Crisis: aun todo el mundo
va en un vuelo a ciegas
Entrevista de Marcelo Cajueiro a J. L. Fiori

- Las primeras medidas de la administración Obama para combatir la crisis económica, sumadas a las iniciativas de la administración Bush, ¿serán suficientes para develar la crisis?

- Creo que es prácticamente imposible responder a su pregunta, en este momento. El Senado americano acaba de aprobar un paquete fiscal de estímulo a la producción y al empleo de cerca de 800 mil millones de dólares, mientras el secretario del tesoro del gobierno Obama, Thimothy Geithner, anunciaba medidas que pueden llegar a los 2 mil millones de dólares para reactivar los mercados de crédito e intentar recuperar el insolvente sistema financiero americano. 

 

Pero no existe ninguna teoría, ni claridad sobre cuándo, dónde y cómo serán gastados estos recursos, ni mucho menos, si su utilización producirá los efectos deseados. Los economistas y las autoridades gubernamentales americanas, y de todo el mundo, están en un vuelo ciego, aún cuando no lo reconozcan, o no puedan reconocerlo. 

 

En medio de esta confusión, creo que sólo existen tres cosas que pueden afirmarse con cierto grado de certeza: la primera, es que haga lo que haga el gobierno americano, será absolutamente decisivo para la evolución de la crisis en todo el mundo; la segunda, es de que, en este momento, todos los gobiernos involucrados están haciendo la misma apuesta y adoptando las mismas estrategias monetarias y fiscales, y aprobando “paquetes” sucesivos (y hasta ahora impotentes) de ayuda a la estabilización y reactivación del sistema financiero, y de estímulo a la producción y al empleo, junto con un aumento generalizado – aunque todavía disfrazado – de las barreras proteccionistas.

 

Y todos los gobiernos se están proponiendo aumentar el rigor de la regulación de sus agentes y mercados financieros, y la tercera cosa que se puede afirmar con toda certeza es que nadie, absolutamente nadie, sabe si estas políticas serán eficaces.

 

- Este nuevo consenso, ¿podría ser considerado una victoria del pensamiento keynesiano, y una retirada definitiva de la ortodoxia monetarista y neoliberal?

- No creo. Nada de lo que está sucediendo tiene que ver con ningún tipo de victoria o derrota teórica. Se trata de una reacción de emergencia y pragmática frente a la amenaza del colapso del poder de los estados y de los bancos y, como consecuencia, de los sistemas de producción y empleo. Fue un cambio de rumbo inesperado e inevitable, que fue impuesto por la fuerza de los hechos, independientemente de la ideología económica de los gobernantes que están aplicando las nuevas políticas y que, en su mayoría, todavía eran ortodoxos y liberales hasta anteayer. Es como si estuviésemos asistiendo a la versión invertida de la famosa frase de la Sra. Thatcher: “there is no alternative”, (no hay alternativa).  Sólo que ahora, desde mi punto de vista, esta nueva convergencia se dio sin mayores discusiones teóricas o ideológicas y sin ningún entusiasmo político, al contrario de lo que sucedió con la “vuelta de tuerca” liberal-conservadora de los años 80/90, que atravesó todos los países y todos los planos de la vida social y económica.

 

La ideología económica liberal no previó y no consigue explicar la crisis que ella provocó, y como consecuencia no tiene nada para decir ni proponer en este momento. Por esto mismo, las ideas ortodoxas y liberales salieron del primer plano, pero no murieron ni desaparecieron, por el contrario, permanecen activas en todos los frentes y trincheras de resistencia a las políticas estatizadoras que están en curso. Una resistencia que ha crecido con el paso de cada hora, dentro y fuera de los Estados Unidos, a pesar de que aún no haya sido debidamente identificada y diagnosticada.

 

- ¿Y los keynesianos?

- Desde mi punto de vista, los keynesianos tampoco tienen una teoría capaz de darse cuenta de la complejidad de esta nueva situación mundial y, por esto, tampoco saben lo que se viene, ni consiguen anticipar si las “políticas keynesianas” que están en curso, alcanzarán los resultados propuestos. Más allá de esto, un gran número considera insuficientes los recursos que han sido desembolsados y critican la forma en que se viene haciendo la limpieza de los activos podridos de los bancos que, en general, es considerada poco osada y poco precisa, además de ser perversa al premiar con recursos públicos al sector financiero responsable por la crisis.

 

 El problema es que, la mayoría de las veces, los keynesianos tienen una enorme dificultad para lidiar con los intereses y las luchas del mundo real.  Y comparten con los liberales una especie de “error inverso”: los liberales creen en la posibilidad y en la eficacia de la eliminación del poder político y del estado del mundo de los mercados; mientras los keynesianos creen en la posibilidad y en la eficacia de la intervención correctiva del estado en el mundo económico.  Pero están siempre imaginando un estado homogéneo y omnipotente, capaz de formular políticas económicas sabias, justas y eficaces, siempre que no sean “perturbadas” por el mundo real. O sea, en última instancia, ortodoxos y keynesianos comparten la misma dificultad de entender e incluir en sus modelos, proyecciones y recomendaciones a las contradicciones y a las luchas políticas propias del mundo económico.

 

- ¿Y qué ve usted cuando observa esta crisis a través de esta “ventana” del poder?

- No hay mucho que se pueda decir sin un estudio más acabado de los intereses y conflictos en curso entre grupos sociales y estados y economías nacionales, en las principales regiones del mundo, cosa que no hice ni encontré aún en los análisis de otros autores. Pero aún así, a vuelo de pájaro, es posible ver que esta crisis involucra intereses y poderes nacionales e internacionales, económicos y políticos, gigantescos y contradictorios.  Por eso mismo, no tiene ninguna solución técnica posible, y desde mi punto de vista tampoco hay ninguna solución política a la vista.

 

Todavía veremos infinitas tentativas y errores y una lucha continua y prolongada en torno a cada una de estas iniciativas. Por lo tanto, todo indica que será una crisis larga y profunda que actuará como un “tsunami darwinista”, liquidando a los más débiles en todos los niveles. Y lo que es más impactante es que esta misma crisis acabará provocando al final una gigantesca transferencia y centralización de riqueza y poder.  Sobre todo por tratarse de una crisis que apareció como corolario de un largo período de 30 años donde también se dio, por otro camino, una enorme concentración y centralización de poder y capital. Finalmente, a la hora de la vuelta del sol, pocos estarán en la playa y, con seguridad, quien estará al frente serán los Estados Unidos. Pero lo que es más sorprendente es que, a pesar de que la crisis no haya sido provocada intencionalmente, también debilitará a aquellos países que estaban ascendiendo en las dos últimas décadas y desafiando – de alguna forma – el orden internacional establecido. Es como si la crisis reubicase a todos los “sublevados” en “su debido lugar”, como acostumbran decir los “dueños del poder”, en todas las latitudes del mundo.

 

- ¿Pero usted cree que todo esto sucederá sin que haya resistencia?

- No, no lo creo. Desde mi punto de vista habrá resistencia y habrá desintegración social aunque ellas no asuman la forma de una resistencia conciente.  Y si la crisis se prolonga por mucho tiempo, deberán multiplicarse las rebeliones y las guerras civiles, sobre todo en las zonas de fractura del sistema mundial. Y no es imposible que algunas de estas rebeliones se replanteen objetivos socialistas.  Pero con seguridad no habrá un cambio del “modo de producción” a escala mundial, ni tampoco una “superación” hegeliana del sistema interestatal capitalista.  Por el contrario, desde mi punto de vista, en este momento de “estrechamiento de oportunidades”, habrá una fuga hacia delante y una intensificación de la carrera imperialista que ya estaba en curso en estos últimos 20 años.

 

- Su visión, ¿no es excesivamente pesimista?

- No creo, creo que es apenas una lectura capitalista del propio capitalismo, con sus luchas de poder y sus contradicciones político-económicas que atraviesan y dan ritmo al movimiento cíclico y expansivo de acumulación y destrucción periódica del propio capital.

 

- Ahora bien, cambiando un poco de asunto, ¿cuáles son sus expectativas con relación a la política externa de los Estados Unidos, bajo la presidencia de Obama?

- Si sólo nos fijamos en las personas y sus discursos, creo que no habría mucho que esperar de nuevo de la política externa del gobierno Obama.  Las figuras centrales que están a cargo de la política externa, como en el caso de la política económica, son conocidas, ya gobernaron durante los ocho años de la administración Clinton que promovió cerca de 48 intervenciones militares alrededor del mundo, contrariamente de lo que se imagina que fue la década del 90.  Por otro lado, los programas de campaña de la Sra. Hillary como del propio Obama, fueron explícitamente intervencionistas y comprometidos con el mantenimiento del poder global de los Estados Unidos.  Porque no hay que olvidar que los Estados Unidos tienen una infraestructura global de poder militar que deben preservar, sea cual sea su gobierno.  Son sus acuerdos militares con cerca de 130 países, son sus 700 bases militares situadas alrededor de todo el mundo y son, finalmente, sus más de medio millón de soldados sirviendo o luchando fuera del territorio americano. 

 

Los Estados Unidos deben enfrentar dificultades y contradicciones crecientes para administrar este poder global, pero no existe la menor posibilidad que los americanos retrocedan y abandonen estas posiciones de poder, por su propia cuenta, con o sin Barak Obama.

 

- Pero entonces, ¿no se debe esperar ninguna diferencia con relación a la era Bush? ¿Y de dónde podrían venir?

- Seguramente habrá cambios y, lo más probable es que ellos vayan creciendo con el tiempo y pragmáticamente.  Pero en este punto es necesario tener en cuenta que los reveces del período Bush aumentaron las divisiones internas y crearon una verdadera fractura expuesta y permanente dentro de la sociedad y de la elite norteamericana.  Desde este punto de vista, la elección y el propio gobierno Obama pueden y deben ser considerados como un momento importante, pero absolutamente inicial o incipiente de un largo proceso de realineación interna de fuerzas e intereses dentro del establishment norteamericano, como ocurrió a comienzos de los años 50 y en la década del 70, después de las Guerras de Corea y de Vietnam.  Son momentos en que se forman nuevas coaliciones de poder y pueden definirse nuevas estrategias internacionales.

 

Pero estos procesos de realineación son lentos, y en este nuevo contexto internacional, dependerán mucho de la evolución de las situaciones de poder, guerra y competencia económica, en los varios tableros geopolíticos alrededor del mundo.  Teniendo en cuenta que muchos de estos conflictos regionales no tienen perspectiva de solución a corto plazo, debido al gran número de intereses involucrados y apoyados por potencias rivales y con capacidad militar de imponer su posición dentro de cada una de estas regiones. 

 

De cualquier manera, no hay duda que, frente a un escenario de tamaña complejidad, fue un gran paso al frente el alejamiento del fanatismo religioso del comando de la política externa americana y su sustitución por un proyecto de experimentación progresivo y realista de soluciones negociadas, siempre que sea posible, con las diversas potencias involucradas en cada uno de estos conflictos más calientes que deberán ir siendo administrados.  Aún sin tener una solución definitiva.

 

- Esta crisis actual, ¿puede representar el fin de la era norteamericana y la inauguración de un nuevo ciclo hegemónico?

- Para responder a tu pregunta, preciso hacer antes una breve digresión teórica.  Yo no leo la historia del sistema mundial como una sucesión de ciclos hegemónicos, una especie de ciclos biológicos de los estados que nacen, crecen, dominan el mundo y después decaen y son sustituidos por un nuevo estado que recorrería el mismo ciclo anterior hasta llegar a su propia hora de decadencia. 

 

Desde mi punto de vista, la mejor analogía para pensar el sistema mundial es como un “universo en expansión” continua, donde todos los estados que luchan por el “poder global” – en particular la potencia líder o hegemónica – constituyen un núcleo inseparable, complementario y competitivo, en permanente estado de preparación para la guerra.  Por eso, son estados que están siempre creando, al mismo tiempo, orden y desorden, expansión y crisis, paz y guerra.  Y las potencias que una vez ocupan la posición de liderazgo, no desaparecen, ni son derrotadas por su “sucesor”. Ellas permanecen y tienden más bien a fundirse con las fuerzas ascendentes creando bloques cada vez más poderosos de poder, como sucedió, por ejemplo, en el caso de Holanda, Gran Bretaña y Estados Unidos, que – en verdad – fueron ensanchando sucesivamente las fronteras del poder anglosajón.  Más allá de esto, en este sistema interestatal capitalista en que vivimos, crisis económicas y guerras no son, necesariamente, un anuncio del “fin” o del “colapso” de los estados y de las economías involucradas. 

 

Por el contrario, en la mayoría de los casos forman parte de un mecanismo esencial de la acumulación del poder y de la riqueza de los estados involucrados dentro del sistema interestatal capitalista.  Ahora bien, desde mi punto de vista, las crisis y guerras que están en curso en este inicio del siglo XXI, todavía forman parte de una transformación estructural, de largo plazo, que comenzó en la década de 1970 y que apunta, en este momento, hacia un aumento de la “presión competitiva” mundial y hacia una nueva “explosión expansiva” del sistema mundial – como la que ocurrió en los largos siglos XVI y XIX – que contará con un papel decisivo del poder americano.

 

- ¿Pero no fue exactamente en la década del 70 que se comenzó a hablar de una “crisis de la hegemonía americana”?

- Exactamente, fue en la década del 70 que se comenzó a hablar de la crisis de la hegemonía del poder americano y del inicio del fin de la “era americana”.  Y, sin embargo, la respuesta que los Estados Unidos dieron a su propia crisis tuvo un papel decisivo en la transformación del largo plazo de la economía y de la política mundial.  Basta decir que fueron estos cambios liderados por los Estados Unidos que trajeron de vuelta al sistema mundial, después de 1991, a las dos viejas potencias del siglo XIX, Alemania y Rusia, además de traer hacia dentro del sistema a China, a India y a casi todos los principales competidores de los Estados Unidos, de este comienzo de siglo.  La crisis de liderazgo de los Estados Unidos, después de 2003, sirvió apenas para dar una mayor visibilidad a este proceso que ya estaba en curso, con nuevas y viejas potencias regionales actuando de forma cada vez más “independiente”, en la defensa de sus intereses nacionales y en la reivindicación de sus “zonas de influencia”.

 

- ¿Usted aún cree entonces que los Estados Unidos están creando sus propios sepultureros?

- En parte apenas, porque de hecho, la política expansiva de los Estados Unidos, desde 1970, activó y profundizó las contradicciones del sistema mundial, derribó instituciones y reglas, hizo guerras y acabó fortaleciendo los estados y las economías que hoy están disputando con los Estados Unidos, las supremacías regionales, alrededor del mundo.  Pero al mismo tiempo, y es esto que a veces se olvida por parte de los teóricos de los ciclos hegemónicos, estas mismas competencias y guerras, cumplieron y siguen cumpliendo un papel decisivo en la reproducción y en la acumulación del poder y del capital norteamericano, que también necesita mantenerse en estado de acumulación permanente, sirviéndose de esta competencia, de estas guerras y de estas crisis, para reproducir su posición, en la cúspide de la jerarquía mundial.

 

- ¿Usted cree que la actual crisis económica afectará la centralidad del dólar como moneda de referencia internacional?

- No creo que el papel internacional de dólar sea afectado o alterado como consecuencia de esta crisis.  Basta observar la llamada “fuga hacia el dólar” que se aceleró después de septiembre de 2008, como respuesta a la crisis financiera americana. Este proceso parece ininteligible mientras no se entienda el funcionamiento del sistema monetario internacional que mi colega Franklin Serrano denominó – hace ya algunos años – sistema de “dólar flexible”.  Desde la década de 1970, los Estados Unidos se transformaron en el “mercado financiero del mundo” y su Banco Central (FED), pasó a emitir una moneda nacional de circulación internacional, sin respaldo metálico, administrada a través de las tasas de interés del propio FED, y de los títulos emitidos por el Tesoro americano, que actúan en todo el mundo, como respaldo del sistema “dólar flexible”.  Por eso, como dice Serrano, la casi totalidad de los pasivos externos americanos es denominada en dólares y prácticamente todas las importaciones de bienes y servicios de los Estados Unidos son pagadas exclusivamente en dólares, configurando un caso único en que un país deudor determina la tasa de intereses de su propia “deuda externa”. 

 

Una magia poderosa y un circuito imbatible, porque se sustenta en el poder político y económico norteamericano.  Ahora mismo, por ejemplo, para enfrentar la crisis, el Tesoro americano emitirá nuevos títulos, pero estos títulos serán comprados por los gobiernos e inversores de todo el mundo, porque siguen siendo una aplicación segura para todo el mundo e, inclusive, China, como dice el influyente economista Yuan Gangming, al garantizar que “es bueno para China invertir mucho en los Estados Unidos, porque no hay muchas otras opciones para sus reservas internacionales de casi U$S 2 trillones, y las economías de China y de Estados Unidos son interdependientes”.

 

- Después de la polarización EE.UU/URSS y de la dominación aislada de los Estados Unidos, ¿qué se viene ahora?  ¿Podrá China ocupar el vacío de poder dejado por un Estados Unidos económicamente debilitado?

- Como ya dije, a pesar de la violencia de esta crisis financiera y de sus efectos en cadena sobre la economía mundial, no deberá haber una “sucesión china” en el liderazgo político y militar del sistema mundial. Por el contrario, del punto de vista estrictamente económico, lo más probable es que se de una profundización de la fusión financiera en curso desde la década del 90, entre China y los Estados Unidos. Asimismo, del punto de vista geopolítico, creo que a lo que asistiremos en las próximas décadas, será a una competencia intensa dentro de un “núcleo central” del Sistema Mundial constituido por los Estados Unidos, China y Rusia. Rusia, gracias a sus reservas energéticas, a su arsenal atómico y al tamaño de sus pérdidas territoriales y poblacionales después de 1991. De ser así, se estará constituyendo un nuevo “núcleo central” del sistema mundial compuesto por tres “estados continentales”, que detentan aisladamente un cuarto de la superficie de la tierra y más de un tercio de la población mundial.

 

En esta nueva “geopolítica de las naciones”, la Unión Europea tendrá un papel secundario, al lado de los Estados Unidos, mientras no disponga de un poder unificado, con capacidad de iniciativa estratégica autónoma. 

 

E India, Irán, Brasil y África del Sur deberán aumentar su poder regional, en escalas diferentes, pero no serán poderes globales, todavía por mucho tiempo. Pero es muy difícil de prever los caminos del futuro, después de la era imperialista en que estamos inmersos.

 

Fuente: Corecon

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

LA ONDA® DIGITAL

© Copyright 
Revista
LA ONDA digital