La política argentina en
el momento electoral uruguayo
por el profesor Mario Dotta Ostria*

El artículo aparecido en “Bitácora”, Suplemento del diario “La República” (25 de enero de 2009) bajo el título “Mujica es otra historia”, del Sr. Eduardo Silveyra (Publicado por El descamisado.org – Enviado por el autor), posee un contenido caracterizado por  referencias equívocas, emanadas de la falta de conocimiento de la historia rioplatense, que  puede llevar a las nuevas generaciones -a las cuales la dictadura trató de imprimir concepciones antidemocráticas y revisionismos interesados con talante autoritario- a la confusión sobre sucesos que se extienden en un ciclo de larga duración.

 

Violentando mis intenciones de no mezclarme en las consideraciones político-electorales del momento, veo que se publican artículos con versiones históricas no meramente discutibles, las que siempre deben ser bienvenidas para enriquecer los procesos, sino también las falaces que lindan con el disparate y que, como la presente, no pueden dejarse pasar.

 

Tal el artículo aludido en el que se manifiestan -aunque confusamente- pensamientos que tienen sus orígenes, por un lado en las concepciones del ultra nacionalismo católico argentino y los movimientos conservadores de origen europeo, casados ambos con el movimiento peronista, todos a su vez en mayor o menor medida tributarios del fascismo italiano, el falangismo español, el nacional socialismo alemán y otros aportes provenientes de la ideología del movimiento Acción Francesa de Maurras, y en épocas más reciente, la de los represores en Argelia y la de la OAS[i]- que contradicen el pregonado “nacionalismo” y que mal pueden ayudar a la candidatura de José Mujica, aunque pueden levemente perturbar el clima interno de la coalición frenteamplista, sobre todo cuando en medio de fervorosas adhesiones aparecen elementos de los cuales este artículo es un ejemplo.

 

En un galimatías de difícil comprensión, se afirma en el artículo de marras, con tajante seguridad, que “...El hecho histórico surge de la naturaleza de las cosas y tiene una dinámica circular (¿?), se reproduce por ciclos y está por encima de lo político tiene otro valor más significativo, porque es producido por los pueblos y un conductor. Y Mujica es además no sólo un político, es además un conductor...”

 

Es una visión que pocos uruguayos aceptarían y que por muchas generaciones fue el pan político de cada día de la República Argentina, la mística del conductor, del hombre providencia, idea que empolla allí donde la ignorancia hizo su nido; y da miedo que este concepto pueda calar en nuestra juventud aun víctima intelectual de la cesura cultural provocada por la dictadura cívico-militar.

 

Concepciones que aparecen cuando la demagogia, alzando su cabeza, tiende al movimientismo corporativista tal como ocurrió en la Argentina durante el proceso que se desarrolló desde principios del siglo XX y que culminaría con el movimiento (así lo  tipificó Perón y así era), justicialista. Y de esas ideologías está impregnado el artículo del Señor Silveyra, lo que me imposibilita de mantenerme en silencio.

 

La diferencia sustancial entre la política argentina y la uruguaya es precisamente que la primera tiene como protagonistas fundamentales a los movimientos, que siempre tienden a ser avasallantes y totalizadores y a las que generalmente representa, en cada momento, el líder carismático y providencial; y la segunda a partidos políticos más o menos organizados que son sin duda las formaciones propias de las democracias o sistemas que más se les asemeja. 

 

La idea del conductor tuvo siempre en la Argentina una gran aceptación sobre todo en las filas de la derecha absolutista ultramontana con su carga de nacionalismo xenófobo, tributario de los fascismos europeos con su aditamento de antisemitismo y de odio a la inmigración, aunque en algunos momentos contradictorio como cuando el gobierno peronista supo cobijar amorosamente a los inmigrantes nazis, croatas y de otras etnias, criminales de guerra que con apellidos falsos y con pasaporte del Vaticano llegaron a las playas argentinas luego de la segunda guerra mundial.

 

El señor Silveyra es sin duda diestro en materia culinaria aunque chambón en la mezcla de ingredientes, pues tratando de promover la candidatura de Mujica  acude a la Historia para terminar haciendo un verdadero revuelto cuando no una olla podrida, al afirmar que el caudillo es una herencia española (afirmación discutible a la cual el espacio y el tiempo impiden rebatir), expresando que esa aludida herencia  “...plasmada en lo criollo, con hombres que conciben la patria y la nación como un destino; donde los hombres pudieran realizarse como individuos y como nación...”

 

Y a continuación se dedica a dar punto a la salsa criolla afirmando que “...Artigas, San Martín, Rosas y Oribe, en su tiempo, sabían muy bien que sólo podían consolidar un proyecto de independencia y soberanía solamente con el pueblo garante de esas conquistas...” ; y dentro de este contexto trata de involucrar a José Mujica, porque Mujica  “...no solo es político sino conductor...”. Y así el Sr. Silveyra, tejiendo en su fantasía un gran tapiz místico de la “patria grande” pone allí como protagonista principal al caudillo, porque “...el conductor tiene relación con el caudillo...” y además “...el conductor está por encima de las relaciones coyunturales y trasciende los marcos ideológicos...” ¿Qué tal?.

 

A esta altura algunos cocineros de ocasión se entusiasmarían ante este caldero bullente: “...Siempre surge la posibilidad histórica de un cambio profundo de corte nacional y popular. Perón en Argentina y Herrera en Uruguay, al igual que Aparicio Saravia, eran sabedores en la práctica de esos legados de liberación...”

 

Y luego, dando lugar a una veta poética inesperada y para afirmar sus dichos, acude al Martín Fierro, personaje a quien caracteriza como “...desertor del ejército mitrista y colorado que destruyó al Paraguay de Solano López...” y que “...recuerda los días felices de los paisanos en la época de Rosas...”; gaucho este Martín Fierro que necesita caudillo al que espera con esperanza pues “...cansado de gringos y “dotores”...” es sabedor que para él no son solución:

                        “...Y dejo correr la bola

                          Que algún día se de parar

                          Hasta que lo trague el hoyo

                          O hasta que venga algún criollo

                          En esta tierra a mandar...”

 

Así pues, Martín Fierro es un gaucho que pone su futuro en otro, en el caudillo, y que no sabe -porque el autor del verso, un gran estanciero porteño, José Hernández Pueyrredón, no se lo aclara- que la función del caudillo es la de intermediario entre el pueblo gaucho (ciudadanía pasiva sin derechos electorales) y el poder; y que en muchísimas oportunidades los caudillos no fueron sino amansadores de rebeldías -que aunque legítimas- perturbaban a los de arriba.  

 

Y entre los de arriba estaba el caudillo de estatura nacional aludido, Juan Manuel de Rosas, gran estanciero, gran saladerista con su socio y pariente Anchorena y con los Terrada, todos con los patacones puestos en los intereses políticos y económicos no de la Argentina sino del puerto de Buenos Aires.

 

Rosas fue puesto a gobernador por la Legislatura en dos períodos 1828-1832 y 1835-1852, a los efectos de dar una institucionalidad federal a la Argentina; sobre todo en el segundo período para la concreción de una Constitución federal; pero no solo no cumplió dicho cometido sino que gobernó en su segundo mandato, durante diecisiete años, como un autócrata, a través de los caudillos provinciales.

 

Y esa omisión no es por azar ni fortuita, sino que constituía la más coherente política de salvaguarda de los intereses porteños del cual él era principal representante; y en ese sentido Rosas fue el más unitario de los unitarios; revestido de un falso federalismo porque, además, detrás de todo esto, el delirio de porteño lo llevaba al proyecto de reconstruir -para gloria de la ciudad-puerto- el antiguo Virreinato del Río de la Plata.

 

Es por ello que siempre se negó a reconocer la independencia de Bolivia, con quien entra en guerra en épocas del Presidente Andrés Santa Cruz, como así tampoco la de Uruguay, ni la de Paraguay a pesar que, luego de la muerte de Gaspar Rodríguez de Francia en 1840  y a principios del gobierno de Carlos Antonio López, el Imperio del Brasil reconocía formalmente la independencia de la República del Paraguay. Así vemos que no era muy distinta la política de Rosas y la que tendrá Mitre en lo que tiene que ver con la República hermana guaraní.

 

Aprovechando la asonada victoriosa de Fructuoso Rivera (que ya había realizado la limpieza de tolderías y el genocidio de indios en la campaña cuyo episodio más nombrado es Salsipuedes, en los primeros años de la década de los 30 en los que Juan Manuel de Rosas realiza campaña militar similar contra los indígenas pampeanos), que derrocó el probo Gobierno que venía desarrollando Manuel Oribe (el cual es obligado a renunciar en octubre de 1838), Rosas daba asilo al presidente caído en desgracia y con oportunismo político lo halagaba, reconociéndolo como presidente legal y nombrándolo Jefe de Vanguardia del Ejército de la Confederación Argentina, provocándose de esta manera, la insólita anomalía en que el presidente legal del Uruguay era a su vez Jefe del Ejército argentino, lo que le permitió a Oribe, en una debilidad difícil de comprender, involucrarse en las luchas internas argentinas, invadir el Estado Oriental, poner sitio a Montevideo y clavar en el Cerrito la bandera argentina.

 

Rosas como Oribe eran en muchos aspectos el fruto tardío -por su formación y educación- del coloniaje español. Y en el caso particular de Rosas -que no de Oribe- es de resaltar la curiosa indiferencia que había tenido ante los sucesos de Mayo de 1810, días en que permaneció en su estancia atendiendo sus intereses particulares y desentendiéndose de las luchas por la emancipación.

 

En el intervalo (1832-1835) entre sus dos gobiernos y ya en posesión de un ejército particular, de su propiedad, los “Colorados del Monte”, Rosas realizó la memorable campaña contra los indios pampeanos cuyas tierras, que les fueron arrebatadas, pasaron a manos de la oligarquía porteña.

 

Debe ser a este período de añoranza a que se refiere Martín Fierro, en que tal vez el pobre gaucho pudo pellizcar algunas cuadras de la pampa, pues la forma de reparto de estas tierras de los indios se realizó en forma absolutamente jerárquica; los generales, coroneles y los estancieros porteños se quedaron con la parte del león, dejando los pellizcos y recortes al pobrerío como ocupantes.

 

¿Qué derecho tiene el Sr. Eduardo Silveyra a poner en la misma bolsa a Rosas y a Artigas?

 

Artigas reconocía en los indios a los “señores de esta tierra” y en su correspondencia con el Gobierno de Corrientes les recordaba que los indios tienen el “principal derecho” y exigía que los pueblos de indios tuvieran representación directa en el Congreso Provincial.

 

Para desmitificar la salsa criolla del Sr. Silveyra le recordaré que según el Reglamento Provisorio de la Provincia Oriental para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados del 10 de Setiembre de 1815, se repartía tierras con el criterio de que “...los más infelices serán los más privilegiados...En consecuencia los Negros Libres, los Sambos de esta clase, los Indios, y criollos pobres todos podrán ser agraciados en Suertes de Estancia, sin con su trabajo y hombría de bien, propenden a su felicidad y la de la Provincia...” (Art. 6º) “...Se velará por el Gobierno, el Sr. Alcalde Provincial y demás subalternos, para que los agraciados no posean más de una suerte de Estancia; podrán ser privilegiados sin embargo, los que no tengan más de una suerte de Chácara: podrán también ser agraciados los Americanos que quisiesen mudar de posesión, dejando lo que tienen a  beneficio de la Provincia...” (Art. 17º).

 

¿Qué tiene que ver esta política social y distributiva de Artigas con lo actuado por Rosas?

En otro orden de cosas, debemos recordar que la profusa literatura nacionalista ultramontana y peronista acuñó la idea del Rosas anti-imperialista, pero esto como lo sostiene Juan José Sebreli[ii], es un mito que sirvió de caballito de batalla a gran parte del nacionalismo ultramontano como también al propio Perón, que por otra parte contrarió su propio anti-imperialismo; sobre todo cuando no se pudo explicar la cesión a intereses petroleros norteamericanos de parte del patrimonio de YPF.

 

Rosas hizo una gran fortuna comerciando precisamente ligado a los ingleses y a la hora del exilio eligió a Southtampton. En materia política y diplomática dio a Inglaterra el carácter de nación más favorecida, sin que los súbditos británicos residentes en buenos Aires se vieran obligados al servicio militar. El no tratamiento igual a los residentes franceses fue uno de los causantes de la intervención francesa en el Río de la Plata.

 

Como se ha expresado: “...siempre hubo una amistad recíproca entre el dictador y los embajadores ingleses habitués de la corte de Manuelita o los comerciantes ingleses que hacían provechosos negocios. Los ingleses agradecieron las atenciones recibidas brindando refugio al desterrado. Recordando los privilegios de que gozaban bajo Rosas, decía Lucio V. Mansilla: “Ser inglés, verbigracia, ¡qué pichincha, entonces!”...[iii]

 

La figura de Rosas fue reivindicada por el nacionalismo conservador, pegándola a la figura de Yrigoyen y a la de Perón, y eso tiene su lógica en la Argentina, pues como muy bien se ha expresado: “...El desprestigio del sistema democrático, del parlamentarismo, del sufragio universal, y el simétrico prestigio de los dictadores en ascenso, en especial Mussolini, llevaron a la idealización de la figura de Rosas, que extrañamente, antes de tiempo, y con los límites de su época, había tenido características muy semejantes a los regímenes totalitarios del siglo XX en lo relativo al culto de la personalidad, la politización total y la manipulación de las masas. La conexión de Rosas e Yrigoyen, que abriría el camino para la posterior inclusión de Perón, tenía sus fundamentos en la supuesta lucha contra la oligarquía y el imperialismo, atribuida por los nacionalistas a ambos personajes. En los dos casos se trataba de mitos, sin ninguna base real, y hubieran asombrado a Rosas tanto como a Yrigoyen...”[iv] 

 

Por otra parte Leandro Alem, fundador del radicalismo, tenía sin duda ciertas añoranzas rosistas pues era hijo de un mazorquero ajusticiado en 1852 luego de Monte Caseros; y las mismas evocaciones acompañaron a su sobrino, Hipólito Yrigoyen.

 

A esta altura creo que el Sr. Silveyra debería pensar que realmente no tuvo en cuenta una  cantidad de ingredientes sustanciales en su puchero y le pido que saque de la olla a Artigas que nada tiene que ver con Rosas porque Artigas era -contrariamente a Rosas- un institucionalista.

 

Esto se ve claramente a lo largo de toda su trayectoria en que mantuvo la coherencia desde el primer momento: “... Mi voluntad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia Soberana...Vosotros estáis en el pleno goce de vuestros derechos: ved ahí el fruto de mis ansias y desvelos, y ved también ahí todo el premio de mi afán...La Asamblea tantas veces anunciada, empezó ya sus funciones en Buenos Aires. Su reconocimiento nos ha sido ordenado. Resolver sobre este particular ha dado motivo a esta congregación, porque yo ofendería altamente vuestro carácter y el mío, vulneraría enormemente vuestros derechos Sagrados si pasase a resolver por mí, una materia sólo reservada a vosotros...”[v]

 

El periodista  pues, pierde de vista el panorama más general en el que se inscriben los intereses permanentes y leoninos de Buenos Aires en detrimento de las demás provincias.

 

Buenos Aires  para poder vencer a Artigas entregó la Banda Oriental a los portugueses en 1816. Que no llore Buenos Aires por la pérdida de algo que no supo defender y que regaló. Ahora -porque los procesos tienen componentes permanentes- parece insinuarse en el marco del MERCOSUR un problema siempre subyacente: la rivalidad portuaria.

Cuando Argentina quiso en 1827 luego de Ituzaingó, recobrar la provincia perdida, las presiones de Inglaterra a las que se sometió, llevaron a transformar la Banda Oriental en país independiente y estratégico guardia de la desembocadura de los ríos que alcanzan al corazón de la gran cuenca.

 

En otro orden de cosas el artículo se refiere a los imperialismos y a los anti-imperialismos, tema sobre los cuales los latinoamericanos solemos referirnos a los EE.UU. y a Inglaterra en primer lugar.

 

Pero, ¿qué fueron para Paraguay y para Uruguay los gobiernos de Buenos Aires y Río de Janeiro? Si juzgamos por sus tendencias geofágicas, por el carácter de sus rapiñas territoriales, no le tienen que envidiar nada a los EE.UU en relación a México ni a Inglaterra en relación al mundo. Por otra parte, tanto Buenos Aires como Río de Janeiro eran sub imperios dependientes del Imperio Británico como quedó patente en muchas instancias, siendo la más notoria la terrible y genocida guerra de la Triple Alianza, a la que nos arrastró Venancio Flores ladero de Mitre y del Brasil. 

 

Si a Paraguay no le hubieran usurpado territorios que hoy están en manos de Argentina y Brasil (Corrientes Chaco Austral, Misiones, parte del Río Grande), y al Uruguay los territorios que legítimamente les correspondía (en Río Grande y las Misiones Orientales), hoy, ambos países (Uruguay y Paraguay) tendrían fronteras comunes, lo que hubiera aliviado en gran parte la mediterraneidad paraguaya.

 

En el proceso que llevó a la situación actual hubieron víctimas y victimarios. Artigas fue víctima de ambas tendencia subimperiales, y no lo podemos colocar al lado de Rosas, verdadero victimario del Paraguay al que tenía bloqueado, al que no le reconocía su independencia y al que le cerraba a su antojo el Río Paraná obstaculizando su comercio; y también victimario de Uruguay al que invadió con su ejército que -infelizmente-  comandaba Oribe.

 

Rosas, no lo olvidemos, era tan porteño como Mitre; ambos con sus intereses colocados en ese centro de poder. Esto es tan así que luego de la batalla de Monte Caseros a principios de febrero de 1852, en la que Rosas fue vencido y sobreviene su exilio, se inicia por parte de Urquiza un proceso constitucional del que Buenos Aires se separa, coexistiendo hasta l862 dos estados separados: el Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina con capital en Paraná. Y la causa de esa secesión era clarísima: la Constitución Federal de 1853 nacionalizaba la enorme renta del puerto de Buenos Aires.

 

Pero para oponerse a la Confederación y crear un Estado independiente, fue necesaria la unión de todos los porteños, es decir, de los antiguos rosistas mazorqueros con los unitarios

autonomistas, antiguos enemigos y víctimas de Rosas.

 

Se necesitó poco para ponerse de acuerdo en un célebre gran asado, durante el cual, se abrazaron Adolfo Alsina el porteño unitario autonomista, con el estanciero rosista Torres y otros prominentes rurales -unitarios y ex mazorqueros- de la época, todo bendecido por el gremio de terratenientes y saladeristas, porque detrás de todo estaban los intereses oligárquicos de Buenos Aires, que no de la Argentina.

Poco después sobreviene el tiempo del Martín Fierro y la idealización de un gaucho estereotipado, como el protagonista de la obra de José Hernández Pueyrredón, convertido luego en peón de estancia arrastrado mansamente por sus patrones.

 

Es de notar como se mantienen en Buenos Aires ciertos estereotipos. Por ejemplo en la historieta “Patoruzu”, el protagonista es un indio estanciero (sin duda con estancia imaginativamente no rapiñada en las dos campañas del desierto, la de Juan Manuel de Rosas y la posterior de Julio Argentino Roca), que posee un gran altruismo (idealización de lo indígena), al punto de apadrinar a un típico “play boy” porteño, frívolo y egoísta (Isidoro Cañones). Sin duda el autor no revisó el catastro nacional para ver de quienes es la tierra en Argentina.

A veces dudo del modo en que se enseña la Historia en ese país; cuando se movilizaron los piqueteros de Gualeguaychú, enarbolaron -para todos los televidentes- la bandera de Artigas con una leyenda en que se leía: “Artigas – Ramírez”; es decir el Jefe de la Liga Federal y el caudillo que lo traicionó y persiguió por cuenta de Buenos Aires hasta la frontera del Paraguay obligándolo a refugiarse en él.

 

La separación de Argentina en dos Estados luego de la guerra contra Rosas, terminó cuando la economía de la Confederación Argentina comenzó a resentirse y se produjo la guerra resuelta en dos batallas. En la primera, Cepeda (1859), la caballería de de Urquiza arrolló al ejército de Buenos Aires comandado por Bartolomé Mitre a quien ayudaba Venancio Flores que revistaba en el ejército porteño; y aunque Urquiza venció no entró en la ciudad de Buenos Aires. En la segunda, Pavón (1861), también Urquiza vencía pero inesperadamente se retiró de la batalla -en un hecho que algunos consideraron traición- dejando el campo libre a Mitre que se consideró vencedor.

 

Será el momento en que Buenos Aires entrará en la Confederación pero sin nacionalizar las rentas del puerto de Buenos Aires, hasta que por fin en 1880 se convertiría en la capital del Estado Federal, en un proceso contradictorio y claramente mediatizador del federalismo. Recordemos que Artigas en el Artículo 19º de las Instrucciones de 1813, había fijado expresamente una pertinente condición: “...Que precisa e indispensable sea fuera de Buenos Aires donde resida el sitio del Gobierno de las Provincias Unidas...” 

 

Inmediatamente de tener Mitre la sartén por el mango en la debilitada Confederación en que Urquiza había cedido el poder -para muchos en forma oscura y vergonzante- comenzó la gran conspiración contra el gobierno de Berro, para lo cual Mitre utilizó a Flores al mismo tiempo que promovía su acercamiento con el gobierno Imperial del Brasil -el Barón de Mauá abriría una sucursal de su banco en Rosario- estableciendo situaciones propicias para la invasión del Uruguay por parte del inicuo caudillo que tenía atrás la ayuda del gobierno de Mitre, del Imperio del Brasil, y de la Iglesia católica.

 

Vencido el Gobierno Oriental luego de la toma de Paysandú y del asesinato de sus bravos defensores encabezados por Leandro Gómez, se iniciaba el gobierno de facto de Flores como Gobernador y llegaba el momento de devolver favores, debiendo obligatoriamente el gobierno uruguayo firmar el imperialista pacto de la Triple Alianza contra la República del Paraguay a la que no perdonaban su próspera independencia, y a la que vencieron aunque les costó cinco años de resistencia heroica que culminó con el repelente genocidio de unos batallones integrados por jóvenes adolescentes, casi niños, en la batalla final de Cerro Corá.

Guerra que Mitre no pudo desarrollar con eficiencia porque tuvo que enfrentar levantamientos internos de caudillos federales que no se conformaban con el dominio inicuo de Buenos Aires. Tal los levantamientos de José Vicente Peñaloza (el “Chacho”), y de Felipe Varela en el noroeste y las derivaciones posteriores, como el asesinato de Flores (1868) y de Urquiza (1870), este último llevado a cabo por federales entrerrianos; hecho al que no fue ajeno Ricardo López Jordan.

 

Así fue que se gestaron las actuales asimetrías del MERCOSUR.

Luego de lo que antecede creo que el Sr. Silveyra debería rever su artículo empezando por la clasificación que hace de los protagonistas.

En primer lugar, Artigas -como Mariano Moreno- era un liberal radical, un jacobino; yo diría lo opuesto en su ideología a Juan Manuel de Rosas, a Hipólito Yrigoyen, a Juan Domingo Perón y a Luis Alberto de Herrera, quienes se mantuvieron permanentemente alentados por un nacionalismo conservador y también ultra católico que en la década de los 20 y con mayor intensidad en la de los 30, se volvió fascistizante, lo que quedó claro durante los años de la última guerra mundial y en los de la posguerra.

 

El Señor Silveyra expresa en un pasaje de su artículo con respecto al candidato a Presidente: “...Luis Alberto de Herrera a quien Mujica reconoce como a uno de sus maestros...” Pues bien; nadie desconoce las afecciones del caudillo nacionalista por las tendencias fascistas. Todavía en 1942, a través de “El Debate”, Herrera defendía a Francisco Franco, y desde el principio de su vida política denostaba a la Revolución Francesa y a los revolucionarios -entre los cuales subyacentemente también Artigas- que habían seguido los pasos de la misma.

 

En su libro “La Revolución Francesa y Sudamérica”[vi], dejó expresado cuales eran sus convicciones y sus sentimientos: “...Nuestros jacobinos de la primera época no les van en zaga a sus maestros, los del extranjero. También ellos se juzgaron siempre instrumentos de una misión providencial, llamados a ser salvadores de los pueblos. Evocando ese lema, proclamándose rehabilitadores del derecho, ellos hicieron vilipendio de las naciones que gobernaron como grandes estancias, “parando rodeo” a los vecinos despavoridos. Nunca faltó a su lado una hoja periódica que repitiera, con cargada fraseología el estribillo clásico del jacobinismo francés...También la América del Sur ha derramado torrentes de sangre en homenaje al Contrato Social que, si en manos de espíritus sensatos fue palanca ocasional de reparación humana, explotado por la plebe dictadora, en el seno de la nación, sirvió de pretexto a los más feroces atentados que registra la historia moderna...”[vii]   

 

Esas son algunas de las concepciones que nos legó el Dr. Luis Alberto de Herrera que, por lo que expresa en su artículo el Sr. Eduardo Silveyra y según su versión, habría sido uno de los maestros o mentores de Mujica.

Sería muy importante y aclaratorio para el electorado frenteamplista saber cual es la opinión del propio Mujica sobre el artículo del Sr. Silveyra.

 

Por desgracia para los que quieren y sienten la necesidad de olvidar el pasado, existen los historiadores, cuya más tonificante característica es tener los ojos en la nuca, porque así se lo demanda su oficio; pero esa cualidad es la que a su vez le permite intentar interpretar el presente sin utilizar la historia para fines políticos inmediatos.

 

Me preocupa porque no es positivo para el clima de campañas electorales escritos poco serios y de este jaez; entre otras cosas porque no creo que el Frente Amplio, ni ningún partido de nuestro país, tenga nada que aprender del movimientismo argentino ni del estilo de hacer política en la República hermana; y menos del peronismo.

 

  * Prof. Mag.- Historia Contemporánea FH y CE

 y en Ciencias de la Comunicación

 (UDELAR)

 

[i] Juan José Sebreli, “Crítica de las ideas políticas argentinas”, Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2004.

[ii] En Ob. Cit.

[iii]  Ibídem, pág. 168

[iv]  Ibídem, pág. 152-153

[v]  Discurso inaugural del Congreso Provincial de 1813

[vi] Luis Alberto de Herrera, “La Revolución Francesa y Sudamérica”, París, Garnier, MCMX

[vii]  Ibídem,  pág. 57

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