Etanol – Uruguay
II – Una cuestión de Estado
por: Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

Hay tiempo pues somos el tiempo. La prisa, como lo aparentemente crucial en una noticia, luego en un acontecimiento cotidiano, quitan de la mirada del que así se ocupa, el asunto central a tratar: lo que va por lo bajo y en lo múltiple.


Hasta donde yo alcanzo a entender, luego de estar presente desde hace algunos años como colaborador y columnista de La ONDA digital, es que aquí – en un aquí sin fronteras, es decir sin censuras -, antes que tratar el acontecimiento, la noticia procura adentrarse en los meollos del quehacer histórico tanto nacional como sudamericano. Y esto va dicho a título personal y desde el llano, que es el lugar que ocupo como periodista y como ciudadano.

 

Algo que ocurre en este medio de comunicación, al menos así yo lo deduzco, no porque reniegue ni del presente ni de las primicias – esa erotización sin culminación fáctica en la que vive tanta gente -, sino que por importarle – es decir, importarnos -, el presente, apela al estudio de los diversos pasados que comprenden cada una de las cuestiones que tanto el país, como la región, tienen y reciben como instancias vitales.

 

Así, la historia siendo analítica, contempla el presente al prever su pasado, mediato e inmediato, de tal forma que, al menos en nuestra intención anida la posibilidad de presentar a quien nos lea, un esbozo del porvenir que hoy mismo se está gestando, aquí como allá, pero siempre dentro de nuestra circunstancia de vida como eje central: Sudamérica.

 

La historia no es, o al menos no debiera ser, como nos recordara el historiador Edward H. Carr, la creencia en un núcleo óseo de hechos históricos existentes objetivamente y con independencia de la interpretación del historiador. Quien así lo cree, vive una falacia absurda, aunque muy difícil de desarraigar. El historiador, agrega Carr, es necesariamente selectivo.

 

Si nosotros, por ejemplo en el tema que nos ocupa, obviamos el origen legislativo de los biocombustibles, y de los combustibles uruguayos en general, estaríamos tomando del cielo una estrella y con ello despegándonos del suelo lo que, con ser lo primero interesante, desde el punto de vista literario, nos colocaría en medio de una irrealidad total.

 

El mejor de los firmamentos se observa erguido y desde la tierra donde se halla la nutriente de la vida.

 

Poco entenderíamos si comenzáramos refiriéndonos a la promulgación de la ley nº 18.195 cuando el Senado y la Cámara de Representantes de la República Oriental del Uruguay, reunidos en Asamblea General – como reza el documento en cuestión -, decretan la mencionada norma.

 

Si bien su primer artículo es harto elocuente, estaría presentado fuera de contexto, esto es carente de la atmósfera histórica y política que en el proceso de 78 años, tuvo lugar en el Uruguay, Estado que forma parte viva de su circunstancia, la América del Sur.

 

Dice el artículo 1º de la  ley uruguaya nº 18.195, lo siguiente: “La presente ley tiene por objeto el fomento y la regulación de la producción, la comercialización y la utilización de agrocombustibles correspondientes a las categorías definidas en los literales B) y C) del artículo 12.”

“Asimismo, tiene por objeto reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en los términos del Protocolo de Kyoto de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, aprobados por la Ley 17.279, de 23 de noviembre de 2000, contribuyendo al desarrollo sostenible del país.”


“También tendrá por objetivo dicha producción de agrocombustibles el fomento de las inversiones; el desarrollo de tecnología asociada a la utilización de insumos y equipos de origen nacional; el fortalecimiento de las capacidades productivas locales, regionales y de carácter nacional; la participación de pequeñas y medianas empresas de origen agrícola o industrial; la generación de empleo, especialmente en el interior del país; el fomento de un equilibrio entre la producción y el cuidado del medio ambiente asociados a criterios de ordenamiento territorial; y la seguridad del suministro energético interno.”

 

Aunque esto dice mucho en sí mismo, en realidad es anecdótico si, por lo menos, no tenemos, además de lo antes dicho en nuestra primera entrega, los siguientes hechos registrados en el pasado:

 

1 – la época y el año en que la ANCAP fue creada, saliendo de la crisis del 30 y con una neta orientación nacionalista, desde la socialdemocracia uruguaya de antaño, conocida como batllismo (hoy ya inexistente como tal en cuanto sector político con visibilidad pública). Hablamos de la ley nº 8.764 del 15 de octubre de 1931;

 

2 – los sucesivos embates en contra de lo nacional y desde las fuerzas más reaccionarias vinculadas a la clase dominante del Uruguay:

 

a) - la promulgación de la ley nº 16.211 y la posterior derogación, por amplísima mayoría de votos (71,5%), el 13 de diciembre de 1992, de los artículos 1, 2, 3 y 32 de la misma. Esta ley, llamada “de Empresas Públicas”, propiciaba, especialmente en los citados artículos la privatización de gran parte del Estado.

 

b) – la promulgación, el 4 de enero de 2002, de la ley nº 17.448, que llevaba por título y cometido “ANCAP - DERÓGASE EL MONOPOLIO DE LA IMPORTACIÓN, EXPORTACIÓN Y REFINACIÓN DE PETRÓLEO CRUDO Y EL DE EXPORTACIÓN DE DERIVADOS DE PETRÓLEO.”

 

Como no nos ocupa el señalar con el dedo índice a individuos, pero sí el dar testimonio de lo que viene de atrás que es, a no dudar, lo que empuja, o así lo intenta, el presente, sea para recrear, sea para torcerlo, no daremos nombre. Pero sí advertimos que los conocemos, como todo aquel que tenga memoria, nombres propios y nombres de partidos y sectores que desde hace lustros intentan que cese la acción del Estado en sectores estratégicos de la vida de la Nación.

 

Toda aquella persona interesa en recordarlos, moléstese en ver quiénes ocupaban la primera magistratura en cada uno de los períodos citados, quiénes las Carteras de Economía y, especialmente, la de Industria, Energía y Minería – bien como quiénes fueron sus sucesivos directores nacionales de Industria, por ejemplo -, entre otras relacionadas con la cuestión aquí tratada; como así también qué representantes de estos grupos o sectores  tenían a su cargo – o mejor dicho, por cometido - la defensa de tales privatizaciones y así ocuparon espacios notorios en los medios de comunicación, en uno y otro período. Y ahora algunos vuelven a hacerlo.

 

Verán que la vida no da sorpresas, al menos para quienes se ocupan de recordar el pasado, desde un presente activo en donde procuran parir un porvenir venturoso para la Nación.

 

A veces conviene decir poco y así, dar paso a que quien quiera, medite.

Tiempo habrá, pues no nos mueve, como dijera al inicio, ni la prisa ni ninguna otra prenda, salvo el buscar adentrarnos en lo verdadero y, desde nuestra concepción filosófica y política de la realidad, coadyuvar a parir ese porvenir que, entre otros nombres tiene el siguiente (anótelo nomás, por favor): ETANOL – Uruguay.

 

Continuaremos.

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