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Países en desarrollo: estar
atentos ante los nuevos monstruos
por Durval de Noroña Goyos
La última semana de
febrero de 2009 fue despedida con otro anuncio, en
los Estados Unidos, de mayores inyecciones de fondos
en los principales bancos, en caso de que las
instituciones no pasen las pruebas de salud
financiera, que envuelven la proyección de pérdidas
potenciales en el período de los próximos 24 meses.
Los Estados Unidos ya programaron un déficit de
presupuesto, para el presente año, del orden del 12%
del PBI.
En la eventualidad,
altamente probable, del agravamiento de la situación
de balance de los 19 mayores bancos del país, el
gobierno norteamericano, a semejanza de lo que han
hecho los gobiernos europeos en general y,
claramente, el del Reino Unido, suscribirá mayores
cantidades de acciones de las instituciones, al
mismo tiempo que garantizará el pasivo líquido.
Hasta el momento, el
Citigroup ya recibió U$S 45 mil millones en capital
sin derecho a voto por parte del gobierno federal
americano, así como garantías con respecto a
aproximadamente U$S 300 mil millones con referencia
a sus peores activos, representados probablemente
por valores irrecuperables o de bajísima posibilidad
de retorno.
A fines de la última
semana, arriba mencionada, el gobierno americano
anunció que tomará la posición sobre el 40% del
capital votante, convirtiéndose por lejos en el
principal accionista de la referida institución.
Con la probable necesidad de mayores aportes en el
futuro próximo, el gobierno de los Estados Unidos
habrá de tornarse no sólo en el controlador, sino
también en el respectivo accionista mayoritario.
Esta receta se
originó en el Reino Unido donde el gobierno asumió
el control accionario del RBS (Royal Bank of
Scotland), más allá de haber garantizado activos por
un valor de aproximadamente U$S 430 mil millones.
Una solución similar fue adoptada para el Lloyds
Bank, hoy ya controlado por el gobierno. En Europa,
de forma general, otros países adoptaron el mismo
procedimiento, como Bélgica, Irlanda y la propia
Alemania, lo que efectivamente acaba con la economía
de mercado en los sectores financieros de la región,
como también de aquellos situados en los Estados
Unidos.
Aunque fueron
denominadas como “nacionalización”, dichas
operaciones son caracterizadas, mejor, como
subsidios al sector privado. De hecho, en una
nacionalización propiamente dicha, el Estado pasa a
administrar una institución dentro del interés
público, imprimiendo directrices para una actuación
comercial proficua, así como para el retorno de la
inversión realizada.
En este caso, lo que
ha ocurrido es que el Estado, a expensas de la
estabilidad macroeconómica y de los contribuyentes,
ha efectuado desembolsos para apoyar elementos
importantes de la plutocracia que lo sustenta. Los
consumidores también pagarán el precio de la sandez
con el inexorable aumento de la inflación, de la
misma forma que lo harán los trabajadores, con la
pérdida del empleo generada por la caída de la
actividad productiva.
El sofisma es
perverso porque el apoyo a los plutócratas
irresponsables, pero que están estrechamente
relacionados a los gobiernos de Europa y de los
Estados Unidos, que es hecho ostensiblemente en
nombre de la promoción de la mayor estabilidad
económica, tendrá justamente el efecto opuesto: el
de profundizar la crisis, por el agravamiento de la
situación de las finanzas del Estado.
De hecho, desde la
perspectiva de la plutocracia quebrada, el aporte de
finanzas del Estado es apenas una tabla de salvación
de la bancarrota que se planteaba segura, y no una
oportunidad para trasladar los recursos a las
respectivas economías. Por el contrario, la
plutocracia atesora los recursos recibidos del
Estado, impidiendo que la liquidez penetre la
economía hacia un funcionamiento eficaz.
Debido a la dimensión
del problema, se debe estar atento no sólo al
agravamiento de la coyuntura internacional,
principalmente en los Estados Unidos y Europa, sino
igualmente a los efectos mortíferos de la
competencia que dichos nuevos monstruos creados por
la plutocracia occidental, van a imponer a los
países en desarrollo.
Traducido para
LA ONDA digital
por Cristina
Iriarte
LA
ONDA®
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