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La lengua común
de las lágrimas
por David Rodríguez Seoane
“Vivimos en un mundo de
porcelana que amenaza con
romperse por la proliferación de
riesgos antes desconocidos”.
“¿Quién hubiera pensado que las
lágrimas llegarían a ser una vez nuestra lengua
común?”, exclamaba desde su micrófono un reportero
de la televisión turca tras el maremoto que asoló la
costa este de Sumatra a finales de 2004 y que, según
cifras oficiales, se llevó la vida de 230.000
personas.
Estas palabras eran su
comentario ante la reconciliación, al menos durante
la catástrofe, de la enemistada región del
archipiélago indonesio y el sudeste asiático. Las
grandes desgracias globales como el cambio
climático, las crisis financieras o el terrorismo
hacen que desaparezcan los antagonismos y nos unen
en una única acción conjunta para salvar el mundo.
Ulrich Beck, sociólogo alemán y
estudioso de los procesos de globalización, acuñó en
1986 el término de la “sociedad del riesgo”
para explicar las transformaciones que han dado pie
al comienzo de la posmodernidad a partir de la caída
del muro de Berlín. El concepto adquiere
significación por los incuestionables avances de la
modernidad, sobre todo durante el siglo XX. Hitos
que han tenido consecuencias indirectas y en parte
inesperadas como la inseguridad ciudadana y los
nuevos peligros para los que ya nadie tiene remedio.
Vivimos en un mundo de
porcelana que amenaza con romperse en mil pedazos a
causa de la proliferación de riesgos desconocidos
en el pasado pero incuestionables en el
presente. Los medios de comunicación son los
encargados de poner el grito en el cielo para que
las grietas del planeta se mantengan unidas. Los
movimientos sociales, de protestar y pedir
explicaciones por la pasividad de los Estados y las
multinacionales, ambos siempre culpables de las
emergencias planetarias. Pero, ¿quién decide qué es
un riesgo extensible para toda la humanidad? Quizás,
también, los propios responsables de proponer
remiendos para los descosidos dada la ausencia de
soluciones definitivas.
Peligros nocivos para la salud
como los campos electromagnéticos que producen las
antenas de telefonía móvil, la gripe aviar
identificada como la fuente más probable de una
futura pandemia humana o la exposición prolongada a
los rayos del sol como causante principal del cáncer
de piel son riesgos reales que condicionan la vida
de los ciudadanos bajo un velo de miedo. Algo que la
economía y la burocracia saben aprovechar muy bien a
costa de un individuo desconfiado que agradece
los esfuerzos institucionales por garantizar su
seguridad, aunque ello conlleve la restricción de
sus libertades. La prohibición de llevar
líquidos en los aviones es un ejemplo claro de la
influencia que tiene en la cotidianeidad de las
personas “la espada de Damocles” que supone el
terrorismo internacional para la sociedad raída en
la incertidumbre.
Para sobrellevar tanta
indefinición, la sociedad del hoy necesita de
artificios que prometan un futuro plausible en el
mañana. Algo en qué confiar. “In God we trust”,
sugieren los dólares americanos desde 1864. “In
Obama we trust”, coinciden propios y extraños tras
la reciente elección de un nuevo líder carismático
como presidente de la “aldea global” de la que ya
todos formamos parte. Venga de Dios, del capital o
de un “ángel salvador” la creencia de que otro mundo
es posible es una realidad guiada por la presencia
formal de un nosotros que no entiende de fronteras
ni visados. He aquí el nacimiento del cosmopolitismo
como alternativa.
Una política eficiente para
suavizar los efectos del cambio climático, un
plan de restructuración económica para hacer
frente a la crisis o una respuesta contundente
contra el terrorismo son algunas de las metas
que ya pueden ser articuladas, por desgracia o por
fortuna, con la gramática común de la lengua de las
lágrimas. Las cicatrices que las grandes catástrofes
han dejado en el pasado han creado, a su vez, un
sentimiento colectivo inédito que adolece de los
mismos males y que se esfuerza en las mismas
prevenciones. En aprender a pensar en colectivo está
la esperanza del mundo de que sus próximos llantos
no sean de pena sino de progreso.
(CCS)
ccs@solidarios.org.es
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