Sudamérica en clave geopolítica
II – Algunas precisiones teóricas
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Suele decirse que el espacio no es un objeto estable de reflexión, en tanto se deriva del punto de vista particular que unos y otros poseen sobre qué y cómo es el universo que les rodea.

 

Más aun: el espacio es vivido unitariamente con el tiempo, como nos advierte el filólogo suizo Paul Zumthor, en su gran obra “La medida del mundo”, en tanto que – agrega -, las categorías propias de uno sirven para traducir las categorías del otro: hacia delante quiere decir futuro, detrás de nosotros nos remite a nuestro pasado, y así con todo lo demás.[i]

 

Ahora bien, como lo que queremos es comprender nuestro propio sistema histórico, Sudamérica, es preciso indagar respecto de lo que en teoría comprende a los mismos. Esto es, cómo se da y en qué modos, una relación aparentemente contradictoria entre un sistema – la estructura- y el devenir del tiempo –lo histórico.

 

Consciente de la contradicción original entre sus términos, sabemos que un sistema histórico es, tomando prestadas las palabras de Immanuel Wallerstein, algo que está en constante cambio en cuanto a su dirección pero que también en esencia es lo mismo, al menos de manera provisional.

 

Wallerstein añade que en el nivel intelectual la cuestión consiste en distinguir ritmos cíclicos, tendencias seculares y crisis que son transiciones y, por lo tanto, rupturas. Advierte, también, que la ideología social dominante de nuestro sistema-mundo actual implica dar prioridad moral a lo que es nuevo. Y puesto que el mundo cambia constantemente, alega, siempre es muy sencillo descubrir y analizar lo novedoso; de hecho es mucho más difícil descubrir lo que “en esencia” no cambia.[ii]

 

Por lo tanto, advertir lo que no cambia en nuestro sistema histórico es un primer paso en la búsqueda de sentido para el desarrollo de este trabajo que a todos nos comprende.

 

Y si pensar se debe desde nuestra circunstancias, es decir, con nuestros modos de ser y de estar, bueno será lo hagamos en la vasta comprensión de las gentes y culturas que pueblan y dan vida a nuestra Sudamérica.

 

Pensar, pues, desde el lugar, haciéndolo con la mirada extendida hacia el horizonte y sintiendo debajo de nuestros pies el latir de la tierra americana, esa que produce aromas que nos trasportan hacia el pasado en busca de una mejor comprensión de nuestro presente para así y desde el aquí y el ahora de nuestros días proyectar el porvenir.

 

Y si tomamos como unidad de análisis para estudiar nuestro sistema histórico, las acciones que se llevan a cabo, en el universo de proyectos que comprende a la IIRSA, en materia de transportes, energía y comunicaciones es porque, desde la conformación de este TiempoEspacio hemos estado escandalosamente incomunicados.

 

Si nos ceñimos al proceso reflexivo teórico que pregona el sociólogo Wallerstein, no sin un hilo conductor con su maestro Fernand Braudel -, podremos advertir que se trata de un modo hábil de estudiar nuestra región.

 

Al ser enteramente conscientes de lo repetitivo y cíclico en nuestra geohistoria: nuestra pasmosa incomunicación, comprenderemos cuánto y en qué medida esta multiplicidad de megaproyectos en tres áreas tan sensibles como la comunicación, el transporte y la energía, inciden, cada vez más - junto con los pasos políticos internos y geopolíticos en general, que nuestros pueblos se han permitido poner en práctica -, en un proceso de creciente maduración – emancipación – sudamericana.

 

Así, al producir un cambio crítico en lo que históricamente permanecía incambiado, podremos no sólo crecer en dignidad, desde la diversidad, sino también avanzar en los modos de producción y comercialización tanto entre nosotros como asimismo en el sistema-mundo contemporáneo en su globalidad.

 

Cuba, en clave sudamericana

Ciertamente nuestra región tiene para con Cuba, una ligazón geopolítica, aunque quizá fuera mejor, por más justo, decir “neohistórica”, de inconfundible fortaleza.

 

El resto de las naciones centroamericanas, junto con la mexicana, si bien mantienen con nuestra región lazos en no pocos casos intensos, es cierto que están bajo la zona de máxima influencia de los Estados Unidos de América y a su suerte, con variada intensidad, se encuentran supeditadas, sean por las asociaciones que libremente sus pueblos optaron por llevar a término con Washington, sea por el mismo proceso histórico de muchas de ellas, fuertemente condicionado por la presencia – injerencia, las más de las veces (pensemos en Arbenz, desde Guatemala) de la diplomacia norteamericana.

 

En suma que el sabernos parte de un sistema histórico, el sudamericano, no nos inhibe a considerar fraternalmente a los diversos pueblos que conforman la América Central y el México libre que todos queremos para nuestra América.

 

¿Incomunicación respecto de quién?

Cuando escribimos estas líneas, tenemos muy presentes, por ser actores principales y no de reparto, a los diversos pueblos originarios de nuestra región. Nada nos guía salvo el ser coherentes con un modo de pensar propio y desde los nuestros, para con los nuestros pero sin excluir a los otros.

 

Son ellos los que nos trajeron desde lo profundo de la historia, una cosmovisión que nos permite hoy percibir de un modo mucho más abarcador, por sensible, el horizonte de nuestras vidas desde la sencilla pero profunda mirada a lo que en el aquí y ahora nos congrega.

 

La mirada originaria, ese “estar” como le llamaba el antropólogo argentino Rodolfo Kusch, permitió, a través del tiempo, que la razón occidental tuviera un modo diferente de captar lo sensible, abriéndose a los diferentes modos de percibir la realidad y las cosas del mal llamado “indio” sudamericano.

 

Nuestras clases dominantes, desde la época de la colonia, ha mantenido un modo de comunicación útil a sus designios, sensible a sus requerimientos.

 

Es así que ellos cuando miraban, cuando pensaban, lo hacían – o creían hacerlo – desde el centro y no desde la periferia.

 

Es así que muchas familias patricias y otras no tan patricias pero “bien sucedidas” en el manejo de la producción y de la comercialización de nuestros productos más apetecidos a escala mundial, tenían su “refugio”, su “residencia”, no en la ciudad capital de su país, uno de nuestros sudamericanos, sino allende nuestra región, donde la “civilización” les permitía considerarse lo que nunca fueron: pertenecientes a ese otro lugar, a esa esquina del centro de este sistema-mundo imperante.

 

Por ello estuvimos tanto tiempo incomunicados. Nuestras ciudades sin buena telefonía y energía, nuestros países careciendo de rutas esenciales para el mejor deambular no sólo de sus gentes sino de los productos que entre sí podían comercializar en grande y que vista la disparidad de costos entre un flete interno y uno externo (desde y hacia el centro) tornaba casi imposible todo proyecto industrial de proyección sudamericana.

 

Vaya si no era tragicómico hasta hace muy poco advertir qué rutas tan absurdas había que describir para ir de un punto a otro de nuestra región. Las más de las veces, el “absurdo” era una conexión con una ciudad norteamericana, por ejemplo.

 

Las clases dominantes de la región se han esclerosado, al tiempo que las más de nuestras gentes se han unido, lenta pero sostenidamente, en clave de democracia participativa, en busca de un mejor modo de dialogar entre nosotros, en todos los términos, los comerciales incluidos, por supuesto.

 

Por consiguiente, hemos creído oportuno visitar este modo nuevo y válido de integrarnos, que apenas lleva unos pocos años, pero que ya muestra importantes realizaciones y, mejor aun, preanuncia, desde la acción sostenida, cruciales metas a mediano y largo plazo en la interconexión sudamericana.

 

Cartografía crítica, democratización del saber (poder)

Toda vez que se crean o mejoran rutas, se facilitan las comunicaciones y se atiende a un mejor acopio de energía, las condiciones y el conocimiento de los pueblos comprendidos, avanzarán significativa y críticamente hacia una compenetración más intensa, advirtiendo lo próximo que están, desde la historia y hacia el futuro.

 

Los sucesivos mapas que iremos presentando, darán cuenta de esta dinámica integracionista entre nuestros pueblos.

 

Insistimos sobre la pertinencia de la cartografía como medio por demás útil para la mejor visualización de una idea, máxime cuando dicha idea está en permanente evolución.

 

La cartografía siempre fue, máxime en sus comienzos, una forma de discurso político relacionada con la adquisición y la conservación del poder. Así lo entendió y explicó el teórico J. Brian Harley, al discurrir sobre las dimensiones ideológicas de la cartografía y así lo entendemos nosotros.[iii]

 

La cartografía permite, de un modo aparentemente simple, “ver” con mirada abarcadora, el mapa, no como un diseño simpático sino como un constructo social.

 

Y estas construcciones sociales son las que ocuparán el centro de nuestra mirada, agudizada por los diversos conocimientos desde los cuales intentaremos adentrarnos en aquellas construcciones para mejor comprenderlas, aprehendiéndolas, no desde su “epidermis”, el acontecimiento, sino desde lo profundo, y movedizo, de su historia, considerada ésta como la sumatoria de las diversas ciencias sociales.

 

Como decía Harley: “(…) En general, el poder del cartógrafo no se ejerce sobre los individuos, sino sobre el conocimiento del mundo puesto a la disposición de toda la gente. No obstante, esto no se hace de manera consciente y además trasciende las simples categorías de “intencional” y “no intencional" juntas. No sugiero que el poder se ejerza de manera deliberada o centralizada. Es un conocimiento local que al mismo tiempo es universal. Por lo general pasa inadvertido. El mapa es un árbitro silencioso del poder[iv]

 

Y porque creemos y propugnamos una democratización creciente del saber – poder – es que avanzaremos con los instrumentos y los modos antes descriptos.

 

Así, con este talante, iremos recorriendo nuestro sendero.

 

Continuaremos.

[i] Zumthor, Paul, “La medida del mundo”, Editorial Cátedra, Madrid, año 1993, Pág. 45.

[ii] Wallerstein, Immanuel, “Impensar las ciencias sociales” (Sistemas Históricos como Sistemas Complejos) , Editorial Siglo XXI, México, año 2004, Pág. 254.

[iii] Harley, J. B., “La Nueva Naturaleza de los Mapas”, Fondo de Cultura Económica, México, año 2005.

[iv] Idem, Pág. 205. (El subrayado y las negritas son de mi responsabilidad).

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