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El haber nacido en el
93 en la Argentina
por Miguel A. Semán
Una encuesta realizada por el
Ministerio de Educación en diciembre de 2008 revela
un resultado sorprendente, o no tanto. Para el 25%
de los jóvenes nacidos a partir de 1993 es lo mismo
vivir en un estado de derecho que en una dictadura.
Pero hay algo peor todavía, un 10% más se declara en
contra de la democracia como forma de gobierno.
Decía Rodolfo Kusch, en
“Indios, porteños y dioses” que todo lo humano tiene
sentido. Hasta el grito destemplado del integrante
de una patota en medio de la calma de la noche. Ese
alarido que sus compañeros festejan y a nosotros nos
suena amenazante y salvaje, quiere poblar la tierra
de nadie de las calles con su brutal humanidad,
aunque sea en forma de grito.
Es también un grito,
destemplado y torpe, el que se oculta detrás de la
máscara de indiferencia con la que los adolescentes
cubren su desesperanza. Quienes hoy tienen, cuando
mucho, quince o dieciséis años vinieron a instalarse
en una historia donde los héroes ni siquiera estaban
en sus tumbas. Los discursos habían devaluado la
esperanza, cuando no la habían traicionado
directamente. Y los hechos erosionaban hasta la
sombra de los ideales.
La democracia, que había
prometido cuidarlos y darles de comer, los
abandonaba en medio de la nada y dejaba a sus padres
sin pan y sin trabajo. De alguna forma la línea
económica iniciada a mediados de los 70 había
atravesado los tiempos como un cable subterráneo y
nos mostraba de vez en cuando una punta conductora
para hacernos saber que estaba viva.
Las autoridades del Ministerio
de Educación explican la decepción juvenil diciendo
que los jóvenes no vivieron la falta de democracia y
por lo tanto no estarían en condiciones de evaluar
su presencia. Es como decir que quienes nacimos
después de la independencia no podemos comprender
los beneficios de la libertad.
Lo que hoy evalúan los jóvenes
es justamente el presente en estado puro, casi
salvaje y como lo han recibido. Y ese juicio debería
por lo menos preocuparnos, no para descalificarlo,
sino porque parte de una visión para nosotros ya
inaccesible, un punto de vista no contaminado por la
sombra de la dictadura.
Nacidos en el 93, para ellos
la ESMA es tan lejana como el fusilamiento de
Dorrego o las invasiones inglesas. Ni el recuerdo de
los desaparecidos ni las huellas del genocidio
forman parte de sus memorias ni de sus dolores. A
ellos los maltratan otros vientos, eso sí, quizás
hijos y nietos de los que nos maltrataron a
nosotros.
En realidad no es que no crean
en la democracia. No les gusta lo que nosotros hemos
hecho con ella. No creen en un sistema que legitima
la llegada al poder de gobernadores e intendentes
que levantan fronteras de gendarmes para excluir a
los que no se les parecen.
No creen en los licenciados en
totalitarismo que insultan y denigran a los jueces
del estado de derecho porque no les gustan sus
sentencias.
No creen en una democracia
donde la injusticia se defiende con balas y se juzga
a los menores con las leyes del Proceso.
No creen en funcionarios que
cuando los pibes opinan les dicen que les faltan
años de gobiernos militares para poder hablar. En
definitiva, no creen en la democracia cuando es una
desgastada fórmula de complicidad política y social
para sostener los privilegios.
Tal vez sea sólo eso lo que ese
grito disfrazado de indiferencia intenta mostrarnos
en medio de la noche. Un saber que nosotros, los pre-democráticos,
no comprendemos y descalificamos porque sus
portadores, pibes y pibas que andan en las calles,
no vivieron jamás en una dictadura.
Fuente:
(APe)
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