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"He sido algo más que la amante
de Fidel y la madre de su hija”
Entrevista a Natalia Revuelta
"Fidel puso su proyecto muy por encima de su vida
privada" La mujer que le dio una hija a Fidel
defiende la revolución con firmeza: "Si algún día
esto se vacía, yo seré quien apague el faro del
castillo del Morro".
Natalia Revuelta, Naty, nos concedió esta entrevista
para, a sus 83 años, "aclarar las cosas" de forma
que sus descendientes conozcan su historia y sus
sentimientos más allá de la breve historia de amor
que vivió con Fidel Castro y de la que nació su
segunda hija, Alina Fernández. "He sido algo más que
la amante de Fidel y la madre de su hija.
No fui una loca aventurera".
De origen burgués,
con ascendentes ingleses y cántabros, políglota y de
esmerada educación, Naty defiende la revolución con
igual firmeza que cuando se implicó en ella. "Si
algún día esto se vacía, yo seré quien apague el
faro del castillo del Morro". Lo que sigue es la
entrevista del del diario La Vanguardia es a
Natalia Revuelta.
-
¿Cómo era su vida cuando decidió sumarse al
movimiento revolucionario?
- Trabajaba en una empresa
petrolera (Esso) y recibía un buen sueldo. Estaba
casada con un cardiólogo muy prestigioso y teníamos
una hija, Natalí. Yo ya había sido chibacista
(seguidora de Eduardo Chibás), y entré en política
por una cuestión de conciencia. Me hice ortodoxa
porque ese partido (Ortodoxo) iba a combatir la
corrupción y a luchar por la justicia social y la
independencia económica. A raíz de la muerte
(suicidio) de Chibás, caímos en un cisma. Batista
tomó el poder en 1952. Pasaron cosas terribles. Fue
un momento cruento y definitorio. Aquel 10 de marzo
del golpe de Estado me vestí de negro para ir al
trabajo. De camino a la oficina, decidí hacer algo
por personas que estaban en peligro. Entre ellas
tenía en mente estaba aquel joven a quien no conocía
y que, cuando hablaba en la tribuna, agitaba los
brazos hasta que se le bajaban las mangas del saco
(la chaqueta): Fidel Castro. Mandé hacer unas llaves
de mi casa para que estas personas pudieran disponer
de ella y de lo que necesitaran, pues teníamos
posibilidades. Hacia octubre, Fidel me mandó un
recado con un estudiante universitario, Valls, para
agradecérmelo y decirme que sabía que éramos buenos
revolucionarios. En noviembre, en la conmemoración
del fusilamiento de estudiantes de medicina de 1871,
se hizo un acto en la universidad. Valls me presentó
a Fidel.
- He leído que cuando él le
estrechó la mano usted se sintió "impresionada".
- En realidad siempre estuve
impresionada. Pero en el sentido de que Fidel era
muy carismático y convincente. Uno sabía que lo que
decía era algo que tenía clavado ahí dentro. Y era
muy valiente. Pero entonces no existía algo
diferenciado desde el punto de vista sentimental.
- No lo había, aún…
- Claro. Esa relación más
cercana surgió cuando, a tres meses de aquella
reunión en la Universidad, Valls me llamó y me dijo
que Fidel quisiera visitarnos en nuestra casa.
Recuerdo que comimos jamón asado con piña y que le
gustó mucho y no se le olvidó ese plato. Meses
después, preso él en la isla de los Pinos, yo iba a
enviarle jamón con piña. Aquella noche fue
emocionante. Él estaba perseguido y nos planteó que
estaba acopiando recursos, armas, todo lo que fuera
para el movimiento que estaba gestando. Le dije que
podía disponer de nuestra casa, donde yo estaba
siempre, para hacer reuniones. Con discreción,
claro. Yo me volqué en aquello exclusivamente,
aunque sin descuidar mi trabajo, que me aseguraba
independencia económica y me permitía evolucionar
intelectualmente.
- ¿Se implicaba en las
reuniones?
- Por supuesto. Y les atendía.
No bebían; tenían instrucciones de no beber.
- ¿Instrucciones de Fidel?
- ¡Claro! Él era el que daba
las instrucciones. Fidel iba allí a distribuir
tareas. La mía era estar allí y procurar dinero. En
aquel momento yo disponía de lo suficiente. Más
tarde, en la época de la Sierra Maestra, también
estuve recaudando.
- Me decía que fue en esas
reuniones en su casa donde nació una relación más
personal.
- Lo que pasa es que el trato
con una persona a la que ya admiras a priori, y
encima en esas circunstancias tan especiales, tan
peligrosas, te lleva a una relación más directa. Se
crea una cercanía, una preocupación mutua…
- Intimidad.
- Exactamente, pero nunca nos
organizamos para que él llegara más temprano ni nada
de eso. Nada de tipo personal.
- ¿Eso vino después? Primero
fue el asalto al Moncada, ¿no?
- Sí. Ellos hablaban delante de
mí cualquier cosa. Habían estudiado militarmente
varios cuarteles. La elección no fue al arbitrio.
Optaron por el Moncada por su cercanía a la Sierra,
a las montañas donde podían atrincherarse después
del asalto. El plan inicial era armarse, irse a las
lomas y allí empezar la guerrilla. Como harían tras
el desembarco del Granma. Antes del asalto, me
explicó Fidel, iban a ocupar la estación de radio de
Santiago para leer un manifiesto y otros documentos,
pero para llenar los tiempos sin voz necesitaban un
tipo de música especial, que movilizara pero que no
fuera alegre, pues podía haber muertos de ambas
partes. Me dediqué a buscar discos durante ese par
de meses: Fidelio, la Heróica, la Sinfonía del Nuevo
Mundo, Mi Patria. Fueron días muy intensos. Se
manejaban asuntos de vida o muerte, yo lo sentía
así. Pocos días antes de partir hacia Santiago para
el asalto, Fidel me dio el texto del Manifiesto a la
Nación que iban a leer. Era el aspecto político de
las acciones del 26 de julio. Lo tenía que
distribuir en La Habana. Tuve que hacerlo sola.
Había que distribuir el documento entre políticos y
periodistas fiables, sincronizadamente con la hora
en que estarían ocurriendo los asaltos a los
cuarteles de Santiago y el cercano Bayamo. El
objetivo era que, ante un posible corte de
comunicaciones, la gente supiera en La Habana lo que
estaba sucediendo en el oriente del país; quiénes
eran y qué pretendían.
- ¿Cómo fue la despedida de
Fidel antes de partir al Moncada?
- Nos despedimos con un sentido
muy histórico, de momento crucial. Con optimismo
aparente, aunque yo tenía un temor enorme.
- Pero el día 26 se puso en
marcha.
- Sí. Me levanté de madrugada.
Salí a la calle a las cinco y cuarto, hora de los
asaltos, busqué un taxi y empecé con las visitas. Vi
a Pelayo Cuervo, senador; a Raúl Chibás, hermano de
Eduardo, a Cosme de la Torriente, presidente de la
Asociación de Amigos de la República; a Sergio Carbó,
director de Prensa Libre… Ya en casa de Carbó me
dieron noticias terribles: sabían del asalto y había
muchos muertos, sobre todo atacantes. Quedé
desolada.
- Antes del asalto Fidel
también le había pedido que, si le ocurría algo,
ayudara a su esposa Mirta.
- Sí. Me pidió que me ocupara
de su mujer y su hijo Fidelito. Me veía como la
buena persona que podía ayudarles.
- Pero cuando le encarcelaron
ustedes empezaron a cartearse y hubo un fatal cruce
de cartas, ¿no? ¿Puede explicarlo?
- Era la correspondencia de una
relación… Cómo definirla… De una amistad distante
pero amorosa, diría.
- Es decir que, como ya
comentó, ¿hasta entonces ustedes no..?
- Exacto. De ninguna manera.
Sabíamos que sentíamos una gran atracción mutua,
pero nos respetábamos. Bueno, no sé él, pero yo
nunca había violado mi compromiso matrimonial.
Mientras, me di cuenta de que Mirta recelaba de las
amigas y compañeras de Fidel en el Partido Ortodoxo,
a las que yo consideraba compañeras. Decidí callarme
que Fidel y yo nos habíamos escrito, pero dije:
"Mira, pronto debe de llegar una carta de Fidel
porque acabo de enviar a la prisión una caja con
libros, golosinas y cosas. Al cabo de una semana,
Mirta me llamó y me dijo que había recibido una
carta de Fidel que parecía dirigida a mí. Al mismo
tiempo, yo había recibido otra que al parecer era
para ella, en un sobre algo raro que la entregué sin
abrir. Ella, que sí había abierto la carta dirigida
a mí, vino a mi oficina y ¡menudo lío me formó! Yo
nada temía de esa carta que ella había recibido
porque estaba limpia. No podía ser de otra forma.
Aquel papel visitó muchas peluquerías de La Habana,
pero nunca me lo dio; nunca la leí.
- La disputa entre ustedes
sería definitiva…
- Nuestra relación se cortó.
Fidel optó por una solución correcta y digna. En
lugar de continuar la correspondencia, me dijo:
"Cuando necesite pedirte algo, te escribiré en la
posdata de las cartas a mi hermana, Lidia".
Mientras, yo guardaba recortes de prensa y
documentos sobre lo que ocurría en el país. Aquello
iba a resultar útil cuando ellos se fueran a México
para preparar el desembarco del Granma año y medio
después.
- ¿Qué pasó cuando Fidel salió
de prisión?
- Cuando se decretó la amnistía
(mayo de 1955), él me pidió que no fuera a
esperarle; me llamaría al llegar a La Habana. Lo
hizo en seguida. Ese mismo día fui a verlo en casa
de su hermana. Fue durante esos 53 días en que
estuvo aquí, haciendo contactos, cuando sucedió lo
inevitable. Lidia tenía dos apartamentos. Pero fue
muy poco. Dos o tres o cuatro veces. Y alguna vez en
algún hotel. Fue breve nuestra relación.
- Fidel se había divorciado de
Mirta.
- Sí. Y entonces se supo que yo
no había tenido que ver con su separación. En
realidad, Fidel me quería porque, además de ser una
mujer atractiva, me tenía por buena, valiente y
solidaria. La familia volvió a tratarme, y Lidia me
tomó un gran afecto porque descubrió que yo no había
provocado el divorcio. En cuanto a Mirta, el
problema fue que su hermano, miembro de la juventud
batistiana y viceministro del Interior, le buscó un
cargo sin trabajo, un cargo botella. Pero el
ministro, que tenía un pique con el viceministro,
sacó a la luz el asunto. Fidel se divorció.
- Después salió, intimó con
usted y marchó a México. ¿Cómo continuó su relación?
- Antes de partir a México, me
dejó una misión: que le informara de todo lo que
pasara en el campo político y revolucionario. Con
informes, recortes, lo que fuera. Pronto me di
cuenta de que estaba en estado. Tuve que hacer
reposo durante unos pocos meses, pero continué
enviando mis informes hasta que desembarcaron en
tierra cubana.
- Usted estaba casada.
- No exactamente. Desde la
relación con Fidel, separada.
- ¿Se lo contó a su marido?
- No. No era necesario ni
quería alterar su vida. Ya en aquel momento teníamos
una relación distante aunque civilizada. Éramos muy
diferentes y nuestro matrimonio estaba desgastado.
Al quedar encinta la separación se hizo definitiva,
aunque seguimos viviendo en la misma casa y
llevábamos una vida social. No hubo aclaraciones.
- ¿Y Fidel, cuándo lo supo?
- Cuando la niña nació.
- ¿Qué le llevó a ocultárselo
hasta entonces?
- No quería que la información
llegara a otras manos. Él me escribió algunas cartas
desde México y después me estuvo escribiendo Raúl.
Pero déjeme decirle… Aquello sucedió propiciado por
las circunstancias, por la presión, porque él tenía
que irse y yo estaba convencida de que vendría a
morir, que lo iban a matar. Y permití que viniera
esa criatura porque quería un hijo; un hijo al que
podría educar como él hubiera querido. Después
resultó ser una niña, una maravilla. Él era libre;
tenía sus amoríos por allá. Pero yo no era mujer de
amoríos, no tenía necesidad de eso. Yo era una mujer
trabajadora que quería tener un hijo de aquel hombre
a quien tanto admiraba y quise, y a quien creí que
iban a matar.
- Tras el desembarco llegaron
noticias de que había muerto.
- Sí, porque lo confundieron
con Félix Elmuza (periodista expedicionario del
Granma). Me llamó Conchita Fernández, la que había
sido secretaria de Chibás, para darme la mala
noticia. Le dije que no lo creía. Colgué el teléfono
y me fui a regar el jardín como un zombi. Por
entonces ya yo estaba vinculada a la Resistencia y
al Frente Cívico de Mujeres Martianas. Un día Felipe
Pazos, esposo de la jefa de mi cédula en
Resistencia, me enseñó un trozo de papel con una
palabra. Reconocía la letra de Fidel sin ninguna
duda. El papel acababa de llegar de la sierra. Así
me enteré. Pazos y su hijo fueron los que llevaron a
Herbert Matthews (del NY Times) a entrevistarse con
Fidel, entrevista que confirmó que estaba vivo y
combatiendo.
- ¿Cuándo volvió usted a tener
noticias de él?
- Él me mandó, precisamente a
través del hijo de Pazos, dos balas usadas de
ametralladora. Sin más. Las tengo ahí. No volví a
saber nada directamente hasta que volvió a La Habana
con el triunfo de la Revolución, casi dos años
después.
- Entonces se encontraron en el
Hilton, ya con la niña, que tenía casi tres años.
¿Cuál fue la actitud de Fidel hacia ella?
- Dijo que era muy linda. Y ya.
No había que decir más nada. Alguien me aseguró en
aquella época que me había mandado a buscar. No
traté de confirmar eso porque nunca creí que me
hubiera mandado a buscar, dada mi situación de
maternidad reciente y mi otra niña. Era absurdo. Si
ni siquiera Melba pudo venir en el Granma, ¡cómo iba
a ir yo!
- Usted siguió viviendo con su
marido hasta…
- Hasta que nos divorciamos en
enero del 59. Su abogado, que también fue el mío, me
reconoció la patria potestad de mis hijas, sin
aceptar mi ofrecimiento de compartirla. Yo me mudé
porque él tenía la consulta en la casa. Pero
convinimos que Natalí (10 años entonces), que
adoraba a su padre, se quedara con él durante la
semana y viniera a casa los fines de semana para
estar con su hermanita Alina. Mi ex marido se fue a
Estados Unidos en el 61. Natalí me planteó que, como
su padre tendría que decidir si se quedaba en
Estados Unidos (el Gobierno empezaba a tomar medidas
para evitar la fuga de médicos), ella quería
acompañarlo allí al menos un año.
- Y ella no volvió.
- Él tenía que habérmela
devuelto justamente al surgir la operación Peter Pan
(traslado masivo de más de 14.000 niños cubanos a
Estados Unidos). Actuó egoístamente, pero de manera
comprensible y sensata. No volví a ver a Natalie
hasta 1982, allá. No nos escribimos mucho porque
ella estudió, creció, se casó, tuvo un hijo y se
divorció sin estar yo presente. Su hijo me ha dado
dos biznietas que no conozco.
- Usted se quedó con Alina.
- Sí. Y continué trabajando. En
1960, la nacionalización de la Esso me dejó sin
empleo. Estuve seis meses buscando otro porque no me
llamaron al Instituto de Petróleo, donde tenían que
haberme trasladado. Al final, una doctora amiga mía
que dirigía el Hospital Nacional me llamó para que
fuera su jefa de Compras. En el 64 me mandaron a
Francia para un estudio de Química orgánica. Allí
estuve casi dos años, esperando poder ver a mi hija
mayor. Nunca me la enviaron. Por entonces ya tenía
15 años.
- ¿Quién la mandó a Francia?
- Fidel. Había ido a verme para
pedirme unos fragmentos de unas cartas. También
conversamos sobre mi trabajo entonces y qué me
gustaría hacer. Yo me interesaba por el diseño
textil.
- O sea que sí volvió a verle
una vez más.
- Sí, cuando él quiso que le
copiara unos fragmentos de cartas suyas.
- Ya no había relación… ¿O
había mala relación?
- Ni buena ni mala.
- ¿Le guardaba rencor?
- Nunca fui rencorosa. Dilucidé
con él todas las dudas sobre nuestra relación. Pero
yo no sentía el compromiso por ninguna parte.
- Usted volvió de Francia
porque quiso.
- Por supuesto. Entonces me
asignaron al Centro Nacional de Investigaciones
Científicas, donde trabajé desde el 65 hasta el 73.
Luego pasé a Comercio Exterior, hasta que me jubilé
en 1980. Pero, cansada de tanta vida administrativa,
me ofrecí para trabajar voluntaria en el Ministerio
de Cultura. Estuve ahí hasta el 94. Mi hija menor se
había ido (en huída) en diciembre de 1993, y
entonces se planteó la posibilidad de que mi nieta
se quedara conmigo. Pero yo tenía claro que los
hijos tienen que estar con su madre, y no acepté
aunque me quedara sola. En el 94 sucedió algo que me
molestó. A partir del 73 me invitaban a la
celebración del 26 de julio (conmemoración del
asalto al Moncada). En el 93 me reconocieron como
combatiente del Moncada y como tal fui a los actos.
Y también al año siguiente, pero aquella vez una
persona me dijo que esperase en la presidencia
mientras los otros combatientes aparecían bajando la
escalinata. Pregunté por qué. "Son las
instrucciones, compañera", me respondió. Pero yo
había ido allí para estar con mis compañeros y no
precisamente para sentarme en la presidencia, así
que rompí la invitación ante su mirada y no fui a la
tribuna. Me quedé oyendo el acto, flemáticamente,
por radio.
- Entonces y en general, ¿se
sintió abandonada?
- Sola. Me he sentido muy sola.
Sobre todo por no tener familia.
- ¿Dejada de lado?
- No sé que decirle, porque
tengo tantos compañeros y amigos tan buenos y a
quienes quiero tanto… Oficialmente, sí podría decir
que se me apartó: nunca se me explicó lo del 26 de
julio del 94 ni por qué no me llamaron a trabajar
cuando nacionalizaron la Esso.
- ¿Cómo es su relación con
Raúl?
- Él y toda su familia siempre
fueron muy afectuosos con mi hija, y eso no lo paso
por alto, no lo olvidaré jamás; lo tengo en el
corazón. Los visitaba, la invitaban a pasar unos
días con ellos…
- ¿Y con usted?
- Cuando, dos veces, nos
encontramos, hubo aprecio y alegría de volver a
vernos.
- Su hija le dio un disgusto y
supongo que la relación es difícil.
- Yo quiero mucho a mi hija.
¡Si es lo más inteligente y lo más sensible que hay!
Lo que pasa es que ella se fue muy joven y con
resentimientos. Se sentía muy marginada.
- ¿Y mantienen la comunicación?
- Por correo electrónico.
Buenísima relación: según ha pasado el tiempo, ha
ido creciendo y definiéndose.
- ¿Qué opinión tiene de Fidel
Castro, como hombre al que amó y como líder?
- Es difícil. Fidel comprometió
su vida con un proyecto que siempre ha tenido muy
claro. Nunca engañó a nadie. Me imagino que ha
debido tomar decisiones que quizá dolieran mucho.
Siempre ha sido directo en cuanto a lo que hubiera
que hacer, sin importar Fulano, Mengano o Zutano.
Pero no creo que en Fidel haya maldad o crueldad, de
todo lo han acusado. Lo que sucede es que siempre
puso su proyecto revolucionario muy por encima de su
vida personal.
- ¿Cree que la revolución ha
merecido la pena?
- Absolutamente. Mire qué
camino han ido tomando los otros países de América
Latina.
- Pero este país está en
dificultades.
- Absolutamente también.
- ¿Cree que la revolución
aguanta y sigue adelante.
- Absolutamente. Porque ahora
ya no estamos solos. Y los cubanos somos muy
resistentes.
- ¿No se siente sacrificada por
la Revolución?
- Sacrificada, puede que sí.
Pero no víctima. Siempre he tenido fuerza para
solucionar los problemas y, poco a poco, la relación
con mis hijas y nietos. Mi vida es mucho más de lo
que se ha contado, en pedacitos y siempre sobre lo
mismo. Se ha tergiversado mucho. ¿Quién podría
deducir de lo publicado hasta ahora que yo fuera una
madre buena, una mujer de trabajo, una
revolucionaria sincera.
- ¿No quiso vivir fuera?
- No podría.
- ¿Ve una esperanza de
entendimiento con Estados Unidos?
- Lo que ha dicho Raúl me
parece correcto: hemos esperado cincuenta años y
podemos esperar otros cincuenta.
- ¿Qué cambiaría de su país?
- Se trata más bien de renovar.
Por lo que a mi respecta, lo que necesito es que se
acaben las trabas para que mi nieta (la hija de
Alina, residente en Miami) pueda venir a verme.
- Disculpe una pregunta tan
íntima: ¿Sigue usted enamorada de Fidel?
- Como dije en otra ocasión,
pasé muchos años para quitármelo del corazón y
ponérmelo en la cabeza: lo veo como un ser de
tremenda dimensión…
… al que sigue admirando.
… al que sigo respetando. Y así
será hasta el final de mi vida.
LA
ONDA®
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