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El mercado de diversión y
la literatura de conversión
por Jorge Majfud - PhD
Aceptemos la razón de que la
literatura debe entretener. Pero ésta no es una
razón suficiente, ni siquiera necesaria. Si esa
fuese la función de la literatura —o de las
literaturas —, ¿qué valor la diferenciaría de la
lectura de Playboy o de la revista Caras? ¿No es,
acaso, muy divertido hurgar en las infidelidades de
la princesa de Mona Co., en las extravagantes
costumbres del actor mejor pagado de Hollywood o del
Sol de México? ¿No es divertido enterarse cómo los
semidioses tienen problemas igual que nosotros? No
solo es divertido, cada tanto uno se puede hacer con
algún pensamiento profundo, al estilo Luis Miguel:
"no es cierto que vivo en un palacio; me duelen las
cosas malas que pasan en el mundo y celebro las
cosas buenas que hay en el mundo".
Aceptemos la razón de que la
literatura es emoción. Pero ¿qué valor la
diferenciaría de un sueño cualquiera? ¿Por qué los
libros de filosofía deben pensar y las novelas deben
sentir? ¿No es este fenómeno otra dislocación, otra
alineación típica de la Era Moderna que separó ética
de estética, política de religión, arte de ciencia,
hechos de ficción, verdad de imaginación, individuo
de sociedad, hombre de naturaleza?
Aceptemos la razón de que la
literatura es la expresión subjetiva del individuo
contra la objetividad de la razón. Pero si fuese
solo eso ¿qué valor la diferenciaría de la guía
telefónica? También la guía telefónica de nuestro
pueblo está llena de personajes, unos reales, otros
ficticios, unos amados y otros insoportables,
calles, nombres y números que representan muchas
emociones para cada uno de nosotros. Sin embargo no
nos referimos a la guía telefónica cuando hablamos
de literatura.
Claro, alguien dirá que la
concepción que estamos a punto de proponer considera
a la literatura como algo por lo menos sagrado, un
castillo en las nubes desde el cual se puede ver la
realidad, una trinchera política donde se puede
sufrirla. Y sí. Si este fuese un ensayo teológico
comenzaría diciendo que la literatura es el medio
que los dioses más importantes han elegido como
medio de expresión a lo largo de la historia. Para
liberar y para oprimir.
En el siglo XX hubo muchos
intentos de usar la televisión para el mismo
propósito pero con tan pobres resultados que tarde o
temprano terminaban recurriendo a la palabra, a la
literatura. A mala literatura, pero a literatura al
fin. Sin embargo no se trata de un ensayo teológico
sino apenas un bosquejo sobre el valor de la
literatura más allá de las distintas etapas de la
historia y, sobre todo, más allá de los distintos
usos y los mismos lugares que el mercado le ha
asignado (ahora, muy sugestivamente se dice
"nichos"; no capillas, ni bastiones, ni estante, ni
vitrina, ni puestos de feria sino "nichos").
Así como a los pueblos
colonizados se les ha dado desde siempre la libertad
de hacer lo que quieran dentro de unos limites
específicos, es decir, se le ha dado libertades de
guetos, de quilombos y de reservas, también ha
habido una cruzada contra la literatura que cae mas
allá de los limites del gueto ideológico del
mercado, del consumismo y de la diversión, todos
ejercicios de consolación, de domesticación y de
obediencia social, no pocas veces en nombre de la
rebeldía y la liberación. Porque si hay un recurso
efectivo para la mansedumbre y la neutralización del
oprimido es hacerle creer que es un rebelde. Un
rebelde de gueto. Y de ahí la literatura de la
complacencia.
Toda ficción, por fantástica
que sea o pretenda ser, forma parte del mundo real,
desde el momento en que, en lo más profundo, habla
más de la realidad general del presente y la
historia que de la fantasía particular de su autor.
¿De qué hablan inocentes fantasías llamadas Tarzán
de los monos o King Kong sino de los valores
racistas e imperialistas del mundo anglosajón de
principios del siglo XX? Estas ficciones reproducen
y confirman una realidad negándola con la máscara de
la supuesta libertad creadora de su autor y, sobre
todo, de la inocencia de la diversión. Por ello son
etiquetadas como "historias fantásticas". Otras
ficciones, por el contrario, tienen la voluntad de
mirar esa realidad a través de la no menos realista
perspectiva de la ficción. ¿Qué son La metamorfosis
de Kafka o Modern Times de Chaplin —una a través de
la angustia y la otra a través del humor— sino dos
agudísimas miradas sobre sus propios tiempos?
También así el periodismo de
las grandes casas más tiene de ficción que narra la
voz del poder internacional que de objetividad de
una realidad concreta e independiente de ese poder.
Y así como también hay un espacio —siempre
minoritario, a veces microscópico— para el
periodismo de denuncia y la crítica radical, también
ha de haber un lugar para una literatura que no se
conforme con la complacencia y la diversión.
Pero nuestra cultura del
consumismo ha hecho de "la plena satisfacción del
consumidor por un buen producto" un valor moral, ya
sea cuando se trata de elegir presidentes,
literatura, guerras lejanas, dietas, informativos,
religiones o destapadores de botellas. Por si fuera
poco, parte del consumo incluye la idea de la plena
libertad del consumidor. Cuando el consumidor no
queda complacido, tiene el derecho de cambiar de
canal o de devolver el producto —excepto si son
presidentes— y exigir el retorno del dinero.
Una vez alguien escribió un
artículo exaltando la superioridad del sistema
socialista sobre el capitalista en la producción
industrial. Ernesto Che Guevara le contestó que los
argumentos carecían de fundamento objetivo, que el
propósito del Hombre Nuevo no consistía en competir
en esa área de la pura producción de bienes
materiales y que, sobre todo, no había que confundir
deseo con realidad. Podemos observar que esta idea
—hay un mundo real y otro ficticio— es cierta para
los débiles. Cuando los débiles confunden deseo con
realidad son derrotados. Cuando los fuertes
confunden deseo con realidad la realidad es
derrotada. De igual forma, la idea de que la
historia es una narración basada en hechos y la
ficción carece de ese fundamento, se comete una
doble imprecisión. Primero, porque gran parte de la
historia se basa en ficciones que proceden del
poder; tanto la realidad como las percepciones sobre
la realidad en gran medida son sus propias
creaciones. Segundo, porque toda ficción basa su
fenómeno en una realidad concreta, sea una realidad
económica o una realidad virtual creada por el poder
que deriva de esa economía o —en una visión no
marxista, si se quiere—, una realidad creada por una
tradición espiritual establecida en un momento
critico de la historia, como puede serlo un libro
sagrado, una constitución mítica como la de Estados
Unidos o una variada plétora de mitos fundadores.
La literatura no escapa a nada
de eso. Es ficción que forma parte de una realidad
y, quiera o no, la expresa y la modifica. ¿Qué es El
Quijote sino una parodia de una tradición literaria
moribunda —la literatura de caballería— que expresa
mejor que cualquier libro de historia la realidad de
su época? Y como los seres humanos cambiamos,
pensamos diferente, vemos el mundo de diversas
formas y aun así somos los mismos seres humanos, más
allá de las culturas y de los periodos de la
historia, resulta casi inevitable que una obra como
El Quijote, que haya ido tan lejos en la expresión
de la razón y la locura humana, hable también de
hombres y mujeres que no vivieron en su tiempo. Sí,
El Quijote, a diferencia de otras novelas que han
resistido la erosión de la historia, fue un éxito de
ventas. Pero a diferencia de muchos otros éxitos de
ventas de la época solo El Quijote es El Quijote.
Porque hay algo más que pura diversión. Algo más.
Ese algo más no puede ser formulado en las oficinas
de marketing; ni siquiera es agotado por los mejores
críticos. Y la historia paga ese algo más rescatando
de vez en cuando una obra, más tarde o más temprano,
del olvido.
De acuerdo, tampoco tenemos
derecho nosotros a levantar a un obrero deslomado de
un sillón confortable para decirle que esa película
de acción, esa revista de Caras, esa novela con su
happy ending, son instrumentos ideológicos,
analgésicos que lo ayudan a olvidar su propia
realidad, en lugar de exigirle recordar quién es y
dónde está. No, dejen a ese pobre hombre, a esa
pobre mujer que descanse. Pero no que descase en
paz.
Un derecho similar tienen
aquellos que reaccionan contra el prostíbulo que
estratégicamente se llama "válvula de escape". ¿Por
qué los escritores deberían ser meros consoladores,
renunciando al más noble compromiso de incomodar con
interrogantes radicales? ¿Es divertida la televisión
que consume el pueblo? Aparentemente sí, de otra
forma programas tan vacíos sobre la farándula no
tendrían tanta audiencia. Esta excitación es el
mayor anestésico colectivo. Como un músculo que se
lo golpea varias veces para insensibilizarlo antes
de vacunar la carne. ¿Qué ese gusto no es un
producto biológico sino un gusto creado por la
industria de la diversión? Sí. ¿Que ese producto
inocente es lo menos inocente que existe en el
mundo, como una dulce droga cuyos efectos son
ocultos por la misma droga? También.
Al menos
que por algún camino y en algún momento se haya
perdido la inocencia. Entonces ya no basta el
bombardeo de símbolos a los que diariamente es
expuesta una población entera para volver a la época
de la inocencia. Y es en esta ruptura, en esa
perdida de la inocencia que la crítica radical tiene
un rol decisivo.
Jorge
Majfud: Lincoln University
LA
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