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Más de lo mismo,
religión por el poder
por Alberto Piris
En su biografía de Descartes,
Richard A. Watson alude al cardenal francés Jacques
Davy du Perron, de quien el filósofo derivó, al
parecer, su título nobiliario de “señor de Perron”.
Antes de alcanzar tan alta
categoría eclesiástica, el cardenal, formuló un
ataque devastador contra el ateísmo y dio varias
pruebas de la existencia irrefutable de Dios en
audiencia concedida por Enrique III, rey de Francia.
El rey le hizo saber en cuánto estimaba su
elocuencia y su preparación teológica. Acto seguido,
escribe Watson, “Du Perron objetó, con modestia, que
no tenía importancia, y ofreció regresar al día
siguiente y usar las mismas pruebas para argumentar
a favor del ateísmo y demostrar que Dios no existía.
Enrique se escandalizó y expulsó a Du Perron de la
corte. No por largo tiempo, porque su lengua áurea
era útil”.
Cuando la religión vuelve a ser
motivo de conflictos en vastas zonas del planeta,
esta anécdota tiene validez hoy. Conviene recordar
que se produjo en la segunda mitad del siglo XVI,
cuando Francia se desangraba en las guerras de
religión entre católicos y protestantes, con su
secuela de ejecuciones en la horca o en la hoguera,
edictos sobre prácticas religiosas, asesinatos en
masa de quienes no profesaban la propia religión,
conjuras y conspiraciones sin cuento.
Si lo ocurrido en la corte
francesa hubiera alcanzado difusión entre el pueblo
-como lo permiten hoy los medios de comunicación-, a
éste le hubiera sido más fácil conocer que lo que
había en realidad era un forcejeo por el poder. No
solo dentro de Francia, entre las estirpes más
influyentes y ambiciosas, sino también entre las
potencias de la Europa moderna, donde el Papado
seguía interviniendo.
Eso no habría evitado la sangre
derramada en la llamada “Noche de San Bartolomé”, el
masivo asesinato de protestantes, pero las pasiones
reinantes se hubieran atemperado. Poco más de un
siglo después bastantes ciudadanos rusos murieron a
causa de la pugna entre los partidarios de
santiguarse con dos o con tres dedos, en la época de
las reformas europeizantes con las que el zar Pedro
I el Grande quiso modernizar por la fuerza a sus
rutinarios y supersticiosos súbditos.
Para el ejercicio del poder era
preciso recurrir a la manipulación de unos pueblos
incultos, ciegamente entregados a sus dirigentes
religiosos. Conviene, por tanto, contemplar los
conflictos aparentemente religiosos que también hoy
nos acosan.
Estas reflexiones son de
aplicación en España, cuando la jerarquía católica
viene promoviendo concentraciones públicas, casi
siempre hostiles al Gobierno, con diversos pretextos
religiosos, como defender su propio concepto de la
familia (que no está amenazado porque se acepten
también otros conceptos no coincidentes con él). Se
utilizan absurdos neologismos de resonancias
teológicas (como “cristofobia” o “estadolatría”)
para calificar lo que no es otra cosa que la simple
ejecución de lo que la Constitución establece
respecto a las relaciones entre Estado e Iglesia.
Esto permite deducir que en el
fondo de lo que sucede existe, aquí y ahora también,
una lucha por el poder. El poder perdido por la
jerarquía católica española desde que fue derogada
la anterior legislación del Estado, con principios
fundamentales como éste: “La Nación española
considera como timbre de honor el acatamiento a la
Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia
Católica, Apostólica y Romana, única verdadera y fe
inseparable de la conciencia nacional, que inspirará
su legislación”. Y que no puede ni desea adaptarse
al texto de la Constitución de 1978: “Ninguna
confesión tendrá carácter estatal. Los poderes
públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas
de la sociedad española y mantendrán las
consiguientes relaciones de cooperación con la
Iglesia Católica y las demás confesiones”. Texto
que, por otra parte, muchos desearían reformar, por
lo que encierra de preferencia hacia una religión
concreta.
Poder o religión: esta es la
cuestión, podríamos concluir, parafraseando
modestamente a Hamlet. La respuesta, en la mayoría
de los casos, es la del título de este comentario:
“poder y religión”; cada uno utilizando o intentando
utilizar al otro, como la Historia sobradamente nos
muestra.
*)
General de Artillería en la Reserva
LA
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