Gripe porcina, puede
influir en las internas
por Raúl Legnani

La amenaza del A (H1N1) puede llevarnos a una extraña campaña electoral de las internas de los partidos, en la que no hayan reuniones públicas y todo se concentre en la televisión, las radios e internet.

 

En Uruguay no existe ningún mecanismo constitucional, que permita suspender una elección. "No hay lugar más seguro que su hogar", aconsejó el presidente de México Felipe Calderón, el pasado jueves. En ese mismo instante se me vino la historia arriba de mis hombros, que no pudieron soportar el anuncio.

 

De inmediato comencé a ver a México, por lo menos a mi Distrito Federal, vacío, sin autos, sin olor a tacos, sin polución. Sin gente, mi gente. Sentí miedo. Por momentos comencé a recordar a Saramago y su Ensayo sobre la ceguera.

 

Pero el momento más impactante fue cuando viendo el video de Calderón, comenzó a aparecer sin aviso, como siempre, la imagen de Tabaré Vázquez. "Uruguayas y uruguayos", creo que dijo eso, para agregar que "no hay lugar más seguro que su hogar" y anunciando que adelantaba las vacaciones de julio para mayo, para impedir que la gripe porcina se extendiera sin límites.

 

De esta forma Uruguay, nuestro Uruguay, entraba en una inesperada situación, no prevista por biólogos ni gobernantes, ni soldados ni curas, ni sindicalistas y empresarios. Es que en nuestro país había llegado la fiebre porcina, con la cual no se negocia como en los Consejos de Salarios.

 

En ese mismo discurso Tabaré recomendaba o exigía ­no recuerdo bien­ que las uruguayas y uruguayos no participaran de reuniones masivas, que no se dieran un beso para saludarse y que tampoco se estrecharan la mano. Mucho menos que compartieran tortas fritas.

 

Fue en ese momento que comencé a darme cuenta que tendríamos por delante la más extraña campaña electoral, por lo menos en lo que tiene que ver con las internas y quizás con las nacionales.

 

Ya no habría ni actos de Astori, ni de Lacalle, ni recorridas barriales de Larrañaga, Bordaberry y Carámbula. Tampoco la bicicleteada del Pepe. Nada. Todos dentro de la casa. Todos.

 

Los precandidatos se instalaron de inmediato en sus casas, rodeados de médicos y enfermeras. A los más veteranos, al finalizar la tarde, le hacían análisis de todo tipo, para saber si el maldito virus andaba cerca de sus cuerpos. La consigna fue "no pasará".

 

Los asesores de las campañas ideaban nuevas propuestas, centrando todo en la televisión, las radios e internet. La publicidad, por esta nueva realidad, aumentaba sus ganancias. Los canillas llevaban los diarios a domicilio, con guantes especiales para disminuir las posibilidades de contagio.

 

La gente detrás de los televisores, tratando de saber qué es lo que pasaba en el exterior, comenzaba a extrañar la vida al aire libre, generándose múltiples peloteras familiares, porque no estaban acostumbrados a soportarse tanto tiempo entre cuatro paredes.

 

Los precandidatos que querían debatir entre ellos sentían que sería imposible, aunque no descartaban hacerlo por teléfono. Mientras, en las calles, los boliches, las iglesias, los clubes deportivos estaban vacíos. Muchos trabajadores iban al seguro de paro, pero no se animaban a ir al BPS para hacer los trámites.

 

Quizás lo único bueno es que los partidos de fútbol se hacían sin líos en las tribunas, porque las barras bravas eran impedidas de ingresar por algunos policías, que heroicamente enfrentaban el peligro del maldito virus.

 

Ante esta situación se me ocurrió que las elecciones internas deberían posponerse, que había que esperar a que pasara el mal. Fue cuando se me ocurrió plantearle el tema a Joselo Korzeniak, el Pope en materia constitucional. Quien agregó que si hubieran dos millones y medio de ciudadanos infectados, en ese caso igual se hace la elección, pero la Corte Electoral puede anularla.

 

Le expliqué las apariciones que había tenido y no dudó un instante en responderme: "Las elecciones se hacen o se hacen, en la Constitución no está previsto que alguien pueda aplazar una elección". Categórico fue el doctor.

 

Ante tamaña respuesta no me quedó otra que aceptar que ante la hipótesis de que Uruguay fuera invadido por el virus A (H1N1), tendríamos unas elecciones internas, por lo menos, absolutamente fuera de lo normal, en las que seguramente la gente estaría más interesada en lavarse las manos que en las propuestas de los candidatos.

 

Ya desesperado, al borde de un ataque de nervios, pedí un café y luego de saborearlo, me fui hacia la rambla. Me paré frente al mar ­le aseguro que en ningún momento intenté enfrentar sus olas­ y comencé a disfrutar del viento que me golpeaba la cara. Miré para los costados y volví a comprobar que no estamos rodeados de grandes montañas, ni de volcanes.

 

Respiré hondo y sentí la satisfacción de que aquí en el sur, quizás el viento nos salve, aunque me han recordado que el maldito virus no es un mosquito. Pero quise creer en el viento. ¿Me entiende?.

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