrumentos
creadores de opinión pública y de públicos
opinantes. Estas nuevas clases populares jugarán un
cierto papel en la vida política del país.
Sin embargo, las nuevas
sociedades burguesas también despertarán ciertos
recelos. En su obra El anticristo, Friedrich
Nietzsche denunció la situación que habían creado
las sociedades industriales y las tachó de
“decadentes” (Nietzsche, 1997: 45).
El filósofo alemán advirtió del
peligro de las masas que se levantan contra las
minorías y censuró la creatividad individual.
Ortega y Gasset preveía, como una de las
consecuencias de la Revolución Industrial, la
aparición de la sociedad de masas, compuesta por
individuos “militantes de la uniformidad” (Ortega y
Gasset, 1982: 22).
Por lo tanto, será en esta
sociedad de masas, donde se encuadran burgueses y
proletarios, donde nacerán las corrientes de opinión
pública, tal como describe Jürgen Habermas.
Sin embargo, antes de enfocar
la evolución del fenómeno de la opinión pública
según Jürgen Habermas, es necesario aclarar otros
dos conceptos claves: esfera pública y esfera
privada. La relación entre ambas difiere y se
contrapone a lo largo de la historia.
Habermas, en su libro Historia
y crítica de la opinión pública, traza una
panorámica perfecta de las evoluciones de las
dos esferas, la pública y la privada, y del
surgimiento de la Opinión Pública como fenómeno.
Así, Habermas se sitúa en la Polis griega para datar
la separación del espacio privado y del público. El
ámbito privado, el familiar, es el terreno del
patriarcado, de la dominación y de la necesidad. El
padre controla despóticamente a los miembros de su
familia para satisfacer las necesidades básicas.
En cambio, lo público es el
terreno de la discusión política, de la deliberación
pública. Algo nada extraño si se tiene en
cuenta que Grecia es la cuna de la
democracia. Por eso, Habermas enlaza con la
idea de que es necesario poseer determinados
derechos individuales y colectivos (expresión,
reunión…) para poder practicar el ejercicio de la
razón en una sociedad libre y alumbrar una auténtica
opinión pública. Los regímenes dictatoriales carecen
de opinión pública puesto que suprimen los derechos
individuales de las personas. La política requiere
discusión, diálogo y entendimiento; la autocracia se
basta con el sometimiento.
Retomando la idea habermasiana
de la política como el ámbito de la libertad y de lo
común (una serie de individuos se reúnen para tratar
problemas comunes), se debe apuntar que, si bien
se considera a la civilización griega como
la pionera de la democracia, no es, ni mucho
menos, la más perfecta. De hecho, sólo los
propietarios podían participar en la vida
política. Junto con este primer modelo
democrático aparece también la primera muestra de
exclusión, que, en la Antigua Grecia, se extendía a
las mujeres y a los menesterosos. De una forma u
otra, a lo largo de historia se perpetuará la
exclusión en las sociedades que se
autodenominan democráticas. No será hasta bien
entrado el siglo XX cuando se conseguirá el sufragio
universal carente de restricciones.
La hegemonía helena la heredará
el Imperio Romano, donde se mantendrá la doble
división entre esfera pública y privada. En
la Edad Media, según Habermas, desaparecerá
totalmente la esfera pública y se asentará un
régimen de publicidad representativa, en el cual la
nobleza dominante se contentaba con ofrecer al
pueblo el espectáculo del poder. Según Jürgen
Habermas, el siglo XVIII es el siglo vital en la
conquista o en el resurgimiento de lo que se
denomina “espacio público”, sobretodo en Francia y
en Inglaterra. La clase burguesa, en ascenso en la
Europa Occidental y en lucha contra las
prerrogativas del Estado Absolutista, logró crear un
espacio de debate entre el Estado y la sociedad
civil.
Con las primeras revoluciones
burguesas, se articula un espacio público que
ofrece a los ciudadanos la posibilidad de debatir y
discutir el ejercicio del poder estatal. Este
debate estimuló el pensamiento crítico y racional
gracias a instituciones como los periódicos, los
círculos literarios y los cafés: “La publicidad
políticamente activa no está ya subordinada a la
idea de una disolución del poder: más bien ha de
servir al reparto de éste; la opinión pública se
convierte en una mera limitación del poder. A partir
de entonces hay que procurar que ese poder más
fuerte no aniquile a todos los demás […] La
interpretación liberalista del Estado burgués de
derecho es reaccionaria: reacciona frente a la
fuerza adquirida en las instituciones de ese
Estado por la idea de autodeterminación de
un público raciocinante tan pronto como éste es
transformado por la entrada de las masas, incultas
y desposeídas” (Habermas, 2002: 167).
En este sentido, fue
fundamental el papel de las casas de café en Gran
Bretaña y de los salones en Francia para el
afianzamiento de unos nuevos espacios públicos donde
se discutía de diversos temas. El
descubrimiento de América, las guerras, las
novedades literarias o las noticias cortesanas eran
los temas más comentados en estos lugares. Al
principio, estos espacios eran bastante
restrictivos para todos aquellos que no
pertenecieran a la aristocracia. Sin embargo, con el
paso del tiempo se fueron abriendo y pudo
acceder la burguesía. Además, los asuntos
políticos hicieron acto de presencia en estos
salones y casas de café. Con las primeras
revoluciones burguesas y el auge de la prensa, el
espacio público fue extendiéndose a amplias capas
de la población. Esto permitió que un cierto
grupo de ciudadanos empezara a emitir sus propias
valoraciones sobre los asuntos de interés general.
Así pues, la sustitución de la
aristocracia por la burguesía posibilitó el
surgimiento del fenómeno de la opinión pública, que
se constituye en un auténtico núcleo de poder que
empieza a cuestionar algunos asuntos espinosos para
la autoridad política. En un principio, esta
opinión pública comenzará componiéndose por un
círculo bastante reducido de individuos para
convertirse, con el paso del tiempo, en un elemento
fundamental en la regulación de cualquier estado
democrático. No obstante, el autor alemán también
apunta los principales problemas que acuciarán
a esta nueva sociedad burguesa y, a posteriori,
nueva sociedad de masas.
Con el Estado burgués, la
prensa se liberó de su variante opinativa y, en
cierto modo crítica, y se centró básicamente en la
satisfacción de sus intereses y en la búsqueda de
beneficios, como cualquier empresa capitalista: “La
prensa de opinión, como institución de la discusión
del público, se preocupa primariamente por afirmar
su función crítica […] Sólo con la consolidación del
Estado burgués de derecho y con la legalización de
una publicidad políticamente activa se desprende la
prensa raciocinante de opinión; está ahora en
condiciones de remover su posición polémica y
atender a las expectativas de beneficio de una
empresa comercial corriente”. (Habermas, 2002: 212)
Esta evolución hacia la
prensa-negocio permite la entrada de intereses
ajenos al seno del diario y coarta la libre
redacción del periódico, lo que afecta,
indudablemente, al libre ejercicio de la discusión
pública, es decir, a la opinión pública. Éste y
otros muchos problemas de la sociedad moderna son
analizados por Habermas en Historia y crítica de la
opinión pública.
Mucho se ha discutido sobre la
opinión pública. Pero, ¿qué es la opinión pública?
Habermas responde la pregunta: “Por espacio
público entendemos un ámbito de nuestra vida
social, en el que se puede construir algo así como
opinión pública. La entrada está fundamentalmente
abierta a todos los ciudadanos. En cada conversación
en la que los individuos privados se reúnen como
público se constituye una porción de espacio
público. [...] Los ciudadanos se comportan como
público, cuando se reúnen y conciertan libremente,
sin presiones y con la garantía de poder manifestar
y publicar libremente su opinión, sobre las
oportunidades de actuar según intereses generales.
En los casos de un público amplio, esta comunicación
requiere medios precisos de transferencia e
influencia: periódicos y revistas, radio y
televisión son hoy tales medios del espacio público”
(Habermas, 1973: 71)i
En Facticidad y validez,
Habermas lleva a cabo una investigación sobre la
relación entre hechos sociales, normatividad y
política democrática. En esta obra, el espacio
público se presenta como el lugar de surgimiento de
la opinión pública, que puede ser manipulada y
deformada, pero que constituye el eje de la cohesión
social, de la construcción y legitimación (o
deslegitimación) política. Las libertades
individuales y políticas dependen de la dinámica que
se suscite en dicho espacio público (Habermas,
2001: 117).
En este libro, el autor
alemán acaba de pulir su definición sobre el
concepto. Queda claro, pues, que Habermas considera
a la discusión pública como la única posibilidad
de superar los conflictos sociales, gracias a
la búsqueda de consensos que permitan el acuerdo
y la cooperación a pesar de los disensos.
Este argumento es la clave
de la Teoría Normativa de Jürgen Habermas.
La opinión pública, por lo tanto, es la llave de su
propuesta de política deliberativa, que es una
alternativa para superar los déficits democráticos
de las políticas contemporáneas.
De esta manera, Habermas
vincula dos conceptos clave: el de opinión pública y
el de democracia. Sólo unos ciudadanos dotados
de derechos pueden expresarse en libertad y
constituir una opinión o varias opiniones públicas.
En cambio, en un régimen dictatorial, más que de
opinión pública, se debería hablar de
propaganda y de intoxicación.
La teoría normativa de Jürgen
Habermas
Decía Napoleón Bonaparte, gran
emperador y magnífico estratega, que la opinión
pública es un poder al que nada
resiste. Jürgen Habermas, autor alemán
perteneciente a la corriente crítica de la
Escuela de Frankfurt, corrobora con su
pensamiento, en parte, la cita del estadista
francés.
En el primer apartado del
documento se ha resumido la evolución
histórica del fenómeno de la opinión pública que
describe Habermas en su obra Historia y crítica de
la opinión pública. Sin embargo, el libro de
Habermas recoge otras muchas ideas interesantes.
Una de las ideas centrales del pensamiento
habermasiano es la constitución de grupos de
personas en públicos que ejercen su racionalidad y
que generan opinión en diversos temas a partir de
los siglos XVIII y XIX. Este espacio público es
civil, pero tiene un componente político innegable.
El autor alemán separa el
espacio público político del literario:
“Hablamos de espacio público político,
distinguiéndolo del literario, cuando las
discusiones públicas tienen que ver con objetos
que dependen de la praxis del estado. El poder del
estado es también el contratante del espacio
público político, pero no su parte. Ciertamente,
rige como poder público, pero ante todo necesita el
atributo de la publicidad para su tarea, lo
público, es decir, cuidar del bien general
de todos los sujetos de derecho.
Precisamente, cuando el
ejercicio del dominio político se subordina
efectivamente a la demanda pública democrática,
logra el espacio público político una
influencia institucional en el gobierno por la vía
del cuerpo legislativo. La opinión pública remite a
tareas de crítica y de control, que el público de
los ciudadanos de un estado ejercen de manera
informal (y también de manera formal en las
elecciones periódicas) frente al dominio
estatalmente organizado” (Habermas, 1973: 61-62)ii
Así pues, también queda clara
la importancia que otorga el autor alemán a la
opinión pública en el correcto funcionamiento del
sistema democrático. Sin embargo, esta dinámica no
está exenta de problemas en la sociedad actual. Las
contrariedades comienzan en la segunda mitad del
siglo XIX y a principios del siglo XX. En este
periodo se producen grandes y radicales
enfrentamientos de clase, se transita hacia la
sociedad de masas y la cultura tecnológica, y se
generan nuevas formas de creación y acceso a la
riqueza, produciendo, por tanto, cambios sociales
significativos.
La publicidad, el ámbito de lo
público, y el ámbito de lo privado se encuentran en
la encrucijada de la multiplicación de los medios,
la privatización de los mismos, las manipulaciones
de distinto signo, etc. El problema de la igualdad
real, la igualdad de oportunidades en un sentido
empírico e histórico, sigue en pie, incluso para
algo tan fundamental como la libertad de expresión y
la formación de una opinión pública verdaderamente
significativa.
Según Habermas, el principal
problema que atenaza el correcto funcionamiento del
sistema es el siguiente: la estatalización de lo
público y su amenazante intromisión en todos los
ámbitos de la vida del ciudadano se ha
apoyado en la transformación paulatina de los
medios de comunicación en instrumentos de
entretenimiento y dominación de las masas. De la
publicidad como información y manifestación de
opinión ante un público lector que discute se ha
pasado a una situación en la que el público se ha
escindido en minorías de especialistas no
públicamente raciocinantes, por un lado, y en la
gran masa de consumidores receptivos, por el otro.
Con ello se ha minado
definitivamente la forma de comunicación específica
del público. ¿Estamos ante medios de comunicación o
medios de propaganda?, se pregunta Habermas en
Historia y crítica de la opinión pública. “La
publicidad crítica es desplazada por la
publicidad manipuladora”, sentencia
el autor alemán (Haberlas, 2002: 222).
Habermas argumenta esta afirmación: “Como es
natural, el consensus fabricado tiene poco en común
con la opinión pública, con la unanimidad final
resultante de un largo proceso de recíproca
ilustración; porque el ‘interés general’, sobre
cuya base […] podía llegar a producirse libremente
una coincidencia racional entre las opiniones
públicamente concurrentes, ha ido desapareciendo
exactamente en la medida en que la
autopresentación publicística de intereses
privados privilegiados se lo iba
apropiando”, afirma Habermas (Habermas, 2002: 222).
Así pues, la manipulación es
uno de los instrumentos que utiliza el poder hoy en
día para influir en los ciudadanos. Incluso la
publicidad parlamentaria se ha visto afectada, ya
que el engranaje entre el debate parlamentario y
los partidos políticos ha derivado
generalmente hacia planteamientos de carácter
plebiscitario.
La apelación a un individuo
autónomo capaz de dotarse de leyes universales, como
deseaba Kant, en aquel sentido en que se conecta ley
moral y ley política mediante un proceso de
formación de opinión y de voluntad general, se
enfrenta a una situación
histórico-empírica en la
que incluso la formación de un individuo
autónomo y su voluntad personal no parecen estar
garantizados y mucho menos, por supuesto, la
formación de una voluntad general democráticamente
instituida.
Haberlas constata que la
dinámica social actual presenta rasgos
de una “refeudalización” de la sociedad. El sujeto
político de la sociedad de masas no es el individuo
del liberalismo, sino que se transforma en
los grupos sociales y las asociaciones que,
desde los intereses de determinados sectores
privados, influyen en funciones y decisiones
políticas.
También las instancias
políticas intervienen en el tráfico mercantil y en
la dinámica del mundo de la vida, de especial
incidencia en el ámbito de la privacidad. Por otra
parte, los medios se ven fuertemente influidos por
las cúpulas directivas y por los consejos de
administración de sus empresas propietarias, lo que
coarta el libre ejercicio de la profesión
periodística y afecta inevitablemente al proceso de
formación de la opinión pública. En resumen, se
asiste a una privatización de lo público y una
politización de lo privado.
A pesar de los aspectos
negativos y de las dificultades que presenta la
pervivencia y el desarrollo de una publicidad
crítica en la sociedad de masas, Habermas insta al
desarrollo de las posibilidades existentes, dada su
importancia fundamental para el sostenimiento de la
democracia: “El mandato de la publicidad es ahora
extendido, más allá de los órganos estatales, a
todas las organizaciones que actúan en relación con
el Estado.
De seguir realizándose esa
transformación, reemplazando a un público de
personas privadas individualmente insertas en el
tráfico social, surgiría un público de personas
privadas organizadas. En las actuales
circunstancias, sólo ellas podrían participar
efectivamente en un proceso de comunicación
pública, valiéndose de los canales de la publicidad
interna a los partidos y asociaciones, y sobre la
base de la notoriedad pública que se impondría a la
relación de las organizaciones con el Estado y entre
ellas mismas” (Habermas, 2002: 257).
Sólo una publicidad crítica
permitirá la expresión de los conflictos
reales y la superación de los mismos por la
generación de consensos, de voluntad común. Según
Habermas, éste ha de ser el contrapeso necesario a
las formas de presión y coacción del poder, que
tiende siempre a superponerse opresivamente sobre la
realidad social: “[…] un método de controversia
pública llevado del modo descrito podría relajar las
formas coercitivas de un consenso obtenido bajo
presión, e igualmente podría suavizar las formas
coercitivas del conflicto, sustraído, hasta el
presente, a la publicidad.”, sentencia el autor
alemán (Habermas, 2002: 274).
Por lo tanto, es esencial
entender que la publicidad crítica ejercida por la
sociedad civil respecto de los aparatos del Estado
constituye un elemento fundamental de la vida
política democrática. Sólo así se comprende en su
totalidad la Teoría Normativa de Habermas.
Uno de las autoras más
importantes en el ámbito de la opinión pública es
Hanna Arendt. La importancia de Arendt radica en la
introducción de la esfera social, una nueva esfera
diferente a las dos que había contemplado Habermas.
Arendt, al igual que hiciera
muchos siglos antes Aristóteles, califica al hombre
como un “zoon politikon” (Arendt, 2005: 51). La
afirmación del filósofo griego, “el hombre es un
animal político por naturaleza”, es decir,
que necesita de la relación con otros
congéneres, se tradujo al latín por la de
animal socialis. De ahí data la eterna
confusión de términos que salpicará toda la historia
de la humanidad. Se equipararán los conceptos
político y social como similares cuando no lo son,
dice Hanna Arendt.
Según Arendt, es fundamental
establecer esta distinción porque a partir del
nacimiento del Estado-Nación, con la Edad Moderna,
surge la esfera social. Este espacio es un ámbito
intermedio entre lo privado, la familia, y lo
público, la deliberación en sociedad y la opinión
pública. Es bastante difícil, arguye Arendt,
diferenciar la dos esferas porque la política, la
acción y el discurso, propias de la esfera pública,
se acercan bastante al espacio social; además, la
administración del hogar y las actividades
económicas de la familia, propias de lo privado, se
aproximan a lo público. Así pues, el levantamiento
de la esfera social supone el triunfo de la
sociedad, una sociedad que sustituye la acción,
propia de regímenes anteriores, por la conducta y
donde reina la armonía de intereses y el
conformismo.
Con la sociedad triunfa la
burocracia, que es el gobierno de nadie, y las
actividades propias de la organización
doméstica no se circunscriben sólo al ámbito
familiar, como en siglos anteriores, sino que
devoran las antiguas dos esferas.
“La sociedad es la forma en que
la mutua dependencia en beneficio de la vida y nada
más adquiere público significado, donde las
actividades relacionadas con la pura
supervivencia se permiten aparecer en público”,
arguye Arendt (Arendt, 2005: 68). La aparición de la
esfera social trastoca la estructura de la vida
pública y afecta, por tanto, a la opinión pública.
Elogiado por unos y denostado
por otros, lo cierto es que no deben caer en el
olvido las aportaciones de Niklas Luhmann en el
ámbito de la opinión pública. Su obra de cabecera es
La realidad de los medios de masas. En ella, Luhmann
articula, con una prosa espesa y ardua, su propia
visión sobre los medios de comunicación y la opinión
pública.
El autor alemán está
considerado como uno de los grandes sociólogos del
siglo XX. Su larga trayectoria investigadora se
puede resumir en una palabra: sistematización. No
en vano, la teoría que acoge a Luhmann
recibe el nombre de funcionalismo sistémico. El
autor alemán consideraba la sociología no como una
ciencia del hombre o de la naturaleza, sino como una
ciencia “que debe erguirse sobre un principio de
acotación, en el sentido de demarcar su ámbito de
emergencia con respecto al ser humano” (Luhmann,
2000: 8). Luhmann otorga, por primera vez, la
posibilidad de que la sociedad autobserve la
estructura a gran escala que gobierna el cosmos de
lo social y ésta es su principal aportación.
En su obra más importante, La
realidad de los medios de masas, Luhmann considera
que los medios de comunicación son un verdadero
sistema social, una conquista evolutiva. En el libro
desarrolla una teoría global de la sociedad donde la
comunicación juega un papel básico y enlaza el
paradigma funcionalista con la teoría de sistemas
que idea.
Luhmann, a pesar de
ser funcionalista, muestra sus
discrepancias con el funcionalismo clásico.
El funcionalismo clásico concibe la sociedad
como un organismo “metáfora conceptual
organicista” que tiene sus propios órganos
constitutivos, que trabajan juntos para
que el organismo funcione. Para el
funcionalismo, el todo es más que la suma de las
partes. Luhmann contradice esta visión clásica y
plantea la sociedad como un conjunto de
interacciones comunicativas entre sistemas. Sólo
existen los sistemas y la sociedad es el conjunto
de todas las comunicaciones posibles.
El autor alemán cree que la
sociedad se ha tornado demasiado compleja, por lo
que las teorías clásicas son incapaces de
dar explicaciones satisfactorias a esta
complejidad actual. Luhmann intenta crear nuevos
conceptos que permitan entender mejor la sociedad
contemporánea.
Los sistemas que concibe
Luhmann son autopoieticos y autoreferentes.
Autopoiesis significa la concepción de uno mismo y
la autoreferencia remite a la idea de que los
sistemas son en sí y para sí. Es decir, empiezan y
acaban en si mismos. Estos sistemas tienen un
objetivo principal: reducir la complejidad existente
en la sociedad actual. Para alcanzar esta meta,
se crean determinadas categorías que permiten
aprehender fácilmente el ambiente que rodea
al ser humano. En el terreno periodístico, los
profesionales se valen de los géneros periodísticos
para clasificar la realidad, por ejemplo.
¿Qué papel juega la
comunicación en la teoría sistémica de Luhmann?
Luhmann sitúa a la comunicación en el centro
de su teoría. Él arguye que toda relación
entre elementos del sistema es obligatoriamente
comunicativa. Y dentro de este ámbito, uno de los
conceptos clave es el de la opinión pública. Las
nociones tradicionales de sistema político y
opinión pública eran, para Niklas Luhmann,
cada vez menos explicativas y, por tanto, era
necesario reformarlas.
El autor alemán define la
opinión pública como “la estructura temática
de la comunicación pública”. Si la noción de
estructura es fundamental en esta definición, no es
difícil adivinar las preferencias de Niklas Luhmann.
Al autor de La realidad de las masas no le interesan
los contenidos de las opiniones, sino que se
decanta por investigar cómo éstas se transfiguran en
temas y la relación que se establece entre ellas.
Luhmann remarca la gran importancia de los
temas en la política y en la comunicación
pública.
De tema se deriva la noción de
tematización, concepto clave de la teoría sistémica
de Luhmann. La tematización emana de la centralidad
de temas en la comunicación política. Tema se
puede definir como los complejos de sentido
indeterminados y susceptibles de desarrollo sobre
los cuales se puede discutir y poseer una opinión
igual o diversa. Estos temas son enormemente
diversos. La comunicación, además de ser un
lenguaje común, determina unos temas y la
articulación de las opiniones relativas a estos
temas. Los temas, para Luhmann, son fundamentales
puesto que permiten reducir la complejidad de la
sociedad, objetivo fundamental de toda la teoría
sistémica. Si se etiquetan los acontecimientos que
suceden en el mundo, resulta mucho más factible
comprenderlos.
La noción de tematización
propuesta por Luhmann, y luego retomada por los
autores italianos Grossi y Marletti, ha incidido
profundamente en la comprensión del fenómeno de la
opinión pública. La tematización también
implica seleccionar, jerarquizar y disponer de
criterios argumentativos, de conveniencia y de
utilidad para valorar si un tema merece ser incluido
en la agenda de la colectividad.
Marletti, siguiendo la estela
de Lippmann y Luhmann, arguye que un tema es “un
elemento de generalización simbólica” que remite a
algo que ha sucedido y que sirve para redefinir el
significado y el alcance político y civil de ese
acontecimiento. La corriente de la tematización ha
sido, por tanto, otra gran línea de investigación
sobre opinión pública en Europa.
La espiral del silencio, de
Elisabeth Noelle-Neumann
En el libro La Espiral del
silencio. Opinión pública: nuestra piel social,
Elisabeth Noelle- Neumann estudia la opinión pública
como una forma de control social en la que los
individuos adaptan su comportamiento a las actitudes
predominantes sobre lo que es aceptable y lo que no.
Teniendo en cuenta esta visión sobre el fenómeno,
resulta más fácil comprender aspectos como el
comportamiento electoral de los ciudadanos o las
relaciones entre los medios de comunicación y la
sociedad. El libro constituye en sí mismo una
auténtica teoría, la Teoría de la Espiral del
Silencio, que se diferencia de la teoría
habermasiana en que una está basada en
aspectos racionales (Teoría Normativa) y otra en
los aspectos emocionales que mueven al ser humano
(Espiral del silencio).
Noelle-Neumann posee
experiencia directa en el campo de la opinión
pública porque fue directora durante muchos años del
Centro de Investigación de Opinión Pública de
Allensbach. Ella edifica su teoría fundándose en
la noción de Opinión Pública que aportó John Locke
en el siglo XVII. Si bien el fenómeno de la opinión
pública no empieza a ser relevante hasta el
advenimiento del poder burgués a finales del siglo
XVIII y comienzos del XIX, John Locke se adelanta un
siglo y medio y argumenta en su obra An essay
concerning Human Understanding, publicada en 1689,
la existencia de tres tipos de leyes: la divina, la
civil y la de la reputación u opinión. Tal como
explicaría siglos después Noelle-Neuman, Locke
afirma que los hombres se ajustan a las opiniones de
aquellas personas que les rodean, siguiendo la ley
de la moda. De esta manera salvaguardan su buena
reputación entre sus conocidos. “Pienso que las
personas que imaginan que los elogios
y las desgracias no son motivos
suficientemente fuertes para que los hombres se
acomoden a las opiniones y las reglas de aquellos
con quien ellos conversan, son personas poco
expertas en la naturaleza o en la historia de
humanidad”, arguye Locke en su obra (Locke, 1965:
Libro II, cap. XXVIII, nº 12)iii.
Lo que Noelle-Neuman absorbe de
Locke es la importancia que el autor inglés otorga
al hecho de que los ciudadanos vivan en una
comunidad y en la preponderancia que adquieren los
factores emocionales en el comportamiento de todo
individuo. Como el aislamiento no es una
situación agradable, los individuos se
decantan hacia la corriente mayoritaria de
opinión. Y, según Noelle-Neumann, esto ocurre
en gran medida en la sociedad actual.
Uno de los conceptos
fundamentales en la Teoría de la Espiral del
silencio es el clima de opinión. Un clima de
opinión es una tendencia inespecífica que
decanta las tendencias hacia una determinada
opción. Este clima se cristaliza en opiniones y
votos. Según Noelle-Neumann, un clima de opinión
actúa como un fenómeno de contagio ya que la opción
mayoritaria se extiende rápidamente por toda la
sociedad. En su libro, la autora alemana expone dos
ejemplos de climas de opinión. El primero se ubica
temporalmente en el año 1965, cuando la Democracia
Cristiana ganó las elecciones en el último momento
gracias al surgimiento de un nuevo clima de opinión
favorable a este partido. En 1972 se
invirtió la tendencia. Ganaron los
socialdemócratas gracias al clima de opinión
favorable creado por la buena acogida de la
Ostpolitik de Willy Brandt por parte de la
población alemana (Noelle-Neumann,
2003: 17-25).
La Espiral del silencio se
formula en una época en la que la televisión es ya
muy importante en el sistema comunicativo.
Por eso, Noelle-Neumann cree que la televisión
ayuda a consolidar los climas de opinión.
En la actualidad: nuevas
perspectivas sobre opinión pública
Para representar fielmente el
camino trazado por la investigación europea en
estos últimos años, es fundamental escoger
correctamente los autores más significativos de la
actualidad. Y entre ellos se encuentran Jean Marc
Ferry, Dominique Wolton y Giovanni Sartori.
Jean-Marc Ferry, Dominique
Wolton, Alain Touraine y Elihu Katz, entre otros,
aunaron esfuerzos y publicaron el libro El nuevo
espacio público, editado en España en 1992. La obra
se basa en una idea clara: la redefinición del
espacio público en conexión directa con la idea de
la comunicación política. Esta reformulación de
conceptos es necesaria, según arguyen los autores,
por el advenimiento de la “sociedad de medios” un
siglo después del de la “sociedad de masas”. Al
igual que Habermas y Dahl, Wolton y Ferry opinan que
el espacio público es consubstancial a la idea de
democracia. Ambos se necesitan el uno al otro para
ser posibles en la práctica, es decir, en la vida
real. Precisamente, el principio organizativo
de este espacio es la libertad de expresión.
El espacio público, el ámbito en el cual se
desarrolla la opinión pública, es definido por estos
autores como “el marco mediático gracias al cual el
dispositivo institucional y tecnológico propio
de las sociedades posindustriales es capaz de
presentar a un público los múltiples aspectos de la
vida social” (Ferry; Wolton; et.al. 1992: 19).
Esta definición resulta
bastante aproximada, pero sería positivo puntualizar
algunos términos. Mediático es todo aquello que
mediatiza la comunicación de las sociedades consigo
mismas y entre sí. Cuando, por ejemplo, un grupo
social participa de una deliberación o
manifestación respecto de temas de interés
colectivo, tal expresión pública de la opinión no
participa, sin embargo, del espacio público, si sólo
los participantes constituyen el público. En cambio,
desde el momento en que esa manifestación parcial de
la opinión se refleja y se difunde a un público más
amplio, virtualmente indefinido, gracias a un medio
cualquiera, participa del espacio público. Por lo
tanto, el concepto de público es un elemento
importante para la definición del concepto espacio
público.
Público abarca a todos los que
son capaces de percibir y comprender los mensajes
difundidos en el mundo. Sin embargo, esta obra
aporta una novedad importantísima: Jean-Marc
Ferry, en el capítulo que lleva por título
“Las transformaciones de la publicidad política”,
especifica que el espacio público social no se ciñe
a las fronteras nacionales de cada sociedad civil:
“En el marco de representación que proporciona el
espacio público a las sociedades humanas, las
sociedades civiles, políticamente delimitadas por
las fronteras de Estados-naciones, no obstante
penetran sin problema unas en otras, de modo que el
espacio público no es sólo el lugar de la
comunicación de cada sociedad consigo misma sino
también, y quizás ante todo, el lugar de una
comunicación de las sociedades distintas entre si”
(Ferry; Wolton; et.al. 1992: 20)
De esta obra también se puede
extraer otra conclusión: la comunicación política es
un cambio tan importante en el orden político
como lo han sido los medios de comunicación
masiva en el de la información y los sondeos, y en
el de la opinión pública. Es algo obvio que la
comunicación política maneja y equilibra las
tres dimensiones contradictorias y complementarias
de la democracia de masas: la política, la
información y la comunicación. Sin embargo, no todos
los autores que participan en el libro tienen el
mismo enfoque. Por ejemplo, Alain Touraine observa
“la señal de una pérdida de representatividad de los
actores políticos y de una ineptitud del poder para
integrar el conjunto de las experiencias sociales”
(Ferry; Wolton; et.al. 1992: 11).
Por otra parte, El nuevo
espacio público, y especialmente Ferry, también
aborda la eterna disyuntiva de las esferas pública y
privada. Centrándose en la primera, el autor
francés identifica los dos modelos
occidentales de espacio público nombrados
anteriormente por Habermas: el modelo griego y el
burgués. Más allá del contexto de la Ilustración en
que se elaboró el ideal moderno, el burgués, de un
espacio público político centrado en la categoría
de publicidad (debates, leyes, juicios), la
tradición clásica o aristotélica de la política
también había elaborado su versión del espacio
público, basado en la plaza pública o ágora. Éste
era el lugar donde los ciudadanos se reunían para
debatir los asuntos concernientes al gobierno de la
ciudad. Algunos pensadores contemporáneos, como
Hanna Arendt o H.G.Gadamer, retomaron durante el
siglo XX el concepto aristotélico de la política,
diferenciando entre lo público y lo privado, la
libertad y la necesidad, lo político y lo
económico, o bien el poder y la dominación. Ferry
establece una esfera pública griega,
cuyo carácter es esencialmente político, y
una esfera privada, cuyo carácter es
esencialmente doméstico.
En las polis griegas, público y
político coinciden plenamente. A la política le
correspondía la acción común, tendiente a los
mejores fines de la ciudad. Sin embargo, la
esfera privada remitía a la categoría del trabajo, a
la buena adaptación de los medios que se han de
emplear con miras a un fin determinado y no
discutido. Mientras la esfera privada admite la
dominación, ya que es el dueño de la casa quien
ejerce el poder, la esfera pública se idealiza como
un reino de libertad, una libertad que se expresa
en un derecho igual, para todos los
ciudadanos, a participar directamente de los
asuntos públicos.
El espacio público moderno es
una creación de la Ilustración. Tal como especifica
el propio Habermas y recoge Ferry en su capítulo, el
espacio público burgués comenzó siendo la
institucionalización de una crítica que empleaba los
medios de la moral para reproducir la dominación
política. R. Koselleck explica cómo, desde el
siglo XVI en Europa Occidental, y ante la amenaza
del estallido que representaban las guerras de
religión, la necesidad de mantener una cohesión
social pudo justificar la institución típicamente
moderna de una “esfera privada” de la opinión y de
la creencia. Por eso, la conciencia individual se
privatiza mientras que el dominio público será
dirigido por una razón nueva, la razón de Estado.
Será Hobbes uno de los primeros en separar lo
público de lo privado.
Sin embargo, el dominio público
no se había entregado a un espacio público, sino
que estaba confinado en ese ámbito privado de la
“razón de Estado”. Lo que provoca la apertura de la
publicidad y opera la transformación del dominio
público en espacio público es la fuerza de la
crítica. Como el propio Habermas dice, fue el
concepto kantiano de la Publicidad lo que le
confirió al espacio público burgués su estructura
teórica cabal. En la sociedad moderna, la formación
de un espacio público burgués obedecía al motivo
moral de la emancipación. Sin embargo, en Grecia,
era la estética de la autopresentación, de
sobresalir por encima de los demás, lo que
fundamentaba el espació público político.
En El nuevo espacio
público también se argumenta que el
advenimiento de las democracias masivas a partir
de mediados del siglo XIX ocasiona grandes cambios
en los espacios políticos. Por ejemplo, las
diferencias entre privado y público se diluyen y
aparece la “esfera social”. Esta idea también es
recogida por Hanna Arendt en La Condición Humana. A
partir de ese momento, la opinión pública ya no es
ese concepto heredado de la Ilustración, ese
concepto normativo de una opinión formada con la
razón, sino que designa a la masa segmentada de
opiniones particulares en las que se expresan
intereses divididos y conflictivos.
El siglo XIX es el divorcio de
la razón y de la opinión porque el ideal
burgués entra en crisis. Se pone en tela de
juicio la representación democrática. En esta nueva
sociedad se produce el surgimiento de un poder
político gubernamental cuyo centro de gravedad se
desplaza de los elegidos a la minoría. Y el
resultado de todo esto lo expresa
perfectamente Ferry: “Nueva feudalización del
espacio público; avasallamiento de la opinión
pública por medios de los partidos, los sindicatos,
las asociaciones y todo cuerpo intermedio;
burocratización y tecnificación de una política
opaca ante los juicios y evaluaciones del sentido
común; el abandono de la ciudadanía…” (Ferry; Wolton;
et.al. 1992: 19). Estos son, a juicio de Ferry, los
veredictos negativos de la evolución de las
democracias en los últimos cien años.
La obra conjunta de Ferry y
Wolton no sólo aporta algo nuevo respecto a
Habermas, sino que sintetiza perfectamente toda
la investigación anterior. Sin embargo, la
contribución realmente novedosa a principios del
siglo XXI en el terreno de la opinión pública llega
de la mano de Giovanni Sartori.
En uno de los pasajes más
ilustrativos de la obra cumbre de Adolf Huxley, Un
mundo feliz, dos personajes mantienen esta
conversación:
“¿Por qué no le dais a la gente
libros sobre Dios?”
“Por la misma razón por la que
no le damos Otelo; son viejos; tratan sobre el
Dios de hace cien años, no
sobre el Dios de hoy”
“Pero Dios no cambia”
“Pero los hombres, sin embargo,
si”
Giovanni Sartori, uno de los
máximos expertos políticoculturales a nivel mundial
y Premio Príncipe de Asturias, justifica
completamente en Homo Videns. La sociedad
teledirigida la idoneidad del diálogo de
Huxley. Según Sartori, la sociedad se
encuentra en plena revolución multimedia. Como las
sociedades las componen los hombres, el hombre
sufre una gran transformación.
El Homo Sapiens, educado en la
cultura escrita, se torna Homo Videns, para el cual
la imagen es más importante que la palabra. La
transformación, anunciada hace ya algunos años
por teóricos como Marshall McLuhan, augura una
retribalización, o lo que es lo mismo, la vuelta a
la primacía de todos los sentidos del ser humano.
Los sentimientos y las experiencias, en la
actualidad, ya no se codifican sólo en palabras,
sino también en imágenes. La preponderancia de la
televisión o de la imagen ocasiona en el
ser humano una sensación de visión de la realidad
sin comprensión. Y esto, según Sartori, ha acabado
con las ideas claras y distintas. El cambio es de
una magnitud considerable y afecta en gran medida a
la opinión pública y a su formación.
Especialmente interesantes son
los dos últimos apartados de Homo Videns, que llevan
por nombre “La opinión teledirigida” y “¿Y la
democracia?”. Seguramente, no existe una frase más
acertada a la hora de definir la democracia que la
que pronunciaron en
1926 Dicey y Lowell. Para
ellos, la democracia era “el gobierno de la
opinión”. 80 años después, algunos teóricos como
Sartori siguen aceptando la idoneidad de la
afirmación. “Actualmente, el pueblo soberano opina
sobretodo en función de cómo la televisión le induce
a opinar. Y en el hecho de conducir la opinión, el
poder de la imagen se coloca en el centro de todos
los procesos de la política contemporánea”, dice el
autor italiano (Sartori, 2002: 70). Sartori afirma
que la televisión influye en gran medida en las
decisiones de los gobiernos y los gobiernos, a
través de los medios, moldean las opiniones del
público.
Pero, ¿cómo se forma la opinión
pública? En primer lugar, Sartori afirma que público
no significa sólo que las opiniones son del
público, de un grupo de gente, sino que también se
denominan opiniones públicas porque hacen referencia
a la res pública o asunto público, aquello que
incumbe a todos los ciudadanos. Para que una opinión
se constituya, los individuos han de estar expuestos
a los flujos informativos de los medios de
comunicación.
Cuando existía una prensa libre
y plural, la mayoría de las opiniones eran
autónomas. Pero el gran cambio llega con la
aparición de la televisión, que sustituye la
comunicación lingüística por la visual.
Cuando prevalece la comunicación lingüística, los
procesos de formación de la opinión se asemejan a
unas “cascadas interrumpidas por lagunas en
las que las opiniones se mezclan”. Sin
embargo, la fuerza arrolladora de la imagen
destruye la pluralidad e instaura el
pensamiento único, ya que acaba con el poder de los
líderes intermedios de opinión.
De esta manera, la autoridad la
constituye la imagen. La televisión, según Sartori,
construye una “opinión pública hetero-dirigida” y se
exhibe como “portavoz de una opinión pública que en
realidad es el eco de regreso de la propia voz”
(Sartori, 2002:
Queda claro, por tanto, que la
instauración de las TIC (Nuevas tecnologías) y el
reinado de la televisión afectan profundamente al
proceso de formación de la opinión pública, algo que
constatan algunos autores como Sartori.
Por otra parte, desde algunos
sectores de la investigación se ha desacreditado,
con matices o directamente, la teoría habermasiana,
la preponderante durante mucho tiempo en el ámbito
de la opinión pública. En el interesantísimo
artículo del profesor noruego Tore Slaatta,
Europeanisation and News Media, se recogen algunas
de las críticas más comunes a la Teoría Normativa.
Algunos de los “déficits” del pensamiento
habermasiano se relacionan directamente con la
aparición de nuevas realidades que superan el ámbito
estrictamente nacional. La teoría de la esfera
pública habermasiana se desarrolló en los años 60 y
dentro de un particular tipo de sociedad: el Estado-
Nación. 40 años después, la realidad dista mucho de
la contemplada entonces por Habermas. Europa, en
estos momentos, es un crisol de lenguas, culturas,
naciones y, sobretodo, de distintos niveles de
gobierno.
La UE (denominada de esta
manera a partir de Maastrich) introduce un
nivel trasnacional de gobierno que gestiona
competencias antes agenciadas por los Estados. Así
pues, uno de los desafíos más grandes para los
teóricos e investigadores actuales ha sido
reformular el potencial crítico de la esfera pública
y adaptarlo a un complejo y cambiante sistema
europeo de gobierno. Existen algunas sugerencias que
“rebajan” la idea de la esfera pública como
indicador de una entidad unificada y actual.
Por ejemplo, Schlesinger
desconfía del concepto “esfera pública” y apuesta
por el término mucho más neutral de “espacios
comunicativos”, un concepto mucho más abierto y
adecuado respecto a la compleja y diversa situación
europea (Slaatta, 2005: 3). Calhoun, por su parte,
afirma que se debería pensar más en “esferas de
públicos” y no en “esferas públicas” (Slaatta, 2005:
Habermas, criticado por varios investigadores,
ha reformulado su teoría y la ha adaptado al
panorama europeo actual. Por tanto, Habermas
también ha contribuido con nuevas interpretaciones
a explicar cómo la teoría de la esfera pública puede
ser aplicada en un contexto europeo transnacional.
Habermas reconoce, por ejemplo, que el concepto de
esfera pública debe ser visto de manera más flexible
y afirma que no existe una única esfera, sino una
red de varias esferas públicas (Slaatta, T. 2005:
pág 3. La evolución de la sociedad marca
indudablemente el camino del pensamiento y de la
investigación. Incluso algunos teóricos tan
prestigiosos como Habermas se han visto obligados a
reformular sus teorías con el paso del tiempo. Sin
embargo, lo que no varía es el interés de la
investigación por un ámbito tan complejo como el de
la opinión pública.
Fuente: Revista “Rutas”
Universidad Autónoma de Barcelona
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ARTÍCULOS 19
i Citado
en Margarita Boladeras Cucurella. “La opinión
pública en Habermas”. En Revista
Analisi.
Número 26, 2001. Pág. 51-70.
ii
Citado en Margarita Boladeras Cucurella. “La
opinión pública en Habermas”.
En
Revista
Analisi.
Número 26, 2001. Pág. 51-70.
iii “I
think I may say, that he who imagines
commendations and disgrace not to be strong motives
to men to accommodate themselves to the opinions and
rules of those with whom they converse seems little
skilled in the nature or history of mankind”.
Citado
en José Antonio Ruiz San Román. Introducción a la
tradición clásica de la opinión pública. Pág. 15-16.
LA
ONDA®
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