Sobre el fin de la democracia
- Elogio de la osadía de pensar
por Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy

El escritor brasileño Gilberto Lopes, residente en Costa Rica desde el año 1977, ha publicado una nueva obra y eso, aun a la distancia, es motivo de interés y análisis.

 

Lopes, quien es también politólogo y periodista, ya en el título de la obra pone el acento a cuestiones centrales en la vida de la persona humana: “El fin de la democracia – un diálogo entre Tocqueville y Marx”.

 

Esta obra, editada por Juricentro (ISBN 978-9977-31-155-5) y publicada el pasado mes de febrero de 2009 en San José de Costa Rica, es un ejemplo palmario de cómo es posible – y yo diría que altamente necesario para nuestra condición de seres libres -, atreverse a indagar sobre lo aparentemente resuelto e ir desbrozando, a su paso, las contradicciones y falencias de conceptos caros a la humanidad pero que, al ser utilizados muchas veces como clichés devienen meras cáscaras retóricas.

 

Para ello, trae a colación a dos grandes pensadores: Tocqueville y Marx. Junto a ellos, propone y se adentra en caminos que antes de atravesar sendas historicistas, indagan si lo que comúnmente se conoce como el sentido primero de un concepto, se compadece o no con las diferentes realidades que, ahora sí, en el proceso histórico que llega hasta nuestra contemporaneidad, se dan en los hechos.

 

El autor define su trabajo en los siguientes términos:

 

Los objetivos de este trabajo se pueden resumir, por lo tanto, en los siguientes:

  1. Definir un concepto operativo de democracia, que entendemos como el régimen político de la sociedad capitalista.

  2. Reivindicar un horizonte socialista como una nueva etapa en la marcha de la humanidad hacia la idea de “igualdad” propuesta por Tocqueville.

  3. Sugerir una explicación para el proceso de democratización política acompañado de una creciente concentración de la riqueza, con la consecuente marginación de las mayorías.

  4. Reposicionar, en el centro del debate, una metodología que reivindica el análisis histórico, en contraposición con una visión cada vez más normativa de la “democracia”.

  5. Discutir las limitaciones de la visión liberal de democracia.”  (Ob. Cit., Pág. 39)

 

La toma de posición crítica, para Lopes, es evidente cuando aduce que:Democracia no es, para nosotros, un “adjetivo”, algo “bueno”, sino un régimen político cuyas características pretendemos analizar, en un marco histórico; o sea, que tuvo su inicio en una época determinada, y que tendrá un fin.” (Ob. Cit., Pág. 43)

 

Tanto Alexis de Tocqueville, fundamentalmente desde su obra “La democracia en América”, como Karl Marx, sea desde “El Capital” bien como del “Manifiesto Comunista”, elaborado junto a F. Engels, son llamados a prestar servicio a la causa primera, a nuestro entender, que alienta la obra de Gilberto Lopes: mostrar que lo aparentemente dado no es necesariamente lo buscado y que, en no pocas oportunidades, lo que una vez fue tan fermental como crítico, devino dogmático y carente de sustancia.

 

La tensión que muestran conceptos tales como “igualdad”, “libertad” y “democracia”, entre otros, son motivo de un llamado vibrante de atención, por parte del autor, antes que de un estudio académico acabado y riguroso en cuanto a las diversas facetas históricas y analíticas que cada concepto y tema traen consigo.

 

Y esto es tan natural como necesario para lograr lo que, según creo deducir, la obra tiene como mayor atributo: presentar, desde la osadía de un pensamiento rebelde, por libertario, un llamado de atención a la inercia intelectual, que resulta por ende en una acción acrítica, frente a los problemas concretos y cotidianos de la inmensa mayoría de la humanidad.

 

Luego de dar ejemplos de la duplicidad entre el concepto y el hacer, extraídos de las vivencias de su generación – en relación con hechos vividos durante la Guerra Fría y en el ámbito latinoamericano, por ejemplo la Guatemala del Presidente Arbenz, violentada groseramente por la diplomacia de las corporaciones -, pasa a los sucesos de diversos golpes de Estado acaecidos en nuestra región – Cuba, Brasil, Chile, entre otros.

 

Con este talante y rigor, Lopes traza, quizá en una suerte de síntesis del oprobio vivido en diversas partes de nuestra América, con magistral elocuencia lo que puede resultar de la contradicción entre lo que se dice y lo que se hace.

 

Así, el brasileño dice lo siguiente:(…) Es frecuente encontrar representantes de diversas corrientes políticas que alaban las propuestas económicas neoliberales de la dictadura, mientras presumen de “demócratas” y toman una pudorosa distancia de su actuación política, como si se pudiera separar ambas cosas. El caso chileno dejó en evidencia, quizá más claramente que ningún otro, dónde está el límite para el respeto a la institucionalidad democrática. Ese límite no es otro que cualquier amenaza a la forma de propiedad que da sustento al modelo económico.” (Ob.Cit., Pág, 48)

 

Ya casi al culminar el segundo capítulo, y luego de haber desbrozado diversos conceptos y varios exponentes contemporáneos, Lopes plantea al hablar de “Los Límites de la Democracia”, la siguiente cuestión, refiriéndose específicamente a la América Latina de los años 60 y 80:(…) Si definimos “democracia” como el régimen político de la sociedad capitalista, preferimos llamar “institucionalización” (en vez de “democratización”) el fin del período de gobiernos que fundaban todos sus derechos en su triunfo militar. El régimen volvía a acomodarse a las normas institucionales que tradicionalmente definen lo que conocemos como “democracia”, abandonando la etapa de ejercicio arbitrario del poder que llamamos habitualmente de “dictadura”. Pero, en poco tiempo, junto con esa institucionalización, fueron surgiendo otros desafíos. Rápidamente, se fue conformando una paradoja: la recuperación de los derechos políticos venía acompañada del descrédito de la política, mientras se aceleraba el deterioro social y, sobre todo, crecía la brecha entre los sectores más ricos y más pobres de nuestras sociedades. Como consecuencia, se extiende la insatisfacción con la democracia. ¿Cómo ocurrió ese fenómeno? ¿Cómo se puede explicar la coincidencia entre el retorno a la democracia y la concentración de la riqueza? ¿Tiene relación? ¿Cuál? Nos parece que debemos hacer un intento de encontrar respuestas a estas preguntas.” (Ob. Cit., Págs. 58 y 59 – El subrayado es de mi autoría)

 

Lopes da su propia respuesta, a modo de hipótesis, a estas cuestiones claves para nosotros, americanos todos, si es que queremos ser no sólo conscientes de nuestra vida, es decir y especialmente de nuestro pasado, bien como dignos hacedores, desde nuestro presente, de un porvenir que a todas luces merece nuevos horizontes de dignidad, igualdad y, concomitantemente, libertad concreta y extensa para nuestras gentes.

 

Al comenzar sus “Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal”, el filósofo alemán Georg W. F. Hegel, advertía, magistralmente, que:(…) Sin embargo, la filosofía de la historia no es otra cosa que la consideración pensante de la historia; y nosotros no podemos dejar de pensar, en ningún momento.”

 

Ya en nuestra época, aunque con similar talante filosófico, el alemán Martin Heidegger nos explicaba en qué consistía una de sus figuras más utilizadas para adentrarse en la espesura del pensar: su “camino de bosque”. Y lo decía en los siguientes términos:Holz” (madera, leña) es un antiguo nombre para el bosque. En el bosque hay caminos (“Wege”), por lo general un tanto ocultos por la maleza, que cesan bruscamente en lo no hollado. Es a estos caminos a los que se llama “Holzwege” (“camino de bosque, caminos que se pierden en el bosque”). Cada uno de ellos sigue un trazado diferente, pero siempre dentro del mismo bosque. Muchas veces parece como si fueran iguales, pero es una mera apariencia. Los leñadores y guardabosques conocen los caminos. Ellos saben lo que significa encontrarse en un camino que se pierde en el bosque.”

 

Así, nuestro autor va trazando, desde la consideración pensante de la historia, bien como con la sapiencia y manos del leñador, un camino de bosque que irá hasta donde él entienda debe ir, porque luego, creo yo, la tarea ya nos pertenece o, mejor dicho, nos co-pertenece: al autor y a cada uno de nosotros. Pues la tarea, hasta donde alcanzo a entender, se trata de desentrañar, desde lo profundo, no sólo la literalidad conceptual sino y antes bien la perentoriedad de saber a qué nos enfrentamos cuando hablamos, por ejemplo, de democracia y de igualdad.

 

A lo largo del tercer capítulo de su obra, Lopes traza los orígenes de la democracia de una manera tan libre como intensa.

 

Así, los conceptos centrales ya mencionados, son presentados desde su condición de ideas-fuerza, puestos en tensión entre sí y a través de diversos hechos históricos como así también desde las definiciones muchas veces complementarias y hasta contradictorias de los más diversos pensadores occidentales.

 

Al tratar, por ejemplo, el subtema “Igualdad de condiciones”, Lopes manifiesta que:(…) Pero, por otra parte, parece evidente que nunca han sido más hondas las desigualdades sociales entre los seres humanos. Un acelerado proceso de concentración de la riqueza ha llevado a extremos inimaginables hace tan solo unas décadas la brecha entre la inmensa mayoría de la humanidad, y un puñado de personas que controlan enormes riquezas. Hay que volver nuevamente los ojos a la historia, y mirar el escenario completo en el que se desenvuelve esa lucha permanente por la igualdad, en un esfuerzo por agregar algunos elementos más a la lista que nos heredó Tocqueville hace más de siglo y medio. La misma sociedad que se liberó de los privilegios hereditarios de la nobleza ha acentuado, hasta niveles insospechados, los privilegios de la riqueza, cuyos mecanismos de apropiación son hoy bien conocidos.(Ob. Cit. Pág. 70, el subrayado es de mi autoría)

 

Ya al finalizar éste capítulo, el escritor brasileño ya con raíces costarricenses advierte, al indagar sobre el carácter histórico de la democracia, que:Hemos venido insistiendo en el carácter histórico de la democracia, planteado por Tocqueville. Esa visión no puede limitarse a la definición formal de democracia, porque está profundamente relacionada con los cambios del modelo social que le da origen. Desde esa óptica, la lógica de la democracia, su forma de funcionamiento, está indisolublemente ligada a las clases sociales que conforman esa sociedad.” (Ob. Cit. Pág. 85)

 

Y ésta parece ser, a mi entender, una de las cuestiones centrales en la tensión dialéctica entre democracia e igualdad: las clases sociales y sus luchas, bien como el asunto de la propiedad.

 

Esta “lógica de la democracia” debiera tener presente, esto es, debiéramos llevar a lo consciente y así hacerlo jugar en el día a día de nuestras vidas que, como le dijera Karl Marx a Arnold Ruge, en carta fechada en el mes de septiembre de 1843: “(…) Hasta ahora, los filósofos habían dejado la solución de todos los enigmas quieta en los cajones de su mesa, y el estúpido del mundo exotérico no tenía más que abrir la boca para que le cayeran en ella los pichones asados de la Ciencia absoluta. La filosofía se ha secularizado, y la prueba más palmaria de ello la tenemos en que la misma conciencia filosófica se ha lanzado, no solo exteriormente, sino también interiormente, al tormento de la lucha. Si no es incumbencia nuestra la construcción del futuro y el dejar las cosas arregladas y dispuestas para todos los tiempos, es tanto más seguro lo que al presente tenemos que llevar a cabo; me refiero a la crítica implacable de todo lo existente; implacable tanto en el sentido de que la crítica no debe asustarse de sus resultados como en el de que no debe rehuir el conflicto con los poderes dominantes.

 

No soy, por tanto, partidario de que plantemos una bandera dogmática. Al contrario, debemos ayudar a los dogmáticos a ver claro en sus propias tesis. (...) Tenemos que preocuparnos también, en la misma medida, de la otra cara, de la existencia teórica del hombre y hacer recaer nuestra crítica, por tanto, sobre la religión, la ciencia, etc. Queremos, además, influir en las gentes de nuestro tiempo, y concretamente, en nuestros contemporáneos alemanes. Y cabe preguntarse cómo vamos a hacerlo. Dos hechos son innegables. Por un lado la religión y por otro la política son temas de interés centrales de la Alemania de hoy, hay que tomarlos como punto de partida tal y como son y no oponerles un sistema ya terminado, como, por ejemplo, el de Viaje a Icaria.

 

La razón siempre ha existido, aunque no siempre bajo su forma razonable. Por tanto, el crítico puede vincularse a cualquier forma de la conciencia teórica y práctica, para desarrollar, partiendo de las propias formas de la realidad existente, la realidad verdadera como lo que Deber-ser y su finalidad última.

 

A esto, complementariamente, se le suma lo dicho por Marx y Engels en “La ideología alemana” cuando manifiestan, por ejemplo, que:(…) Las ideas de la clase dominante son las ideas dominantes en cada época; o, dicho en otros términos, la clase que ejerce el poder material dominante en la sociedad es, al mismo tiempo, su poder espiritual dominante. La clase que tiene a su disposición los medios para la producción material dispone con ello, al mismo tiempo, de los medios para la producción espiritual, lo que hace que se le sometan, al propio tiempo, por término medio, las ideas de quienes carecen de los medios necesarios para producir espiritualmente.”

 

Así también, Karl Marx en el tomo I de “El capital”, en su segunda sección, al terminar de estudiar la cuestión relativa a cómo se convierte el dinero en capital, desde el subtema “compra y venta de la fuerza de trabajo”, advierte lo siguiente: La órbita de la circulación o del cambio de mercancías, dentro de cuyas fronteras se desarrolla la compra y la venta de la fuerza de trabajo, era, en realidad, el verdadero paraíso de los derechos del hombre. Dentro de estos linderos, sólo reinan la libertad, la igualdad, la propiedad, y Bentham. La libertad pues el comprador y el vendedor de una mercancía, v.gr. de la fuerza de trabajo, no obedecen a más ley que la de su libre voluntad. Contratan como hombres libres e iguales ante la ley. El contrato es el resultado final en que sus voluntades cobran una expresión jurídica común. La igualdad, pues compradores y vendedores sólo contratan como poseedores de mercancías, cambiando equivalente por equivalente. La propiedad, pues cada cual dispone y solamente puede disponer de lo que es suyo. Y Bentham, pues a cuantos intervienen en estos actos sólo los mueve su interés. La única fuerza que los une y los pone en relación es la fuerza de su egoísmo, de su provecho personal, de su interés privado. Precisamente por eso, porque cada cual cuida solamente de sí y ninguno vela por los demás, contribuyen todos ellos, gracias a una armonía preestablecida de las cosas, o bajo los auspicios de una providencia omniastuta, a realizar la obra de su provecho mutuo, de su conveniencia colectiva, de su interés social.” (El subrayado es de mi autoría).

 

De regreso a nuestro autor y a su consideración respecto de la “lógica de la democracia”, es que entendimos pertinente, para nuestro análisis, colocar estas citas de modo tal de presentar en su contexto filosófico la cuestión que él viene tratando con especial hondura: las contradicciones entre el discurso y la acción desde la centralidad del poder del mundo.

 

Lopes trae a lo largo de su obra el pensamiento de otros importantes autores - como Madison, Rosemberg, Laski, Dahl, Bobbio, Sartori y Touraine, entre otros.

 

Luego de haber presentado a uno de los dos actores del diálogo propuesto por el autor – Karl Marx- , para luego ir en busca del otro. Busquemos, pues, en Tocqueville, algunos de los pensamientos vertidos en su obra “La democracia en América”, que hagan relación con la cuestión que venimos tratando y que es la que el propio Gilberto Lopes alerta e indaga en su propia obra.

 

Dice Alexis de Tocqueville, al tratar del poder que ejerce la mayoría en Norteamérica sobre el pensamiento: “(…) En Norteamérica, la mayoría traza un círculo formidable en torno al pensamiento. Dentro de esos límites el escritor es libre, pero ¡ay si se atreve a salir de él! No es que tenga que temer un auto de fe, pero está amagado de sinsabores de toda clase de persecuciones todos los días. La carrera política le está cerrada; ofendió al único poder que tiene la facultad de abrírsela. Se le rehúsa todo, hasta la gloria. Antes de publicar sus opiniones, creía tener partidarios; le parece que no los tiene ya, ahora que se ha descubierto a todos; porque quienes lo censuran se expresan en voz alta, y quienes piensan como él, sin tener su valor, se callan y se alejan. Cede, se inclina en fin bajo el esfuerzo de cada día, y se encierra en el silencio, como si experimentara remordimientos por haber dicho la verdad.”

 

Y esto, hasta donde alcanzo a comprender, el tiempo no lo ha curado; sea en la centralidad del poder, sea en la semiperiferia como en la periferia. El pensamiento libre y por tanto, crítico, es un pensar al descampado, sujeto a los vaivenes de los vientos cruzados, pero limpia la mirada que atiende, sin bajar la cabeza, al hermano horizonte, desde donde la luz de la esperanza, esa esperanza severa pero abierta que nos legara Ernst Bloch, aguarda y alienta el camino a seguir.

 

De ahí es que consideremos que nuestro autor se encuentra al descampado, desde su pensar, pero erguido y con sentido de hacia dónde debe mirarse y así, laborar: hacia la consideración, en el respeto, del otro, del desconocido, del marginado, del sojuzgado que es, por ende, un mirar hacia el ser humano desde y por su razón sensible. Y de cómo entender y consecuentemente, hacer, para que la libertad, la igualdad y la democracia tengan sentido y cielo para que la vida de las gentes mejore sustantivamente en dichos ámbitos y desde el cotidiano existir.

 

En ese ámbito, en ese paraje, no se atienden, o al menos no esencialmente, preciosuras académicas sino y por sobre todo, honduras del pensar. De esas que, antes como ahora pocas se presentan y, cuando lo hacen, deben ser divulgadas, algo que desde aquí y en este ahora, pretendemos hacer.

 

Por momentos, incluso, me da la impresión que el escritor deja que su corriente interior del pensamiento sea llevada a lo consciente aviniéndose a compartirla con el mundo. y así se expresa, con llaneza, sin ambigüedades.

 

Lopes trata en el cuarto capítulo de un tema candente por actual y grave: el sufragio universal y su relación con la democracia o, si se me permite expresarlo así, cuánto de democracia real, por crítica existe, y cuánto de democracia electoral, como escenografía que se coloca cada equis años, dejamos que opere mientras que en el cerne de la cosa opere a su antojo la clase dominante del lugar que fuere.

 

Respecto de la cuestión de la igualdad, a mi entender central en el esquema de la obra de Lopes, en cuanto a la tensión que antes refiriéramos se coloca entre esta y la democracia, Tocqueville, entre mucho, dice lo siguiente en la citada obra y al terminar el tercer capítulo de la cuarta parte:(…) He llegado, pues, por dos caminos diferentes al mismo fin. Había demostrado que la igualdad sugiere a los hombres el pensamiento de un gobierno único, fuerte y uniforme; acabo de hacer ver que los inclina y aficiona a esto: hacia un gobierno tal tienden, pues, las naciones de hoy. La inclinación natural de su espíritu y de su corazón las conduce a él, y basta que no se contengan para que las consigan. Creo que en los siglos democráticos que ahora empiezan, la independencia individual y las libertades locales serán producto del arte. La centralización será el gobierno natural.”


Quizá debiéramos considerar la posibilidad que la dialéctica entre democracia e igualdad, en libertad, pase por la acción permanente y protagónica de nosotros mismos, de cada uno de nosotros, como hacedores del hoy, es decir, coprotagonistas de la forja democrática que lleva de la mano de practicar, responsable y abiertamente, la libertad considerando a ésta en directa relación con la libertad del otro y así, la de la comunidad que integramos.

 

Luego de incursionar en diversos tópicos, tanto históricos como de filosofía política, Lopes analiza en el capítulo V, el liberalismo y la democracia, con sus contradicciones y dilemas.

 

Ya en las conclusiones de la obra donde han quedado en evidencia los grandes avances en el sentido de la igualdad política bien como la creciente disparidad social que vino acompañada al mismo, nuestro autor recrea un diálogo final entre Tocqueville y Marx, en cuyo transcurso presenta diversas ideas respecto de la democracia, bien como del Mercado y del Estado, para concluir con una cita magistral de Tocqueville, que dejamos para que usted mismo la descubra al leer esta obra, no sin antes terminar de reflexionar en torno a la igualdad.

 

En definitiva, lo que Gilberto Lopes ha hecho no ha sido otra cosa que, en primer lugar, quebrar el auge del silencio – al recordar la expresión utilizada por el antropólogo francés Marc Auge -, modo en que nuestras sociedades operan, desde el mucho decir, con poco o nulo sentido crítico, para esconder lo mucho y hondo que debe ser discutido por las personas y sus instituciones.

 

Por lo tanto, cuando advertimos que Lopes sobre discurre asuntos sensibles desde lo abierto del descampado, nos faltó decir que otros irán sumándose a permanecer en la intemperie pero con su conciencia crítica a resguardo de la inoperancia que genera la ausencia de pensamiento reflexivo.

 

Faltó decir mucho, pero creemos siquiera haberles advertido que hay una buena obra editada y que es dable el hacerse con ella.

 

Faltó también decir mucho más sobre Alexis de Tocqueville y Karl Marx, fundamentalmente en torno a sus pensamientos específicos en tópicos definidos, pues si hay algo que debemos ayudar a despejar, junto con Gilberto Lopes, es el utilizar nombres y conceptos como meros clichés y pasar a darles el carácter que siempre tuvieron: el de ideas-fuerza. Y a esto, sumar nuestro hacer para que la coherencia impere y con ella, la autoconciencia.

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