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El jardín de los
solos y juntos
por Joselo Olascuaga
¡Cómo
ha cambiado Chejov! Hace diez días Leila Macor me
hizo recordar que Bertold Brecht se ponía colorado y
se decía: “¡qué vergüenza!”, cuando alguien lo
saludaba diciéndole: “¡qué bien estás; no has
cambiado nada!”. Antón Paulovich Chejov no tiene
nada de qué avergonzarse. Lo comprobé anoche en el
estreno de El jardín de
los cerezos por el elenco de El Galpón.
Cuando yo era más
joven me acostumbré a ver los Chejov de “clima
Chejov”, aquellos que después ensayábamos en las
escuelas para incorporar el método Stanivslaski del
actor sobre su personaje y sobre sí mismo.
El primero que vi fue
El Tío Vania que representó La Comedia
Nacional en el año 76 o 77 (bueno… cuando yo era más
niño, en realidad), del que recuerdo la escenografía
no figurativa que intentaba no encerrar la lectura
en la Rusia del 900 y el tono castrense con que
Alexandre nos ordenaba: “¡Trabajen, trabajen fuerte,
trabajen siempre!”. El público se identificaba con
el tío Vania y con Sonia, claro. Alexandre vivía de
nosotros, venía de afuera y usaba ese tono militar
para dirigirnos. Estábamos en el Uruguay de la
dictadura, con Vehg Villegas de ministro. Chejov
andaba enfáticamente politizado y su lectura desde
la platea estaba “cantada”.
El primero que hice
fue precisamente El jardín de los cerezos Es
un texto que adoro. Lo hicimos en la Sala Verdi para
una prueba de egreso de la EMAD con dirección de
Elena Zuasti y desde entonces, cada vez que veo la
obra mi memoria se adelanta a varios parlamentos
ensayados noventa mañanas de hace treinta años. Pero
anoche no pude reconocerlo en los diálogos. Solo en
los monólogos “identitarios” de los personajes
sabiamente recreados por Guido, por Gleijer, por
Calcagno…
No tengo ninguna
conciencia crítica de aquella puesta de la EMAD y vi
las siguientes sin la menor pretensión de
comentario. Recuerdo más de una muestra de escuela
(una de El Circular) y sé que siempre El jardín
de los cerezos me pareció grandiosa,
independientemente de su realización. Pero cuando me
tocó comentar un Chejov, El tío Vania, en la
Alianza, dirigido por Imilce Viñas, año 2000, Antón
Paulovich andaba sacado de Stanislavski y El Tío
Vania se había vuelto una comedia. La
escenografía nos traía, fidedigna, el olor a
abedules mojados (que vaya a saber cómo es, pero uno
se lo imaginaba) y cuando Alexandre decía:
“trabajen, trabajen fuerte, trabajen siempre” era
una suave recomendación que hasta se compadecía con
la resignación de los aconsejados. Chejov aparecía
(como se consideraba a sí mismo) extravagante,
preocupado por el más actual de los problemas, el
impacto ambiental de la contaminación. Y a quienes
arrastrábamos la lectura del 76 nos quedaba la
sensación de que también el país había cambiado.
Para ser precisos, apenas un tono.
Yo me había dado
cuenta desde antes, desde que El Galpón puso los
cuentos de Chejov, en la misma sala donde hoy va
El jardín de los cerezos, que Antón era también
comediante, que es sobre todo comediante y no
obliga a fumigar a los actores con un vaporizador de
bromuro. Pero en la Alianza me pregunté: Aún así,
¿alguna de sus comedias escapa al clima único de
Chejov, ese que se instala, más risueño que
indolente, entre el tedio y la pasión? ¿Y también
El jardín de los cerezos es una comedia?
Derby Vilas nos
propone en esta puesta de El Galpón una solución
ecléctica. Vestuario de época, luces para un
trasfondo impresionista de clima chejoviano, pero
escenografía no figurativa, contradictoria, el vuelo
de los sueños simbolizado en el centro y entorno la
barrera de troncos, solos y juntos como en el monte
los árboles crecen. En este Chejov el jardín está en
escena, no fuera. Los actores no se comunican por
método Stanislavski porque los personajes de
El jardín de los cerezos no se comunican
entre ellos. Ninguno, ni siquiera el eterno
estudiante y su amante que se propondrán cambiar el
mundo, nadie se comunica. Aquí no es el
terrateniente Alexandre, sino que es Lopajin, el
nieto de siervos (como Chejov), el resentido y
agresivo empresario triunfador (resentir es volver a
sentir y él no olvida sus orígenes) quien dice a su
modo: “trabajen, trabajen fuerte, trabajen siempre”.
Lo dice a la aristocracia decadente para ser
desoído. Todos hablan para ser, en realidad,
desoídos. El cambiante Chejov se nos presenta otra
vez con el tema de mayor actualidad, que siempre es
distinto y, sin embargo, a mí me pareció por
momentos que usa el mismo texto, pero debo haber
oído mal.
Aparte de que las
últimas palabras del mayordomo, “la vida se fue,
parece que no hubieras vivido, en fin… que torpe
eres”, anoche me pesaron más que cuando yo era menos
viejo.
LA
ONDA®
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