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Democracia representativa,
no es gobierno del pueblo
por Adela Cortina*
La ‘buena’ retórica construye
auténticos pueblos y no ‘masas’ manipulables, tarea
principal a la hora de forjar verdaderas
democracias.
“La regla de la mayoría es tan
absurda como sus detractores le acusan de serlo”.
Así empieza un texto del filósofo John Dewey, que
continúa: "Lo que importa es cómo una mayoría llega
a serlo".
A mi juicio, caben tres
caminos: el debate sereno y la discusión pública
bien argumentada, la agregación de intereses
individuales y grupales y la manipulación de los
sentimientos.
Creo que llevaba razón Dewey.
La democracia representativa no es el gobierno
del pueblo, en ningún lugar de la tierra
gobierna el pueblo. Es más bien, como se ha dicho,
el gobierno querido por el pueblo, y ni siquiera
eso: es el gobierno querido por la mayoría del
pueblo, incluso por la minoría cuando los partidos
en el poder no tienen mayoría absoluta. Cómo se
forma esa mayoría cuyos representantes pactan con
las minorías es un gran problema.
Puede hacerse por agregación de
los intereses de los votantes. Los partidos
políticos compiten por sus votos tratando de sacar a
la luz cuáles pueden ser los intereses de los
distintos sectores y les aseguran que van a
satisfacerlos. Las gentes sopesan bien las
diferentes ofertas, las estudian y optan por las que
les parecen mejores. El deliberacionista critica
esta forma de actuar porque la considera equivocada.
No nacemos ya con intereses, sino que los intereses
se forman socialmente, ni es auténtica democracia
aquella en que las gentes buscan su interés
particular, como si no fuera posible forjarse una
voluntad común mediante la deliberación y el
intercambio de argumentos. Esto es lo propio de un
pueblo, de un demos, el poder decir “sí, nosotros
queremos”, y sin él no hay democracia posible.
Sólo que el deliberacionista
suele ser estadounidense y contar con el suelo de un
patriotismo indiscutible con otros, con un sentido
del “nosotros”, ligado a valores universales, que
impregnaba el discurso de Obama. Aquí en España no
hay nosotros que valga, y cuando lo hay, es contra
otros.
Pero tampoco es muy seguro que
estemos mostrando el caletre necesario para sopesar
qué nos interesa, para estudiar las propuestas y
pedir responsabilidades cuando no se cumplen.
Estamos más bien en manos de quien nos sepa
manipular.
Como el colesterol, que puede
ser malo o bueno, hay una buena retórica y una mala.
La primera trata de conocer los sentimientos de los
interlocutores para que puedan entender el mensaje
que se les quiere transmitir y por qué les
beneficia. El mensaje, claro está, ha de ser bueno
para ellos. Si no se logra la sintonía, si no se
alcanza la comunicación, entonces el buen mensaje no
llega. La mala retórica, por su parte, trata también
de conocer los sentimientos de los interlocutores,
pero para intentar colocarles el producto que
interesa al retórico sin que se den ni cuenta,
aunque se produzca con ello un daño irreparable. Al
arte el de la mala retórica se le puede y debe
llamarse manipulación. En él tienen un papel clave
los medios de comunicación con sólo destacar unos
sucesos u otros, con sólo subrayar unas frases y
callar otras.
Que un país sumido en una
brutal crisis económica tenga como portada en los
diarios el fallo del Tribunal Supremo sobre
Educación para la Ciudadanía es, a mi juicio, un
síntoma pésimo. Se trata de un país que no tiene
pueblo, sino masa, dispuesta a seguir bailando a
cualquier flautista embaucador.
Algunos hemos dicho que la
asignatura no va a forjar ciudadanos comprometidos
ni detritus sociales, que el asunto son los manuales
y quién imparte la asignatura, y sobre todo que el
problema de la educación no se reduce a enseñar el
uso del preservativo, que es lo que al parecer les
importa a representantes visibles de los dos grandes
partidos. Cuando la educación en su conjunto es
deplorable y los alumnos llegan a la Universidad con
un nivel cada vez más bajo.
Hay muchas tareas pendientes
para la construcción de una democracia: crear
partidos democráticos, capaces de contagiar a la
sociedad democracia y pluralismo, poner trabas al
gobierno de las minorías, quitar fuerza a los
aparatos de los partidos, promover una ciudadanía
activa. Pero la más importante consiste, a mi
juicio, en formar mayorías cultivando pueblo y no
masa.
ccs@solidarios.org.es
*
Catedrática de Ética y filosofía política de la
Universidad de Valencia
LA
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