La nece(si)dad del caudillo
- de la distribución del poder
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

“Cuando se quiere estudiar a los hombres, es necesario mirar acerca de sí;

pero para estudiar al hombre, hay que aprender a llevar la vista a lo lejos;

hay que observar primero la diferencia, para descubrir luego las propiedades.”

Jean-Jacques Rousseau[i]

 

La máscara, su fuente y su influjo.

Un tótem basa su poder no en su propia esencia – la materia muerta – sino en la que le confiere quien frente a él se hinca y al postrarse le confiere significación superior, transfiriéndole sus anhelos y, a la vez, renunciando a su responsabilidad ante los avatares del diario vivir.

 

Ahora bien, si recurrimos al referente principal en la etimología de lengua hispánica, el celebrado Joan Corominas, veremos que en contraposición a esto – el tótem, vocablo presente en la lengua norteamericana, de la familia algonquina, allá por el año 1770, aproximadamente, el muy latino “caudillo”, se utilizaba como tal desde un poco antes del siglo XIV, si bien proviene del latín capittelum (cabecilla) – antes cabdiello, hacia 1220-1250 -, diminutivo de caput, capitis (cabeza). Derivado de esto, se sucede el verbo acaudillar, ya presente en el siglo XIII.

 

A poco de pensarlo, advertimos que la aparente contradicción entre un vulgar trozo de madera y un ser humano al que se le confiere el status de caudillo, no es tal, una vez que ambos, lo inerte y lo animado, se hacen con lo que el otro les da: poder.

 

El tótem, que no pocas veces se le representa como la suma de varias cabezas, con distintos semblantes, y el caudillo que, en su cabeza, suma la de aquellos que, al igual que para con el tótem, delegan su albedrío al caudillo para que éste, instituido como supremo, líder o mero cabecilla, opere en consecuencia, mandando sobre los otros en base a la sumatoria del poder que todos ellos fueron delegándole, fuera por acción o por omisión.

 

Ciertamente se dirá y no desprovisto de razón, que hay un componente “carismático” en la personalidad del caudillo, y es verdad, lo hay. Pero, ¿qué es o qué trae consigo el ser carismático y el carisma en sí?

 

Carisma

Otra analogía entre el tótem y el caudillo es, según creo entender, su vacío existencial y la necesidad, esta vez total y sin ambivalencia, de “tomar” de los otros algo que logre – que no lo logra, convengamos - calmar esa sed de contención que, ante la imposibilidad de permitirse ser él mismo, signa lastimosamente a aquel.

 

Como dice, a este respecto, el antropólogo norteamericano Charles Lindholm: “(…) El líder carismático debe buscar espectadores en su afán de combatir su vacío interior, debe inflamarlos con su fervor, y arrastrarlos a su mundo imaginario de poder absoluto. Puede lograrlo precisamente a causa de la herida de la cual procura escapar: la fluidez e inestabilidad de su identidad personal, la cual le permite discernir empáticamente las motivaciones ajenas.”  Y agrega, respecto de otra característica presente, o inherente, al caudillo: “Como señala Heinz Kohut, “las figuras narcisistas de liderazgo… experimentan el entorno social como parte de sí mismas”. En consecuencia pueden “descubrir…motivaciones pequeñas o latentes de otros” que se corresponden con la profunda necesidad de poder y expansión narcisista del propio líder. Esta inquietante habilidad para detectar matices del deseo narcisista en los demás es utilizada para impulsar al público a fusionarse con sus fantasías. “Por así decirlo, los derrite para integrarlos a su personalidad y somete a las personas y sus actos a su control como si fueran sus extremidades, sus pensamientos y sus actos” (Kohut, 1985).”[i]

 

Tenemos, pues, más elementos para ir viendo qué trae consigo la máscara del caudillo, bien como qué impele a los otros a darle a aquel, poder y determinación sobre sus vidas.

 

El componente narcisista del caudillo, lo lleva a tomar del otro aquello que más le sirve, bien como a alejarse de éste toda vez que sienta amenazada su frágil estructura psíquica al estar, por su propia condena, imposibilitado de compartir no ya afectos sino la mera confianza que un mortal suele depositar en un amigo, ese ser ajeno a la comprensión y asimilación del tótem-líder.

 

Darse al otro y dejarse permear por el otro, entonces, son modos impensables para un ser que, paulatinamente, desde su posición totémica, se va alejando de su carácter de persona, hundiéndose más y más en la gélida condición de individuo oculto –o encapsulado- tras, o en, su máscara-fetiche.

 

Narcisismo

En este sentido, pues, es dable recordar lo que afirma el psicoanalista argentino Luis Hornstein, a este respecto: “(…) El yo está conformado por las representaciones de sí y también por sus posesiones que comprenden tanto las relaciones de objeto como sus realizaciones. De sus realizaciones, las más destacadas son las que responden a las demandas del ideal. El yo necesita el amor del yo: el yo producto del narcisismo es el gran reservorio libidinal. La autoconservación es sostenida por el narcisismo; complemento libidinoso del egoísmo. El narcisista, como dijimos, se aleja de los otros o se aferra a los otros. Se aleja cuando siente que amenazan su frágil equilibrio. Se aferra cuando su sed de objeto sólo se sacia en presencia de aquel a quien le toca la función de reflejar al sujeto. Su ausencia torna borrosa tanto la representación de sí como la del otro. En sus encuentros y logros dos interrogantes resuenan: ¿Quién soy yo? y ¿Cuánto valgo?[ii]

 

Ciudadano: ¿Individuo o persona?

De nada vale el focalizar la lente exclusivamente sobre el caudillo, tótem o máscara, si no nos avenimos a mirarnos a nosotros mismos, a cada uno y a los demás como comunidad.

 

Es preciso destacar, en este sentido que, si de comunidad hablamos, el caudillo es antes que la causa, el efecto del problema que esta misma sociedad tiene en sí, toda vez que  una y otra vez, cíclica pero permanentemente retorna en busca de un “salvador”.

 

Y al decir sociedad, comunidad, todo comienza por una sola entidad, un solo ser, y así sucesivamente se suma en el mismo tiempo, el otro y los otros: la disyuntiva entre ser un individuo y permitirse ser una persona.

 

El primero, el átomo, es anecdótico de lo común y aleatorio de lo central: la vida en comunidad, toda vez que opta a sabiendas o por reflejo, por vivir aisladamente, acríticamente (imposible no recordar al  pater familia y su proceder).

 

Y en esta decisión, porque es una determinación del ser humano, no es lo esencial la formación intelectual del individuo, si bien claro está que el tenerla alienta una mayor autonomía crítica, sino que está, el centro de la cuestión, en si el ser humano se permite conocerse a sí mismo y así, dolorosa pero auguralmente, deviene en persona, esto es, en un ser que dejando atrás la condición de individuo, asume de su libre y espontánea voluntad, la responsabilidad por los asuntos de su lugar, de su circunstancia de vida.

 

El hombre masa de Ortega y Gasset, no está en los cinturones de la ciudad sino que está donde el hombre o la mujer no se permitieron ser, en su conciencia o en la ausencia de ésta, mejor dicho.

 

Convengamos que si el ser humano vivió una “era de la conciencia” durante el siglo XVII, luego emergió a la “era de la crítica”, en el siglo XVIII y XIX, dejando lastrar la hediondez de lo no asumido, de lo no asimilado - y en esto importa traer a colación el tercer vértice del tríptico libertario de la Revolución Francesa, la fraternidad -, al no haber sabido “abrir” la Razón, a la inefable dimensión de lo sensible, a las cumbres que sólo el despliegue del amor, en este caso del amor fraterno, la entrega de sí, el ir en busca de ese otro diferente, incluso o sobre todo del desconocido.

 

Las patologías de la razón son su lado oscuro cuando están desprovistas del sentir, como por contraposición el dogma es la oscuridad misma que se mueve como las amebas.

 

Entonces, volviendo a lo aquí tratado, el caudillo es el reflejo de su sociedad y ésta es la poseedora del problema central: su ausencia de madurez para encarar, cada uno en sí, y junto al otro, los asuntos de su propia y personal vida, conjugados con los de los otros, con quienes conforman una comunidad, una sociedad, una nación, en definitiva.

 

Así y todo, el caudillo tiene responsabilidad y todo aquel que pretenda concursar para serlo debe saber que siempre y en todo lugar hay y habrá mujeres y hombres que verán más allá y más adentro que su pobre ser y su peor máscara pretenden mostrar.

 

Discriminación y categorización

Pero ya que hablamos de ciudadanos, preguntémonos ya mismo a quiénes nos estamos refiriendo. ¿A todos los registrados o a aquellos que “en verdad” lo son? ¿No estaremos desde ya partiendo de una discriminación para quedarnos con una “porción” de la comunidad a la que sí es válido denominar ciudadanía?

 

No hay peor discriminación que la sorda, la larvada, la que parte desde la actitud, prescindiendo de la “necesidad” de hacerla elocuente.

 

Pongamos un caso: si un Estado tiene en curso un plan de acción, que pueda tildarse o no de asistencialista, para con un sector, el más postergado de la sociedad, ¿no es común escuchar en los corrillos sobre “aquellos atorrantes a los que se les paga por no trabajar”?

 

Acaso, y este es un ejemplo típico del Uruguay a comienzos del siglo XXI, no advertimos un primer e innegable síntoma discriminatorio –reflejo de una no asumida condición democrática- cuando tantos y tantas manifiestan con desdén que “esos” tengan “teléfonos celulares que los pagamos nosotros que trabajamos”?

 

Es de este detritus comunitario que se alimenta la criatura que en breve será caudillo, tótem aupado por una sarta de “correctos” ciudadanos, “cansados” de que “nunca se haga nada”.

 

Los ciudadanos siervos

Hay quienes, también, como el catalán Juan Ramón Capella, le confieren carácter totémico no ya al caudillo de carne y hueso, sino al propio Estado o a la ausencia de acción, por delegación de poder a otros sectores, nacionales o transnacionales.

 

Y conviene, naturalmente, siquiera dar una mirada a lo mucho y bueno que la reflexión de Capella trae a la cuestión. Dice, por ejemplo, lo siguiente: “(…) Los ciudadanos-siervos son los sujetos de los derechos sin poder. De la delegación en el Estado y en el mercado. De la privatización individualista. Los ciudadanos se han doblado en siervos al haber disuelto su poder, al confiar sólo al Estado la tutela de sus «derechos», al tolerar una democratización falsa e insuficiente que no impide al poder político privado modelar la «voluntad estatal», que facilita el crecimiento, supraestatal y extraestatal, de este poder privado.” Para agregar Capella, seguidamente, algo tan crítico como digno de ser discutido a lo ancho y a lo largo de cada comunidad: “Y los seres humanos han quedado dotados de «ciudadanía» ante el Estado cuando no es ya el Estado un soberano: cuando cristaliza otro poder, superior y distinto, supraestatal e internacional, esencialmente antidemocrático, que persigue violentamente sus fines particulares.”[iii]

 

Se trata, pues, así creemos entenderlo, de asumir responsabilidades para lo cual la toma de conciencia es tan imperiosa como el primero de los deberes de un ser humano: conocerse a sí mismo. Y nada mejor que hacerlo, no en la ermita, sino en la arena pública, en comunidad en un Yo para un Tú, parafraseando al maestro de vida Martin Buber.

 

La naturaleza del poder

Suele decirse que un individuo posee poder siendo referente en una distribución de conocimiento. A lo que podríamos agregar que, una persona posee poder no sólo por ser un referente en una distribución de poder sino por permitir que otros individuos de su comunidad accedan a ese conocimiento y así, junto con otras acciones que refieren a los niveles de acceso a una vida digna, pasen a ser personas corresponsables de los destinos de su comunidad.

 

Asimismo, la forma y los modos de la distribución de conocimiento darán por resultado la emergencia de líderes o de instituciones que al acceder al mismo, puedan brindar más y mejores servicios al entramado mismo de la sociedad.

 

Cuando la distribución del conocimiento se hace sesgada, en forma de embudo pasando todo lo de mayor entidad por un solo conducto –el caudillo- tenemos una sociedad fracturada que comienza a vivir una democracia como puesta en escena pero ya no, cada vez menos, como modo cotidiano y crítico de vivir la vida de sus gentes.

 

El escocés Barry Barnes, lo dice, a mi modesto entender, en inmejorable forma: “(…) El poder sigue existiendo como un aspecto de una distribución general y estable del conocimiento, y no se trata sólo de que siga siendo ejercitable sobre individuos calculadores y reflexivamente conscientes, sino de que sigue siendo ejercitable sólo porque esos mismos individuos son calculadores y reflexivamente conscientes. Su conciencia reflexiva, su naturaleza básica como agentes humanos libres, es la responsable de su condición desesperada como una máquina humana explotada. El contexto de la reflexión y el cálculo es tal que la acción, aun siendo genuina acción humana, queda sujeta con efectividad a la discreción de otro.”[iv]

 

Y es de ésta discreción de otro, de la que debemos precavernos, al mantener una conciencia crítica activa y una acción social donde derramar la reflexión que aquella promueve en el ser humano libre.

 

Sobre la desobediencia

Y junto a una conciencia crítica va la acción de una persona libre y determinada no sólo a seguir siéndolo sino y al mismo tiempo a promover tales conductas en otros seres humanos.

 

El ejercicio mismo del libre albedrío trae consigo una suerte de irreverencia ante el poder, toda vez que, desde un obrar directo y democráticamente considerado, opere en aras de una mejora sustantiva en las condiciones de vida digna para sí y los otros.

 

O, como lo dice el inefable maestro de vida Erich Fromm, al recordar a Bertrand Russell: “(…) Entre las ideas que Russell encarna en su vida, quizá la primera que se debe mencionar es el derecho y el deber del hombre de desobedecer. Al hablar de desobediencia no me refiero a la del “rebelde sin causa”, que desobedece porque no tiene otro compromiso con la vida que el de decir “no”. Esta clase de desobediencia rebelde es tan ciega e impotente como su opuesto, la obediencia conformista que es incapaz de decir “no”. Estoy hablando del hombre que puede decir “no” porque puede afirmar, que puede desobedecer precisamente porque puede obedecer a su conciencia y a los principios que ha elegido; estoy hablando del revolucionario, no del rebelde.”[v]

 

Y este ser revolucionario, antes que ir en pos de armas de fuego, infiere el tomar las armas de la Razón pero, como antes dije, de una Razón Sensible a la que se le suma, desde una conciencia crítica activa, la responsabilidad de ser y de ver que otros puedan ser, también y en el mismo grado, libres y responsables, humanamente, dignamente.

 

Decía el entrañable filósofo francés Maurice Merleau-Ponty, haciendo gala de su magisterio del pensar, que un filósofo es un hombre, como una mujer, que despierta y habla.

 

Si de despertar se trata, convengamos, encontraremos que el motivo de esta reflexión, el caudillo y su supuesta máscara totémica, despierta cuando una conciencia consiente en estar apagada. Y un caudillo pasa a ser lo que debe ser en una sociedad libre, un sujeto de derecho a secas, cuando las gentes aprenden a despertar a la conciencia y asumen lo que están llamadas a ser: personas.

 

La lucha, ayer, hoy y siempre, será por la extensión de la igualdad en dignidad, para la vida de más y más seres humanos. El enemigo: el oscurantismo, su herramienta: el caudillo, la usina donde se piensa en oscuro: una clase dominante esclerosada que no sabe abrir esclusas para que la distribución del conocimiento se extienda a las tierras bajas y así germine en tierra fértil.

 

La tarea del hombre y de la mujer común estriba, según creo entender, pues, en despertar a la conciencia y cuestionar cuestionándose. Inquirir, aquí y allá, hoy y mañana también, por respuestas con sentido y con sustancia.

 

Y a quienes tenemos por faena la del pensar, no sumarnos, jamás, sea de donde sea, al poder establecido y a los vapores, por cierto que seductores, que de allí provienen. Recordar siempre que estar al descampado, si bien puede no ser del todo agradable, a la postre es, ciertamente, dador de vida buena.

 

Quienes tenemos por faena el pensar y por tarea el inquirir, recordar que las palabras, como dijera la filósofa Hannah Arendt, jamás, pero jamás, deben ser utilizadas como clichés y sí que cuando levantemos una sola letra de una palabra por nosotros escrita, emerja en su lugar una luz tan diáfana como la claridad que emana del sentido de tomar conciencia ante las cosas y antes los seres humanos.

 

Pobre de nosotros, obreros del pensar, si comenzamos a decir, por ejemplo, que fulano es el único que levanta unanimidades o que zutano es increíble cómo gobierna “por control remoto”.

 

Podremos perder, cada quien en su esfera de acción, muchas cosas pero nunca, estimo, debemos perder la vergüenza. Eso sí que sería estar desnudos y pasibles de caer en cualquier momento postrados ante el líder, esa pobre máscara que nosotros, no sin bajar nuestra cabeza y nuestra conciencia, servilmente le obsequiamos.

 

[i] Lindholm, Charles, “Carisma”, Gedisa editorial, Barcelona, año 2001, Pág. 94.

[ii] Hornstein, Luis, “Narcisismo – Autoestima, identidad, alteridad”, Paidós, Buenos Aires, año 2002, Págs. 74 y 75.

[iii] Capella, Juan Ramón, “Los ciudadanos siervos”, Editorial Trotta, Madrid, año 1993, Págs. 151 y 152.

[iv]  Barnes, Barry, “La naturaleza del poder”, Edicines Pomares-Corredor, Barcelona, año 1990, Pág. 136 y 137.

[v] Fromm, Erich, “Sobre la desobediencia y otros ensayos”, Editorial Paidós, Buenos Aires, año 1989, Págs. 50 y 51. [v] Jean-Jacques Rousseau, “Ensayo sobre el origen de las lenguas”, FCE, México, año 1984, Pág. 38.

[v] Lindholm, Charles, “Carisma”, Gedisa editorial, Barcelona, año 2001, Pág. 94.

[v] Hornstein, Luis, “Narcisismo – Autoestima, identidad, alteridad”, Paidós, Buenos Aires, año 2002, Págs. 74 y 75.

[v] Capella, Juan Ramón, “Los ciudadanos siervos”, Editorial Trotta, Madrid, año 1993, Págs. 151 y 152.

[v]  Barnes, Barry, “La naturaleza del poder”, Edicines Pomares-Corredor, Barcelona, año 1990, Pág. 136 y 137.

[v] Fromm, Erich, “Sobre la desobediencia y otros ensayos”, Editorial Paidós, Buenos Aires, año 1989, Págs. 50 y 51.

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