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La política argentina en
el momento electoral uruguayo
por el
profesor Mario Dotta Ostria*
El
artículo aparecido en “Bitácora”, Suplemento del
diario “La República” (25 de enero de 2009) bajo el
título “Mujica es otra historia”, del Sr.
Eduardo Silveyra (Publicado por El descamisado.org –
Enviado por el autor), posee un contenido
caracterizado por referencias equívocas, emanadas
de la falta de conocimiento de la historia
rioplatense, que puede llevar a las nuevas
generaciones -a las cuales la dictadura trató de
imprimir concepciones antidemocráticas y
revisionismos interesados con talante autoritario- a
la confusión sobre sucesos que se extienden en un
ciclo de larga duración.
Violentando mis
intenciones de no mezclarme en las consideraciones
político-electorales del momento, veo que se
publican artículos con versiones históricas no
meramente discutibles, las que siempre deben ser
bienvenidas para enriquecer los procesos, sino
también las falaces que lindan con el disparate y
que, como la presente, no pueden dejarse pasar.
Tal el artículo
aludido en el que se manifiestan -aunque
confusamente- pensamientos que tienen sus orígenes,
por un lado en las concepciones del ultra
nacionalismo católico argentino y los movimientos
conservadores de origen europeo, casados ambos con
el movimiento peronista, todos a su vez en mayor o
menor medida tributarios del fascismo italiano, el
falangismo español, el nacional socialismo alemán y
otros aportes provenientes de la ideología del
movimiento Acción Francesa de Maurras, y en épocas
más reciente, la de los represores en Argelia y la
de la OAS[i]-
que contradicen el pregonado “nacionalismo” y que
mal pueden ayudar a la candidatura de José Mujica,
aunque pueden levemente perturbar el clima interno
de la coalición frenteamplista, sobre todo cuando en
medio de fervorosas adhesiones aparecen elementos de
los cuales este artículo es un ejemplo.
En un galimatías de
difícil comprensión, se afirma en el artículo de
marras, con tajante seguridad, que “...El hecho
histórico surge de la naturaleza de las cosas y
tiene una dinámica circular (¿?), se reproduce por
ciclos y está por encima de lo político tiene otro
valor más significativo, porque es producido por los
pueblos y un conductor. Y Mujica es además no sólo
un político, es además un conductor...”
Es una visión que
pocos uruguayos aceptarían y que por muchas
generaciones fue el pan político de cada día de la
República Argentina, la mística del conductor, del
hombre providencia, idea que empolla allí donde la
ignorancia hizo su nido; y da miedo que este
concepto pueda calar en nuestra juventud aun víctima
intelectual de la cesura cultural provocada por la
dictadura cívico-militar.
Concepciones que
aparecen cuando la demagogia, alzando su cabeza,
tiende al movimientismo corporativista tal como
ocurrió en la Argentina durante el proceso que se
desarrolló desde principios del siglo XX y que
culminaría con el movimiento (así lo
tipificó Perón y así era), justicialista. Y de esas
ideologías está impregnado el artículo del Señor
Silveyra, lo que me imposibilita de mantenerme en
silencio.
La diferencia
sustancial entre la política argentina y la uruguaya
es precisamente que la primera tiene como
protagonistas fundamentales a los movimientos, que
siempre tienden a ser avasallantes y totalizadores y
a las que generalmente representa, en cada momento,
el líder carismático y providencial; y la segunda a
partidos políticos más o menos organizados que son
sin duda las formaciones propias de las democracias
o sistemas que más se les asemeja.
La idea del conductor
tuvo siempre en la Argentina una gran aceptación
sobre todo en las filas de la derecha absolutista
ultramontana con su carga de nacionalismo xenófobo,
tributario de los fascismos europeos con su
aditamento de antisemitismo y de odio a la
inmigración, aunque en algunos momentos
contradictorio como cuando el gobierno peronista
supo cobijar amorosamente a los inmigrantes nazis,
croatas y de otras etnias, criminales de guerra que
con apellidos falsos y con pasaporte del Vaticano
llegaron a las playas argentinas luego de la segunda
guerra mundial.
El señor Silveyra es
sin duda diestro en materia culinaria aunque chambón
en la mezcla de ingredientes, pues tratando de
promover la candidatura de Mujica acude a la
Historia para terminar haciendo un verdadero
revuelto cuando no una olla podrida, al afirmar que
el caudillo es una herencia española (afirmación
discutible a la cual el espacio y el tiempo impiden
rebatir), expresando que esa aludida herencia
“...plasmada en lo criollo, con hombres que conciben
la patria y la nación como un destino; donde los
hombres pudieran realizarse como individuos y como
nación...”
Y a continuación se
dedica a dar punto a la salsa criolla afirmando que
“...Artigas, San Martín, Rosas y Oribe, en su
tiempo, sabían muy bien que sólo podían consolidar
un proyecto de independencia y soberanía solamente
con el pueblo garante de esas conquistas...” ; y
dentro de este contexto trata de involucrar a José
Mujica, porque Mujica “...no solo es político sino
conductor...”. Y así el Sr. Silveyra, tejiendo en su
fantasía un gran tapiz místico de la “patria grande”
pone allí como protagonista principal al caudillo,
porque “...el conductor tiene relación con el
caudillo...” y además “...el conductor está por
encima de las relaciones coyunturales y trasciende
los marcos ideológicos...” ¿Qué tal?.
A esta altura algunos
cocineros de ocasión se entusiasmarían ante este
caldero bullente: “...Siempre surge la posibilidad
histórica de un cambio profundo de corte nacional y
popular. Perón en Argentina y Herrera en Uruguay, al
igual que Aparicio Saravia, eran sabedores en la
práctica de esos legados de liberación...”
Y luego, dando lugar
a una veta poética inesperada y para afirmar sus
dichos, acude al Martín Fierro, personaje a quien
caracteriza como “...desertor del ejército mitrista
y colorado que destruyó al Paraguay de Solano
López...” y que “...recuerda los días felices de los
paisanos en la época de Rosas...”; gaucho este
Martín Fierro que necesita caudillo al que espera
con esperanza pues “...cansado de gringos y
“dotores”...” es sabedor que para él no son
solución:
“...Y dejo correr la bola
Que algún día se de parar
Hasta que lo trague el
hoyo
O hasta que venga algún
criollo
En esta tierra a
mandar...”
Así pues, Martín
Fierro es un gaucho que pone su futuro en otro, en
el caudillo, y que no sabe -porque el autor del
verso, un gran estanciero porteño, José Hernández
Pueyrredón, no se lo aclara- que la función del
caudillo es la de intermediario entre el pueblo
gaucho (ciudadanía pasiva sin derechos electorales)
y el poder; y que en muchísimas oportunidades los
caudillos no fueron sino amansadores de rebeldías
-que aunque legítimas- perturbaban a los de
arriba.
Y entre los de arriba
estaba el caudillo de estatura nacional aludido,
Juan Manuel de Rosas, gran estanciero, gran
saladerista con su socio y pariente Anchorena y con
los Terrada, todos con los patacones puestos en los
intereses políticos y económicos no de la Argentina
sino del puerto de Buenos Aires.
Rosas fue puesto a
gobernador por la Legislatura en dos períodos
1828-1832 y 1835-1852, a los efectos de dar una
institucionalidad federal a la Argentina; sobre todo
en el segundo período para la concreción de una
Constitución federal; pero no solo no cumplió dicho
cometido sino que gobernó en su segundo mandato,
durante diecisiete años, como un autócrata, a través
de los caudillos provinciales.
Y esa omisión no es
por azar ni fortuita, sino que constituía la más
coherente política de salvaguarda de los intereses
porteños del cual él era principal representante; y
en ese sentido Rosas fue el más unitario de los
unitarios; revestido de un falso federalismo porque,
además, detrás de todo esto, el delirio de porteño
lo llevaba al proyecto de reconstruir -para gloria
de la ciudad-puerto- el antiguo Virreinato del Río
de la Plata.
Es por ello que
siempre se negó a reconocer la independencia de
Bolivia, con quien entra en guerra en épocas del
Presidente Andrés Santa Cruz, como así tampoco la de
Uruguay, ni la de Paraguay a pesar que, luego de la
muerte de Gaspar Rodríguez de Francia en 1840 y a
principios del gobierno de Carlos Antonio López, el
Imperio del Brasil reconocía formalmente la
independencia de la República del Paraguay. Así
vemos que no era muy distinta la política de Rosas y
la que tendrá Mitre en lo que tiene que ver con la
República hermana guaraní.
Aprovechando la asonada victoriosa de
Fructuoso Rivera (que ya había realizado la limpieza
de tolderías y el genocidio de indios en la campaña
cuyo episodio más nombrado es Salsipuedes, en los
primeros años de la década de los 30 en los que Juan
Manuel de Rosas realiza campaña militar similar
contra los indígenas pampeanos), que derrocó el
probo Gobierno que venía desarrollando Manuel Oribe
(el cual es obligado a renunciar en octubre de
1838), Rosas daba asilo al presidente caído en
desgracia y con oportunismo político lo halagaba,
reconociéndolo como presidente legal
y nombrándolo Jefe de Vanguardia del Ejército de la
Confederación Argentina, provocándose de esta
manera, la insólita anomalía en que el presidente
legal del Uruguay era a su vez Jefe del Ejército
argentino, lo que le permitió a Oribe, en una
debilidad difícil de comprender, involucrarse en las
luchas internas argentinas, invadir el Estado
Oriental, poner sitio a Montevideo y clavar en el
Cerrito la bandera argentina.
Rosas como Oribe eran
en muchos aspectos el fruto tardío -por su formación
y educación- del coloniaje español. Y en el caso
particular de Rosas -que no de Oribe- es de resaltar
la curiosa indiferencia que había tenido ante los
sucesos de Mayo de 1810, días en que permaneció en
su estancia atendiendo sus intereses particulares y
desentendiéndose de las luchas por la emancipación.
En el intervalo
(1832-1835) entre sus dos gobiernos y ya en posesión
de un ejército particular, de su propiedad, los
“Colorados del Monte”, Rosas realizó la memorable
campaña contra los indios pampeanos cuyas tierras,
que les fueron arrebatadas, pasaron a manos de la
oligarquía porteña.
Debe ser a este
período de añoranza a que se refiere Martín Fierro,
en que tal vez el pobre gaucho pudo pellizcar
algunas cuadras de la pampa, pues la forma de
reparto de estas tierras de los indios se realizó en
forma absolutamente jerárquica; los generales,
coroneles y los estancieros porteños se quedaron con
la parte del león, dejando los pellizcos y recortes
al pobrerío como ocupantes.
¿Qué derecho tiene el
Sr. Eduardo Silveyra a poner en la misma bolsa a
Rosas y a Artigas?
Artigas reconocía en
los indios a los “señores de esta tierra” y en su
correspondencia con el Gobierno de Corrientes les
recordaba que los indios tienen el “principal
derecho” y exigía que los pueblos de indios tuvieran
representación directa en el Congreso Provincial.
Para desmitificar la
salsa criolla del Sr. Silveyra le recordaré que
según el Reglamento Provisorio de la Provincia
Oriental para el Fomento de la Campaña y Seguridad
de sus Hacendados del 10 de Setiembre de 1815, se
repartía tierras con el criterio de que “...los más
infelices serán los más privilegiados...En
consecuencia los Negros Libres, los Sambos de esta
clase, los Indios, y criollos pobres todos podrán
ser agraciados en Suertes de Estancia, sin con su
trabajo y hombría de bien, propenden a su felicidad
y la de la Provincia...” (Art. 6º) “...Se velará por
el Gobierno, el Sr. Alcalde Provincial y demás
subalternos, para que los agraciados no posean
más de una suerte de Estancia; podrán ser
privilegiados sin embargo, los que no tengan más de
una suerte de Chácara: podrán también ser agraciados
los Americanos que quisiesen mudar de posesión,
dejando lo que tienen a beneficio de la
Provincia...” (Art. 17º).
¿Qué tiene que ver
esta política social y distributiva de Artigas con
lo actuado por Rosas?
En otro orden
de cosas, debemos recordar que la profusa literatura
nacionalista ultramontana y peronista acuñó la idea
del Rosas anti-imperialista, pero esto como lo
sostiene Juan José Sebreli[ii],
es un mito que sirvió de caballito de batalla a gran
parte del nacionalismo ultramontano como también al
propio Perón, que por otra parte contrarió su propio
anti-imperialismo; sobre todo cuando no se pudo
explicar la cesión a intereses petroleros
norteamericanos de parte del patrimonio de YPF.
Rosas hizo una gran
fortuna comerciando precisamente ligado a los
ingleses y a la hora del exilio eligió a
Southtampton. En materia política y diplomática dio
a Inglaterra el carácter de nación más favorecida,
sin que los súbditos británicos residentes en buenos
Aires se vieran obligados al servicio militar. El no
tratamiento igual a los residentes franceses fue uno
de los causantes de la intervención francesa en el
Río de la Plata.
Como se ha
expresado: “...siempre hubo una amistad recíproca
entre el dictador y los embajadores ingleses
habitués de la corte de Manuelita o los comerciantes
ingleses que hacían provechosos negocios. Los
ingleses agradecieron las atenciones recibidas
brindando refugio al desterrado. Recordando los
privilegios de que gozaban bajo Rosas, decía Lucio
V. Mansilla: “Ser inglés, verbigracia, ¡qué
pichincha, entonces!”...[iii]”
La figura de
Rosas fue reivindicada por el nacionalismo
conservador, pegándola a la figura de Yrigoyen y a
la de Perón, y eso tiene su lógica en la Argentina,
pues como muy bien se ha expresado: “...El
desprestigio del sistema democrático, del
parlamentarismo, del sufragio universal, y el
simétrico prestigio de los dictadores en ascenso, en
especial Mussolini, llevaron a la idealización de la
figura de Rosas, que extrañamente, antes de tiempo,
y con los límites de su época, había tenido
características muy semejantes a los regímenes
totalitarios del siglo XX en lo relativo al culto de
la personalidad, la politización total y la
manipulación de las masas. La conexión de Rosas e
Yrigoyen, que abriría el camino para la posterior
inclusión de Perón, tenía sus fundamentos en la
supuesta lucha contra la oligarquía y el
imperialismo, atribuida por los nacionalistas a
ambos personajes. En los dos casos se trataba de
mitos, sin ninguna base real, y hubieran asombrado a
Rosas tanto como a Yrigoyen...”[iv]
Por otra parte
Leandro Alem, fundador del radicalismo, tenía sin
duda ciertas añoranzas rosistas pues era hijo de un
mazorquero ajusticiado en 1852 luego de Monte
Caseros; y las mismas evocaciones acompañaron a su
sobrino, Hipólito Yrigoyen.
A esta altura creo
que el Sr. Silveyra debería pensar que realmente no
tuvo en cuenta una cantidad de ingredientes
sustanciales en su puchero y le pido que saque de la
olla a Artigas que nada tiene que ver con Rosas
porque Artigas era -contrariamente a Rosas- un
institucionalista.
Esto se ve claramente
a lo largo de toda su trayectoria en que mantuvo la
coherencia desde el primer momento: “... Mi voluntad
emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia
Soberana...Vosotros estáis en el pleno goce de
vuestros derechos: ved ahí el fruto de mis ansias y
desvelos, y ved también ahí todo el premio de mi
afán...La Asamblea tantas veces anunciada, empezó ya
sus funciones en Buenos Aires. Su reconocimiento nos
ha sido ordenado. Resolver sobre este particular ha
dado motivo a esta congregación, porque yo ofendería
altamente vuestro carácter y el mío, vulneraría
enormemente vuestros derechos Sagrados si pasase a
resolver por mí, una materia sólo reservada a
vosotros...”[v]
El periodista pues,
pierde de vista el panorama más general en el que se
inscriben los intereses permanentes y leoninos de
Buenos Aires en detrimento de las demás provincias.
Buenos Aires para
poder vencer a Artigas entregó la Banda Oriental a
los portugueses en 1816. Que no llore Buenos Aires
por la pérdida de algo que no supo defender y que
regaló. Ahora -porque los procesos tienen
componentes permanentes- parece insinuarse en el
marco del MERCOSUR un problema siempre subyacente:
la rivalidad portuaria.
Cuando Argentina
quiso en 1827 luego de Ituzaingó, recobrar la
provincia perdida, las presiones de Inglaterra a las
que se sometió, llevaron a transformar la Banda
Oriental en país independiente y estratégico guardia
de la desembocadura de los ríos que alcanzan al
corazón de la gran cuenca.
En otro orden de
cosas el artículo se refiere a los imperialismos y a
los anti-imperialismos, tema sobre los cuales los
latinoamericanos solemos referirnos a los EE.UU. y a
Inglaterra en primer lugar.
Pero, ¿qué fueron
para Paraguay y para Uruguay los gobiernos de Buenos
Aires y Río de Janeiro? Si juzgamos por sus
tendencias geofágicas, por el carácter de sus
rapiñas territoriales, no le tienen que envidiar
nada a los EE.UU en relación a México ni a
Inglaterra en relación al mundo. Por otra parte,
tanto Buenos Aires como Río de Janeiro eran sub
imperios dependientes del Imperio Británico como
quedó patente en muchas instancias, siendo la más
notoria la terrible y genocida guerra de la Triple
Alianza, a la que nos arrastró Venancio Flores
ladero de Mitre y del Brasil.
Si a Paraguay no le
hubieran usurpado territorios que hoy están en manos
de Argentina y Brasil (Corrientes Chaco Austral,
Misiones, parte del Río Grande), y al Uruguay los
territorios que legítimamente les correspondía (en
Río Grande y las Misiones Orientales), hoy, ambos
países (Uruguay y Paraguay) tendrían fronteras
comunes, lo que hubiera aliviado en gran parte la
mediterraneidad paraguaya.
En el proceso que
llevó a la situación actual hubieron víctimas y
victimarios. Artigas fue víctima de ambas tendencia
subimperiales, y no lo podemos colocar al lado de
Rosas, verdadero victimario del Paraguay al que
tenía bloqueado, al que no le reconocía su
independencia y al que le cerraba a su antojo el Río
Paraná obstaculizando su comercio; y también
victimario de Uruguay al que invadió con su ejército
que -infelizmente- comandaba Oribe.
Rosas, no lo
olvidemos, era tan porteño como Mitre; ambos con sus
intereses colocados en ese centro de poder. Esto es
tan así que luego de la batalla de Monte Caseros a
principios de febrero de 1852, en la que Rosas fue
vencido y sobreviene su exilio, se inicia por parte
de Urquiza un proceso constitucional del que Buenos
Aires se separa, coexistiendo hasta l862 dos estados
separados: el Estado de Buenos Aires y la
Confederación Argentina con capital en Paraná. Y la
causa de esa secesión era clarísima: la Constitución
Federal de 1853 nacionalizaba la enorme renta del
puerto de Buenos Aires.
Pero para oponerse a
la Confederación y crear un Estado independiente,
fue necesaria la unión de todos los porteños, es
decir, de los antiguos rosistas mazorqueros con los
unitarios
autonomistas,
antiguos enemigos y víctimas de Rosas.
Se necesitó poco para
ponerse de acuerdo en un célebre gran asado, durante
el cual, se abrazaron Adolfo Alsina el porteño
unitario autonomista, con el estanciero rosista
Torres y otros prominentes rurales -unitarios y ex
mazorqueros- de la época, todo bendecido por el
gremio de terratenientes y saladeristas, porque
detrás de todo estaban los intereses oligárquicos de
Buenos Aires, que no de la Argentina.
Poco después
sobreviene el tiempo del Martín Fierro y la
idealización de un gaucho estereotipado, como el
protagonista de la obra de José Hernández
Pueyrredón, convertido luego en peón de estancia
arrastrado mansamente por sus patrones.
Es de notar como se
mantienen en Buenos Aires ciertos estereotipos. Por
ejemplo en la historieta “Patoruzu”, el protagonista
es un indio estanciero (sin duda con estancia
imaginativamente no rapiñada en las dos campañas del
desierto, la de Juan Manuel de Rosas y la posterior
de Julio Argentino Roca), que posee un gran
altruismo (idealización de lo indígena), al punto de
apadrinar a un típico “play boy” porteño, frívolo y
egoísta (Isidoro Cañones). Sin duda el autor no
revisó el catastro nacional para ver de quienes es
la tierra en Argentina.
A veces dudo del modo
en que se enseña la Historia en ese país; cuando se
movilizaron los piqueteros de Gualeguaychú,
enarbolaron -para todos los televidentes- la bandera
de Artigas con una leyenda en que se leía: “Artigas
– Ramírez”; es decir el Jefe de la Liga Federal y el
caudillo que lo traicionó y persiguió por cuenta de
Buenos Aires hasta la frontera del Paraguay
obligándolo a refugiarse en él.
La separación de
Argentina en dos Estados luego de la guerra contra
Rosas, terminó cuando la economía de la
Confederación Argentina comenzó a resentirse y se
produjo la guerra resuelta en dos batallas. En la
primera, Cepeda (1859), la caballería de de Urquiza
arrolló al ejército de Buenos Aires comandado por
Bartolomé Mitre a quien ayudaba Venancio Flores que
revistaba en el ejército porteño; y aunque Urquiza
venció no entró en la ciudad de Buenos Aires. En la
segunda, Pavón (1861), también Urquiza vencía pero
inesperadamente se retiró de la batalla -en un hecho
que algunos consideraron traición- dejando el campo
libre a Mitre que se consideró vencedor.
Será el momento en
que Buenos Aires entrará en la Confederación pero
sin nacionalizar las rentas del puerto de Buenos
Aires, hasta que por fin en 1880 se convertiría en
la capital del Estado Federal, en un proceso
contradictorio y claramente mediatizador del
federalismo. Recordemos que Artigas en el Artículo
19º de las Instrucciones de 1813, había fijado
expresamente una pertinente condición: “...Que
precisa e indispensable sea fuera de Buenos Aires
donde resida el sitio del Gobierno de las Provincias
Unidas...”
Inmediatamente de
tener Mitre la sartén por el mango en la debilitada
Confederación en que Urquiza había cedido el poder
-para muchos en forma oscura y vergonzante- comenzó
la gran conspiración contra el gobierno de Berro,
para lo cual Mitre utilizó a Flores al mismo tiempo
que promovía su acercamiento con el gobierno
Imperial del Brasil -el Barón de Mauá abriría una
sucursal de su banco en Rosario- estableciendo
situaciones propicias para la invasión del Uruguay
por parte del inicuo caudillo que tenía atrás la
ayuda del gobierno de Mitre, del Imperio del Brasil,
y de la Iglesia católica.
Vencido el Gobierno
Oriental luego de la toma de Paysandú y del
asesinato de sus bravos defensores encabezados por
Leandro Gómez, se iniciaba el gobierno de facto de
Flores como Gobernador y llegaba el momento de
devolver favores, debiendo obligatoriamente el
gobierno uruguayo firmar el imperialista pacto de la
Triple Alianza contra la República del Paraguay a la
que no perdonaban su próspera independencia, y a la
que vencieron aunque les costó cinco años de
resistencia heroica que culminó con el repelente
genocidio de unos batallones integrados por jóvenes
adolescentes, casi niños, en la batalla final de
Cerro Corá.
Guerra que Mitre no
pudo desarrollar con eficiencia porque tuvo que
enfrentar levantamientos internos de caudillos
federales que no se conformaban con el dominio
inicuo de Buenos Aires. Tal los levantamientos de
José Vicente Peñaloza (el “Chacho”), y de Felipe
Varela en el noroeste y las derivaciones
posteriores, como el asesinato de Flores (1868) y de
Urquiza (1870), este último llevado a cabo por
federales entrerrianos; hecho al que no fue ajeno
Ricardo López Jordan.
Así fue que se
gestaron las actuales asimetrías del MERCOSUR.
Luego de lo que
antecede creo que el Sr. Silveyra debería rever su
artículo empezando por la clasificación que hace de
los protagonistas.
En primer lugar,
Artigas -como Mariano Moreno- era un liberal
radical, un jacobino; yo diría lo opuesto en su
ideología a Juan Manuel de Rosas, a Hipólito
Yrigoyen, a Juan Domingo Perón y a Luis Alberto de
Herrera, quienes se mantuvieron permanentemente
alentados por un nacionalismo conservador y también
ultra católico que en la década de los 20 y con
mayor intensidad en la de los 30, se volvió
fascistizante, lo que quedó claro durante los años
de la última guerra mundial y en los de la
posguerra.
El Señor Silveyra
expresa en un pasaje de su artículo con respecto al
candidato a Presidente: “...Luis Alberto de Herrera
a quien Mujica reconoce como a uno de sus
maestros...” Pues bien; nadie desconoce las
afecciones del caudillo nacionalista por las
tendencias fascistas. Todavía en 1942, a través de
“El Debate”, Herrera defendía a Francisco Franco, y
desde el principio de su vida política denostaba a
la Revolución Francesa y a los revolucionarios
-entre los cuales subyacentemente también Artigas-
que habían seguido los pasos de la misma.
En su libro “La
Revolución Francesa y Sudamérica”[vi],
dejó expresado cuales eran sus convicciones y sus
sentimientos: “...Nuestros jacobinos de la primera
época no les van en zaga a sus maestros, los del
extranjero. También ellos se juzgaron siempre
instrumentos de una misión providencial, llamados a
ser salvadores de los pueblos. Evocando ese lema,
proclamándose rehabilitadores del derecho, ellos
hicieron vilipendio de las naciones que gobernaron
como grandes estancias, “parando rodeo” a los
vecinos despavoridos. Nunca faltó a su lado una hoja
periódica que repitiera, con cargada fraseología el
estribillo clásico del jacobinismo francés...También
la América del Sur ha derramado torrentes de sangre
en homenaje al Contrato Social que, si en manos de
espíritus sensatos fue palanca ocasional de
reparación humana, explotado por la plebe dictadora,
en el seno de la nación, sirvió de pretexto a los
más feroces atentados que registra la historia
moderna...”[vii]
Esas son algunas de
las concepciones que nos legó el Dr. Luis Alberto de
Herrera que, por lo que expresa en su artículo el
Sr. Eduardo Silveyra y según su versión, habría sido
uno de los maestros o mentores de Mujica.
Sería muy importante
y aclaratorio para el electorado frenteamplista
saber cual es la opinión del propio Mujica sobre el
artículo del Sr. Silveyra.
Por desgracia para
los que quieren y sienten la necesidad de olvidar el
pasado, existen los historiadores, cuya más
tonificante característica es tener los ojos en la
nuca, porque así se lo demanda su oficio; pero esa
cualidad es la que a su vez le permite intentar
interpretar el presente sin utilizar la historia
para fines políticos inmediatos.
Me preocupa porque no
es positivo para el clima de campañas electorales
escritos poco serios y de este jaez; entre otras
cosas porque no creo que el Frente Amplio, ni ningún
partido de nuestro país, tenga nada que aprender del
movimientismo argentino ni del estilo de hacer
política en la República hermana; y menos del
peronismo.
* Prof. Mag.- Historia Contemporánea FH y CE
y en Ciencias de la Comunicación
(UDELAR)
[i]
Juan José Sebreli, “Crítica de las ideas
políticas argentinas”, Editorial
Sudamericana, Buenos Aires, 2004.
[iv]
Ibídem, pág. 152-153
[v]
Discurso inaugural del Congreso Provincial
de 1813
[vi]
Luis Alberto de
Herrera, “La Revolución Francesa y
Sudamérica”, París, Garnier, MCMX
LA
ONDA®
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