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Los economistas
y la crisis
por José Luis Fiori
Finalmente,
el 17 de febrero de 2009, el presidente Barak Obama
sancionó su paquete de estímulo a la economía
americana, por un valor de 787 mil millones de
dólares. Una semana antes, su secretario del Tesoro,
Thimothy Geithner, había anunciado otro paquete de
medidas que pueden llegar a los 2 trillones de
dólares, para reactivar el crédito y salvar al
sistema financiero norteamericano. Pero, a pesar del
volumen de recursos comprometidos, no se sabe
exactamente cuándo, dónde y cómo serán gastados, ni
tampoco se sabe si su utilización producirá los
efectos deseados.
En medio de esta
confusión, sólo existen tres cosas que pueden
decirse con toda seguridad: la primera, es que a
pesar de todo, los economistas y las autoridades
gubernamentales de todo el mundo están en un vuelo
ciego; la segunda, es que haga lo que haga el
gobierno americano, será absolutamente decisivo para
la evolución de la crisis en el resto del mundo; y
la tercera, finalmente, es que a pesar de la falta
de certezas, todos los gobiernos involucrados están
haciendo la misma apuesta y adoptando las mismas
políticas de reducción de las tasas de intereses, y
adopción de sucesivos paquetes fiscales de ayuda al
sistema financiero y estímulo a la producción y al
empleo, más allá de defender la re-regulación de los
mercados.
Muchos consideran
esta convergencia una victoria de la “economía
keynesiana”, pero desde nuestro punto de vista, no
tiene nada que ver con ningún tipo de victoria o
derrota, en el campo de la teoría económica. Se
trata de una reacción de emergencia y pragmática
frente a la amenaza de colapso del poder de los
estados y de los bancos, y como consecuencia, de los
sistemas de producción y empleo. Fue un cambio de
rumbo inesperado e inevitable, que fue impuesta por
la fuerza de los hechos, independientemente de la
ideología económica de los gobernantes que están
aplicando las nuevas políticas “intervencionistas”.
En verdad, a lo que
estamos asistiendo, es a una versión invertida de la
famosa frase de la Sra. Thatcher: “there is no
alternative”. Sólo que ahora, después de septiembre
de 2008, la nueva convergencia se dio sin mayores
discusiones teóricas o ideológicas, y sin ningún
entusiasmo político, al contrario de lo que sucedió
con la gran ola y hegemonía del pensamiento
liberal-conservador, de los años 1980/90, que
atravesó los planes de la vida política, económica e
intelectual de las sociedades capitalistas.
La teoría económica
ortodoxa no previó y no sabe explicar la crisis
actual, y en consecuencia, no tiene nada para decir
ni proponer en este momento. Son apenas lamentos y
exclamaciones morales, contra los “vicios privados”
y los “excesos públicos”, y como consecuencia, las
tesis ortodoxas y la ideología liberal salieron del
primer plano, pero no murieron ni desaparecieron,
por el contrario, siguen vigentes en todos los
frentes y trincheras de resistencia a las políticas
estatizadoras que están en curso. Ha venido
creciendo una resistencia a cada hora que pasa,
dentro y fuera de los Estados Unidos.
Del otro lado de la
trinchera, casi todos los economistas keynesianos
atribuyen esta crisis mundial, siguiendo el
argumento clásico de Hyman Minsky1, sobre
la tendencia endógena de las economías monetarias, a
la “inestabilidad financiera”, a las burbujas
especulativas y a los períodos de desorganización y
caos provocados por la expansión desregulada del
crédito y del endeudamiento, momentos en que se
impone la intervención pública y la regulación de
los mercados.
A pesar de sus
divergencias internas, respecto de valores,
procedimientos y velocidades, todos los keynesianos
creen en la eficacia y están proponiendo una
intervención masiva del estado, para salvar al
sistema financiero y reactivar el crédito, la
producción y la demanda efectiva. El problema es
que la teoría de Minsky explica el origen inmediato
de la crisis del mercado inmobiliario americano,
pero no es suficiente para entender y prever la
complejidad de su desarrollo posterior.
Por eso, los
keynesianos tampoco saben lo que está por venir, ni
tienen como garantizar anticipadamente el éxito de
sus recomendaciones. En este punto, se esconde una
paradoja que, en general, está escondida por la
teoría económica: el hecho de que los keynesianos
compartan con los economistas liberales una especie
de “error liberal invertido” y complementario: los
liberales creen en la posibilidad y en la eficacia
de la intervención correctiva del estado en el mundo
económico. Pero tanto los ortodoxos como los
keynesianos, trabajan con la misma idea de un estado
homogéneo y externo al mundo económico, que en un
caso, es capaz de retirarse y quedar en la puerta
del mercado, cuidadoso y atento como un
guardabosques, o entonces, en el otro caso, es capaz
de formular políticas económicas sabias y eficaces,
con cada nueva crisis, como un Papá Noel esperando
la próxima Navidad, para distribuir sus regalos.
Por eso, ortodoxos y
keynesianos, comparten la misma posición y la misma
dificultad liberal de comprender e incluir en sus
modelos y recomendaciones, las contradicciones y las
luchas políticas propias del mundo económico. No
consiguen entender, por ejemplo, que en el origen
financiero de la actual crisis económica mundial, no
hubo un error o “déficit de atención” del poder
público de los Estados Unidos, donde la
desregulación de los mercados financieros y las
“burbujas” o “ciclos de activos” cumplieron – en
los años 80/90 – un papel decisivo en la
financierización capitalista y en el enriquecimiento
privado, pero también, en el fortalecimiento del
poder fiscal y crediticio del estado y de la moneda
norteamericanos.
Como consecuencia,
ahora, los pasivos que están realimentando la propia
crisis no son una “masa podrida homogénea”, por el
contrario, tienen nombre e instancias nacionales e
internacionales. El estado y el capital financiero
norteamericanos fueron socios en el fortalecimiento
del poder político y económico americano en las
décadas del 80/90, y ahora se defenderán de la
muerte a cada paso y con cada nuevo arbitraje que
imponga su debilitamiento dentro y fuera de los
Estados Unidos. Por eso, ahora no existe ninguna
solución técnica segura, ni existe ninguna
posibilidad de un acuerdo político a la vista, entre
los grupos de poder norteamericanos y entre las
grandes potencias. Esta crisis comenzó como un
tifón, pero deberá prolongarse y profundizarse bajo
la forma de una “epidemia darwinista”.
Traducido para
LA ONDA digital
por Cristina Iriarte
1Minsky,
P.H.(1975) The Modeling of Financial Instability:
An introduction, 1974, Modelling and Simulation.
John Maynard Keynes, 1975, y “The
Financial Instability Hipótesis: A restatemente”,
1978, Thames
Papers on Political Economy.
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