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Pensar el Batllismo
II – El caso Ardao – 1ª parte.
por:
Héctor Valle
hectorvalle@adinet.com.uy
Una
persona es el resultado de una época bien como de
una geohistoria. Tal fue el caso de José Batlle y
Ordóñez, sin negar, naturalmente, su propia
identidad y la construcción que de sí hizo como
ciudadano. Lo cierto fue que lo hizo en y desde un
ambiente intelectual y ciudadano en gestación
crítica creciente.
Está documentado,
históricamente, la injerencia del Imperio Británico
en la gestación de lo que hoy es el Uruguay. También
es cierto que en determinado momento, que podríamos
ubicar inmediatamente después de la Guerra Grande,
este país tuvo un grupo de ciudadanos que lo pensó y
proyectó como Nación, resguardándolo de imperios de
aquí y de allá, haciendo así que pudiera crecer
propio, libre y con proyección.
En este quehacer
fermental y libertario, mucho tuvo que ver la
laicidad, luego el librepensamiento que, decenios
después, diera generaciones como la “del Quebracho”,
donde comenzó a ser común en los ambientes
estudiantiles y culturales una filosofía crítica que
aportó, a lo largo de varias generaciones los
materiales necesarios para el cimiento de una
nación. Intelectuales que se atrevieron a pensar. Y
lo hicieron en grande.
Quien se destacó con
particular brillo en la generación del Quebracho fue
el joven Prudencio Vázquez y Vega, su numen e
inspirador. Fallecido éste tempranamente, le tocó al
joven Batlle y Ordóñez, el sustituirle, prueba
mediante, en la cátedra de Filosofía que Vázquez y
Vega impartiera con verbo propio y elevado.
Así, desde el
librepensamiento y en torno a una atmósfera de
filosofía crítica, es que la generación de Vázquez y
Vega, con un grupo afín a su pensamiento, diera por
resultado la emergencia de un político que supo
abrevarse tanto en la filosofía crítica de la época
como también en la poesía: Batlle y Ordóñez.
Es natural que, con
el paso del tiempo, Batlle y Ordóñez recibiera con
la suficiente apertura intelectual los aportes de
anarquistas italianos que habían comenzado a llegar
en número no menor a nuestro país y que su amigo
Domingo Arena tan bien sabía compartir y sintetizar.
Con ello, en una rara
síntesis, fueron produciéndose cambios cualitativos
tanto en lo social como en lo económico, teniendo
por eje el respeto para con el otro, no desde un
pedestal – léase: el otorgamiento de dádivas cual
limosnas -, sino junto con el otro, en el respeto
creciente para con el trabajador, en primer término
y, con el paso del tiempo, con la mujer como sujeto
de derecho.
Todo esto también se
dio, vale decirlo pues es una contradicción que
signa este avance, desde el marco de un partido
político que, además, y vaya tamaña salvedad, fue un
partido-de-gobierno.
Hubo, por
consiguiente, claroscuros que, en gran medida y con
el tiempo, ya muerto Batlle y Ordóñez y su sobrino
Luis Batlle Berres, dieron con el fin, no ya del
partido político sino del aire de libertad
responsable que hubo en un tiempo específico en el
mismo y que luego fue perdiéndose, a jirones, con
renuncias y, también, no pocas vergüenzas.
Por eso destacamos en
la primer entrega, la persona y el hacer del que
para nosotros fue el último gran batllista: Amílcar
Vasconcellos, ese hombre que, como él mismo dijera
al cumplir 70 años, vivió el exilio interior que le
impusieron los mandamases emergentes desde y por la
dictadura, pero dentro de su propio partido
político.
El Batllismo estaba
llamado a estar y ser, en el descampado y hacia el
ancho horizonte de una vida digna de ser vivida, sin
ataduras pero con responsabilidad social y política,
en permanente dialéctica con el poder constituido,
sea éste de la esfera que fuere.
Por ello, este
ismo, según lo entiendo yo, tuvo ciertamente su
inicio en una persona física, características
personales que la elevaron por sobre la media de sus
contemporáneos, pero fue tan solo durante un breve
tiempo, si lo medimos con el largo tiempo de nuestra
nación. Luego de este momento de gestación, de
elaboración doctrinaria, fue, paulatina e
inexorablemente, derramándose en toda la sociedad
uruguaya.
Así, uno a uno,
libre cada quien, pensantes todos y con propio
discernimiento, fue generándose en grado creciente,
una visión y versión de lo que la libertad
responsable es en gentes que, con su propia
identidad y sin avenirse a otorgar servidumbre
voluntaria alguna, cuentan con un componente ácrata
junto con una pátina importante y profunda de
librepensamiento.
Esto es, a mi
criterio - y desde ya acepto, recibo y con gusto
responderé a las críticas que se me formulen -, el
Batllismo que hoy pervive y pervive al descampado,
acampando sí en una colectividad política,
ciertamente de izquierda, no importa los sectores,
pero haciéndolo mientras vela las armas de la razón,
que son, a bien decir, las de la libre determinación
y no sujeción a caudillo ni dogma alguno.
Sólo se está sujeto a
la responsabilidad que nos cabe como ciudadanos y
seres humanos de que el otro, por caso los más
necesitados, puedan caminar erguidos, satisfechas
sus necesidades básicas, y así pensar, y pensando,
construir su propio destino.
El caso Ardao
El profesor Arturo
Ardao, historiador y filósofo fue un ejemplo
paradigmático, no por cierto de batllismo, sino de
librepensador a la vez que poseedor de un sustrato
ético elevado y permanente a lo largo de su larga y
proficua vida.
Tras la publicación de su obra
“Espiritualismo y Positivismo en el Uruguay”[i]
se producen no pocas e importantes reacciones, entre
las cuales se destaca por su fuerte crítica la que
proviene de la cátedra de Sociología de la Facultad
de Derecho y Ciencias Sociales, a cargo del doctor
Isaac Gañón. Estamos en el año 1950.
A resultas de tales
cuestionamientos, Ardao reflexiona y casi de
inmediato, apenas al año, publica una de sus grandes
obras, a saber: “Batlle y Ordóñez y el positivismo
filosófico”, la que es publicada por NÚMERO, en el
año de 1951. Recordemos que NÚMERO fue una estupenda
revista de pensamiento que sacó pocas pero
destacadísimas ediciones en sus años de existencia y
que además, editó pocas pero trascendentes obras del
pensamiento uruguayo.
Las “ironías del
destino” o, según creo entender, la lógica de un
tiempo social en donde el Uruguay ha decaído
grandemente en lo cultural, hace que, no por
casualidad, en varias bibliografías de la obra de
Arturo Ardao, no se encuentre relacionada ésta,
hecho por demás llamativo por ilustrativo de la
creciente trivialización del pensamiento en nuestro
país. Y esto va, como se comprenderá, tanto para
tirios como para troyanos.
En una edición de mil
ejemplares, edición que, dicho sea de paso, estuvo
al cuidado de Sarandy Cabrera, en la imprenta Rosgal,
Ardao expone, a lo largo de 223 páginas, un estudio
que busca, y logra, llevar luz, ante la común
convicción del carácter positivista de José Batlle y
Ordóñez.
Dice
Ardao en el prólogo de esta obra suya, ejemplo vivo
de lo que una persona comprometida con el deber ser
y el pensar crítico debe llevar a cabo:
“(…) Este trabajo no habría sido escrito – por lo
menos en estos momentos, y con el título, la
estructura y el acento con que se ofrece, que le dan
un inevitable carácter de alegato de bien probado –
de no haberse refutado expresamente desde la cátedra
de Sociología de la Facultad de Derecho y Ciencias
Sociales, la revisión que llevamos a cabo en nuestro
libro Espiritualismo y Positivismo en el
Uruguay, del supuesto
positivismo filosófico de José Batlle y Ordóñez.”
Ya en este párrafo,
Ardao nos da una idea cabal no sólo de su rigor
académico, al responder con propiedad una crítica
importante, sino y especialmente su independencia de
criterio a la hora de argüir respecto de una persona
que, en lo político partidario, estaba en la vereda
opuesta a la de nuestro principal filósofo.
Pero
veamos lo que, a renglón seguido, añade Ardao: “Si
en una cátedra donde es familiar la regla
durkheimiana de “huir de las pre-nociones”, tan
ciega resistencia ha encontrado la revisión, es que
el prejuicio al respecto debe ser muy fuerte. Dicho
punto, además, ha pasado a ser tema de enseñanza y
examen, en relación con la historia de las ideas y
el proceso sociológico del país. Nos sentimos en la
obligación de disipar, dentro de nuestros recursos,
la perplejidad que nos han manifestado algunos
estudiantes ante un desacuerdo que, por recaer sobre
una cuestión de hecho y no de opinión subjetiva,
carece de razón de ser.”
Aquí está la clave de
bóveda de la construcción de un ser pensante, de un
intelectual: el abjurar de clichés, no dando lugar a
lo preconcebido, a lo que se dice por ahí, sin
colocar de nuestra parte, rigor y atención, estudio
y nuestra propia intelección.
Pero
dice mucho más: “Consideramos,
por otra parte, que es una excelente oportunidad
para aclarar, en torno al poderoso centro de interés
constituido por Batlle y Ordóñez, y a través de una
exposición sencilla y didáctica, las confusiones
reinantes sobre un período fundamental de nuestra
evolución ideológica.”
Porque un ser libre
busca la libertad y sus signos donde ella y ellos se
encuentren, incluso, y particularmente, si con ello
descorre el falso velo que cubre la personalidad de
un político contrario a sus ideas.
Poco
después, en el mismo prólogo, realiza Ardao lo que
él llama: “Una aclaración
de orden personal. Políticamente pertenecemos de
manera activa a un partido adversario tradicional
del de Batlle y Ordóñez; filosóficamente nuestras
convicciones distan bastante de coincidir con las
escuelas que lo inspiraron. No tiene, pues, este
trabajo – cuyo carácter ocasional ya se ha
puntualizado – ningún sentido de reivindicación
política ni filosófica del personaje, como tampoco
lo tiene de polémica adversa al mismo. Se trata
simplemente de establecer la verdad en el campo de
la historia de las ideas nacionales.”
Y repito: se trata
simplemente de establecer la verdad en el campo de
las ideas nacionales.
Quizá, y antes de finalizar
esta segunda entrega, sea del caso traer a colación
un pensamiento del sociólogo Pierre Bourdieu sobre
los intelectuales[ii].
Dice Bourdieu: “El
intelectual es un ser paradójico, que sólo puede ser
concebido como tal cuando se lo aprehende a través
de la alternativa de la autonomía y el compromiso (engagement),
de la cultura pura y la política. Y es así porque él
se ha constituido, históricamente, en y por la
superación de esa oposición: los escritores, los
artistas y los científicos se afirmaron por primera
vez como intelectuales cuando, en el momento del
caso Dreyfus, intervinieron en la vida política en
calidad de tales, es decir, con una autoridad
específica basada en la pertenencia al mundo
relativamente autónomo del arte, de la ciencia y de
la literatura, y en todos los valores asociados a
esa autonomía – desinterés, competencia, etc.”
Tras
lo cual, Bourdieu es aun más específico: “El
intelectual es un personaje bidimensional que sólo
existe y subsiste como tal si (y solamente si) es
investido de una autoridad específica, conferida por
un mundo intelectual autónomo (es decir,
independiente de los poderes religiosos, políticos,
económicos) cuyas leyes específicas él respeta, y si
(y solamente si) implica esa autoridad específica en
luchas políticas. Lejos de existir, como se cree
comúnmente, una antinomia entre la búsqueda de la
autonomía (que caracteriza al arte, la ciencia o la
literatura calificados de “puros”) y la búsqueda de
la eficacia política, es aumentando su autonomía (y
con ello, entre otras cosas, su libertad de crítica
con respecto de los poderes) como los intelectuales
pueden aumentar la eficacia de una acción política
cuyos fines y medios hallan su principio en la
lógica específica de los campos de la producción
cultural.”
Así, en el entendido
que la tarea del intelectual debe desarrollarse a
pesar de los poderes religiosos y políticos, es que
hemos resaltado la personalidad, y altura moral, de
otro uruguayo, de signo contrario al de Batlle y
Ordóñez, pero también con el suficiente aire y vuelo
para ser llamado lo que ambos fueron: un
librepensador.
A la vista está,
entonces, la magnitud de la tarea que apenas hemos
comenzado a perfilar.
Queda por delante, y
en lo inmediato, el ingresar al estudio de parte de
esta obra aquí citada sobre el supuesto positivismo
de Batlle y Ordóñez.
También, y a resultas
de su enunciación, nos queda en claro la gran
responsabilidad que nos cabe a los que estamos en la
faena del pensar, en materia de libertad responsable
a la hora tanto de reflexionar cuanto de verter las
conclusiones iniciales, abiertas a la crítica, de
nuestro pensamiento.
Ha quedado
demostrado, y lo seguirá quedando, cuánto y a qué
altura tuvo y tiene que ver la filosofía crítica en
el quehacer político nacional.
Debemos, así, ser
custodios celosos de que siempre flamee el pabellón
de la libertad, a pesar de que no pocas veces el
poder de turno quiera acallar a los que se atreven a
pensar sin ataduras ni limitaciones de especie
alguna.
Nunca habrá un
anochecer para un espíritu que se temple y forje
sobre el yunque de los problemas cotidianos, del que
saldrá un metal más puro por haber sido forjado en
el fragor mismo de una conciencia libre que no sólo
se sabe responsable, solidaria y a la par, del otro,
del diferente, del de a pie, sino que busca escuchar
lo que éste y aquella tienen para decir, sea con
palabras, sea con el llanto desgarrador de los nunca
escuchados.
Anarcos, citadinos y
gente de campo han visto sus espadas, así forjadas,
subir a lo más alto del firmamento, apuntando con su
filo al astro rey.
A ese firmamento que
se expresa en nuestra bandera y que contorna un sol,
pero no un sol cualquiera sino un sol que mira y
obliga. Obliga a ser contestes con aquellos de
nuestros referentes, mujeres y hombres que dieron la
vida no sólo por sus ideas, sino por las ideas de
los otros, para que así se expresen pero que juntos,
forjen la nación que está llamada a superarnos. Esa
que aun no ha sido parida.
En eso debemos estar.
Pero esa es otra historia. La nuestra, la de la
construcción de un socialismo uruguayo, sin dogmas
ni mandamases, seguirá por estos lares.
Continuaremos.
[i]
Ardao, Arturo, “Batlle y Ordóñez y el
positivismo filosófico”, NÚMERO ediciones,
Montevideo, año 1951.
[ii]
Bourdieu, Pierre, “Por un corporativismo de
lo universal”, versión en español publicada
en la revista Criterios, en su número 32,
julio-diciembre 1994, La Habana, Págs. 5-14.
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