Novela “El corazón helado”
Los secretos bien guardados del
franquismo y la Republica
Entrevista a su autora Almudena Grandes

Juntar a Almudena Grandes  es una de las escritoras españolas contemporáneas más exitosas su  última novela -El corazón helado ha roto ya todas las barreras editoriales con 200.000 ejemplares vendidos.

 

“El corazón helado” destapa los secretos de tres generaciones de una familia. Cuenta Almudena Grandes que hubo un tiempo, el tiempo de la posguerra, el que vivieron los hijos de los combatientes, en que estaba mal visto hablar de la Guerra Civil. Era de mal gusto. Hay quienes hoy piensan lo mismo, que no conviene volver sobre aquellos días que siguen recorriendo la memoria familiar de los españoles, dicen que no merece la pena abrir viejas heridas. Lo cierto, sin embargo, es que las heridas que no se curan se pudren. Lo dice también la novelista: que no se puede afrontar el futuro con la infección todavía intacta, mal disimulada bajo la capa de olvidos sucesivos.

Lo que se puede leer a continuación son los aspectos más salientes de varias entrevistas con la prensa española de la escritora madrileña.

 

- Y bien, Almudena – le decimos, ¿Novecientas diecinueve páginas no son un exceso?

- No, son novecientas treinta y tres, y no es ningún exceso.

 

- Vivimos en una época vertiginosa, en la cual la gente –los lectores, quiero decir, por lo general prefieren obras más breves, que exigen menor esfuerzo.

- Lo que digas. Ciertos temas pueden resumirse en doscientas páginas; otros requieren de un desarrollo mucho más extenso. Ciertos argumentos no pueden ser resumidos. Es más sencillo escribir doscientas páginas, pero cuando con El corazón helado llegué a esa altura, me di cuenta de que faltaba mucho para finalizar, que todavía no había dicho nada.

 

- ¿Y de qué se trata El corazón helado?

- Trata sobre tres generaciones de una familia, sobre el franquismo, sobre la República, y todo lo ocurrido en España en ese lapso. Imposible de resumir más. Para desarrollar la novela, necesité de cada página que escribí. Es una saga familiar (en mi propia familia hubo quien apoyó a diferentes bandos), sobre los secretos que guardan bajo siete llaves algunas familias. Yo pensé que a la muerte de Franco, en 1975, se iban a liberar esos secretos, pero no. Se optó por el silencio. Entonces, cuando creces, te haces preguntas y las respuestas te resultan insuficientes. Es también una novela sobre los miedos. El miedo a remover el pasado, un miedo heredado por mucha gente en Madrid.

 

- Usted es madrileña.

- De cuarta generación.

 

- Y su novela abarca tres generaciones de madrileños. Entonces, ¿es autobiográfica? Hay quien cree que todas las novelas lo son, inevitablemente.

- No, hombre, que va. Cervantes no montó jamás a un caballo llamado Rocinante, no fue un caballero andante, jamás se enamoró de una aldeana llamada Dulcinea, y escribió el Quijote. De todos modos, quizás sí haya tomado como modelo para alguno de mis personajes a personas de mi familia. Tardé cuatro años en escribir El corazón helado, trabajando seis horas por día, desde las seis de la mañana hasta el mediodía, y guay que me interrumpieran. Hasta en el almuerzo quería hablar de mis personajes con mi marido y con mis hijos, que me decían: “Calla, madre, no nos interesa escucharte, queremos comer. Cuando la concluyas, la leeremos”. Es que en ese lapso estuve viviendo dos vidas, la de mis personajes y mi vida familiar. Y cuando la concluyes, cuando concluyes un trabajo como ese, sientes desolación, como si un hijo se te fuera al extranjero, porque has estado cuatro años conviviendo con personajes que ya se marcharon para siempre, junto con la edición. Acabar una novela es como quedarme desahuciada. Y no puedo escribir otra. De las novelas hay que curarse, tienes que alejarte de ella, alejarte en el tiempo. De otro modo continúas viviendo con tus personajes y no te dejan pensar libremente en otro.

 

- Y durante ese lapso que empleó para escribir su, por ahora, última novela, dejó de escribir sus columnas en los diarios de Madrid.

–No. Colaboré con el diario El País, en los suplementos dominicales y con una columna diaria, sobre todos los temas.

 

- ¿Nunca le pegaron o la atacaron por ser una mujer que escribe?

- No, hombre, claro que no. ¿Qué pregunta es esa? Mira, te voy a explicar: hubo años, muchos años, en que la mujer tal vez fue castigada y callaba. Pero desde 1975, más o menos, algo empezó a cambiar. La mujer salió a trabajar, ganó su libertad, y hoy estamos en un pie de igualdad con el hombre. La mujer ya no recibe golpes, se calla y llora en un rincón. Lucha por ocupar su lugar y lo consigue. Su lugar es codo con codo con el hombre, y no detrás de él. Y no es feminismo. De cualquier manera, la violencia contra las mujeres no es un problema de las españolas. Es una preocupación mundial y, paradójicamente, a medida que la mujer más se independiza, más ataques reciben. Hay países, como el mío, con una gran tradición machista. Vivimos una época muy dura, en la cual hay hombres que se aferran desesperadamente a estructuras que ya no existen, y la única forma que tienen de afirmar su autoridad es la violencia.

 

- Su compatriota Camilo Cela, premio Nobel de Literatura, dijo alguna vez que las mujeres no deberían escribir, salvo que escribieran como un hombre.

- Eso lo diría por Ana María Matute, quien, dicho sea de paso escribe muy bien y era amiga de Cela. Pero Cela…

 

- ¿Cela qué?

- Es un animal, hombre, es un animal. El mismo ha dicho que es un gallego impresentable, y desde luego el machismo dominó toda su vida. No le quito méritos como escritor, pero es un animal.

 

- Por último, ¿por qué escribe, Almudena?

- Cuando no me preguntan eso, lo sé, y cuando me preguntan, me hago una confusión. García Márquez decía que escribía para que lo quisieran. Yo también. Y, además, por un impulso que tengo desde mi infancia. No recuerdo una época en mi vida, desde mis 12 años, en la cual no haya escrito. Tal vez la respuesta pase por lo más sencillo: escribo porque me gusta hacerlo y porque creo que escribir es mirar al mundo.

 

- Cuando escribes lloras mucho y también ríes mucho, ¿no?

- Sí, las dos cosas. Mis amigos me dicen “ya he llorado tres veces”, y yo les digo “no sabes cómo me alegro”. Pero eso de llorar es una forma de explicar algo que tiene que ver con la propia escritura. Hay un adagio clásico que dice que solo se puede escribir lo que se recuerda. Y es verdad. La memoria es el origen de toda ficción. Eso no significa que solo se pueda escribir de lo que te ha pasado, sino que cuando escribo no puedo escribir de otra soledad que de mi idea de la soledad, no puedo hablar del amor si no hablo de mi experiencia del amor. Y claro que sufro con mis personajes, y me río, y me asusto.

 

- Tienes unos lectores muy fieles que te llevan a una fuerte autoexigencia. ¿Te pasa lo mismo en otros aspectos?

Hace tiempo que descubrí que hay que renunciar a la perfección. Aspirar a ella es una llave para la infelicidad. Soy muy exigente conmigo misma, pero me conformo con niveles razonables. Lo que procuro es no perder las prioridades. Me interesa más hacer los deberes con mis hijos que prepararles merluza para cenar. Y hay días que llego a la merluza y hay días que no, y ese día descongelo una pizza.

 

- Una novela tan intensa, ¿deja un vacío o, por el contrario, incita a nuevos proyectos?

- Esta novela me ha dejado muy exhausta, pero me gustaría escribir un libro de novelas cortas, cinco o seis, que son historias relacionadas con esta novela, porque en el proceso de inmersión que he hecho me he encontrado con muchas historias que no me cabían en el libro pero que me gustan mucho. Y, por primera vez, estoy escribiendo un guión de cine, aunque aún no puedo contar mucho

 

- Es el libro más largo que has escrito nunca. ¿También ha sido el más complicado?

- Sin duda; ha sido el más difícil de sujetar.

 

- ¿Cómo empezó esta travesía?

- Yo siempre parto de una imagen que captura mi atención. En este caso, la imagen es el principio del libro tal cual... En el entierro del padre de un amigo mío irrumpió una mujer que parecía una desconocida pero que resultó no serlo. A partir de ahí empecé a trabajar con el concepto de la memoria.

 

- Memoria individual y memoria colectiva...

- Sí... Yo no he querido escribir una novela sobre los hechos históricos, aunque inevitablemente aparezcan. La generación de nuestros abuelos, la que vivió y sufrió la guerra civil, hizo un pacto de silencio que contagió también a la de nuestros padres. Nosotros somos los primeros que no tenemos miedo a preguntar y a conocer.

 

- Pero existen otros miedos. Al fenómeno de la inmigración, por ejemplo, otro de los temas que plantea El corazón helado.

- Sí, ese es el fantasma contemporáneo que demuestra, una vez más, la falta de memoria histórica de España, un país que ha producido emigrantes desde mediados del siglo XIX. Lo que está pasando en el Estrecho es un escándalo, y más aún la reacción de la gente, que se enfrenta a esta situación como si fuera una especie de molestia superable.

 

- Hay algo, pues, de reivindicación...

- No he querido escribir un libro político, solo he pretendido mostrar el corazón de Álvaro Carrión, un español contemporáneo al que se le hiela el corazón al conocer la verdadera historia de su familia.

 

Álvaro tiene una vida normal hasta que llega una mujer que le perturba.

Su vida es tranquila, pero demasiado llana. Con Raquel descubre que tiene en sí mismo una necesidad de satisfacer deseos que nunca se había planteado.

 

Y aparece el tema de la infidelidad.

Cada pareja es un pacto, se establecen unas reglas. Puedes optar por pedir fidelidad o no, eso depende de las necesidades de cada uno. Hay infidelidades graves, otras menos graves, diferentes formas de gestionarla, pero en todo caso, creo que hay cosas peores que ser infiel a tu pareja.

 

- Tus libros siempre reflejan una realidad cercana, vinculada a tu país. ¿Alguna vez has sentido la necesidad de alejarte?

- No, nunca he sentido la llamada del exotismo. Creo que el camino más sencillo para llegar a la universalidad es lo local.

 

-¿Hay diferencias entre la gente que vivió la guerra y la que ha oído hablar de ella?

-Sí. La guerra es gran una monstruosidad, y ésta aún más, primero porque fue civil y luego porque se truncaron una serie de expectativas y sueños que se abrieron con la República, algo muy distinto a los conflictos mundiales. Escribiendo la novela me di cuenta de que Hemingway tenía razón: la guerra lo afila todo, el amor, el odio, la envidia, la lealtad, las traiciones. Lo mejor y lo peor. Pero la gente que ha vivido la guerra tiene más presente el lado humano de la cuestión -la penuria, la miseria, el dolor- que la gente que fantasea o que ha recreado la guerra. En éstos hay un intento de literaturizar, y algunos terminan haciendo cuentos de buenos y malos. Es mucho más fácil simplificar una guerra que no se ha vivido.

 

-¿No hubo buenos y malos?

-Los hay siempre que en un conflicto se enfrentan los demócratas a un dictador. Los hubo, pero todos con matices. No se puede caricaturizar a los malos porque siempre tienen alguna luz: quieren a su madre, a sus hijos, les gusta la música, pintan y trasplantan los geranios cuando el tiesto se queda pequeño. Un malo sin matices es una figura tonta y demagógica, lo mismo que un bueno sin matices.

 

- ¿Cree que existe una o varias memorias republicanas? Los anarquistas no podían ver a los comunistas, y viceversa.

- Antes de la guerra no tenían nada en común, pero luego sí: la derrota, los campos de trabajo, la miseria. Es verdad que en la memoria republicana hay una tendencia a mitificar una unidad que nunca existió. Ahora bien, esto no quiere decir que los anarquistas y los comunistas lleven 70 años disparándose por las esquinas. En el exilio se acostumbraron a vivir juntos, aunque no a estar unidos. Es duro de contar pero fue así. Indalecio Prieto le guardó rencor a Negrín hasta el último día de su vida.

 

-¿Se miró mucho para otro lado en el franquismo?

- Mucho. Igual que en la Alemania nazi o que en la Sudáfrica del apartheid. Los presos hicieron un canal en los pueblos de alrededor de Sevilla y la gente pensaba que eran obreros. O al menos eso decían. Lo mismo ocurrió en las localidades cercanas al Valle de los Caídos.

 

- La Transición: ¿pacto de silencio o ganas de empezar a vivir?

- Desde la perspectiva institucional, la Transición ha sido un éxito que nos ha dado una estabilidad desconocida en la historia de España. Pero tiene una dimensión moral que treinta años después ya no sirve, sin hacer grandes dramas, sin que cruja nada. En aquellos años se tendría que haber hecho una revisión histórica que no se hizo, y que ahora necesitamos que se haga. No hay que quitarle méritos a la generación que hizo la Transición. Pero no hay que aferrarse a ella como si fuese un dogma de fe.

 

-¿Por qué no se hizo entonces?

- Por miedo. El franquismo ha sido el régimen más sanguinario en tiempos de paz de toda la historia contemporánea. En diez años, se cargó a 55.000 presos políticos. Estuvieron firmando sentencias de muerte hasta el final. En este país, parece que un asesinato, el de Calvo Sotelo, bastó para justificar una guerra civil. Cientos de asesinatos, muchos de ellos en el País Vasco, no han servido para empañar una transición.

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