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Argentina: el día de la
justicia por maza propia
por Emilio Ruchansky
Al cerrarse la última semana todavía continúan en
Argentina los ecos y la polémica sobre la
construcción de un muro que había levantado el
intendente de San Isidro
y que los vecinos de San Fernando destruyeron.
Este nuevo caso de un fenómeno que parece estar de
moda en las sociedades contemporáneas ya que se han
levantado muros en Israel, EE.UU. en la Frontera con
México en Brasil para separar una Favela de Rio y
ahora en plena ciudad de Buenos Aires. Lo que sigue
es la crónica del periodista Emilio Ruchansky para
el diario Página12, a horas que el muro del
intendente de San Isidro fuera derribado.
A
la mañana, chicos y no tan chicos la emprendieron
con martillos y mazas contra el muro. La policía no
intervino. Luego llegó la orden judicial de frenar
la obra. Posse acató, aunque ratificó su idea.
Crónica de una jornada a puro mazazo.
Las abuelas fueron con sus
nietos, los pibes llevaron mazas y cortafierros,
veinte policías miraron la escena de cerca sin
atinar a interrumpirla: eran las 10.45 cuando un
mazazo quebró el silencio y el muro. Los bloques de
cemento sobre la calle Uruguay no estaban amurados
al piso sino a las columnas de acero; no hacía falta
estudiar mucho el asunto, bastaba con golpear esas
juntas para que cayeran los últimos cinco bloques. Y
cayeron ayer, antes de que saliera el amparo
judicial para frenar la construcción, antes de la
visita del ministro de Seguridad bonaerense, Carlos
Stornelli, que había prometido la suspensión de la
obra hasta el lunes. El muro se levantó
arbitrariamente; tirarlo, para los damnificados, fue
una especie de justicia por maza propia.
El derrumbe fue aplaudido por
todos los presentes, incluyendo a los muchachos del
sindicato de camioneros de la zona, que se sumaron a
la volteada. A un costado de la calle Uruguay, que
separa o une –según cómo se mire– San Fernando de
San Isidro, el subsecretario de Planificación del
primero de esos municipios charlaba con la prensa.
“La situación no es sencilla”, explicaba. “El muro
nos genera un problema violento, pero tenemos que
agotar todos los carriles para que la situación se
resuelva con cordura y tranquilidad.” Diego Rossi,
el funcionario en cuestión, había ido para hablar
con los vecinos y ratificar el rechazo de las
autoridades a esa medida adoptada por el municipio
de San Isidro para “proteger” el vecindario.
Al rato pasó Stornelli,
custodiado por uniformados y funcionarios. Fue para
inspeccionar el lugar por orden del gobernados
Daniel Scioli y charló con los vecinos, que le
dedicaron un largo aplauso. Prometió usar “el poder
de policía” si vuelven a levantar el muro. “Es una
locura que hay que frenar lo antes posible, esto no
puede existir en la mente de nadie”, dijo. Luego
aseguró que la Municipalidad de San Isidro “no tiene
jurisdicción sobre la vía pública para impedirla ni
para cercar barrios ni dividir gente”. Lo acompañó
el intendente de San Fernando, Osvaldo Amieiro,
quien sostuvo que la inseguridad “la sufren en mayor
medida los más pobres que los más ricos”.
Pasado el mediodía, uno de los
carriles había sido liberado y apareció una pala
mecánica de la misma compañía que instaló el muro,
pero con pretensiones de llevarse los bloques de
cemento desparramados sobre la calle. Fue una lucha
desigual. El operario utilizó una garra metálica que
está en la parte de atrás del vehículo, pero sólo
consiguió desplazar los bloques. Luego, con una uña
de la garra, quiso sacar los restos de las columnas
de acero. Tampoco tuvo éxito. Una señora veía la
escena y le decía a otra: “Fijate cómo le cuesta a
la máquina y cómo lo sacaron los guachos, así nomás,
de una”.
A la vuelta, sobre la calle
Antártida Argentina, un grupo de chicos de entre 8 y
15 años se desquitaban con dos pilas de bloques de
cemento depositados sobre la vereda. Jonathan los
rompía con una gran adoquín que apenas podía
levantar, Nicolás le daba con una maza de mango
largo como las que se usan para tumbar paredes,
Mauricio golpeaba con un martillo de carpintero,
Lucía le pegaba a los bordes con maza y punta,
Matías intentaba con un garrote, Ariel y Federico
daban vuelta los bloques para destruirlos contra el
piso. Todos festejaban, como si estuvieran en
Carnaval tirándose bombitas.
En la esquina de Uruguay y
Carlos Tejedor, un camión de Cliba, pagado por el
municipio de San Fernando, se disponía a borrar los
rastros. Tenía una mano mecánica con dos garras en
forma de pinza, que elevaban los bloques y los
depositaban en el acoplado del vehículo. La gente
aplaudía, se abrazaba, se besaba. Más allá, un
operario cortaba las columnas de acero con una
amoladora; otro iba detrás y golpeaba la base de
metal hasta abollarla. Seguían los aplausos y un
solo canto: “¡Nunca más!”, ¡Nunca más!”.
Graciela Lescano, una abuela de
80 años que vive del lado de San Isidro, miraba la
escena emocionada. Ella estuvo el viernes pasado en
una reunión hecha en la iglesia del pastor Castro,
sobre esa misma calle, adonde acudió pensando en que
discutiría un proyecto para solucionar las
inundaciones en el barrio. Sin embargo ese encuentro
pautado con Miguel Beliz, del área de Desarrollo
Social de su municipio, era para hablar del muro,
cuya construcción ya había comenzado del otro lado
del calle Carlos Tejedor sin que nadie lo
sospechara.
En la reunión estaban los 33
frentistas que según el intendente Gustavo Posse,
impulsor de la medida, fueron quienes solicitaron el
muro. “Eso no es cierto”, dijo la abuela. “Nadie en
la cuadra estaba de acuerdo. Yo escuché un rato lo
que decía Beliz y los otros tres hombres de la
municipalidad que estaban. Pero enseguida me levanté
y me fui indignada. Decían que entre calle y calle
iban a poner molinetes para que pasaran los vecinos,
y cámaras de seguridad.”
Su hija Magdalena se quedó
hasta el final de la reunión junto a su marido.
Preguntó si había espacio para que pasaran los
bomberos o las ambulancias. Le dijeron que no.
Después preguntó si iban a sacar los árboles y le
dijeron que no, que si molestaban “los corrían”.
Después preguntó por el recorrido de los colectivos
y enseguida Beliz la cortó en seco. “Estás haciendo
demasiadas preguntas.” Su marido levantó la voz y
dijo lo que muchos pensaban: “¿Esta reunión es para
pedirnos nuestra opinión o solo para informar? ¡Para
qué carajo nos invitan si esto ya estaba decidido de
antes!”.
Lescano, su hija y Silvia
Maidana, otra vecina que se sumó a la charla y vive
en la vereda de la discordia, juraron que casi
ninguno de los 33 frentistas estuvieron de acuerdo.
Las tres aclararon los tantos con sus vecinos de San
Fernando cuando se desató el conflicto. Después
supieron por el intendente del distrito de enfrente
que había un petitorio firmado por doce familias a
seis cuadras de ahí, en el lujoso barrio La
Horqueta. Maidana aseguró que al terminar la reunión
le advirtió al funcionario de Desarrollo Social que
tenía que avisar a los vecinos porque iba a haber
mucha resistencia. “Me dijo que iban a volantear, me
mintió.”
Cuatro días después, su
pronóstico se cumplió. Cuando los vecinos se toparon
con las rejas montadas sobre los bloques de cemento,
apedrearon a los operarios y tiraron las rejas. Al
otro día, hicieron palanca con las columnas de acero
que quedaron en pie, mientras la guardia de
Infantería protegía el último tramo de cemento.
Ayer, terminaron de tirar el muro erigido bajo la
política de los hechos consumados.
Esa lógica, cuyo lema es
“construir primero, negociar después”, también
sucedió (y sucede según contaron varios vecinos) en
la avenida Boulogne Sur Mer, que divide las
localidades Pacheco y Don Torcuato. Allí, un grupo
de propietarios de muy buen nivel adquisitivo
pusieron tranqueras en las calles de salidas de las
cuatro manzanas en las que viven. Y las cierran de
noche ante la complicidad policial.
A estas estrategias se
contrapuso la de los vecinos de San Fernando, que
destruyeron lo hecho antes de que se expandiera,
pese al riesgo de ser reprimidos. Siguieron ese
viejo dicho: “A veces es mejor pedir perdón que
pedir permiso”.
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