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La osadía de
pensar actuando
Las cosas por su nombre
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
(…) Pero América ha sido creada para
perjudicar los intereses de los economistas,
simplemente porque la economía no es pensada en
términos americanos.
Una costumbre entra en la cultura y no se modifican
las culturas como si se tratara
de un mecanismo. Por un lado se da un comportamiento
cultural coherente
enraizado en el pueblo, y, por el otro, otro
típicamente occidental, sin que ambos
tengan algo que ver. Por un lado una comunidad
fuertemente cohesionada,
con un comportamiento ritual, y por el otro una
apelación a todo lo contrario,
ya que trata de tomar conciencia de la
individualidad y, como diría Marx,
transformar los valores de uso en valores de cambio.
Rodolfo Kusch, Geocultura del Hombre Americano[i]
Es
imperioso para un ciudadano, en toda hora,
circunstancia y motivo, el tomar conciencia y, así,
actuar responsable y solidariamente.
Asimismo, siempre es
bueno hacer un alto en el camino, poner los brazos
en jarra y, mientras respiramos hondamente,
dirigiendo nuestra mirada al vasto horizonte,
preguntarnos de qué se trata la cuestión, en qué
consiste la centralidad de nuestra vida, cuando de
nuestra comunidad se trata.
Para ello, creo
entender, teniendo la mirada puesta como dijéramos
en el vasto horizonte, es de allí desde donde
debemos partir para ir aproximándonos gradual y
críticamente al centro mismo de nuestra atención: la
comunidad que nos congrega.
Es decir, la mirada
crítica comienza en la región y al ir asimilándola
en la multiplicidad de acontecimientos que decoran
su superficie, vamos adentrándonos en las diversas y
cada vez más profundas capas que la componen y que
resultan ser la fragua desde la cual aquellos
acontecimientos son primeras y más visibles
consecuencias.
Cierto es que
continúa gestándose en el interior de nuestra tierra
sudamericana las cuestiones que desde antaño nutren
sus venas y que con un efecto retardado van
emergiendo a la superficie y desde allí parecen
signar este presente activo que nos ocupa y
conmueve.
Mujeres y hombres de
nuestra Amerindia, de esta nuestra América del Sur,
continente acrisolado por las gentes que componen
nuestra circunstancia, han marcado y marcan tanto la
huella del sendero del pensar cuanto más la
conciencia crítica de nuestro ser y de nuestro
estar.
Debemos considerar,
creo yo, de qué estamos hablando cuando apelamos a
conseguir cambios cualitativos en nuestras
comunidades. Se trata, pues, de desentrañar el por
qué, el para qué, el hacia dónde, pero también el
cómo y con quiénes de esta nuestra porfía por
conseguir que realmente la dignidad, la libertad y
la equidad, se tuteen desde abajo y hacia arriba,
derramando sus aires de buena vida, por digna y
disfrutable, hacia todas las capas de nuestras
sociedades.
Capas. Clases.
Disparidades. Diversidades. Discriminaciones.
Intolerancia. ¿Cómo ser realmente partícipes de una
existencia democrática, por crítica y responsable?
Para empezar, parece
ser atendible el buscar cambiar, no la máscara, sino
el cuerpo que vive, late y se conmueve tras de
aquella.
Y si hablamos de
sociedad, el cambio debe venir, debe ser visto,
desde un ver decente y con una real voluntar de
progreso, en el real acceso a mejores instancias de
vida de los que menos tienen. Y eso se llama cambio
social.
El cambio social
viene dado, al menos es lo que yo conozco por tal,
cuando se concilia, - en democracia y con el respeto
debido para con todos -, tanto la disminución del
poder cuanto su corolario en la tenencia de
oportunidades y riquezas, de la clase dominante en
beneficio de las otras que van hacia el centro y
hacia abajo.
Este “abajo”,
entiéndase bien, refiere a quienes no pueden acceder
libremente y con reales oportunidades de éxito, en
el sentido existencial, a niveles de dignidad en
condiciones básicas de vida humana, para luego
buscar el acceder, dialéctica y vitalmente, a que
quienes han estado sumergidos comiencen a determinar
por sí mismos las posibilidades existenciales, en su
entorno inmediato y en su comunidad, para un mejor
acceso a estadios superiores de vida, de la mano del
acceso a niveles decisorios del acontecer social, en
lo político como en lo económico.
El argentino Rodolfo Kusch,
eminente antropólogo y pensador superior, decía
también en el libro, del que extrajéramos un pasaje
para nuestro epígrafe, lo siguiente: “Todos
tenemos conciencia de que en América se están
transformando la sociedad, la política, el hombre.
Pero la transformación cultural no se ha de entender
como una nueva instalación de auditorios,
bibliotecas o teatros. Esto es simple labor de
funcionarios públicos que siempre harán maravillas
en esto, porque al fin de cuentas necesitan
justificar sus sueldos”.[i]
El “momento” en el
que Kusch redactara estos pensamientos, es el previo
a la noche de la democracia y de la dignidad en su
país, nuestra hermana Argentina. Y al hablar de la
labor política y la finalidad de algunos
funcionarios, nos recuerda que en todo arte hay
artesanos, pero también hay peones y pajes.
Hay artesanos en el
quehacer político cuando en verdad pretenden
cambiar, en el sentido de mejorar, la existencia de
sus pueblos, desde la acción serena, cotidiana y co
responsable con los otros.
Hay peones y pajes,
en política y en burocracia, cuando tan sólo buscan
agradar a pajes y peones de los centros del mando
imperial para que éstos les concedan luz verde en
sus respectivas periferias, de modo tal de poder
campear, asolando, a sus pueblos, desplegando el
oscuro velo de sus miserias interiores.
En política y en
burocracia, digámoslo, la obra de los pajes y
peones, peones y pajes, es maquillar uno de los
rostros de la economía: la macroeconomía, siendo
que hacia adentro de ésta, en la microeconomía,
pretenden hacer creer que se han alcanzado logros
sustantivos cuando sólo han logrado –sea porque otra
cosa no procuraron, sea porque otra cosa no son
capaces de lograr- hacer lo mismo que se viene
haciendo desde la época colonial: lo primario en
ventas, el vasallaje en lo espiritual.
Pero mejor prosigamos
con el maestro Kusch, desde estas palabras escritas
un poco más adelante que las anteriormente citadas:
“(…) La
transformación cultural es más honda. Ante todo,
queramos o no, la cultura tiene que
americanizarse. Pero esto mismo no se
entiende totalmente si se concibe la cultura como
algo exterior. (…) Una cultura americana no ha de
consistir en ver alguna vez un cuadro y decir que
ese cuadro es americano. Lo americano no es
una cosa. Es simplemente la consecuencia de una
profunda decisión por lo americano entendido como un
despiadado aquí y ahora y, por ende, como un
enfrentamiento absoluto consigo mismo. La
cultura americana es ante todo un modo: el modo de
sacrificarse por América. ¿Y qué saldrá de
esto? No lo sabemos. Es absolutamente
imprevisible. Y es esta misma decisión un poco
hacia el absurdo, la que impide que haya hombres que
la asuman. Es la consecuencia de nuestra sociedad
burguesa. Ésta nos dice cómo hay que hacer para
reunir dinero, pero no nos da, ni puede darnos,
garantías para saber qué pasaría si nos decidiéramos
por América. Siendo una clase altamente dinámica en
economía, es absolutamente inoperante en los fines
que trascienden esa economía. Por eso anquilosa
visiblemente en toda América los medios de
expresión. Prefiere una cultura oficial y
burocrática antes que iniciar la creación.
Evidentemente la burguesía teme ver su propia
miseria y la cultura revoluciona la máscara que se
ha colocado.”[ii]
Que nadie diga que
hay incoherencia al tratar de economía, junto con
política y con cultura, porque la incoherencia está
en quien, enajenado su espíritu al haber entregado,
tácita y genuflexamente, su libre albedrío al
caudillo de turno, ha vuelto su rostro, sin señas
pero con muecas, al lado oscuro de la vida y así ha
ingresado al más lamentable modo de vivir: el vacío
existencial.
Hasta que no nos
avengamos a considerar que para cambiar, en el
sentido de hacer progresar, desde un mismo e
igualitario plano de acción, dialéctica y vital, a
(con) nuestros congéneres, todo intento será vano
pues mientras la clase dominante continúe engrosando
cofres y alacenas y determinando, como lo sigue
haciendo hasta ahora, quiénes serán sus títeres en
el arte de operar las finanzas de nuestros Estados.
Y así, quiérase o no,
así usted menee con indignación su rostro ante estas
palabras, lo banal y anecdótico continuará
sucediendo y ese triste o tragicómico baile de
disfraces, seguirá sucediendo ante nuestros ojos.
Siempre, claro está, que continuemos permitiéndolo.
Para que este
tránsito deje de ser fantasmagórico, tanto usted
como yo y el otro también, deberemos atrevernos a
ser personas y abandonar la aparente paz de nuestros
reductos privados (se modo elegante de ser lo que es
quien no se atreve a estar y ser donde debe un
ciudadano: un pusilánime)
Salir al descampado y
con la mirada al frente, es un modo de sabernos
humanos. Pero debo decirle algo que usted, y usted
también, saben como yo creo saberlo: Es posible que
perdamos, pero para vivir, a veces vale la pena
intentar lo superior, aunque se pierda en apariencia
por los avatares del fugaz presente.
En lo profundo y en
lo permanente, quien vive con dignidad, explora
horizontes de grandeza, no en bronce, sino en
espiritualidad y compromiso de vida para con los
suyos, está dando un paso en el sentido trascendente
de un ser humano que vive este fugaz instante como
si fuera –como para mí lo es- la eternidad misma.
Y eso, mi amigo, mi
amiga; eso antes que ganar es vencer en la contienda
que cada uno de nosotros tiene consigo mismo y que
sólo puede tener un lugar y un momento donde darse y
permanecer: en el aquí y en el ahora.
Se trata, como usted
sabe, de atreverse. Atrevámonos para poder ser
señores y señoras de nuestro presente y forjadores
de nuestro porvenir y el de quienes nos sucedan.
Para ellos, para los que están por venir, es que
estamos laborando. Vale la pena, a pesar de todos
los pesares.
Sonriamos que se
acerca el carnaval pero las máscaras, las máscaras
sólo para festejar, pues para vivir mostremos
nuestros rostros desnudos, junto con nuestros
corazones latiendo, acompasada y rítmicamente, el
suyo con el mío y así en busca del otro, del
diferente. Y el carnaval se irá pero llegará el
nuevo amanecer.
Hacia allí vamos.
Allí nos reencontraremos. Esto es posible y además,
vale la pena.
[1]
Kusch, Rodolfo, Geocultura del Hombre Americano,
Editorial Fernando García Cambeiro, Buenos Aires,
año 1976, Pág. 63. (Negritas y subrayados de mi
responsabilidad)
[1]
Ídem, Pág. 70.
[1]
Ibídem, Págs. 71 y 72. (Negritas y subrayado de mi
responsabilidad)
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