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¿Por qué escribimos?
por Jorge Majfud*
Desde Uruguay me piden que responda
en veinte líneas la antigua y nunca acabada pregunta
¿por qué escribes? Reincidiendo en un viejo defecto,
en diez minutos excedí al límite sugerido y me tardé
casi una hora tratando de comprimir y recortar por
aquí y por allá. Imagino que otros medios que tantas
veces me han tolerado excesos peores, reciban bien
la respuesta original.
Aquí va, así era.
Cuando comenzó el
Renacimiento en Europa terminó en España. Este
detalle se pasa por alto por los países que
reivindican ser la cuna del Renacimiento y por
España misma —o lo que quedó de España— por su afán
de negar grandes méritos a la realidad anterior a
Fernando e Isabel, por querer negar que la
Reconquista no fue un simple período de transición a
un estado de satisfacción política, moral e
ideológica sino una montonera de siglos sobre los
cuales se desarrolló una cultura renacentista en su
sentido humanista, científico, multirracial,
multirreligioso, multicultural y progresista de la
palabra. Aunque ninguno de estos méritos posmodernos
llegaba al ideal sin frecuentes contradicciones, lo
cierto es que luego fueron aniquilados por los
venerados Fernando e Isabel y sus sucesores.
Sus efectos
sobrevivieron hasta Franco. No pocos investigadores
entienden que España no tuvo Renacimiento y que su
continuación de la Reconquista europea en la
Conquista americana fue, en realidad, la exportación
de un espíritu renacentista con una mentalidad
medieval. Pero no sólo el hombre renacentista fue
aventurero, conquistador y dominador. También lo fue
el hombre medieval, tal como lo prueban las
cruzadas. La diferencia radica en el rasgo secular y
capitalista del nuevo hombre renacentista. Con la
Reconquista castellana se liquida la diversidad y la
inquietud intelectual de la España centrada en
Córdoba, en el hemisferio sur de la península, y se
instala una cultura medieval que ya abandonaba el
resto del continente.
Para inmortalizar
tantas matanzas promovidas por la nobleza, muchas
veces como un deporte en tiempos de aburrimiento y
llevada adelante por la milicia —los “de a miles”
que procedían de las clases de campesinos y
carniceros—, aparecieron los biógrafos. Estos
escritores casi siempre vivían del mecenazgo de la
nobleza.
Un descendiente de
judíos, como Fernando del Pulgar, en 1486 alabó a un
noble viejo diciendo que el conde Cifuentes “era
ijodalgo, de limpia sangre”. Es decir, sin abuelos
judíos. Antes, en 1450, Fernán Pérez de Guzmán,
había tenido la lucidez de reconocer que ese oficio
de escribir estaba implícitamente bajo la influencia
del poder de los reyes, razón por la cual se pasaban
por crónicas las exageraciones adulatorias.
De cualquier forma
este oficio de contar sobre otros pronto se
convirtió en un oficio de contar sobre uno mismo.
Mucho antes de los aventureros en América —quienes
escribían sus relaciones a modo de cartas como parte
de su búsqueda de fama y favores del rey— otros
practicaron la confesión literaria. Estos escritores
hablaban sobre ellos mismos y sobre los demás, pero
en gran medida eran los árabes y judíos que iban
quedando, ya que la nobleza no consideraba digno
exponer su interioridad. Tampoco era digno trabajar
con las manos o con el intelecto. Salvo las guerras
promovidas por príncipes, duques y obispos,
actividad eminentemente noble, fuente inagotable de
honores, casi ningún otro trabajo era digno.
En
tiempos de Cervantes la escritura ya era un oficio y
un negocio, como lo demuestra Lope de Vega. Un buen
oficio y un mal negocio para muchos, como hoy. En el
siglo XX, en casi todo el mundo, la exposición del
yo, de la interioridad del individuo se
convirtió en un requisito de la literatura, de casi
todo el arte. Como lo demuestran los
mass
media,
los
reality
shows,
ahora hay otras formas de exponer el yo
individual. Incluso cuando la norma es que el yo
ha dejado de ser individual —si alguna vez lo fue—
para ser una repetición del mismo individualismo,
una repetición estandarizada de un mismo yo.
El valor ético y políticamente correcto es “ser uno
mismo”, como si en eso hubiese algún merito y alguna
diferencia.
Ernesto Sábato
también exaltó el valor y la particularidad del
yo como materia prima, al mismo tiempo que
descubría que esa particularidad de la ficción
moderna era lógica expresión de la soledad del
siglo. Ese yo decía que escribía porque no
era feliz; Borges, porque era feliz, al menos
mientras escribía. Cortazar porque quería jugar.
Onetti porque quería leerse a sí mismo.
Muchos otros
escritores menores tenemos razones igualmente
diversas. Ante la pregunta de por qué escribo quizás
tenga muchas formas de responderla y ninguna
definitiva. Podría decir, por ejemplo: empecé a
escribir de niño para alegrar a mis abuelos que
vivían lejos en el campo y no tenían televisión.
Seguí escribiendo para reproducir la emoción que me
provocó el descubrimiento de la literatura fuera del
salón de clase. Después porque quería escapar del
mundo. Hoy en día escribo porque sufro y me apasiona
la complejidad del mundo que me rodea. Escribo
porque quiero batalla con este mundo que no me
conforma y escribo porque a veces quisiera
refugiarme en algo que no está aquí y ahora, algo
que está libre de la contingencia del momento, algo
que se parece a un más allá humano o sobrehumano.
Pero todo lo que escribo surge a partir de aquí y
ahora, de mi inconformidad con el mundo, de una
sospechosa necesidad de olvidarme de mí mismo al
tiempo que, no sin reprochable contradicción, no me
niego a que difundan mis trabajos, al tiempo que
espero justificar mi vida a través de algunos
lectores que han encontrado algo útil en lo que
hago. Uno siempre puede hacer otra cosa, pero quien
se siente escritor de verdad, sea bueno o sea malo,
no puede dejar esto, esa obsesión de luchar contra
la muerte sin saberlo.
Pero si las razones
personales son suficientes para justificar lo que
uno hace, nunca son suficientes razones para
explicar por qué uno hace lo que hace. Desde
una perspectiva más amplia, por ejemplo y retomando
las reflexiones iniciales, vemos que finalmente no
fue la nueva Edad Media española la que venció en el
siglo XIX y en el XX sino el Renacimiento
centroeuropeo, con su ambiguo foco en el humanismo y
en el individualismo, en la nueva libertad del
antiguo villano, otrora sumiso obediente, y la
creciente tiranía del capital. No fue el odio que
Santa Teresa profesaba a la libertad, su amor a la
obediencia ciega a la jerarquía política y
eclesiástica la que venció entre los escritores e
intelectuales modernos, sino la herejía utópica de
Tomás Moro y de humanistas como Erasmo de Róterdam.
Todos aquellos escritores que creemos ejercer la
libertad de pensamiento también somos, casi
completamente, productos históricos, productos de
esas batallas políticas, ideológicas y culturales.
(También los más ortodoxos reaccionarios que se
creen intérpretes de la palabra de Dios lo son.) La
libertad intelectual está siempre en ese “casi”.
Sabemos que somos prisioneros de nuestro tiempo, que
nuestro tiempo es producto de una larga y pesada
historia. Pero la sola sospecha funciona como una
llave. A veces esa llave no puede abrir ninguna
puerta, pero nos indica por donde mirar. Y basta el
ojo de una cerradura para convertir esa “casi
libertad” en una de las más vertiginosas aventuras
humanas: la libertad de conocer, de formularse
preguntas que logren cuestionar, si no desarticular,
la gran prisión, la que no debe ser obra de ningún
Dios bondadoso sino pura construcción humana —a
veces en su nombre.
* Lincoln University
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