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(1930-2009)
J.G. Ballard: nuestro
Inalcanzable y cercano futuro
por
Martín Bentancor
El
pasado domingo 19 falleció, a los 78 años, víctima
de un cáncer de próstata, el escritor inglés James
G. Ballard. Autor de culto y, al mismo tiempo,
masivamente leído, Ballard edificó una sólida obra
que se presenta fundamental para entender ciertas
claves de nuestro presente y del inalcanzable y
cercano futuro.
Su nombre sonó varias
veces para el Premio Nobel de Literatura pero en
Estocolmo hicieron oídos sordos u ojos ciegos a su
prosa magistral y a su visión apocalíptica del
tiempo en que le tocó vivir.
Influyó a innumerable
cantidad de artistas, no solamente a escritores. Su
estela puede detectarse en las páginas de Chuck
Palahniuk y Martin Amis, en las imágenes de David
Cronenberg y Steven Spielberg y en las
construcciones sonoras de Brian Eno y John Cale,
entre otros.
Provocó otro diluvio – el definitivo
– con El mundo sumergido (1963), una novela
donde uno de los cuatro elementos se convierte en
regla para medir la condición humana y en detonador
de lo mejor y lo peor de sus personajes. También
hizo desaparecer a los Estados Unidos en Hola
América (1981), obligando a un puñado de
exploradores a recorrer los estados contenidos entre
el océano Atlántico y el Pacífico asistendo a los
estragos de nuestro actual modo de vida. Describió
una nueva variante sexual – Crash (1973) - y
patinó de lo lindo al edificar un argumento donde la
perversión le gana a la creación. Contó su infancia
en la conflictiva Shangai de los años treinta en la
soberbia novela autobiográfica El imperio del sol
(1984) y su compleja y, entrañable en ocasiones
y problemáticas en otras, relación con el sexo
femenino en la bondad de las mujeres (1991),
quizas su texto más logrado. Escribió su peor
novela, Fuga al paraíso (1996) como reflejo
de la ascendente problemática ecológica a nivel
mundial y comenzó, a partir de esta obra, una
espiral descendente donde la fuerza de sus libros
anteriores se fue perdiendo entre los misterios que
pueblan una sofisticada urbanización para nuevos
ricos (Super-Cannes), el mesianismo y el
culto a la violencia de Milenio Negro (2003)
y los estragos de la última fase del consumismo de
Bienvenidos a Metro-Centre (2006). Pero,
justo es decirlo, en el 2001 ordenó su antología de
cuentos,uno
de los libros fiundamentales de la ficción breve de
las décadas pasadas donde, entre una acumulación de
grandes textos, pueden leerse (o releerse) gemas
como “Las voces del tiempo”, “El hombre del piso
99” o “Pasaporte a la eternidad”.
Pateó
el tablero de la ciencia ficción establecida y
también de la variante avan- garde, al
deslindarse del núcleo duro del género (El
huracán cósmico, su primera novela de 1962, es
la que más se acerca) y de la versión “más
filosófica”, al definir a sus historias como
“hechos que no tienen lugar en el
futuro sino en una especie de presente visionario”.
Habitó, por décadas,
el mismo chalet desvencijado en los suburbios de
Shepperton, rodeado de plantas y de libros, sin
dignarse a pasar la aspiradora “desde 1960”.
Allí, en su, suponemos, espaciosa biblioteca,
redactó sus ficciones a mano, sin sombra de
computadora y hablando pestes de internet.
En
Hola América, Wayne, el protagonista, recorre
una Nueva York desolada, donde los edificios se
alzan vacíos entre las montañas y donde la Estatua
de la Libertad yace en las aguas del Atlántico como
un símbolo de la muerte definitiva de los sueños de
toda la sociedad. La Nueva York que ve Wayne, la
ciudad por la que camina sin rastros de presencia
humana, está poblada por reptiles, como una
inversión o representación actualizada de lo que
debió ser la alborada del mundo, antes de la
irrupción del homo habilis. Los reptiles que
ahora habitan al tierra, entre los restos edilicios
de una ciudad abandonada, han adoptado – en la
visión ballardiana – las características de los
hombres: “En todas partes
había vida desértica, secreta pero abundante. Los
escorpiones se retorcían como ejecutivos nerviosos
en las ventanas de las antiguas agencias de
publicidad. Una serpiente que tomaba el sol en la
puerta de una editorial se detuvo a observar a Wayne
y luego se desenroscó en la sombra, esperando
pacientemente entre los escritorios como un editor
implacable. Había serpientes en las agencias de
actores, sacudiendo los cótalos como si censuraran a
Wayne por una prueba de actuación insuficiente”.
Nadie como J.G.
Ballard registró nuestro inquietante presente con
una pluma a medio camino entre el documental
exhaustivo y el Aocalipsis de San Juan, nadie como
J.G. Ballard, en definitiva, para detectar nuestra
lenta e inexorable mutación de seres humanos en
reptiles.
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