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Las complejas relaciones
entre droga y pobreza
por la Antropóloga María E.
Epele
La emergencia instalada en la sociedad argentina por
la acelerada expansión del paco (droga) parecería
confirmar, por el carácter compulsivo de su consumo
y su frecuente asociación con actividades ilegales,
los supuestos ideológicos más conservadores de los
vínculos entre pobreza y drogas. Este artículo
pretende abrir ciertas preguntas y aportar
dimensiones de inteligibilidad sobre las complejas
relaciones
entre droga y pobreza
La llegada y rápida expansión
del residuo de pasta base, comúnmente llamado paco,
parece haber inaugurado una nueva relación entre la
sociedad argentina y las drogas. Los medios de
comunicación masiva se han inundado con imágenes de
adolescentes y jóvenes fumando compulsivamente en
pasillos de las villas, madres desesperadas por la
muerte de sus hijos, adolescentes y casi niñas
dispuestas a intercambiar sexo por dos, cinco o diez
pesos.
La presentación recurrente de
imágenes de adolescentes y jóvenes, que con
expresiones desencajadas, deterioro corporal y un
estado de inquietud y alteración fuman de pipas
improvisadas ha ido conformando una extraña y
rudimentaria estrategia de información, basada en la
exposición cruda de los propios usuarios/as. A su
vez, la alarma del paco, especialmente para aquellos
adolescentes y jóvenes que viven en asentamientos y
barrios populares, se completa con la permanente
difusión de cifras del crecimiento exponencial tanto
del consumo como de la muerte en jóvenes de estos
sectores sociales por causas evitables y
frecuentemente violentas.
De este modo, la emergencia
instalada en la sociedad argentina por la acelerada
expansión del paco parecería confirmar, por el
carácter compulsivo de su consumo y su frecuente
asociación con actividades ilegales, los supuestos
ideológicos más conservadores de los vínculos entre
pobreza y drogas. Sin recurrir a una refutación
superficial, y basado en la perspectiva crítica de
la Antropología, el objetivo de este artículo es
abrir ciertas preguntas y aportar ciertas
dimensiones de inteligibilidad sobre las complejas
relaciones entre droga y pobreza.
Del riesgo a la vulnerabilidad
social
Con algunos antecedentes
previos en la década del sesenta y del setenta, los
estudios antropológicos, y en ciencias sociales
sobre el consumo de drogas en contextos urbanos
fueron impulsados por la emergencia instalada por la
epidemia del VIH-sida en la década del ochenta.
Desde un primer momento, la confrontación con las
complejas realidades que incluye el uso de drogas en
poblaciones vulnerables tanto en el primer como en
el tercer mundo mostró las insuficiencias de los
paradigmas tradicionales para su abordaje.
El reconocimiento progresivo de
la insuficiencia del paradigma epidemiológico basado
en la noción de riesgo para abordar el problema de
la transmisión del VIH en contextos de uso intensivo
de drogas, impuso la necesidad de incluir los
procesos económicos y políticos que intervienen en
la producción y reproducción de vulnerabilidad
social en general y de salud en particular.
No sólo la rápida expansión de
esta epidemia, sino también el acelerado crecimiento
del consumo de drogas en poblaciones vulnerables del
primer y tercer mundo estuvieron vinculados con las
transformaciones económicas, políticas y sociales
vinculadas al neoliberalismo. En primer lugar, las
modificaciones en la accesibilidad, calidad y precio
de determinadas sustancias para determinadas
poblaciones son susceptibles de ser explicadas por
modificaciones en el mercado internacional, regional
y local de drogas.
En segundo lugar, los modos de
producción de la vulnerabilidad tanto con respecto
al VIH-sida como al uso intensivo de drogas, estaban
en directa relación con la definición de la “nueva
cuestión social” (Castel 1997). El desempleo y
trabajo precario, la fragilidad de los vínculos
sociales de soporte, la pobreza estructural, la
reducción y transformación de la intervención
estatal, la criminalización y represión de
determinados grupos sociales, la violencia
estructural, la conformación de enclaves
territoriales cerrados, definen las coordenadas
centrales de vulnerabilidad social en las sociedades
contemporáneas. Es decir, los procesos
macroestructurales económicos, políticos, sociales
se articulan no sólo con los cambios en las
sustancias dominantes y con sus modos de uso sino
con la profundización de las fracturas sociales (de
clase, de etnia, de territorio, de género, de edad),
por las que determinados sectores de la población
son más susceptibles de enfermar y morir de forma
temprana (Bourgois y Bruneau 2000). Sin embargo, las
características y consecuencias para las poblaciones
vulnerables que adoptan estas fracturas sociales
varían de acuerdo no sólo con las modalidades que
adoptaron las reformas y crisis estructurales en
diferentes regiones y países, sino también a las
políticas de salud, de seguridad y de represión en
contextos en que el uso de drogas está incluido.
En Argentina, la expansión
tanto de la epidemia del VIH-sida como el acelerado
incremento de consumo de drogas, específicamente de
la cocaína en los sectores populares, se corresponde
con las transformaciones estructurales económicas y
políticas de fines de la década de los ochenta y
comienzo de los noventa. Uno de los conjuntos
sociales más afectados por la epidemia del VIH-sida
fueron los usuarios de drogas por vía intravenosa (Lusida
2005). Cuando comencé el trabajo de campo en una de
las villas ubicadas al sur del Gran Buenos Aires, el
uso inyectable de drogas se había convertido en una
práctica marginal. La mayoría de los usuarios/as de
drogas por vía inyectable había muerto en el curso
de la década, principalmente de sida (Epele 2003).
La falta de programas de
información y prevención en los contextos de
vulnerabilidad produjo que estas poblaciones
conocieran la epidemia a través de la experiencia
directa de enfermar y morir. Sin embargo, las
políticas de tendencia abstencionista y el montaje
del dispositivo sanitario-judicial-policial de
criminalización y rehabilitación compulsiva en el
curso de los noventa, no sólo no impidieron el
acelerado incremento del consumo de drogas, sino que
indirectamente facilitaron la multiplicación de los
daños y el deterioro de la salud como el progresivo
compromiso para la supervivencia de los jóvenes
usuarios de poblaciones vulnerables. Si bien la
implementación progresiva de programas de reducción
de daños a fines de la década de los noventa en
determinados barrios y áreas urbanas inició una
política para contrarrestar estas tendencias, su
desarrollo encontró en la abrupta caída de las
condiciones de vida la rápida modificación de los
escenarios y prácticas de consumo de drogas, ciertos
obstáculos y desafíos en la generalización de su
propuesta (Zeballos 2003).
La experiencia de la
vulnerabilidad.
La perspectiva de los
usuarios/as de drogas.
La correlación entre los
procesos económicos y políticos y los cambios en las
prácticas de consumo de drogas en determinadas
regiones y países se ha convertido en uno de los
principios de inteligibilidad básico de las
perspectivas actuales sobre el consumo de drogas. Si
bien esta correlación es condición necesaria para el
entendimiento de las modificaciones y las
características de los contextos en el que el uso de
drogas tiene lugar, no es suficiente.
La inclusión de las
perspectivas y experiencias de los propios actores
sociales, en este caso, de los usuarios/as de
drogas, ha sido uno de los principales aportes de
las investigaciones antropológicas, sobre el uso de
drogas en contextos de pobreza y marginación social.
Los estudios etnográficos han podido documentar en
detalle las prácticas de consumo de drogas y sus
vínculos con las dinámicas de la vida cotidiana, los
cambios en las economías locales (legales e
ilegales), las relaciones de género y prácticas
sexuales, los patrones de violencia y las
consecuencias de la criminalización y represión (Bourgois).
Lejos de ser sujetos pasivos,
los usuarios/as intensivos de drogas llevan a cabo
prácticas, desarrollan vínculos, estrategias de
subsistencia y producciones simbólicas con las que
se oponen precariamente a las condiciones de
opresión y a sus malestares. El estigma, la
discriminación y las sanciones sociales que recaen
sobre el uso de drogas promueven el ocultamiento y
el aislamiento progresivo de los usuarios/as. El
deterioro de la calidad y la elevada toxicidad de
las “drogas para pobres”, han venido teniendo
amplias consecuencias en el estado de salud y los
daños más o menos permanentes de los usuarios/as.
La mayor dependencia de las
actividades ilegales (hurtos y robos, venta menor de
drogas, etc.) para obtener recursos se ha agudizado
en el curso de los últimos años, juntamente con su
mayor exposición a peligros que comprometen su
supervivencia. Además, entre los amplios efectos de
largo plazo de la criminalización del uso de drogas,
se destaca el distanciamiento, evitación y sospecha
de los usuarios/as respecto de las instituciones
estatales, específicamente de salud. En este
sentido, el crecimiento constante de las
estadísticas de consumo y de muerte joven es
susceptible de ser considerado como la punta del
iceberg de una compleja conjunción de estos
procesos.
Por esta razón, con la
inclusión de la perspectiva de los propios actores
sociales ha podido describir y analizar los
conflictos y tensiones por los que las alternativas
disponibles para resistir a la opresión rutinaria y
a los malestares asociados a la exclusión, promueven
frecuentemente nuevos órdenes de vulnerabilidad,
deterioro y destrucción.
De la vulnerabilidad al
sufrimiento social
La llegada del paco a fines de
los noventa, su rápida expansión después de la
crisis del 2001-2002, hasta la situación de
emergencia actual viene a cerrar un ciclo que
comenzó décadas atrás. La muerte de la mayoría de
los usuarios por vía inyectable por la epidemia del
VIH-sida, el crecimiento constante de las muertes
y/o encarcelamiento de los jóvenes pobres, la
progresiva fragmentación de los territorios y de las
redes sociales de usuarios/as de drogas y la
disolución de los mecanismos locales de protección,
soporte y regulación de la violencia, han promovido
una cronificación y corporización progresiva de
situaciones traumáticas.
Es decir, la constante
referencia a la elevada toxicidad de la pasta base,
deja frecuentemente de lado, los efectos tóxicos de
las políticas y reformas económicas, su
sedimentación, fragilización y deterioro de los
cuerpos sociales e individuales.
A los padecimientos y
malestares asociados a la cronificación de la
pobreza, en los contextos de uso intensivo de drogas
se le agrega nuevos niveles de alienación y
malestar, vinculados no sólo al consumo de drogas
sino también a las miradas distantes, externas y
objetivantes que modificando las dinámicas de
reconocimiento intersubjetivo, los empuja al árido
espacio del “menos que humano” (Agamben 1998). Los
jóvenes usuarios/as de drogas quedan, entonces,
depositados en un territorio caracterizado por la
pérdida de los derechos sociales, económicos y
civiles, que modificando los procesos de identidad y
dignidad, hacen que su vida sea difícilmente vivible
y en ocasiones, se convierta en no viable.
La proliferación de imágenes de
usuarios/as de pasta base en los medios de
comunicación masiva, si bien contribuye a la
información –al menos preliminar– de la realidad
compleja y dramática del consumo de drogas, trabaja,
en ocasiones, en la misma dirección que los procesos
de expulsión social que la han producido.
Presentar el problema de la
pasta base como una imagen de la relación entre un
joven –generalmente en un estado de inquietud y
desesperación y una pipa en un pasillo de una villa
implica no sólo el ocultamiento de los procesos
complejos que han modelado esta realidad, sino
multiplica en la exposición la violencia asociada a
la objetivación, a la intromisión y la extrema
vulnerabilidad que los jóvenes experimentan
diariamente en aquellos contextos que han condensado
los daños sociales del complejo entramado entre
drogas y pobreza.
(María E. Epele.
Antropóloga, UNLP. Sección de Antropología Social -
Instituto de Ciencias Antropológicas, Facultad de
Filosofía y Letras, UBA. Investigadora del Conicet)
Agamben, G.
(1998), Homo sacer III. Lo que queda de Auschwitz.
Barcelona, Pre-Textos.
Bourgois, P.,
and Bruneau, J. (2000), “Needle Exchange, HIV
infection, and the Politics of Science: Confronting
Canada´s Cocaine Injection Epidemic with Participant
Observation”.
Medical Anthropology,
18: 325-350.
Castel, R. (1997), Las metamorfosis de la cuestión
social.
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Epele, M.
(2003), “Changing Cocaine Consuming Practices.
Neoliberalism, HIV-AIDS and Death in an Argentine
Shantytown”.
Substance
Abuse & Misuse 38 (9):1181-1207.
Lusida (2005),
Programa Nacional de SIDA (2005), Boletín sobre el
SIDA en la Argentina.
Zeballos, J. (2003), Argentina: efectos
sociosanitarios de la crisis 2001-2003. Buenos
Aires: Organización Panamericana de la Salud.
El
deterioro de la calidad y la elevada toxicidad de
las “drogas para pobres” han venido teniendo amplias
consecuencias en el estado de salud y los daños más
o menos permanentes de los usuarios/as.
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