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La visión
sagrada de Israel
por José Luis Fiori
“Si Hamas quiere acabar con Israel,
Israel tiene que acabar antes con Hamas”.
Efraim, 23 años, estudiante de una escuela
Religiosa de Jerusalem, FSP 24/01/2009
Durante
veintiún días de bombardeo continuo, Israel lanzó
2500 bombas sobre la Faja de Gaza – un territorio de
380 km2 y un millón y medio de habitantes
– dejando 1300 muertos y 5500 heridos, del lado
palestino, y 15 muertos, del lado israelita. La
infraestructura del territorio fue destruida
completamente, junto con millares de casas y
centenas de construcciones civiles. Y es probable
que Israel haya utilizado bombas de “fósforo blanco”
– prohibidas por la legislación internacional con
consecuencias imprevisibles, en el largo plazo,
sobre la población civil, en particular la población
infantil. Ban Ki-moon, secretario general de la ONU,
se declaró “horrorizado”, después de visitar el
territorio bombardeado, y consideró “escandalosos e
inaceptables” los ataques israelitas contra escuelas
y refugios mantenidos en Gaza, por las Naciones
Unidas.
Richard Falk, relator
especial de la ONU sobre la situación de los
Derechos Humanos en Gaza, declaró también que,
“después de 18 meses de bloqueo ilegal de alimentos,
remedios y combustible, Israel cometió crímenes de
guerra, y contra la humanidad, en su última ofensiva
contra los territorios palestinos. Crímenes aún más
graves porque el 70% de la población de Gaza tiene
menos de 18 años”. Dentro de Israel, entre tanto –
con raras excepciones – la población apoyó la
operación militar del gobierno israelita. Y aún más,
las encuestas de opinión constataron que el apoyo de
la población fue aumentando, en la medida en que
avanzaban los bombardeos, hasta llegar a índices del
90%. Y finalmente, a la hora del cese del fuego, la
mitad de esta población era favorable a la
continuación de la ofensiva, hasta la reocupación de
Gaza y la destrucción de Hamas (FSP 24/01/0).
Sea como sea, dos
cosas llaman la atención – de forma especial – en
esta última guerra: el rigor de Israel, y su
indiferencia con relación a las leyes y a las
críticas de la comunidad internacional. Dos
posiciones tradicionales de la política externa
israelita, que se ha radicalizado cada vez más, y
son casi siempre explicadas “escalada al extremo”
del propio conflicto. Pero existe un aspecto de esta
historia que casi no se menciona, o tal vez es
ubicado en un segundo plano, como si las “visiones
sagradas” del mundo y de la historia fuesen una
característica exclusiva de los países islámicos.
Desde su creación, en 1948, Israel se mantiene sin
una constitución escrita, pero posee un sistema
político con partidos competitivos y elecciones
periódicas, tiene un sistema de gobierno
parlamentarista según el modelo británico, y
mantiene un poder judicial autónomo.
Pero al mismo tiempo,
paradójicamente, Israel es un estado religioso, y
una gran parte de su población y de sus gobernantes,
tienen una visión teológica de su pasado, y de su
lugar dentro de la historia de la humanidad. Israel
no tiene una religión oficial, pero es el único
estado judío del mundo, y los judíos se consideran
un solo pueblo, y una sola religión que nace de la
revelación divina directa, y no depende de una
decisión, o de una conversión individual: “si oyeres
mi voz y guardares mi alianza, seréis una propiedad
peculiar entre todos los pueblos.
Vosotros seréis para
mí un reino de sacerdotes y una nación santa” –
Éxodo, 19, 5-6. Además de esto, el judaísmo
establece normas y reglas específicas e
incuestionables que definen la vida cotidiana y
comunitaria de su pueblo, que debe mantenerse fiel y
seguir de forma incondicional a las palabras de su
Dios, manteniéndose puros, aislados y distantes con
relación a los demás pueblos y religiones: “no
seguiréis los estatutos de las naciones que yo
expulso frente a vosotros…Yo Yahvé, vuestro Dios, os
separé de estos pueblos. Haréis distinción entre el
animal puro y el impuro… no os tornéis vosotros
mismos inmundos como animales, aves y todo lo que se
arrastra sobre la tierra” Levítico, 20, 23-25. Para
los judíos, Israel es la continuación directa de la
historia de este “pueblo elegido”, y por esto, su
verdadera legislación o constitución son las propias
enseñanzas bíblicas.
El Torá cuenta la
historia del pueblo judío y es la ley divina, por
esto no puede haber ley o norma humana que sea
superior a lo que está dicho y determinado en los
textos bíblicos, donde también están definidos los
principios que deben regir las relaciones de Israel
con sus vecinos y/o con sus adversarios. En Israel
no existe casamiento civil, sólo la ceremonia
rabínica, y los soldados israelíes prestan juramento
con la Biblia sobre el pecho y con el arma en la
mano: “Yahvé castigará a todos los pueblos que
combatieron contra Jerusalem: él hará que su carne
se pudra, mientras están aún de pie, sus ojos se
pudrirán en sus órbitas, y su lengua se pudrirá en
su boca”. Zacarías, 14, 12-15.
Las ideas religiosas
de los pueblos no son responsables ni explican
necesariamente las instituciones de un país y las
decisiones de sus gobernantes. Pero en este caso,
por lo menos, parece existir una brecha casi
imposible de zanjar entre los principios,
instituciones y objetivos de la filosofía política
democrática de las ciudades griegas, y los preceptos
de la filosofía religiosa monoteísta que nació en
los desiertos del Asia Menor.
Pero lo que tal vez
sea más importante desde el punto de vista inmediato
del conflicto entre judíos y palestinos, y del
propio sistema mundial, es que Israel –
contrariamente a los palestinos – junto con su
visión sagrada de sí mismo, dispone de armas
atómicas, y de acceso casi ilimitado a recursos
financieros y militares externos. Con estas ideas y
condiciones económicas y militares, Israel sería
considerado – normalmente – un estado peligroso y
desestabilizador del sistema internacional, por la
regla liberal-democrática de los países
anglosajones. Pero esto no sucede porque en el
mundo de los mortales, de hecho, Israel fue una
creación y sigue siendo un protectorado anglosajón,
que opera desde 1948, como instrumento activo de
defensa de los intereses estratégicos
angloamericanos, en el Medio Oriente. Mientras los
angloamericanos operan como un ancla pasiva del
“autismo internacional” y de la “inclemencia
sagrada” de Israel.
Traducido para LA ONDA digital por
Cristina Iriarte
LA
ONDA®
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