¿Porqué los economistas fallaron
en la previsión de
la crisis económica?
por Luiz Flavio Gomes

Es impresionante como los economistas, de la misma manera que los financistas e inversores, se ilusionan con las apariencias. Es increíble como no escudriñan más la realidad para desnudar lo que está “oculto” no “aparente”. Quedan en lo “aparente de lo aparente” (Nilton Bonder) y uno acaba sirviendo de espejo para el otro.  Terminan por hacer un discurso “clonado” y repetitivo (economistas y financistas) o por tener un comportamiento idéntico (inversores).

 

Si la bolsa en Asia comienza mal, la tendencia casi implacable es que todo el mundo acabe mal el día. Un inversor copia al otro, sin atender mucho a las realidades que están por detrás de la apariencia.

 

Las previsiones y diagnósticos de los economistas y financistas son, casi siempre, las mismas. Pocos divergen. El comportamiento del inversor es siempre el espejo de lo que ocurre con otros inversores.  ¿Qué hay de intrigante en todo eso?. Lo siguiente: raramente los primeros o los segundos van a fondo en sus análisis para descubrir lo que está “oculto” por detrás de lo “aparente”. “Todos piensan igual, van al mismo lugar, intentan las mismas cosas, tienen las mismas grandes ideas, etc., porque están en el reino de lo aparente de lo aparente” (N. Bonder). Ellos se olvidan completamente de lo que decía Walter Lippman: “Cuando todos piensan igual, nadie está pensando”.

 

Ya estábamos en junio de 2008 cuando el presidente del Banco Central europeo Jean-Claude Trichet dijo: “Nuestro escenario base muestra que tendremos un retroceso en el crecimiento durante el segundo y el tercer trimestre de este año, para después retornar a un crecimiento moderado y progresivo en el cuarto trimestre”.  Simon Jonson, economista jefe del FMI (Fondo Monetario Internacional), afirmó en 2007: “Todos los riesgos que cubren nuestras previsiones parecen menos amenazadores que seis meses atrás”.

 

Atrás de los economistas van los gobernantes. Lula llegó a referirse a la crisis como una “turbulencia” pasajera.  Ni siquiera es una gripe: es un mero resfriado.  José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del gobierno español, dijo en junio de 2008 que la economía de su país iba a crecer 2% este año.

 

Poquísimos fueron los economistas que anticiparon la crisis. En este restringidísimo rol cabe mencionar, entre otros, a Nouriel Roubini y Paul Krugman, que entendieron bien que “lo aparente induce al error; es necesario revelar otras formas de lidiar con lo aparente donde se hagan conocidos los elementos ocultos de lo aparente” (Bonder).

 

De un modo general los economistas, uno repitiendo al otro, fueron aumentando el discurso: de una simple turbulencia evolucionaron hacia una desaceleración, de ésta hacia una crisis, de ésta hacia una recesión y, ahora, algunos ya comenzaron a hablar de depresión o, peor, de estandeflación. Uno va copiando al otro. Ahora todos ellos sólo difunden malas noticias.

 

¿Por qué?  ¿Serían conflictos de intereses o falta de transparencia o miedo de remar contra la marea discursiva?  ¿O sería una absurda resistencia para oír a los críticos del falaz y destructivo sistema económico desarrollado por los americanos?

 

Ahora se sabe que los Estados Unidos de América están en recesión desde diciembre de 2007. ¿Porqué nadie denunció eso en el momento adecuado?  ¿Dónde estaban los “gurús” de las finanzas americanas? Peter Drucker acostumbraba decir que la palabra “gurú” se popularizó porque la palabra “charlatán” era muy grande para ser usada persistentemente en los titulares de los diarios.

 

Las previsiones de los economistas, en general, así como el comportamiento mimetizado de los inversores, recuerdan (como destacó Contardo Calligaris en Folha de São Paulo del 4 de diciembre de 2008, p. E8) la siguiente historia: algunos colonos ingleses recién llegados a los EE.UU. se instalaron en lo alto de una colina y estaban muy temerosos con el primer invierno de ellos (en tierras aún extrañas). Cortaron bastante madera y, en fin, recurrieron a la sabiduría de los indios, que acampaban en la colina frente a ellos.  Fueron a consultar al chamán: ¿cómo será el invierno? “Será muy frío”, respondió el chamán.  Los colonos cortaron más maderas, aumentando su stock.

 

A fines de noviembre, ellos decidieron consultar nuevamente al chamán, que esta vez respondió: “Será muy, muy frío”.  Los colonos no dudaron: aserraron y apilaron madera hasta más no poder.  Ya en diciembre, sólo para confirmar, ellos volvieron a interrogar al chamán, que esta vez respondió que sería el invierno más frío de todos los tiempos.  Los colonos iban a volver preocupados para sus chozas y, claro, amontonar más madera cuando uno de ellos preguntó al chamán: “Pero, ¿cómo hace usted para saber como será el invierno?”.  “Es simple, respondió, “miro hacia las casas de los colonos allá en la colina de enfrente.  Si ellos cortan mucha madera, es que el invierno será frío”.

 

Un ejemplo más de diagnóstico que se basa en lo “aparente de lo aparente”. No tiene base en la realidad, que está oculta. Todo terminaba en la superficialidad, hasta que uno de los colonos quebró esta lógica sondeando como era posible describir el próximo invierno. Claude Lévi-Strauss escribió: “sabio no es el hombre que brinda las respuestas verdaderas; es el que formula las verdaderas preguntas” (Cortilla, “No nacemos sabiendo”, RJ, Vozes: 2006)

 

Nilton Bonder (“El secreto judío de resolución de problemas”, Imago, RJ: 1995) enfatiza: “Quien no observa sabe que no ve.  Pero peor es el que ve y piensa que todo lo que ve es lo que es. Todos nosotros tenemos que enfocar lo “aparente de lo aparente” no como verdades sabidas, sino sí, como una beca para descubrir nuestras ignorancias.

 

Y aconseja: “Sepa ser sensible a todas las posibilidades que un enunciado o contexto plantea. Sea un literalista y procure listar todas las realidades compatibles con lo que no sabe (…) Todo aquel que desea aprender de lo obvio debe volverse hacia aquello que lo obvio puede enseñar sobre lo que no es obvio.  Infelizmente, la mayoría de las veces somos cautivados por la estética de lo obvio y lo absorbemos con un ilusorio sentido de superioridad. Percibimos claridad y nos sentimos poderosos, mientras el lugar del saber está en la intimidante percepción de las oscuridades”

 

La terrible crisis mundial que atravesamos tal vez pudiese haber sido evitada o suavizada si los economistas, financistas e inversores supiesen que “nada suscita mayor percepción de las tinieblas que la luz de la obviedad”.

Fuente: Última Instancia

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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