El valor de la Cultura:
nueva institucionalidad
y reforma del Estado
por el Lic. Sergio Navatta

A partir del año 2003 con la III Asamblea Nacional de la Cultura (Uruguay) comienza a gestarse una nueva era, la era de los “accesos” y el reconocimiento y desarrollo de los derechos culturales. Se instala el germen de una nueva institucionalidad de la cultura al poner sobre la mesa el concepto de un “Sistema Nacional de Cultura”, que trascendiera al ámbito cultural y que fuera recogido por intelectuales y políticos.

 

Junto con la era de los “accesos” comienza a desarrollarse, con esta

primera propuesta, también la era de los “sistemas integrados”, que van dándole forma a esta transición conceptual del Estado, desde el concepto de Estado de bienestar hacia el concepto de Estado relacional. Cobran fuerza las propuestas sobre los sistemas nacionales e integrados, “Sistema Nacional de Cultura”, “Sistema Nacional de Salud”, “Sistema Nacional Integrado de Formación Artística”, “Sistema Integral de Seguridad Social”, “Sistema Integrado de Transporte” y otros, características propias de los Estados denominados “Relacionales”, en donde se consolidan los derechos culturales, se desarrolla la sociedad del conocimiento y la economía creativa, se vincula cultura y desarrollo hacia un nuevo paradigma y se desarrollan redes institucionales.

 

La reforma del Estado y una nueva institucionalidad de la cultura son la gran deuda pendiente de este período que culmina. La necesaria institucionalización de la cultura no solo en el ámbito estatal sino también en la sociedad civil, nos lleva a la necesidad de una coordinación  y  articulación  que  en  forma  sinérgica  impliquen 

dos  ejes fundamentales del proceso cultural: construcción identitaria y derechos culturales.

 

La identidad de una sociedad es una construcción colectiva a través del tiempo, en donde a lo largo de la historia, las raíces identitarias que se conservan se fusionan y construyen nuevas formas que se difunden a través de nuevas expresiones culturales, incrementando así la diversidad cultural, motor y riqueza de la vida humana.

 

Con el reconocimiento de que los individuos son sujetos de derechos culturales, comienza a desplegarse en su plenitud la libertad cultural.

 

Pero también, el reconocimiento de que los individuos son sujetos culturales, implica que son parte activa y participante del desarrollo cultural y global de la sociedad.

 

Los derechos culturales, que ya han dejado de ser el “subdesarrollo” de los derechos humanos, son derechos de carácter fundamental, como lo establece la UNESCO y la Carta Cultural Iberoamericana que expresa: “Convencidos igualmente de que la cultura se debe ejercer y desarrollar en un marco de libertad y justicia, reconocimiento y protección de los derechos humanos, y de que el ejercicio y el disfrute de las manifestaciones y expresiones culturales, deben ser entendidos como derechos de carácter fundamental;“ La libertad cultural, implica la diversidad de la oferta cultural y el derecho a su acceso, en donde las identidades nacionales, regionales y locales forman parte de esa diversidad. Según la UNESCO, el respeto a la diversidad y a la identidad cultural es un bien y un recurso que hay que promover y desarrollar por que contribuye, no sólo a la cultura en general y al arte, sino al desarrollo global de los pueblos.

 

Por otra parte, si observamos la definición establecida en la Declaración de Friburgo sobre Derechos Culturales en mayo del 2007,que es la más reciente y aceptada a nivel internacional, establece: “El término cultura abarca los valores, las creencias, las  convicciones, los idiomas, los saberes y las artes, las tradiciones, instituciones y modos de vida por medio de los cuales una persona o un grupo expresa su humanidad y los significados que da a su existencia y a su desarrollo”

 

El valor de la cultura en el desarrollo social y económico sostenible, en el bienestar de los pueblos y como dice la UNESCO  “como base indispensable para el desarrollo integral del ser humano y para la superación de la pobreza y de la desigualdad”,  ya es indiscutible. Ya no podemos dejar de vincular cultura y desarrollo, desde las declaraciones de la UNESCO hasta la Declaración de Friburgo se apunta hacia un nuevo paradigma de desarrollo en donde la cultura es el valor central. 

 

Concepto que va más allá de una perspectiva económica, en definir a la cultura solo como factor de desarrollo, sino como definición y proyección del desarrollo en una sociedad, mucho más en la actual sociedad del conocimiento, de la economía creativa y de la innovación en ciencia y tecnología. El valor central hoy, se encuentra  en la “creatividad”, necesaria para la producción de conocimiento, para la economía y para la innovación científico-tecnológica;

Innovación que no es otra cosa que“creatividad viable o materializable.”

 

Como mencionábamos al principio,  en la Asamblea Nacional de Cultura del 2003, surgen por primera vez propuestas hacia una nueva institucionalidad de la  cultura, nuevas instituciones en la definición de las políticas culturales como “Consejo Nacional de Cultura”, vinculante, resolutivo y con participación del sector cultural, que luego en el devenir se le suma la propuesta de la creación de un Ministerio de Cultura, siguiendo el camino que otros países han incursionado con  éxito en su propio desarrollo cultural.

 

Esta síntesis  superadora de un Ministerio con un Consejo Nacional de Cultura, aúna las mejores características de ambos, como ejecutividad con la representatividad y la participación, elementos

indispensables en una sociedad moderna que se precie de progresista.

 

Nuevo Ministerio.

Un Ministerio de Cultura, que reafirme la vital importancia del vínculo

existente entre la cultura y el desarrollo, que logre  una mejor planificación, implementación, ejecución y evaluación de  las políticas culturales, que logre una descentralización cultural, que logre una mayor integración y coordinación entre las diferentes áreas y servicios del Estado, que jerarquice el área de la cultura dentro del gabinete de gobierno, que promueva la difusión y el reconocimiento del valor central de la cultura en el desarrollo integral del ser humano, es ya hoy tan indispensable que se hace impensable dilatar su concreción.

 

Un Ministerio de Cultura, no implica necesariamente la creación de más ministerios, perfectamente se puede transformar el actual Ministerio de Educación y Cultura en un Ministerio de Cultura y darle a la educación una nueva institucionalidad más acorde a las características propias de nuestro sistema de enseñanza. Tenemos un sistema descentralizado, con consejos independientes en las diferentes ramas del sistema educativo, Primaria, Secundaria, UTU y Universidad. ¿Qué función cumple el MEC dentro de este sistema? ¿Define las políticas educativas? ¿Implementa planes y programas

de estudio?, ¿Coordina los diferentes consejos autónomos de la enseñanza? Sabemos que no, entonces ¿Qué razón justifica un Ministerio de Educación en un sistema como el nuestro?

 

Muy probablemente sería mucho más útil un Consejo Nacional de Educación, con participación de los distintos consejos de la  enseñanza  y  otras  representaciones  que  se  consideren  y  que  sí  tuviera  como  cometido  la definición de las grandes líneas de la política educativa y la coordinación entre todos los niveles e instituciones de enseñanza del país.

 

Fiscalía de Corte y Registros.

Este es un tema que también merece discusión, pero nadie duda a esta altura que sería conveniente separarlo del Ministerio de Cultura, no necesariamente en un Ministerio aparte, pero sí en un organismo

independiente que albergara a los Registros y a la Fiscalía de Corte,

dentro de la órbita del Poder Ejecutivo.

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