Una crónica por fin de año
Tácticamente cautos y
estratégicamente ambiciosos
por Roger Rodríguez

Chiquilines (todos):

Desde hace un tiempo, no envío saludos en vísperas de las fechas navideñas por respeto a cristianos y paganos. Aunque fui educado como católico, apostólico, románico (cursé monaguillo y ascendí hasta catequista, antes de pedir el pase a retiro), en mi más tierna infancia se me mezclaba teología y leyenda, al punto que ya no sabía si Santa Claus había lanzado la estrella de Belén, el nombre del padre hacía referencia a Papa Noel, la estrella de David era la del arbolito, los Reyes eran musulmanes y habían llegado tarde con los regalos, la nariz de Rudolf era uno de los chirimbolos, o el gordo de fin de año tenía que ver con Dios Momo… y no quiero entrar en lo de José, María y el espíritu santo…

 

En fin, con el tiempo fui encontrando algunas de esas respuestas y me declaré ateo (o agnóstico, o no sé qué que implique descreer, correr y, sí es necesario, también rezar). Otras respuestas aún no las he hallado. Por ejemplo: ¿por qué seguimos comiendo turrones, nueces y avellanas con 30 grados de temperatura? ¿Cuál es la razón que lleva a algunos a beber en una noche lo que no bebieron en un año, cuando es más divertido beber todo el año y esa noche? o ¿por qué nos flagelamos con un alcohólico espíritu navideño que nos embriaga (el alcohol no el espíritu) y nos lleva a pedir perdón, reconciliarnos, abrazarnos, besarnos, llorar, cantar, bailar, marearnos, vomitar, dormir, despertarnos sin saber dónde y con resaca, para mirarnos y no saber si debemos volver a pedir perdón, seguimos reconciliados o aquella quinta cerveza nos llevó a hablar de aquella chica que nos hizo perder la cabeza…

 

Por todo eso, y algunas cosas más que no vienen al caso, prefiero esperar que pasen las natividades y, amparado ya en la impunidad del “Día de los Inocentes” (el 28 es uno de los más divertidos y poco celebrados de las festividades), enviar mis saludos por el fin del año y el comienzo del siguiente. Quizás porque considero que el tiempo (como transcurrir de los años, no como pronóstico climático) es uno de los temas sobre los que como mortales deberíamos reflexionar más, o quizás porque ya estoy llegando al medio siglo de vida y cuando miro el horizonte pienso en el ocaso más que en los amaneceres. Lo cierto es que fin de año y año nuevo llaman a la reflexión y a la evaluación (otro espíritu que nos embriaga y nos lleva a pedir perdón, reconciliarnos, abrazarnos, besarnos, llorar, cantar, bailar, marearnos, vomitar, dormir, despertarnos sin saber dónde y con resaca, para mirarnos y no saber si debemos volver a pedir perdón, seguimos reconciliados o aquella quinta cerveza… etc.).

 

Si debo evaluar lo profesional en este año 2008, en realidad no tuve mucho tiempo para frenar y mirar lo que me ocurría. Siempre le digo a Sara, mi esposa y compañera, que no le pude dar fortuna, viajes, confort y quizás no sea tan bueno en el amor, pero jamás se podrá quejar de aburrimiento conmigo… Este año arranqué en conflicto con el diario (por no pago de aguinaldo, vacacional, ni abogado), seguí con el juicio por difamación del mayor Mangini, participé en seminarios en el exterior, pude realizar por primera vez un viaje a Europa (donde conocí gente extraordinaria y reencontré a un tío), logramos algunos avances en casos de 1974 y en el tema de la extradición de Cordero, testifiqué en varias causas, pude entrevistar a Macarena y a Simón, me dieron el premio Morosoli y ahora vuelvo a estar en conflicto con el diario por las mismas razones de todos los años…

 

El entorno, por su parte, ha ganado en madurez y tranquilidad. La barra de G83 sigue firme, superando los desentendidos y malas interpretaciones del proyecto uytópico que, como las otras iniciativas de éste para mi vital grupo generacional, se encamina a dar frutos y aportes. Las otras barras, las del Club de Toby o del Esquinazo, también sobreviven como tertulias y puntos de reunión donde la conversación es enseñanza y la mirada un espejo que refleja mucho más que el hielo que se disuelve en el vaso. Los amigos, siguen ahí, en su presencia o ausencia, cercanía o lejanía, sabiendo que la amistad no tiene dimensión de distancia o tiempo… Y, en la “interna”, la familia marcha (más allá de la adolescencia, el climaterio o mi gastritis), los hijos sobreviven y cada asombro de mi nieto Renzo me inspira a seguir creyendo que es posible y necesario luchar por un mundo un poco mejor.

 

Hecha mi confesión, desnudo de intimidades, éste es el párrafo en el que tengo que decir algo importante o trascendente… Y digo: que debemos seguir siendo tácticamente cautos y estratégicamente ambiciosos. Cautos, por atentos a una crisis que sólo es otra máscara del monstruo, disfrazado con un presidente joven y negro cuya simpatía se equilibra con la hosca mueca de los gobiernos derechistas de la vieja Europa o la desesperación de mercado de una globalidad desfinanciarizada que volverá a cortar el cordón por acá abajo, abajo, cerca de las raíces… Y ambiciosos en la confianza de poder crear “teoría revolucionaria” sin miedo a la utopía, ni condicionados por el pragmatismo de lo posible. No pensemos con miedo a que podemos perder si aceleramos el cambio. Aceleremos el cambio para perderle el miedo a pensar que sí podemos…

 

Y para cerrar, una anécdota…

 

Este año, les escribía, pude andar por el viejo continente. Un tour que me llevó a charlar sobre la cultura de la impunidad que aún domina a Uruguay (firmen contra la Ley si aún no lo hicieron) durante reuniones en París, Ginebra, Barcelona, Roma, Estocolmo, Malmö, Lund y Gottemburgo. Conocí gente extraordinaria (Genny, Elena, Eduardo, Walter, Hugo, Pepo, el “Caña” y Haydee, por solo mencionar a quienes debieron soportarme en sus casas) y me reencontré con otros que conocía en la distancia y ya eran amigos como el Chicho o Benigno, la negra Silvia, Danilo, Ricardo o Verónica, entre tantos otros…

 

Lo cierto es que mi desconocimiento de idiomas me provocó no pocos problemas de comunicación. No sabía ni francés, ni francoalemán, ni italiano y mucho menos sueco. Y cuando fui a Barcelona, me hablaron en catalán. Como para colmo mi inglés no es mejor que el de Tarzán, la única forma que encontré para comunicarme fue la gestualidad. Así que, de alguna manera, mi profesor de idiomas pasó a ser Marcel Marceau. Con mímica intenté hacerme entender en aquellos momentos en los que mis anfitriones no estaban para hacer de traductores. Y aún ante ellos, traté de defenderme solo…

 

Así lo intenté junto a Elena Bonavita (nuestra mejor embajadora en Suiza) cuando tuve que hacer el “checkin” de mi pasaje desde Ginebra a Barcelona. Le pedí que me dejara solo y enfrenté a aquella regordeta pelirroja sentada detrás del mostrador de “Air Suiss”, a la que solo le faltaban las trenzas y una vaca para protagonizar un aviso lácteo. La miré, saqué el largo papel de mi billete electrónico (parecía un pergamino) y le señalé el código de mi pasaje. Me miró, leyó lo que le indicaba, me sonrió y buscó en su computadora.

 

Cuando levantó la cabeza, ya le estaba ofreciendo mi pasaporte para que hiciera el control. Sonrió nuevamente, leyó mis datos y volvió a teclear en su máquina. Levantó la vista y yo la esperaba con la valija sobre la balanza. Volvió a sonreír y registró el peso. Tomó mi pasaporte y el pasaje, y al entregármelos me dijo: “Buen viaje señor”, en un perfecto español. Sintiéndome totalmente ridículo, di un paso atrás y exclamé: “¡¿Háblas español?!” y ella, sobresaltada y con los ojos enormes, me respondió: “¡Cómo, ¿Usted no es mudo?!”…

 

Así que, éste 31 de diciembre, a la hora de despedir un año y recibir al otro, en ese momento que es comienzo y término, principio y final, cuando los fuegos artificiales estallen en el cielo y el corcho de la botella los imite para pegar en el techo y buscar una víctima en el rebote, desearé lo mejor para los míos, renovaré mi compromiso contra la cultura de la impunidad y levantaré mi copa en silencio, para buscar los ojos de quienes me rodeen, seguro de que queremos las mismas cosas y convencido (perdón Bécquer) de que también se puede brindar con la mirada.

 

Los quiero mucho.

Montevideo, 27 de diciembre de 2008

LA ONDA® DIGITAL

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital