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“Liturgia y estrategia:
Eppur se muove”
por José Luis Fiori
“El asunto que será más discutido entre los
dos países puede no ser la energía, el medio
ambiente o la seguridad, sino la custodia
de un niño de ocho años”.
“Washington Post”, 13/03/2009
La
reunión de los presidentes Obama y Lula, a la hora
de la siesta de un sábado de invierno, en la Avda.
Pensilvania 1600, en Washington, fue una ceremonia
litúrgica, con temas aleatorios, propuestas inocuas
y puestas en escena simbólicas. Como en el caso de
las dos reuniones anteriores, con los primeros
ministros Taro Aso, de Japón, y Gordon Brown, de
Gran Bretaña, ocasión en que fueron confirmadas las
viejas alianzas preferenciales o imperiales de los
Estados Unidos, en Asia, Europa y América Latina.
No existe ninguna sorpresa o novedad en este asunto:
Brasil, por ejemplo, después de la reunión, mantuvo
la misma posición que ya tenía desde la
administración Truman, hasta los gobiernos de
Clinton y Bush. Las próximas reuniones serán más
difíciles, debido a la radicalización
fundamentalista del estado de Israel, el
enfriamiento de las relaciones con Arabia Saudita y
la destrucción del poder, en Pakistán.
Sea como sea, la
elección de los invitados y el orden de las
reuniones, será siempre un gesto simbólico y una
decisión exclusiva del gobierno norteamericano. Pero
eso no condena a los invitados a la inamovilidad,
porque fuera de la Casa Blanca, el mundo sigue
girando y cambiando de forma cada vez más
sorprendente. En la misma semana de la reunión
brasileña, el encuentro del G20, en Gran Bretaña,
consagró el fin del orden económico conservador
instaurado por las reformas liberales de la década
de 1980. Y la victoria electoral del candidato
presidencial del Frente Farabundo Martí para la
Liberación Nacional – FMLN -, en las elecciones
presidenciales de El Salvador, consagró el fin de
una era geopolítica que comenzó en América Central,
con la intervención del gobierno americano en
Nicaragua, Honduras y El Salvador, ahora gobernados
por las fuerzas políticas que fueron derrotadas
durante la “segunda guerra fría”, de la
administración Reagan, en la misma década del 80.
La historia de las
relaciones de los Estados Unidos, con América
Latina, es muy conocida. Pero es importante recordar
que nunca existió dentro del continente
latinoamericano, una disputa hegemónica entre sus
propios estados nacionales. Después de su
independencia, América Latina estuvo bajo la tutela
anglosajona: de Gran Bretaña, hasta el fin del siglo
XX, y de los Estados Unidos, hasta el comienzo del
siglo XXI. Y tampoco se formó en el continente, un
sistema integrado y competitivo, de estados y
economías nacionales, como ocurriría en Asia,
después de su descolonización. Por eso, los estados
latinoamericanos quedaron al margen de las grandes
disputas geopolíticas del sistema mundial, y del
punto de vista económico, siempre funcionaron como
territorios de experimentación de las estrategias
económicas internacionales del “imperialismo de
libre comercio”, liderado por los países
anglosajones.
Después de la 2ª
Guerra Mundial, y durante la Guerra Fría, América
Latina se alineó junto a los Estados Unidos, con la
excepción de Cuba, después de 1961. Pero esto no
impidió las sucesivas intervenciones de los Estados
Unidos en la vida política interna de los estados
latinos. Y de la misma manera, después de la Guerra
Fría, la mayoría de los gobiernos de la región
adhirieron a las políticas y reformas neoliberales,
preconizadas por el gobierno norteamericano. Pero a
partir de 2001, este marco ha venido siendo
alterado, de forma progresiva, por la fuerza del
voto, e independiente de la política externa
norteamericana. Y uno después del otro, todos los
gobiernos progresistas que fueron siendo electos, de
norte a sur del continente, vienen proponiendo una
revisión de las relaciones y de la posición de
América Latina dentro del espacio inmediato del
poder global de los Estados Unidos.
Los nuevos gobiernos
contaron – en un primer momento – con los vientos a
favor del ciclo de crecimiento de la economía
mundial hasta 2008, y ahora enfrentan en conjunto el
efecto disgregador de la crisis económica mundial. Y
lo que se debe prever para el período de crisis, es
una presión económica y política cada vez mayor,
desde afuera y desde adentro de la propia región. Ya
no existe la posibilidad de escapar a la presión
competitiva mundial, y esto acelera la formación
objetiva e inamovible de un sub-sistema estatal en
el continente latinoamericano, potenciando el poder
interno y externo de sus estados. Pero el futuro de
las relaciones de América Latina con los Estados
Unidos sigue siendo una incógnita y un desafío, que
dependerá decisivamente de la conducción estratégica
de la política externa brasileña.
El telón de fondo es
conocido: después de la Guerra del Paraguay, Brasil
se transformó en un estado sin características
expansivas, que jamás disputó la hegemonía
latinoamericana con Gran Bretaña, o con los Estados
Unidos. Y durante todo el siglo XX, su posición
dentro del continente, fue la de socio menor y
auxiliar de la hegemonía continental norteamericana.
En la década del 70, el gobierno militar del Gral.
Geisel se propuso un proyecto de “potencia
intermediaria”, profundizando la estrategia
económica desarrollista, rompiendo un acuerdo
militar con los Estados Unidos, ampliando sus
relaciones afro-asiáticas, y firmando un acuerdo
atómico con Alemania. La crisis económica y el fin
del régimen militar desactivaron este proyecto que
fue archivado en los años 90, cuando Brasil volvió a
alinearse con los Estados Unidos y su propuesta de
creación del ALCA. Después de 2002, la política
externa de Brasil cambió de rumbo y asumió una
postura más afirmativa de los intereses y del
liderazgo internacional del país.
Pero para seguir en
esta dirección, de forma victoriosa, y expandir su
poder internacional, Brasil tendrá que vencer
fuertes resistencias internas y rehacer su
estrategia económica. Pero más allá de eso, tendrá
que sustentar – por un largo período de tiempo – una
estrategia internacional de “crecimiento y
liberación”, cooperación y competencia, con los
norteamericanos. Porque no hay que llamarse a
engaño: en el medio plazo, la disputa estratégica de
Brasil, por la hegemonía regional, será con los
Estados Unidos, su principal “socio-tutor”, durante
todo el siglo XX y comienzos del siglo XXI.
Traducido para LA ONDA digital por
Cristina Iriarte
LA
ONDA®
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