La izquierda y la crisis
¿Sobrevendrá una “superación
hegeliana” del sistema?
por el profesor José Luis Fiori

La izquierda keynesiana interpreta de una forma más o menos consensual, la nueva crisis económica mundial que comenzó en el mercado inmobiliario americano, y se expandió por las venas abiertas de la globalización financiera. Siguiendo el argumento clásico de Hyman Minsky1, sobre la tendencia endógena de las economías monetarias a la “inestabilidad financiera”, a las burbujas especulativas y a períodos de desorganización y caos provocados por la expansión desregulada del crédito y del endeudamiento, cuando se hace inevitable la intervención pública y el rediseño de las instituciones financieras2, sin que esto amenace la supervivencia del propio capitalismo. Por esto, a pesar de sus divergencias con respecto a valores, procedimientos y velocidades, todos los keynesianos creen en la eficacia, y proponen, en este momento, una intervención masiva del estado, para salvar al sistema financiero y reactivar el crédito, la producción y la demanda efectiva de las principales economías capitalistas del mundo3.

 

En el caso de la izquierda marxista, entre tanto, no existe una interpretación consensual de la crisis, ni existe acuerdo sobre los caminos del futuro.  Algunos siguen una línea cercana a la escuela keynesiana, y privilegian la financierización capitalista como causa de la crisis actual, mientras otros siguen la línea clásica de la teoría de la “superproducción”, del “sub-consumo” 4, y de la “tendencia a la declinación de la tasa de lucros” 5. E incluso existe una izquierda post-moderna que interpreta la crisis actual, como un resultado combinado de todo esto y una serie más de determinaciones ecológicas, demográficas, alimenticias y energéticas. Desde el punto de vista propositivo, algunos marxistas creen en la eficacia de una solución “keynesiana radicalizada”6, otros piensan que llegó la hora del socialismo7, y muchos consideran que acabó el capitalismo y la modernidad y sólo cabe luchar por una nueva forma de globalización solidaria, donde las relaciones sociales sean desmercantilizadas, y el producto social sea devuelto a sus productores directos8.

 

En una línea diferente, se ubican los autores neo-marxistas que asocian las crisis económicas capitalistas, con lo que llaman ciclos y crisis hegemónicas mundiales, que involucran – además de la economía – las relaciones globales de poder9.  Estas teorías leen la historia del sistema mundial como una sucesión de ciclos hegemónicos, una especie de ciclos biológicos de los estados y de las economías nacionales que nacen, crecen, dominan el mundo y después decaen y son sustituidos por un nuevo estado y una nueva economía nacional que recorrería el mismo ciclo anterior hasta llegar a su propia hora de decadencia. En este momento, la mayoría de estos autores consideran que la crisis económica actual es una parte decisiva de la “crisis de hegemonía” de los Estados Unidos, que deberán ser sustituidos por un nuevo centro de poder y acumulación mundial de capital, que probablemente está situado en China.

 

Desde nuestro punto de vista, entre tanto, la mejor manera de pensar el “sistema interestatal capitalista”, que se formó a partir de la expansión europea del siglo XVI, no es a través de una metáfora biológica, sino cosmológica, mirando hacia el sistema como si él fuese un “universo en expansión” continua. Con un núcleo central formado por los estados y economías nacionales que luchan por el “poder global”, que son inseparables, complementarios y competitivos y que están en permanente preparación para la guerra, una guerra futura y eventual, que tal vez nunca ocurra, y que no es necesario que vaya a ocurrir10. Por esto, los estados y economías que componen el sistema interestatal capitalista están siempre creando, al mismo tiempo, orden y desorden, expansión y crisis, paz y guerra. Y las potencias que una vez ocupan la posición de liderazgo, no desaparecen, ni son derrotadas por su “sucesor”. Permanecen y tienden a fundirse con las fuerzas ascendentes, creando bloques político-económicos cada vez más poderosos como sucedió, por ejemplo, en el caso de la “sucesión” de Holanda por Gran Bretaña, y de ésta, por los Estados Unidos, que significó de hecho, un ensanchamiento sucesivo de las fronteras del poder anglosajónico. No existe aún ninguna teoría que rinda cuentas de las relaciones entre las crisis económicas y las transformaciones geopolíticas del sistema mundial. Pero lo que ya está claro hace mucho tiempo es que dentro del sistema interestatal capitalista, las crisis económicas y las guerras no son, necesariamente, un anuncio del “fin” o del “colapso” de los estados y de las economías involucradas. Por el contrario, en la mayoría de los casos forman parte de un mecanismo esencial de la acumulación del poder y de la riqueza de los estados más fuertes comprometidos en el origen y en la dinámica de estas grandes turbulencias.

 

Ahora bien, desde nuestro punto de vista, las crisis y guerras que están en curso en este inicio del siglo XXI todavía forman parte de una transformación estructural, de largo plazo, que comenzó en la década de 1970 y provocó una “explosión expansiva” y un gran aumento de la “presión competitiva” interna, dentro del sistema mundial. Esta transformación estructural en curso comenzó en la década del 70, exactamente en el momento en que se comenzó a hablar de “crisis de la hegemonía americana”, y del inicio de la “crisis terminal” del poder americano. Y sin embargo, fue la respuesta que los Estados Unidos dieron a su propia crisis que acabó provocando esta transformación de largo plazo de la economía y de la política mundial que está en pleno curso. Basta decir que fueron estos cambios liderados por los Estados Unidos que trajeron de nuevo al sistema mundial, después de 1991, a las dos viejas potencias del siglo XIX, Alemania y Rusia, además de incluir dentro del sistema, a China, a India, y a casi todos los principales competidores de los Estados Unidos, de este comienzo de siglo. En este sentido, además, la “crisis de liderazgo” de los Estados Unidos, después de 2003, sirvió apenas para dar una mayor visibilidad a este proceso que se aceleró después del fin de la Guerra Fría, ya ahora con nuevas y viejas potencias regionales actuando de forma cada vez más “soberana”, en la defensa de sus intereses nacionales y en la reivindicación de sus “zonas de influencia”.

 

Desde el punto de vista del sistema interestatal capitalista, esta dinámica contradictoria significa que los Estados Unidos todavía están liderando las transformaciones estructurales del propio sistema. La política expansiva de los Estados Unidos, desde 1970, activó y profundizó las contradicciones del sistema, derribó instituciones y reglas, hizo guerras y acabó fortaleciendo los estados y las economías que hoy están disputando con ellos, las supremacías regionales, alrededor del mundo. Pero al mismo tiempo, estas mismas competencias y guerras, cumplieron y siguen cumpliendo un papel decisivo en la reproducción y en la acumulación del poder y del capital norteamericano, que también necesita mantenerse en estado de tensión permanente, para reproducir su posición, en la cima de la jerarquía mundial. Lo fundamental, al final de cada una de estas tormentas, es saber quien quedó con el control de la moneda internacional, de los mercados financieros, y de la innovación tecnológico-militar de punta.

 

En este momento, no hay perspectiva de superación del poder militar de los Estados Unidos, desde el punto de vista de sus dimensiones actuales, de su velocidad de expansión, y de su capacidad de innovación, a pesar de sus fracasos en Oriente Medio. Y tampoco existe en el horizonte la posibilidad de sustitución de los Estados Unidos como “mercado financiero del mundo”, debido a la profundidad y extensión de sus propios mercados y de su capital financiero, y debido a la centralidad internacional de la moneda americana. Basta observar la reacción de los gobiernos y de los inversores de todo el mundo que se están defendiendo de la crisis del dólar huyendo hacia el mismo dólar, y hacia los títulos del Tesoro americano, a pesar de su bajísima rentabilidad, y a pesar de que el epicentro de la crisis esté en los Estados Unidos. Y lo que más llama la atención, es que son exactamente los gobiernos de los estados que estarían amenazando la supremacía americana, los primeros en refugiarse en la moneda y en los títulos de su Tesoro.

 

Para explicar este comportamiento aparentemente paradojal, es preciso dejar de lado las teorías económicas convencionales y también las teorías de las crisis y “sucesiones hegemónicas”, y mirar hacia la especificidad de este nuevo sistema monetario internacional que nació a la sombra de la expansión del poder americano, después de la crisis de la década del 70. Desde entonces, los Estados Unidos se transformaron en el “mercado financiero del mundo”, y su Banco Central (FED), pasó a emitir una moneda nacional de circulación internacional, sin respaldo, administrada a través de las tasas de interés del propio FED, y de los títulos emitidos por el Tesoro americano, que actúan en todo el mundo, como base del sistema “dólar flexible”. Por eso “la casi totalidad de los pasivos externos americanos es denominada en dólares y prácticamente todas las importaciones de bienes y servicios de los Estados Unidos son abonadas exclusivamente en dólares”. Una situación única que genera una enorme asimetría entre el ajuste externo de los Estados Unidos y los demás países (…). Por eso, también, la remuneración en dólares de los pasivos externos financieros americanos que son todos denominados en dólares, siguen de cerca la trayectoria de las tasas de interés determinadas por la propia política monetaria americana, configurando un caso único en que un país deudor determina la tasa de intereses de su propia “deuda externa” 11. Una magia poderosa y una circularidad imbatible, porque se sustenta de manera exclusiva, en el poder político y económico norteamericano.

 

Ahora mismo, por ejemplo, para enfrentar la crisis, el Tesoro americano emitirá nuevos títulos que serán comprados, por los gobiernos e inversores de todo el mundo, como justifica el influyente economista chino, Yuan Gangming, al garantizar que “es bueno para China invertir mucho en los Estados Unidos; porque no hay muchas otras opciones para sus reservas internacionales de casi U$S 2 trillones, y las economías de China y de los Estados Unidos son interdependientes”. (FSP, 24/11).

 

Por eso, desde mi punto de vista, a pesar de la violencia de esta crisis financiera, y de sus efectos en cadena sobre la economía mundial, tampoco habrá una “sucesión china” en el liderazgo político y militar del sistema mundial. Por el contrario, desde el punto de vista estrictamente económico, lo más probable es que se de una profundización de la fusión financiera en curso desde la década del 90, entre China y los Estados Unidos, y esta integración será decisiva para la superación futura de la crisis económica. La crisis actual comenzó como una forma de tifón, pero deberá prolongarse en la forma de una “epidemia darwinista”, que irá liquidando a los más débiles, en sucesivos niveles, nacionales e internacionales, y profundizará la carrera imperialista que comenzó en los años 90.

 

Cuando salga el sol pocos estarán en la playa, pero con seguridad, los Estados Unidos estarán al frente de este grupo selecto. Y casi todos los países que estaban ascendiendo en las últimas dos décadas y desafiando el orden internacional establecido, serán “reubicados en su lugar”. En este período habrá resistencia y habrá conflictos sociales agudos, y si la crisis se prolonga, deberán multiplicarse las rebeliones sociales y las guerras civiles en las zonas de fractura del sistema mundial y, es probable, que algunas de estas rebeliones vuelvan a plantearse objetivos socialistas. Pero desde nuestro punto de vista, no habrá un cambio del “modo de producción” a escala mundial, ni tampoco sobrevendrá una “superación hegeliana” del sistema interestatal capitalista.

Traducido para LA ONDA digital por Cristina Iriarte

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